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La no constitución del yo en este sujeto

Este podría ser un título adecuado para el primer eje del análisis. Ya hemos descrito en el proceso de la estructuración subjetiva una fase que llamamos imaginaria, de ingreso a este proceso, y la fase simbólica, que se vale del significante del Nombre del Padre para completar el mismo proceso. En ambos casos se trata de identificaciones. En el primero de ellos, una identificación imaginaria, la del yo, que usa la imagen del semejante para lograr tal finalidad. Esta falla en el ingreso al proceso lógico de formación subjetiva no permite la consecución del fin perseguido en la estructuración subjetiva.

Es esta fase imaginaria en la que se conforma el yo, que se vale de la imagen del otro para la misma, y que hemos descrito —con Freud— a través del concepto de narcisismo, y con Lacan a través de lo que llamamos el estadio del espejo.

Por esto lo ubicamos dentro de lo que llamamos lo imaginario. Esto es caracterizado esencialmente por: a) la identificación; b) el narcisismo; y c) la agresividad. La identificación por la que se forma el yo a través de la imagen del otro, dentro de este orden imaginario, se constituye en la sede de una alienación fundamental para la constitución subjetiva.

Pero esta relación dual establecida en el espejo imaginario entre el yo y el semejante, es narcisista en sí misma, porque es usada por el sujeto para la formación de su yo basada en ese nuevo acto psíquico, como lo llamó Freud, de mirarse a sí mismo. Implica de inmediato señales que se juegan a este nivel, tales como las de prestancia, de

100 dominio y de posesión; entramos, así, en la tercera característica de lo imaginario, ya que Lacan agrupó estas señales en lo que denominó la agresividad constitutiva del sujeto.

Sabemos, también —por lo que descrito en este trabajo respecto del estadio del espejo—, que para que un sujeto pudiera mirarse a sí mismo, era absolutamente necesario que fuese mirado por un tercero desde afuera; mirada en la que se apoyaría la mirada del infante para poder sostenerse como tal, en una identificación yoica. De no ocurrir así, no sólo no se producirá tal identificación del yo, sino que los efectos se harán notar tanto en el cuerpo del sujeto como en la relación de ese sujeto con los demás, quedando sumido en el infierno de las relaciones de transitividad y agresivas de una lucha a muerte.

Este orden imaginario del que venimos hablando produce varias ilusiones en el sujeto: la de síntesis, la de totalidad, la de unidad, la de autonomía, de dualidad y de semejanza. Es en estos seis niveles que se harán sentir los efectos de la no constitución del yo. Al mismo tiempo que el infante no puede nombrarse “yo”, no puede unificar su cuerpo ni sentirlo como propio, quedando de esta forma sometido a una fragmentación del mismo cuerpo, y quedando en el medio de una relación de transitividad con los otros en que los objetos nunca le pertenecen totalmente, y por lo cuales, para su posesión, debe entrar en una lucha agresiva —en algunos casos hasta la muerte, en el sentido de la desaparición del rival o la de él mismo.

Lo imaginario ofrece, sintéticamente, un poder cautivante sobre el sujeto, fundado en la imagen especular. Es aquí donde encuentra sus raíces la relación del sujeto con su propio cuerpo, a través de la imagen del otro, formándose una imagen de su propio cuerpo que —como podemos ver— puede no coincidir en nada con las formas objetivas de ese cuerpo.

En el caso de “A”, observamos una doble vertiente de falla para que se produzca su identificación imaginaria. En primer lugar, por el lado de la madre, cuando la describe como una madre de vida sana, a quien amaban mucho porque se hacía amar; sin embargo, en el instante de mirarla a la paciente desfallece, no lo hace con la firmeza necesaria. Ella lo relata así: “Mi mamá me había regalado una muñeca pepona, de las grandes. Yo estaba en la calle, pasó una chica y me la arrebató; le dije a mi mamá para que la recuperara, pero ella, que estaba embarazada, ‘mirá si iba a salir corriendo’, me

101 dijo. ‘Dejala, capaz que nunca tuvo una pepona’”. De inmediato agrega: “Murió de un paro cardíaco en el parto de un bebé. Vivíamos en una ciudad chica. No había recursos”. Estas dos escenas presentadas por la paciente nos hacen ver el trípode en el que se asienta el desfallecimiento de la madre en el lugar del Otro que debía mirarla. Primero, cuando le pide que recupere su muñeca: la madre no toma en cuenta ese pedido. Al mismo tiempo, y en segundo instancia, “A” pone en juego el estado de embarazo de su madre. El tercer elemento que ingresa es la muerte de su madre en el parto. Estos tres elementos conjugados se constituyeron en un tiempo de ninguna mirada, cuando lo que necesitaba la paciente era justamente lo contrario.

Por el lado del padre, lo describe como un padre agresivo, que se dedicaba a la ingesta de bebidas alcohólicas, ausente en la casa y en las decisiones, y que al fallecer su madre ya entró en convivencia con otra mujer.

Es de esta conjunción establecida en la relación entre la madre y el padre que encontramos la falta de mirada necesaria para la identificación del yo.