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Sujeto del enunciado, sujeto de la enunciación

El S de De Clerambault se impone como un hecho absoluto, un hecho irreductible del pensamiento.

El segundo aspecto a partir del cual abordamos la frase de la paciente, tomando en cuenta el automatismo mental, es el aspecto de la enunciación. Hay una perturbación entre el enunciado y la enunciación que logra emancipar una fuente parásita.

Este fenómeno es llamado eco del pensamiento, en el cual el sujeto se descubre doblado por una emisión paralela que lo emancipa, lo acompaña o lo sigue, que incluso puede no decirle nada. El sujeto, en posición de receptor —como hemos dicho—, no deja de estar suspendido a ella. Es un fenómeno puramente psíquico, un fenómeno verbal.

Desde la perspectiva que hemos abordado, la división del sujeto implica la necesidad de definir una parte de nuestra subjetividad como sujeto del inconsciente, como sujeto del deseo. Esta conclusión surge de la articulación de la relación del sujeto con su discurso, por el efecto de lo que Freud llamó la Spaltung. En su artículo “Posición del Inconsciente” (1964) (40), Lacan lo expone de esta manera: “Al sujeto, entonces, se le habla. Ello habla de él y es allí donde él se capta”.

En esta frase se encuentran condensadas las consecuencias de la división subjetiva por el orden significante. El “Ello habla” hace referencia al sujeto en su ser, en la autenticidad y en la verdad de su deseo. Una verdad de esta índole no puede ser hablada por el propio sujeto, dado que él sólo está representado en su discurso. Lo único que puede hacer, es hacerla hablar. A partir de lo que hemos conceptualizado como la metáfora del Nombre del Padre, es un significante segundo que viene a sustituir a un significante primero, el que da un producto que conocemos como efecto de significación. Esto se produce cuando la dimensión del lenguaje oculta al sujeto de sí mismo en la verdad de su deseo. A la inversa, podemos decir que el deseo del sujeto ello habla de él, en su discurso, sin que lo sepa. El sujeto, en la verdad de su deseo, puede ser considerado como sujeto del inconsciente. El “Ello habla de él” —que designa a este sujeto del inconsciente— constituye aquello de lo que estamos indefectiblemente separados al estar únicamente representados en el lenguaje. Correlativamente, el sujeto hablante articula permanentemente algo de su deseo en el

83 desfiladero de la palabra.

La articulación de un discurso supone, entonces, la identificación de los dos aspectos que lo caracterizan. El aspecto del enunciado del discurso, y el acto de la enunciación, que elabora ese enunciado. Esta discriminación clásica de la lingüística es lo que ha tomado Lacan para representar la relación del sujeto hablante con el inconsciente y con el deseo.

¿Qué se entiende en lingüística por enunciado?

En primer lugar, la idea de una serie acabada de palabras emitidas por un locutor. La finalización de un enunciado está dada por un silencio. Cada tipo de discurso se caracteriza por una serie de enunciados cualitativamente diferentes.

En el año 1932, con la publicación del tratado de Lingüistique Générale et de Lingüistique Francaise, de Bally (7), se opone al enunciado respecto de la enunciación. La enunciación es efectivamente un acto individual del habla, y por lo tanto el enunciado debe ser considerado como el resultado de un acto de enunciación. En otras palabras, como un acto de creación del sujeto hablante.

La enunciación plantea algunos problemas lingüísticos. En primer lugar, porque se trata de un acto de lenguaje: es decir, de una iniciativa intencional del que habla. Ahora bien, el conjunto de factores que contribuyen a la producción de un enunciado es múltiple.

Entre quienes se han dedicado a estudiar las propiedades del acto del habla podemos mencionar a la Escuela de Oxford, con J. L. Austin, como así también John Searle, de la Universidad de Cambridge.

Austin trató, en especial, de identificar lo que sucede cuando se produce una enunciación. Esto lo llevó en un primer tiempo a minimizar la importancia de los enunciados que la filosofía llamaba enunciados afirmativos. Algunas afirmaciones pueden ser consideradas verdaderas o falsas desde el punto de vista del acto de la enunciación. Austin diferenció, de esta manera, las afirmaciones auténticas que provienen de una enunciación constatativa respecto de aquellas que hacen algo sin que por eso se las declare verdaderas o falsas: las llamó enunciaciones preformativas.

Estos últimos actos de enunciación aparecen como enunciaciones que nos permiten hace cosas por medio de la palabra misma. Esto es lo que lleva a Austin a la conclusión de que toda enunciación es, ante todo, un acto de discurso; y que como tal apunta a realizar algo.

84 En una segunda etapa, Austin intenta aislar el aspecto de ese acto de enunciación en tanto que acto de discurso, aspecto que denomina con el nombre de valor ilocutorio de la palabra. Para decirlo de otro modo, es el aspecto del habla que puede realizar algo en tanto forma parte de un acto. El ejemplo que cita Austin refiere al sí que debe dar una persona que se casa en el momento mismo del casamiento: este sería un “sí” preformativo.

Austin afirma que en el momento de emitir el “sí”, que aparece como una afirmación, más que darnos cuenta de algo (de que nos casamos), en realidad estamos haciendo algo (nos casamos).

Este aspecto demostrado por Austin es realmente trascendente, en la medida en que deja sentado que la enunciación no es estrictamente homogénea a la ejecución del enunciado.

Esto hace que en lingüística se pueda circunscribir la enunciación dentro de ciertos parámetros. El más importante de estos parámetros concierne a la puesta en escena del sujeto en su enunciado.

Un parámetro como éste nos remite a la naturaleza del representante que va a hacer que el sujeto esté presente en el enunciado, y al que denominaremos sujeto del enunciado. Este parámetro introducirá al sujeto del enunciado de un modo particular que dependerá de que esté presente en forma explícita o, por el contrario, relativamente ausente.

Habitualmente el sujeto se actualiza en sus propios enunciados por medio del pronombre yo, presente en la frase. Pero el sujeto del enunciado puede también encontrar un representante adecuado en el “se”, el “tu” o el “nosotros”. Estos pronombres le permiten al sujeto mostrar cierta neutralidad subjetiva con respecto a sus propios enunciados, como en el ejemplo del discurso didáctico, articulando enunciados generales o universales: “la tierra gira alrededor del sol”.

En ejemplos como el último parece abrirse una brecha entre el enunciado y la enunciación. Por el contrario, parece que esta brecha disminuye cuando el sujeto articula el enunciado por su cuenta: por ejemplo, “yo voy al colegio”. Sin embargo, el yo de este enunciado no deja de ser un representante del sujeto en el discurso. Para decirlo con más precisión, un representante convocado por el sujeto en el acto mismo de su enunciación; distinguir entre el sujeto del enunciado propiamente dicho y su participación subjetiva, que es lo que lo convoca como tal en el discurso. Esa clase de

85 participación subjetiva que actualiza un representante como sujeto del enunciado en un discurso es lo que denominaremos sujeto de la enunciación. Se trata del locutor considerado como una entidad subjetiva, lugar y agente de la producción de los enunciados.

En síntesis, podríamos decir que existe una oposición entre el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciado, que sólo viene a representar la oposición puesta en evidencia en el interior del sujeto a través de su división.

En esta paciente había una intrusión al nivel de su pensamiento; cosas enunciadas de las que no podía reconocerse como enunciadora. Ella no figura en el enunciado como sujeto; no se hace representar por un pronombre para que la represente como sujeto, sino que es su mente la que produce esa representación. Lo dice ella: “mi mente pensaba”.

Aparece de este modo el surgimiento del discurso del Otro, pero en una forma directa. Sin el apaciguante desconocimiento de la inversión de la comunicación, que es lo que nos hace creer que, cuando creemos hablar, en realidad somos hablados.

El análisis del caso

Se puede plantear a priori tres ejes en el análisis del caso, tomando lo que nos dice la paciente. El primero es el eje de la sexualidad, del encuentro con la sexualidad. El segundo es el eje de su relación con Dios o lo religioso. Finalmente, el tercer eje es el de la interpretación que ella brinda ante los hechos que se le presentan, y que tiene efectos sobre su cuerpo y su pensamiento.

Respecto del encuentro con la sexualidad tenemos que poner en serie los acontecimientos que le sucedieron al momento de su entrada en el mundo social, el pre- jardín, a los 4-5 años, con la escena a los 13 años del encuentro con el otro sexo.

A los 4 años concurre entonces a un campamento y al amanecer nota que está “humedecida”, hecho que le genera un enigma sin respuesta, que tampoco puede conversar con alguno de sus pares. A continuación, el encuentro desafortunado con un borracho, que la toma en sus brazos y la abraza fuerte, mientras ella miraba atentamente

86 las hormigas. Y, finalmente, su ida al baño que encuentra ocupado, donde tiene que esperar para ingresar, y donde durante esa espera escucha las voces de una chica y un chico, que salen del baño “arreglándose los guardapolvos y riéndose”. Ella no puede interpretar lo que sucede pero obtiene la respuesta de una compañera que también esperaba por el baño. Ésta le dice: “Debían haber estado besándose porque eran novios”. Su inmediata conclusión fue la siguiente: “nunca un beso”. Aquí ya se presenta su rechazo a la sexualidad.

Estas tres escenas se confrontan en su interpretación cuando las ponemos en contacto con aquella otra producida a los 13 años, que la remite al encuentro con el otro sexo. Se trata de lo que ella llama “el arreglo”: un chico, según dice, quería arreglarse con ella, por lo que ella debió hacerse la desentendida, como única forma que encontró en ese momento para negar lo que estaba ocurriendo. Esto viene a certificar el rechazo del que era presa sobre la sexualidad.

Tanto en las escenas de los primeros años —la referida en un principio— como en la de los 13, la respuesta fue complementada por la referencia a Dios. A los 4 años dice: “...desde ese tiempo iba a la capilla, y me pasaba tiempo mirando el sagrario donde estaba Cristo...”

A los 13 años —la escena ya mencionada del encuentro con el otro sexo—, ella concurre inmediatamente a contarle a su mamá, pero le habla acerca de su vocación religiosa de ayudar a los demás. Dice:

Cuando fui a contarle a mi mamá que quería ser monja, ella me respondió “estás loca”; fui a misa, miré hacia una pared en la que estaba la figura de Cristo y su mirada se transformó en algo feo, en una mirada de odio, hasta que su rostro se convirtió en el rostro del diablo. Entonces me fui a confesar, y el cura me dio una penitencia. Cuando estaba rezando me dije “pero de qué tengo que pedir perdón”… Lo maldije, me levanté y me fui a casa.

Entre estas dos escenas aparecen, además, otros dos hechos relatados por la paciente que hablan en el mismo sentido de la relación con lo religioso. El primero se produce en la capilla de la escuela, cuando le pedía a Dios que la llevara con Él. Dice: “Recuerdo que le pedía que me llevara con Él; también le pedía que si no me llevaba, me viniera a buscar un príncipe, y que bendijera mis niños y todos los niños de la tierra”.

87 El otro hecho sucede cuando, estando en la iglesia sentada, observó cómo la cara de Cristo se transformaba en la cara del diablo. Así lo relata: “Había unos mosaicos con la cara de Cristo; yo fijé la mirada y se me nubló la vista, y comencé a ver la cara del diablo en la cara de Cristo...”

En estas escenas podemos observar como al sujeto se le presentan divididas las figuras, en figuras opuestas: lo bueno y lo malo; lo lindo y lo feo; Dios y el diablo.

Este es el tercer eje de análisis que he presentado en el caso o, mejor dicho, en el modo de tratamiento que esta paciente le ha dado a fenómenos que se le presentan como enigmáticos y ante los que no puede elaborar una respuesta que no sea sintomática, desde el punto de vista de la enfermedad.

En este momento, antes de proseguir en el análisis de estos caminos elaborados por la propia paciente, es necesario determinar dónde encontramos la falla fundamental que ha permitido semejante búsqueda.

Es por esto que nos remitimos a escenas fundamentales y que —tal como ella lo indica— han dejado marca para toda su vida en su forma de ser, y —deberíamos agregar—en la relación con su sexo.

Una escena fundamental es aquella en la que cuenta cómo el padre decide colaborar con la escuela, llevando una garrafa para la estufa de su aula. La forma en que ella se dirige a su padre —como forma generalizada, sin poder dirigirse directamente a él— para formularle el pedido de colaboración, que termina haciendo en modo impersonal, lo que no sólo la deja sin poder obtener una respuesta directa, sino que al mismo tiempo queda en la indeterminación de alguien a quien no se ha dirigido directamente, que no puede devolverle en el lugar de su yo una respuesta positiva o negativa que le otorgue un lugar en el mundo, un lugar de existencia. Por esto es que la paciente debe procurarse ese lugar por otros caminos.

Puede sumarse a lo anterior cuando ella reclama de ese padre el lugar que “hable”, a posteriori, que responda. Frente a ese reclamo sólo encuentra que una vez más el padre se corre, no ocupa ese lugar del modo esperado, no encarna el lugar de la respuesta, dejándola definitivamente a la deriva de su ser. Dice:

En primer grado, el hecho que me marcó toda la vida, más fuerte que los anteriores, fue cuando la señorita del grado le dijo a todo el curso, que los padres debían colaborar con el colegio; como, por ejemplo, que no se tenía plata para comprar una garrafa para la

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estufa del aula. No se dirigió a nadie en particular, pero yo pensé en mi papá que tenía una ferretería y vendía garrafas.

Ese día, cuando estábamos almorzando, dije en la mesa las palabras textuales de la maestra y me quedé mirando a mi papá, con picardía y felicidad, y también orgullo. No dije nada más, y él tampoco.

Entonces ese día vi llegar a mi papá con una garrafa. La había llevado rodando dos cuadras.

No recuerdo bien pero la señorita le dijo que no hacía falta, que otro señor ya había llevado una. Con dolor vi a mi padre haber sido despreciado; yo sentí una fuerte humillación en su rostro, y estaba orgullosa de él, pero me invadió la tristeza y la marginación... No puedo olvidar cómo mi papá se volvía a casa con la garrafa, cruzando el patio.

En mi dolor siempre dije: humillación, pero en realidad fue desprecio, y una muy arraigada culpa.

Cuando volví a casa, los pensamientos imparables por cómo miraría a mi padre, por mi culpa, no sé... Llegué y le dije “hola” con dulzura y un profundo amor que no pude volver a sentir... Papá ni me miró, estaba atendiendo a los clientes. Él dice ahora no haber estado enojado para nada, pero la trompa, cuando estábamos en la mesa, no podía, no la disimuló, ni dijo nada. Fue cuando mi voz, temblorosa, dijo “gracias y perdón”. La culpa la sentí hasta mucho tiempo, hasta hoy.

A esta defección del padre en la presencia como tal —es decir, no prestar su cuerpo para encarnar la posibilidad de identificación de este sujeto, y que pueda decirse “yo”— se une complementariamente la actitud de la madre respecto de este hombre.

La paciente se refiere a la relación con su madre en reiteradas oportunidades y nos va elaborando una lógica de la relación con ella, así como de la actitud de su madre como mujer, es decir, de la posición sexuada, la posición frente a la sexualidad de la mujer que hay en su madre.

Su madre, según indica, fue una mujer que se sintió desplazada por su hermana en la atención que les prestaba la madre, quien atendía más a esa otra hija por distintas razones. Su madre debió hacerse cargo de la casa, en el sentido de hacer los trabajos pesados, lo que le llevó a concentrar un resentimiento hacia la madre y su hermana, transformado en odio en muchas oportunidades, sin saber de la existencia de semejante sentimiento aunque así lo haya transmitido a esta hija. Dice la paciente:

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Tal vez empecé a pensar por qué me agredía, y comprendí con tristeza que no era yo quien no cortó el cordón con mamá, sino que ella no quería que lo corte, no soportó verme volar. Ella quiere que vuele la ruta de ella, y no soporta la diferencia de ser que tengo con ella. Yo, con mi forma de ser, siento que le recordaba a ella los sueños que alguna vez tuvo y mi abuela le reprimió. Eso la enfurecía, y por eso me gritaba y me hacía sentir sus frustraciones. La culpa que yo tenía era la culpa de su memoria de los sueños no realizados. Ella me chupó todo el ser, lo manoseó, lo estropeó, y aún no quiere hacerse cargo de ello. Ella me amó y soy su preocupación, dice.

Esta es una división que ha vivido su madre entre ella y la hermana, si la referencia es el amor de la madre, sin ninguna posibilidad de que entre en juego el padre de ambas mujeres. Esto nos hace ver la relación entre mujeres con ausencia de lugar para hombre alguno, por lo que la madre de nuestro sujeto traslada perfectamente esto a la relación con su marido. En este sentido, los efectos en el sujeto son los no efectos de la función paterna, como lo hemos llamado según la efectivización de la metáfora.

Pero, al mismo tiempo, esta acumulación de resentimiento en la mujer que habita en su madre —con el defecto de ella en desear un hombre que sea capaz de satisfacer su deseo— se manifiesta como odio, o para decirlo en los términos en que lo hemos descrito con anterioridad, en actitudes agresivas, que en este caso se concentran casi con exclusividad en esta hija, nuestra paciente. Así lo dice:

…siempre me gritó y me hizo sentir culpable; no había sentido para quererla, no había consecuencia tan grande como para agredirme y arruinar mi vida por ella, como lo hice.