Ocurre en este caso como en una gran cantidad de los que nos llegan a la consulta, que en la misma presentación de los temas delirantes encontramos los elementos que también tomaremos en su estabilización, o mejor dicho, que el mismo paciente tomará en su estabilización, contando con la ayuda del tratamiento. En el enunciado que presenta “J” se nota cuál es la cuestión que le aqueja, y que él presenta en lo que llama su tesis fundamental: “Soy Dios, quiero sexo”.
Es así que nos introduce en las dos cuestiones que preocupan a un sujeto humano en su paso por el mundo: la cuestión de la existencia y la cuestión del sexo.
Como hemos dicho con anterioridad, ambas cosas quedan resumidas, contenidas, condensadas y a su vez representadas en la relación del sujeto con lo que
38 hemos llamado el falo, lo que lleva un proceso de desarrollo lógico que también hemos descrito anteriormente; esta es la manera en que la persona se mueve en el mundo.
Es decir que la cuestión del ser que el sujeto encuentra primero en el espejo —en el estadio del espejo—, por medio de su yo que lo representa, más adelante lo hace representar por los significantes que le vienen de su Otro, como lo hemos llamado, y cuyo representante principal son los miembros de su familia, las figuras parentales, o quienes ocupen sus lugares.
Podríamos agregar, a modo de planteamiento, tal como lo hace Freud en un texto conocido con el nombre de “La Negación” (1925) (28), que la existencia es lo primero y sobre esto se inscriben los atributos de un sujeto, tal como ha sido sostenido por distintas Escuelas Filosóficas hasta el momento; o bien, como sostiene Freud, es el atributo el que le da existencia a la persona, o la cosa de que se tratase.
A modo de ejemplo podemos decir que si estamos viendo una pared blanca, la pared existe y en consecuencia es blanca —o se trata de que a nuestra vista es blanca—, su atributo es lo que hace que esa pared tenga existencia para nosotros.
Para decirlo en términos técnicos, el juicio de atribución, según Freud, es lo que da lugar al juicio de existencia.
Dice Freud en el artículo citado:
La función del juicio ha de tomar esencialmente dos decisiones. Ha de atribuir o negar a una cosa una cualidad y ha de conceder o negar a una imagen la existencia en la realidad. La cualidad sobre la cual ha de decidir pudo ser buena o mala, útil o nociva. O dicho en el lenguaje de los impulsos instintivos orales más primitivos: “Esto lo comeré” o “lo escupiré”. Y en una transposición más amplia: “Esto lo introduciré en mí” y “esto lo excluiré de mí”. O sea, “Debe estar dentro de mí” o “fuera de mí”. El yo primitivo, regido por el principio del placer, quiere introyectarse todo lo bueno, y expulsar de sí todo lo malo. Lo malo, lo ajeno al yo, y lo exterior son para él, en un principio, idénticos.
La otra decisión de la función del juicio, la referente a la existencia real de un objeto imaginado, (test de realidad), es un interés del yo real definitivo, que se desarrolla partiendo del yo inicial regido por el principio del placer. No se trata ya de si algo percibido (un objeto) ha de ser o no acogido en él yo, sino de si algo existente en el yo como imagen puede ser también vuelto a hallar en la percepción (realidad). Como pude verse, es esta, de nuevo, una cuestión de lo exterior y lo interior. Lo irreal. Simplemente imaginado, subjetivo, existe sólo dentro, lo otro, real, también existe fuera. En esta
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etapa del desarrollo ha dejado de tenerse en cuenta el principio del placer. La experiencia ha enseñado que una cosa (objeto de satisfacción) posea la cualidad “buena” y, por tanto, que merecer ser incorporada dentro del yo, sino que exista también en el mundo exterior, de modo que pueda uno apoderarse de ella en caso necesario. Para comprender este progreso hemos de recordar que todas las imágenes proceden de percepciones y son repeticiones de las mismas. Así, pues, originalmente, la existencia de una imagen es ya una garantía de la realidad de lo representado. La antítesis de lo subjetivo y lo objetivo no existe en un principio. Se constituye luego por cuanto el pensamiento posee la facultad de hacer de nuevo presente, por reproducción en la imagen, algo una vez percibido, sin que el objeto tenga que seguir existiendo fuera. La primera y más inmediata finalidad del examen de la realidad no es, pues, hallar en la percepción real un objeto correspondiente al imaginado, sino volver a encontrarlo, convencerse de que aún existe. Otra aportación a la separación de lo subjetivo y lo objetivo proviene de una distinta facultad del pensamiento. La reproducción de una percepción como imagen no es siempre su repetición exacta y fiel, puede estar modificada por omisiones y alterada por la fusión de distintos elementos. El examen de la realidad debe entonces comprobar hasta dónde alcanzan tales deformaciones. Pero descubrimos, como condición del desarrollo del examen de la realidad, la pérdida de objetos que un día procuraron una satisfacción real. (Freud, 1925) (28).
Esta cita es para poner en cuestión la tesis que presenta este paciente en esta primera crisis, y que —como hemos dicho— lo pone de frente a las dos preguntas fundamentales de una persona: sobre la existencia y sobre el sexo. Entonces, este sujeto, al decir “Soy Dios, quiero sexo”, está afirmando su existencia con el atributo, atributo al que no puede acceder definitivamente ni comprobar en la realidad si existe lo que ha imaginado o construido en su imaginación, ya que para esto debe consentir a la pérdida de los objetos; en este caso referidos al sexo, a la relación con las mujeres. Sin embargo, él se encuentra con una certeza en la afirmación de su existencia, de su ser: “Soy Dios”.
Confirma a continuación la cuestión a partir de enunciar su problema no resuelto: el de la muerte, y la salida que ha encontrado: la segunda venida de Cristo, en la que él es Cristo y se reserva el goce de las más bellas mujeres. Lo dice de esta manera: “Por mi parte, yo me reservaba, por ser Jesucristo en la segunda venida, el goce de las más bellas mujeres que la humanidad había dado”.
Es en esta frase —de reservarse el goce de las más bellas mujeres que la humanidad había dado— que encontramos que este sujeto no consiente a la pérdida de
40 objetos para entrar en la dialéctica de comprobar la existencia de esos objetos, ya que una persona neurótica, para acceder al encuentro con una mujer, debe ceder —al menos en ese momento— la posibilidad de encontrarse con otras mujeres.
Esto es lo que confirma su lugar de Dios, ya que solamente Dios podría hacer una cosa así: gozar de todas las mujeres más bellas al mismo tiempo. Es donde encontramos que el atributo, el juicio de atribución, da lugar y afirma el juicio de existencia.
El último punto en la presentación de esta primera crisis es la convocatoria a todos lo sabios del mundo para desentrañar el enigma de la muerte, en su entrecruzamiento con el sexo —al que no le encontraba una respuesta—, en lo que nos muestra una posibilidad de tratamiento del mismo tema por un camino diferente, al menos en relación a otros. Una salida en la que incluye a los demás, al vínculo que lo pudiera mantener relacionado con las demás personas.