Isabel no sólo había estudiado en un colegio bilingüe, sino que había llevado siempre una vida bilingüe. Su profesión de traductora, no era una elección casual, se las había arreglado para poder vivir simultáneamente en dos mundos; el del inglés y el del español, el de los «ricos» y el de los «pobres», el de los «jóvenes despistados» y el de los «adultos responsables» padres de familia. Dominaba todos los códigos y pasaba de un registro a otro sin apenas notarlo. Había aprendido a compensar las diferencias en uno y otro bando. Parecía estar igualmente integrada en cada uno de los mundos que habitaba, a pesar de no pertenecer por completo a ninguno. Pagaba un precio alto: sentir que su vida era un puro artificio, un fake, que el más mínimo descuido podía ponerla en evidencia y que tenía que cuidar cada detalle porque el engaño podía quedar al descubierto en el momento más inesperado, y alguien, cualquier mañana, cualquier domingo en misa, podía delatarla y quitarle el disfraz.
Comprendimos que su sensación de inadecuación no había surgido con la maternidad, ni siquiera había empezado con Enrique. Bien es verdad que nuestra Isabel había encontrado en Enrique al hombre «perfecto», capaz de encarnar a ese personaje que ella necesitaba para representar una y otra vez su historia infantil con su cara y su cruz. En el pecado de soñar con ganar a todas las demás y ¡ser proclamada princesa!, llevaba la penitencia de sentirse siempre disfrazada, y vivir bajo el temor constante de que en cualquier momento sonaran las doce campanadas y alguien viniera a arrancarle el disfraz y a devolverla a sus cenizas.
El descubrimiento del fake dio mucho juego. El tratamiento de Isabel resultó sin duda exitoso y fue emocionante verla surgir de las cenizas de su papel de Cenicienta para enfundarse en sus propios zapatos, en los «trajes a medida» propios de una mujer inteligente e ingeniosa. Su marido estuvo muy desconcertado con los cambios, no entendía tanta desenvoltura y llegó a pensar que Isabel mantenía otra relación. Atravesaron una crisis de pareja importante que los llevó a plantearse la separación. Consiguieron remontar el bache. Enrique sigue intentando hacer de Pigmalión (ya se sabe, «está en su naturaleza»), pero Isabel ya
no se presta al juego de probarse el zapatito y de adaptarse a ciegas a las sugerencias de su marido, ni a las de sus amigas, ni a las de su madre, ni a las de su jefa, ni a las mías.
El caso de Isabel es un extremo nítido de una mujer que no está segura de quién es, que duda de su propio valor y siente que tiene que hacer esfuerzos y disfrazarse para agradar, pero conozco otros casos menos dramáticos en los que el zapatito termina siendo igual de incómodo; recuerdo, por ejemplo, a Cristina, una amiga a la que no le cuesta nada ligar. Un día me contó que había encontrado a un hombre genial, un fotógrafo inteligente, interesante y un poco bohemio con el que estaba feliz. Se reían mucho juntos, era un estupendo interlocutor, la cama funcionaba muy bien y, en fin, que si no eran perfectos, al menos parecía que cada uno era más que suficiente para su cada otro. «¡Estoy segura de que esta vez las cosas van a funcionar!», me dijo.
Meses después, cuando volví a encontrarme con ella, me contó que lo habían dejado. No lo entendí, ¿por qué?, ¿si todo iba tan bien? Me explicó que su príncipe era fotógrafo a tiempo completo, que de pronto la miraba y le parecía que una de sus cejas estaba un poco más estrecha que la otra. Que súbitamente le confesaba que a él, ella, de cintura para arriba le gustaba mucho, pero que de cintura para abajo… Que a veces la miraba y le daba la impresión de que había ganado un poco de peso… además, el dedo medio de su mano derecha tenía una forma muy curiosa… y así sucesivamente. En fin, que Cristina, junto a su fotógrafo, no podía ser una mujer de carne y hueso, con sus días mejores y sus días peores, con sus luces y sus sombras. Se sentía continuamente observada a través de un teleobjetivo implacable que recogía todas sus imperfecciones. El novio fotógrafo no se conformaba con reflejar a través de su cámara la realidad de lo que veía, además, se dedicaba a jugar con ella al Photoshop y se pasaba el día haciéndole pequeños retoques: un poco más por aquí, un poco menos por allá, quitemos este lunar, iluminemos esta parte y oscurezcamos aquélla…
Nadie podría decir que ese fotógrafo no quería a Cristina, porque no era desamor, al contrario, la quería muchísimo y en esa medida deseaba lo que según él era lo mejor para ella ¡que fuera perfecta! El caso es que era un amor tan exigente, que vivir bajo la mirilla de un microscopio como ése a Cristina le resultaba humillante, y sobre todo agotador. Descubrió a tiempo que era imposible que un pie humano encajara en ese zapatito de cristal tan implacable y en vez de complacerlo y abonarse a una clínica de cirugía estética, tomó otra decisión: le dio a elegir entre el zapatito de cristal o el pie. Él eligió el zapatito y ella optó por su pie.
Así que, con muchísima pena y una buena dosis de alivio, Cristina lo dejó. De su época con el fotógrafo le quedaron un recuerdo incómodo, un buen amigo y… ¡unas fotos preciosas!
Pero, siguiendo con Cenicienta, ¿a cuántas de nosotras, de pequeñas, no nos gustó el disfraz? ¿Quién no bailó un día, tambaleándose, en los zapatos altos de mamá? ¿Quién no jugó a maquillarse como ella y a envolverse en sus collares? ¿Quién no quiso ser la más lista, la más guapa o la más rica de la clase? ¿Quién no soñó con acostarse como Cenicienta y despertarse Princesa? Entonces jugábamos a ser otras, distintas, mayores, mejores… En fin, simplemente jugábamos, que es la manera más sana y más natural de fingir, de impostar, de soñar despiertas. Y ahora, ya mayores, mujeres hechas y derechas, ¿cuántas de nosotras no soñamos, todavía, con que alguien venga a descubrirnos y a revelar la verdadera maravilla que se oculta tras una apariencia ordinaria? Y a la vez, ¿quién no ha sentido alguna vez el temor de que suenen las doce campanadas y se rompa el hechizo?