¿Existe algún tipo de instrumento de política comercial, ya sea un arancel o un subsidio, que permita mejorar el bienestar de la población? La respuesta dependerá de que el país que aplica la política sea un país “ pequeño” o uno “ grande”.
precio internacional de alguno o todos los bienes que comercia con el resto del mundo, debido a la gran cantidad de producción o al gran tamaño de su consumo relativo al mercado mundial. En cambio, un país “ pequeño” es aquel que no tiene capacidad de influir en el precio internacional de los bienes que comercia, porque su producción es muy chica con respecto a la producción mundial y porque su consumo también es pequeño en relación al mercado mundial. No tiene capacidad de “ mover” al mercado.
Por si no quedó claro ya, hoy la Argentina es, en este sentido, un país pequeño.
Ahora bien, lo que se suele creer, o lo que nos quieren hacer creer, es que un país pequeño como la Argentina debe protegerse por medio de los instrumentos de política comercial, para evitar que los países de mayor tamaño se aprovechen de su poder de mercado en detrimento de nuestro bienestar. Es el sentido de expresiones que hemos oído muchas veces durante los gobiernos kirchneristas: “ Vivir con lo nuestro”, “ No nos caímos, el que se cae es el mundo sobre nosotros” (53) y otras por el estilo. Por desgracia, este tipo de frases no expresan sólo el desvarío de un gobierno, sino una forma de pensar profundamente arraigada en la Argentina, convencida de que el mundo es una amenaza, de que “ ellos” sólo pueden ganar si perdemos “ nosotros”, de que las potencias acechan para someternos, y frente a esto la única defensa es la invervención del Estado mediante aranceles, subsidios o prohibiciones.
Pero lo que ocurre en la realidad es lo contrario: en un país pequeño el arancel o subsidio óptimo es cero, mientras que en un país grande no necesariamente. Soy consciente de que esto contraría parte de la sabiduría convencional que los argentimos manejamos desde hace casi un siglo, así que seré especialmente minucioso para mostrar cuál es la verdad.
Supongamos una economía pequeña que produce y consume dos bienes: manufacturas y cereales. Y que inicialmente se encuentra abierta al comercio, siendo las manufacturas el bien importable y los cereales el exportable. En esta economía habrá una cantidad de producción y consumo doméstico de
manufacturas y una cantidad de producción y consumo doméstico de cereales. La diferencia entre lo que se consume y lo que se produce será lo que importa. En este caso, la diferencia entre lo que se produce y lo que se consume será igual a lo que el país exporta. Como mencionamos antes, dado que es una economía pequeña, no tiene capacidad de influir sobre el precio internacional de los
cereales ni de las manufacturas; por lo tanto, los toma como dados.
Podemos imaginar, dentro de esta economía, a un productor de manufacturas industriales: llamémoslo Ignacio de Travesuren. Una mañana, nuestro amigo Ignacio se levanta y piensa: “ ¿Por qué no salgo a decir en televisión que la industria nacional se está derrumbando, debido a la inundación de manufacturas extranjeras producidas a menor costo, y que para evitar esta desgracia el presidente debe poner un impuesto a las importación? Gracias a este impuesto, aumentará el precio interno de las manufacturas importadas y nos
enriqueceremos yo y los integrantes de la Triple A (Asociación Antiimportadora Argentina) a costa de los consumidores argentinos, ¡Qué buenas ideas tengo!”. Luego de arduas jornadas de canal en canal y de radio en radio, y después de que las nuevas encuestas muestren a la gente aterrada por la invasión y furiosa por la indiferencia del gobierno frente al vaciamiento de la industria nacional, nuestro amigo consigue que el presidente decrete un impuesto a las importaciones.
Si las importaciones de manufacturas se encarecen en el mercado local (no así en el mercado mundial, porque, recordémoslo, somos un país pequeño), entonces el sector productor de este bien se hará más rentable, atrayendo recursos. Pero estos recursos provienen de otros sectores, como el agrícola, que ahora son relativamente menos rentables frente al sector manufacturero. Al final, aumenta la cantidad de factores de producción en el sector manufacturero, incrementándose su producción, y se reduce la cantidad de factores en el sector agrícola, disminuyendo la producción. Vamos a terminar produciendo más manufacturas y menos cereales que en el caso sin arancel.
O sea que el arancel de importación en un país pequeño protege a los productores de manufacturas industriales (el bien importable) y desprotege a los productores agrícolas. Desde el punto de vista de la producción, el arancel de importación genera un movimiento de recursos de un sector a otro. El que expande su producción lo hace en detrimento del otro. El arancel a la importación cambia la producción: la de importables (manufacturas industriales en nuestro ejemplo) aumenta y la del exportable (bienes agrícolas) cae.
El efecto sobre el consumo es más complejo, porque dependerá de qué hace el gobierno con lo recaudado por el arancel de importación. Seamos
exepcionalmente generosos con nuestros gobernantes y supongamos que todo lo que recaudan se lo devuelven después a los consumidores. Esto significa que el ingreso para gastar que tienen los consumidores va a ser el mismo que sin el
arancel.
A pesar de esto, las cantidades consumidas domésticamente de manufacturas y cereales no van a ser las mismas que sin el arancel. Esto se debe a que, si bien el ingreso de los consumidores es el mismo, como cambió la rentabilidad relativa del sector manufacturero en relación al agrícola, se incrementó la producción del primero en detrimento del segundo.
Supongamos que la nueva producción doméstica de manufacturas, si bien se incrementó, todavía no alcanza para cubrir su consumo previo al arancel. Si los consumidores desearan mantener inalterado el nivel de consumo de manufacturas con respecto a la situación inicial, todavía deberían importar desde el resto del mundo una cierta cantidad de este bien, que obviamente sería menor a la que tenían que importar inicialmente, por el hecho de que ahora localmente se producen más manufacturas que antes.
La pregunta es: ¿podemos mantener al mismo tiempo tanto el nivel inicial de consumo de manufacturas como de cereales? La respuesta es contundente: ¡no!
Para mantener inalterado el nivel de consumo de manufacturas (nuestro supuesto) debo importar una parte de las mismas y como contrapartida exportar cereales por el mismo valor (a cambio de manufacturas le doy cereales al resto del mundo; dejamos de lado por ahora la posibilidad de endeudarse o prestar). Pero como la producción de cereales cayó, sin duda tendré que consumir menos cereales que antes, para poder exportarlos e intercambiarlos por las manufacturas.
O sea que el arancel de importación provocó una suba en la producción de las manufacturas industriales (el bien importable) y una caída en la producción agrícola (el bien exportable). Bajo el supuesto de que el gobierno reintegra a los consumidores toda la recaudación del arancel de importación, y suponiendo también que se mantiene constante el consumo de manufacturas, el consumo interno de bienes agrícolas caerá.
El ejemplo podría haber sido al revés, es decir, que el objetivo fuera mantener constante el consumo de cereales. Pero de nuevo, esto sólo sería posible si redujéramos nuestro consumo de manufacturas. Cuánto se consuma de manufacturas y de cereales luego del arancel dependerá de los gustos de la población, pero lo que es una certeza es que por lo menos uno de los dos consumos tendrá que disminuir, y la combinación de consumos que elegía el país inicialmente ya no estará dentro de nuestras posibilidades.
nuevas canastas, a las que podemos acceder post arancel, estaban disponibles previamente. Es decir: antes podía elegir cualquier combinación de consumo que también puedo elegir ahora, pero además elegía una que ahora no puedo. No hay muchas maneras de interpretar esto: los consumidores, en este escenario, están peor. Para decirlo más claro todavía: si antes podía elegir la canasta A, B o C , siendo C la preferida, y luego del arancel puedo elegir tan solo la A o la B pero no la C, entonces estaba mejor antes. Lo anterior se conoce como el “ principio de transitividad” y es una propiedad que no se puede violar: si no, los agentes dejarían de ser lo que los economistas denominamos “ racionales”.
Recordemos de nuevo la “ simetría de Lerner”: sabemos que un impuesto a la exportación tendrá exactamente el mismo efecto que cuando se gravan las importaciones.
Si eligiéramos hacer una cosa totalmente diferente, como subsidiar las exportaciones o, lo que ya sabemos que es lo mismo, subsidiar las
importaciones, el efecto sobre la producción sería el opuesto, ya que en este caso el precio relativo doméstico del bien exportable en términos del importable aumentaría. El sector exportador se expandiría en detrimento del importador, se reduciría el consumo del bien exportable y se incrementaría el del importable. Como la producción ahora se asigna ineficientemente, seguiríamos teniendo un efecto negativo sobre las posibilidades de consumo, lo que perjudicaría al bienestar social.
Conclusión: para una economía pequeña como la nuestra el arancel óptimo es cero, porque es el valor del arancel que maximiza el bienestar social. Cualquier tipo de impuesto o subsidio a las importaciones o exportaciones reducirá las posibilidades de consumo, porque introduce distorsiones que generan una asignación ineficiente de recursos.
Cuando el lobby industrial, comandado por nuestro amigo Ignacio de Travesuren, consigue su propósito y el presidente sanciona un impuesto a las importaciones, o los aumenta, se benefician él y sus amigos productores de manufacturas en detrimento de los consumidores de todo el país, que ahora deben comprar esas manufacturas a un mayor costo. Como vimos en el apartado “ El comercio y la distribución del ingreso”, el libre comercio maximiza las posibilidades de consumo para el país en su conjunto. Esto significa que cuando los muchachos de las tres A consiguen su objetivo y cierran la economía, se enriquecen a costa del resto del país.