Todos hemos oído hablar de lo poderoso que puede llegar a ser Dios, pero ¿qué pasaría si el mismo Dios descendiera desde sus alturas para pedirnos un favor? ¿O para rogarnos entre lágrimas perdón? Irene recordaba llorando el día en que Juan la dejó:
Él me dejaba a mí y yo era la que le consolaba. Cada vez que lo pienso… ¡me da muchísima rabia! Ese día yo le consolé y él lloró, ¡el pobre! Él me estaba dejando porque se había enamorado de otra, y el muy cerdo lloraba. Seguro que se sentía culpable, pero el caso es que él era el que lloraba y yo la que le consolaba. Cuando me acuerdo me muero de la rabia.
Al día siguiente él ya estaba aliviado, estaba todo resuelto, ya había llorado y había descargado su culpa. Se había ido con la otra, ya había puesto todas las cosas en su sitio y el sitio que me había tocado a mí era el peor. Era el sitio de consolarle primero, y después quedarme sola con mi pena, hecha polvo. Y hasta hoy…
Saber que se trata de un dios es la única manera de entender cómo es posible que, mientras que Juan dejaba a Irene por otra, él lloraba destrozado, e Irene, la abandonada, la malquerida, la engañada, se comportaba como si fuera la fuerte y era la encargada de consolar y comprender.
Hemos creado a un dios, hemos creado a un monstruo. Se trata de un dios muy peculiar, ese dios es todopoderoso y desvalido a la vez. Es un «niño-dios», porque hay que comprenderle y perdonarle todo. Porque ese dios sí es dios, pero es frágil y cualquier cosa le altera el humor o le ofende. Este personaje que inventamos a veces es un bebé recién nacido y otras veces un dios implacable, casi nunca es un hombre. Porque es que el pobre dios tuvo una infancia muy difícil, y tiene abiertos muchos frentes en el trabajo, y está muy estresado, y su mujer no le
comprende o, lo que es peor, su mujer sí le comprende y él no podría hacerla sufrir. Tiene problemas económicos y le han partido el corazón más de una vez, y no puede confiar y está un poco confundido. Y quiere muchísimo a su chica, pero no se puede comprometer por ahora y por el bien de ella, claro está y es que está saliendo de una relación muy traumática, y no está preparado… y sólo quiere que se le tenga paciencia y que se sepa esperar por él y que se le perdonen una vez más sus errores. Sólo una vez… o dos… ¡Pobre dios!
¿Qué más puede pedir una mujer que ver a ese dios postrado, frágil, indefenso pidiéndole ayuda, tiempo, comprensión, perdón? ¿Cómo podría resistirse? ¿Cómo no darle a ese dios cualquier cosa que pida?
Porque al parecer la mujer que le quiere no tiene problemas en el trabajo ni ha tenido infancia y, si por casualidad la tuvo, fue una infancia espléndida, y si fue dura le sirvió para fortalecerle su carácter y hacerla mucho más poderosa y mejor. Generosa, dispuesta y disponible para atender sus quejas y comprender las miserias del pobre dios… Además, ella es fuerte y sabe cuidar muy bien de sí misma, y es autosuficiente, ejecutiva y práctica, y sabe escuchar, así que podrá echarle una mano al pobre dios que está tan confundido, perdonarle otra vez y tener un poco más de paciencia.
Tengo la impresión de que los maltratadores son dioses parecidos, llevados a extremos siniestros. Frágiles. El vuelo de una mosca despierta sus celos o su enfado. Tienen mucha fuerza bruta y casi ninguna fortaleza de espíritu, muy poco empaque moral para tolerar las frustraciones o la espera. Ser dios es fácil… ser un hombre mortal y estar sujeto a los vaivenes de la vida común y corriente es mucho más complicado.
Imaginemos cómo sería el extremo trágico del caso de Juan y de Irene. Él llega a casa y la cena no está preparada. Ella pide perdón por su pecado y empieza a prepararla. Él protesta, se enfada, la insulta. Ella se atreve a replicar y explica que sólo tendrá que esperar media hora. Él no sabe esperar, no entiende por qué SU CENA no está preparada. ¿Qué otra cosa podría hacer ella más importante que preparar SU CENA? Discuten. Él le pega. En un momento de auténtica locura como ése, los dos están convencidos de que esos golpes están justificados. Él se va de casa, ella pide ayuda y consigue a duras penas llegar al hospital. Esta vez se ha pasado. Aconsejada por un familiar o por su médico, se atreve, finalmente, a poner una denuncia. Varias costillas rotas y el rostro desfigurado la obligan a permanecer ingresada. No hay duda, ella es la víctima. A los dos días alguien viene a robarle
protagonismo. El pobre dios está sufriendo mucho más que ella y llora con más fervor y se mesa los cabellos con desconsuelo. El pobre dios no puede, no sabe vivir lejos de ella, pide perdón, reconoce su error, promete no volver a pecar, no volver a pegar. Está arrepentido, se siente culpable. Ella, todavía con las costillas rotas y el ojo izquierdo en paradero desconocido, acude a la llamada de ese dios desvalido y lo perdona. Dios muestra su cara de bebé y ella, como buena «madre» le perdona. Retira la denuncia y el ¡pobre dios! arrepentido en muy pocos días vuelve a ser el dios todopoderoso del mes pasado. El bebé muestra su cara de dios despiadado y vuelta a empezar.
A veces el arrepentimiento y la culpa son tales, que el verdugo se suicida. Cuando leo alguno de estos casos en el periódico siempre me pregunto por el orden de los factores que, en este caso, altera muchísimo el producto: ¿por qué ese dios no empezó por suicidarse?
Para una mujer malquerida, y en este caso, además, maltratada, el espectáculo de ver a un dios sumiso, pidiendo perdón, es muy conmovedor, y esas lágrimas de culpa suelen allanar el camino de regreso a la comisaría y ser la llave con la que tantas mujeres, todavía amoratadas por los golpes, retiran sus denuncias por malos tratos. Me parece que muchas confunden sentirse necesarias con sentirse queridas. El aspecto bebé de ese dios que ella ha creado la necesita, en cambio, el aspecto omnipotente del mismo ser, la malquiere.
Sin llegar al extremo de las mujeres maltratadas, en el territorio de las malqueridas merece la pena no perder de vista estos secretos pactos indelebles de fortaleza y de debilidad, de servidumbre y tiranía. En alguna parte de este horror, la sierva se siente reconfortada de ser la dueña de su propio dios, ese ¡pobre dios! enclenque que no es capaz de sobrevivir sin ella.
5
El pedestal
Todo dios necesita de un altar en el que se le rindan tributo y sacrificio. Para construirlo, la malquerida se deja las pestañas y las uñas, se arranca la piel a jirones y con las hilachas de su propia piel le saca brillo a ese pedestal sobre el que ella solita ha elevado a su dios.
¿Recuerdan a Graciela? Es la paciente que sólo quiere una pareja estable. Ella suele utilizar de una forma muy natural la metáfora del «pedestal» para referirse a la idealización con la que «bendice» a sus distintos dioses.
Graciela no tiene ninguna dificultad para enamorar y enamorarse, de manera que desde que empezó el tratamiento ya ha tenido varias parejas. No le cuesta encontrar pareja, a Graciela lo que le cuesta es ser feliz. Así, contaba en una sesión:
Ahora que lo pienso me doy cuenta de que me he visto obligada a bajar a unos cuantos chicos del pedestal. Alguno, incluso, se ha lanzado al vacío por su propia cuenta. El caso es que yo sigo subiendo y bajando chicos uno tras otro.
no tendría dónde subir a nadie. Si no hay más pedestal ya no tendré ni que subirlos ni que bajarlos. De ahora en adelante, cualquier relación será de igual a igual…
Después de un silencio prolongado y nostálgico prosigue:
No es tan fácil. Tengo que reconocer que yo me siento muy bien cuando tengo a un hombre subido al pedestal. Esa situación de querer a un hombre, de cuidarlo, de mimarlo, de admirarlo y de sentirme orgullosa de estar con él, a mí me va. Me siento llena, importante.
Parece que Graciela busca hombres que, de entrada, no parecen muy fáciles ni de querer, ni de admirar, hombres que necesitan tener un público, un esclavo, alguien que los encumbre. Ella, a su vez, se siente «llena e importante» con la función que cumple junto a estos hombres. A mí me recuerda a lo que una pila consigue hacer con un juguete: darle vida. Pensemos por un momento… Entre la pila y el juguete… ¿cuál de los dos es dios?