• No se han encontrado resultados

El grafo de la comunicación

En el discurso, el “yo” es el lugar donde el sujeto se produce como aquel que habla. Ya hemos visto que esa particularidad tópica —de lugares— dependía del estatuto mismo del sujeto; éste sólo aparece en el discurso y por el discurso, para eclipsarse inmediatamente. Ese desvanecimiento (fading) del sujeto proviene de la relación de él con su propio discurso, ya que —como hemos dicho, siguiendo las enseñanzas de Lacan— un significante es lo que representa un sujeto para otro significante, es decir, un significante se valora siempre en relación a otro significante (relación de oposición, de diferencia).

De esta estructura de división resulta una consecuencia fundamental dentro del proceso del discurso, y es la discriminación que queda notificada entre el lugar en el que se origina el discurso y el lugar en donde se produce al reflejarse. Para decirlo en términos que ya conocemos: la relación que se instituye entre lo que hemos llamado el Otro y el yo que aparece en la frase.

Hemos dicho que el sujeto que emite la palabra se percibe a sí mismo bajo la forma de su yo, a través de la imagen de otro. En este sentido, la forma de su yo que constituye su identidad depende estrechamente del otro especular, tal como lo indica el estadio del espejo. La relación del sujeto consigo mismo y con los otros —sus objetos— está siempre mediatizada por el eje imaginario, en una relación de reciprocidad. La relación del sujeto con su yo, entonces, depende necesariamente del otro, e inversamente, la relación que mantiene con los otros depende de su yo.

Esta dialéctica de sí hacia el otro y del otro hacia sí nos induce a una relación absolutamente singular en la comunicación intersubjetiva.

Cuando un sujeto quiere comunicarse con otro sujeto, nunca alcanza a su destinatario en su autenticidad, y siempre se trata de un yo que se comunica concretamente con otro yo semejante a él, dado esto por el eje imaginario. En otras palabras, el sujeto que se dirige a un Otro sólo se comunica con un pequeño otro, quedando, así, atrapado en la ficción de su propia alienación subjetiva.

El sujeto que emite la palabra y se dirige a otro se encuentra en el camino con un pequeño otro retornándole la respuesta en dos niveles. Una en su propio yo, en forma concreta; la otra respuesta debe suponerla, viniendo del Otro a quien se dirigía en

80 primera instancia. Sucede como si algo le llegara a este sujeto de ese Otro, por el simple hecho de dirigirse a él. Pero esto le llega de un modo muy especial, caracterizad por el encuentro o el choque de esa línea de respuesta con el eje imaginario.

Podemos sintetizar lo que significa el hablarle a otros. Cuando un sujeto le habla a otro siempre se dirige a ese otro que necesariamente considera como otro; esto nos muestra en qué medida ese otro al que se dirige es reconocido como Otro absoluto. Pero aunque el sujeto lo reconozca como otro absoluto, según nos enseña Lacan, en este punto no lo conoce como tal, y lo que caracteriza, entonces, la palabra al nivel en que es hablada al otro es esencialmente este desconocimiento en la alteridad del Otro.

En la emisión de la palabra, el Otro es eso frente a lo cual nos hacemos reconocer en la medida en que ya lo reconocemos como tal. Lacan lo expresa en el Seminario III de esta manera:

El reconocimiento de un Otro absoluto, al que se apunta por encima de todo lo que ustedes podrán conocer y para quien el reconocimiento tiene sólo el valor porque está más allá de lo conocido. El reconocimiento es aquello a través de lo cual ustedes lo instituyen, pero no como un simple elemento de la realidad, un peón, una marioneta, sino como un absoluto irreductible, de cuya existencia como sujeto depende el valor mismo de la palabra en la cual ustedes se hacen reconocer. (Lacan, 1957-58) (26).

El motor de la articulación de una palabra plena nos viene dado por el principio mismo que estructura la comunicación auténtica, en esa clase de mensajes que el sujeto ordena como si vinieran del otro en forma invertida. Es una manera de decir que “el emisor recibe del receptor su propio mensaje, en forma invertida”. (Lacan, 1957-58) (26).

Uno de lo ejemplos más claros de esta comunicación con el Otro es la fórmula: “eres mi maestro”. Este es un mensaje que constituye plenamente lo contrario de lo que articula en el presente de la palabra e ilustra con claridad el reconocimiento implícito del Otro.

El sujeto, al interpelar al otro con la frase “Tu eres mi maestro”, le está formulando implícitamente “Soy tu discípulo”, aunque lo que articule en la realidad de su discurso siga siendo “Tu eres mi maestro”. El sujeto se hace reconocer como un discípulo a la vista de Otro, al que puede reconocer explícitamente, en la palabra, como su maestro. Esta estructura de la comunicación es imperativa, ya que sólo ella permite

81 explicar de dónde saca el sujeto la certeza asertiva que lo autoriza a afirmar “Tu eres mi maestro”. Este mensaje sólo puede fundarse en un más allá de la palabra: con más precisión, en un mensaje que previamente le llegó desde ese más allá y a través del cual él se reconoce como discípulo.

En el seminario III Lacan dice:

El “eres mi mujer” o “eres mi maestro” quiere decir: Eres lo que aún está en mi palabra y eso sólo lo puedo afirmar tomando la palabra en tu lugar. Eso vine de ti para encontrar aquí la certeza de lo que yo comprometo. Esta es una palabra que te compromete. Aquí está manifestada la unidad de la palabra como fundadora de la posición de los dos sujetos. (Lacan, 1957-58) (26).

El más allá de la palabra de la que proviene ese mensaje implícito es el Otro, lo que contribuye a hacer que el lenguaje humano dependa de una forma de comunicación en donde nuestro mensaje nos viene del Otro bajo una forma invertida. Dicho en otras palabras: “La palabra siempre incluye subjetivamente su respuesta”. (Lacan, 1957-58) (26)

De acuerdo con esto, todo se lleva a cabo como si la alocución se constituyera como una respuesta del sujeto, de tal modo que podría decirse que en la comunicación auténtica, hablar sería hacer hablar al Otro como tal.

Retomamos ahora la frase de la paciente: “Estaba mirando la televisión y, mientras le prestaba atención, mi mente pensaba, y sentí algo en mi cuerpo, un vacío y un grito de adentro...”

Es en su cuerpo donde experimenta —tal cual dice— la recepción del mensaje. Se experimenta como receptor, cosa que no sucede en un neurótico, ya que al amparo de la mediación simbólica, el mensaje que le pudiera llegar en forma invertida queda por debajo de la barra, reprimido, dándole la ilusión de que es él el que habla cuando en realidad es hablado por el Otro.

Esto falla en la paciente en la primer parte de su mensaje. En el hecho de que no sólo no enuncia su yo como representante de quien emite el mensaje, sino que acusa directamente la recepción del mensaje en su cuerpo, algo que en un sujeto neurótico quedaría bajo la barra de la represión.

82