Partimos para el análisis de este caso del lugar en que el sujeto comienza a contar la vida, es decir, del deseo de sus padres, del lugar que en ese deseo se reserva para ese sujeto.
Al momento de su nacimiento, tal cual se lo han transmitido, ya corría riesgo su vida, sumado a que no era recomendable que su madre quedara embarazada. Es de la muerte, entonces —del lugar de la muerte— que parte este sujeto, y no del lugar de la vida.
El paciente interpreta este problema desde la doble perspectiva de la madre y del padre. De su madre dice que puede no reconocerlo como hijo, ya que nació por cesárea,
50 o lo que es aún más angustiante para él, puede no ser hijo de esta madre. Repetimos sus palabras: “O bien soy hijo de otra mujer, o mi mamá, como nací por cesárea, no me puede reconocer como hijo”.
También formula la interpretación del lado del padre, diciendo: “Cuando nací, mi padre me ofreció a Dios y a la ciencia”.
Son las posibilidades que tenía para vivir —para sobrevivir— las que le proveen más herramientas para avanzar en su interpretación, cuando hace ingresar a los médicos como los representantes de la ciencia, ya que el representante de Dios estaba del lado de la familia. Lo dice: “Los médicos decían que iba a ser loco o idiota, y mi padre dijo: ‘va a ser jesuita’”.
Se apoya en la tradición familiar para sostener la palabra de su padre: “Ya que había una tradición en la familia, durante muchos años, de que todos eran abogados, y había un sacerdote”.
De ahí en adelante, todos los enunciados de su padre serán de ese tenor, el de los ideales, pero sin poder sostenerlos personalmente, ni mostrar su deseo por llevarlos adelante.
Es de aquí que surge en este sujeto su problema con la muerte: lo que él llama el misterio de la muerte que debe ser develado. Por tanto, su problema de la existencia quedará de ahí en adelante plasmado como una marca en sus actos.
Es lo que él llama con el nombre de la nada. Dice: “Una sensación de nada invadía mi vida”. Pero este sujeto opone el todo a la nada, a la lógica del todo que hemos descrito en el análisis de la primera crisis —que es la lógica que sigue el significante. Sin embargo, desde la perspectiva de las enseñanzas de Freud y Lacan, en especial de este último autor, ha propuesto una subversión de la lógica clásica de modo de oponer al todo lo que él ha llamado el no-todo.
En efecto, Lacan ha introducido la originalidad esencial en la producción de algunas de las proposiciones de la lógica clásica. Se trata de la expresión no-todo, para designar la particular afirmativa, y la expresión no ningún para la proposición particular negativa.
Lo ilustramos con el ejemplo que toma el mismo Lacan en su seminario XX, conocido con el nombre de Encore (1972-1973) (37). La proposición dice: “Todo hombre es mentiroso”.
51 Voy a enunciar la frase en latín y en castellano, ya que es costosa la traducción de algunas expresiones al castellano porque no tienen traducción exacta. Lo hacemos por aproximación y lo acercamos el concepto.
Universal afirmativa: Omnis homo mendax. Todo hombre es mentiroso. Universal negativa: Nullus homo mendax. Ningún hombre es mentiroso.
Particular afirmativa: Non homnis homo mendax. No-todo hombre es mentiroso.
Particular negativa: Non nullus homo non mendax. Hay no-ningún hombre (que no sea) mentiroso.
Al desarrollar su lógica, Aristóteles tomaba la precaución de mencionar que la negación no debe afectar la calificación de la universalidad. En el formalismo lógico contemporáneo expresamos una reserva idéntica, al mencionar que la negación no debe afectar al cuantificador de la existencia, la que dice Existe un elemento X, sino a la función que dice F de esos elementos X.
Es en estas condiciones que Lacan introduce lo que ha llamado no-todo (1973) (38), que no figuraba en la lógica clásica.
El objetivo de ese no-todo es significar que la univocidad determinada por la lógica clásica es cuestionable. Por esto, no podemos considerar como establecido definitivamente que todo lo que no es verdadero es falso y, por el contrario, todo lo que no es falso es verdadero.
Además, queda cuestionada también —con estas transcripciones— la legitimidad de las oposiciones: universales/particulares y afirmativas/negativas.
Quiere decir, según habíamos visto, que la existencia encontrada a través de la proposición afirmativa universal, y que se apoyaba en la proposición particular negativa, “todo hombre es mentiroso”, estaba sostenido en la particular “algún hombre no es mentiroso”.
Significa que si no existe algún hombre que no sea mentiroso, no podrá existir la afirmación universal que todo hombre es mentiroso, de lo que deducimos que en esta perspectiva clásica la existencia es una universal.
Pero en esta propuesta de Lacan, en la que —como hemos dicho— desaparecen las oposiciones entre afirmativas y negativas y entre universales y particulares, se
52 sostiene que la existencia podría ser encontrada en una particular soportada en un no- todo.
Es lo que no podrá alcanzar nunca nuestro sujeto, ya que su lucha es anterior a este punto. Aquella de los ideales propuestos por su padre y también por su madre, a través de sus enunciados.
Es “J” quien tiene esa lucha para salir de la nada, y su querer ingresar en el todo que encuentra una razón de lucha por su existencia, ya que él no puede oponer un no- todo que le permitiría transitar su vida al modo que encuentre y que lo relacione con los demás.
¿Por qué el desencadenamiento de este sujeto aparece a sus 17 años?
Esa es la pregunta que nos surge y que tratamos de contestar con estas disquisiciones previas. Su problema de existir, lo que el ha llamado la nada, está desde el principio, pero es en su adolescencia cuando se produce su crisis, al momento del encuentro con la sexualidad.
Es la escena que hemos analizado y en la que su padre interviene una vez más de la forma apuntada, desde los ideales, los enunciados universales, sin particularizarlos en “J”. Es la segunda parte de la frase de su primera crisis: “(...) quiero sexo”.
El otro eje de análisis en este caso es aquel que habla de los años previos al desencadenamiento. Al inicio de su adolescencia, 14 ó 15 años, cuando manifiesta su inquietud en la familia acerca de sus ideas sobre su lugar en el mundo y la nada, es enviado a conversar con un sacerdote jesuita. Esto demuestra una vez más el corrimiento de su padre —en este caso, compartido con su madre— del lugar ofrecido para una identificación; el no encarnar el lugar al que pueda acudir el sujeto para encontrar una palabra que no sea enviarlo a otro, dejándolo librado a lo azaroso de estos encuentros, como fue el caso.
El encuentro con un sacerdote jesuita —quien según dice era homosexual— fue lo que mantuvo latente en él la posibilidad de develar la incógnita sobre la muerte; lo que él llamó “develar el misterio de la muerte”.
Pero la posición sexual del sacerdote se tornó invasiva en la medida de la coincidencia del encuentro con una novia a quien llamó su primer y gran amor.
Es entonces cuando aparece el primer intento de solución de su problema existencial, y sexual. Dice:
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Soy Dios, quiero sexo”. Esta era una frase con mucho contenido, pues yo venía de una relación de amistad con un sacerdote jesuita homosexual; si bien yo no soy homosexual, yo pensé después de años de conversaciones que a este mundo lo que le faltaba era la segunda venida de Cristo.
Si bien no tenía resuelto el misterio de la muerte, me parecía que había que convocar a los sabios del mundo para desentrañar ese misterio y resolverlo, de modo que así se cumpliera la profecía bíblica del Apocalipsis...
Ese encontronazo a partir de estar hablando con un sacerdote jesuita sobre el misterio de la muerte, de la homosexualidad del sacerdote, de su noviazgo con una señorita, le vuelve a la situación de misterio de la muerte. Por eso debe recurrir a la vía delirante en dos etapas: por un lado, la vía religiosa, en la que se reserva el lugar de la segunda venida de Cristo, reservándose el goce de la más bellas mujeres, dando muestras de la comunión que hay entre la existencia y el sexo; y la otra vía que también presenta, la de los sabios, convocar a los sabios del mundo para resolver el misterio de la muerte, que es lo que a él le aqueja desde siempre.
Encontramos en esta doble vía la posibilidad de un intento de curación, así como una orientación para el tratamiento. Es cuando se refiere a su periplo por distintos profesionales, en especial de su relación con uno de ellos, de quien reniega pero termina reconociendo que llevó a cabo el primer paso para su encuentro con lo que vendrá a ocupar el lugar de los sabios del mundo y de su convocatoria. Dice:
Después me hice un guerrillero de la Salud Mental, acompañando la época que el país vivía; entonces mi psicosis se volvió una psicosis de guerra, fui atendido por el Dr. ..., quien tenía más de agorero y de profeta que de psicoanalista, y se valió de dos elementos para orientarme: su omnipotencia y su buena voluntad...
Finalmente, después de varios años de profecías, hizo algo bueno, me derivó a un psicoanalista, empezando allí mi encuentro con los sabios analistas lacanianos.
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