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Así se genera en el cerebro la dependencia

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CORTEX PREFRONTAL MEDIAL NUCLEUS ACCUMBENS CEREBELO AMIGDALA HIPOCAMPO AREA TEGMENTAL VENTRAL

EVALUACION DEL RIESGO RECUERDO

VALORACION EMOCIONAL EUFORIA

(POR SEGREGACION DE DOPAMINA)

CORTE SEMITRANSPARANTE DEL CEREBRO

las dependencias “clásicas”. Debemos ese hallazgo a Jan Reuter y Christian Büchel, de la Clínica Universitaria de Hamburg-Eppendorf. Con la técnica de tomografía de resonancia magné- tica funcional analizaron la actividad cerebral de doce jugadores habituales a los que se les permitió participar en la especialidad que mayor emoción les provocaba: los naipes con apuesta económica. A los voluntarios se les presentaban dos cartas boca abajo. Mediante el teclado debían descu- brir la carta que ocultaba un trébol rojo. Si acertaban, su cuenta inicial de 15 euros se incrementaba en uno más. Pero si salían bastos, la suma se reducía en ese importe.

Durante el transcurso del ensayo, los investigadores registraron el pa- trón de excitación de los ludópatas. Para mejor control y referencia hi- cieron participar en el experimento a otros doce voluntarios sanos. El análisis comparado evidenció que la actividad del sistema de dopamina mesolímbico era mucho menor en un jugador habitual que en otro sano; una consecuencia conocida en la dro- gadicción. Aún más: cuanto mayor era el comportamiento adictivo de un individuo en particular, tanto menos se activaba dicha estructura cerebral durante el juego.

Con el sistema mesolímbico, la naturaleza ha generado un elemento que nos empuja a llevar a cabo acti- vidades destinadas a la supervivencia. La comida o el sexo son estímulos de recompensa naturales y producen la segregación del transmisor cere- bral dopamina. Las sensaciones de felicidad unidas a ello nos animan a repetir este comportamiento. Pero el sistema no sólo se limita a medidas relacionadas con la preservación de la vida y de la especie: los estímu- los que encontramos en el seno de nuestra civilización (el dinero) pueden también activarlo, hecho que se ha comprobado en numerosos ensayos con probandos sanos.

Estímulos atenuados

Pero, ¿qué sucede cuando se esti- mula el sistema de recompensa de una persona de forma crónica, en un jugador empedernido? La respuesta es que se produce una autorregulación

a través de cierta atenuación, como medida de protección ante una hipe- restimulación dañina. Hablamos de la fase de habituación y gestación de la dependencia.

A fi n de poder sentir la emoción ansiada pese a una creciente atenua- ción, el evento que desencadena la recompensa debe ocurrir con mayor frecuencia, con una intensidad supe- rior o, mejor, con la suma de ambas. Para un jugador, eso signifi ca que debe apostar cada vez más a menudo sumas de dinero crecientes si quiere sentirse bien. Se ha estudiado ya ese proceso de “neuroadaptación”, así se denomina, responsable de la depen- dencia de ciertas sustancias [véase “Alcoholismo”, por Andreas Heinz; MENTE Y CEREBRO, número 14].

Los hallazgos del equipo de Büchel sobre la reducción de la actividad del sistema de recompensa en los jugado- res permite concluir que la dependen- cia en cuestión se graba también en el cerebro. Y posiblemente funcione según patrones descubiertos en otras adicciones patológicas basadas en una alteración del comportamiento (adic- ción al trabajo, al deporte, etcétera). Pero, ¿qué es lo que activa el sis- tema de recompensa mientras se par- ticipa en un juego de azar? ¿Quién es, en consecuencia, el responsable de la dependencia? Gracias a la to- mografía de resonancia magnética funcional, según los investigadores, se acota el instante del transcurso del juego en que se produce la máxima actividad del sistema de recompensa. Para Büchel, la hiperexcitación del apostante se produce cuando llega el resultado; en el póquer, el momento de enseñar las cartas. Ahí podría residir el desencadenante de la adicción. De apuesta en apuesta

Hay pruebas de que la frecuencia y celeridad del suceso influye en el riesgo de adicción. En 1989 Gerhard Meyer realizó una encuesta entre 400 voluntarios de asociaciones de “Ju- gadores anónimos” preguntándoles, entre otras cuestiones, la forma de jugar que más les atraía. Sólo el cinco por ciento declaraba su inca- pacidad de dominar el impulso de jugar a la Lotto, mientras que en los primeros lugares, con más del

90 por ciento, aparecían las máqui- nas de los bares y salas de juegos. Números para sorteos se compran sólo para los escasos sorteos de la semana. Por el contrario las máquinas están disponibles y preparadas para el juego todos los días durante horas y horas. ¿Sucederá acaso que todos los usuarios de televisión e Internet serán ludópatas? No parece. Al fin y al cabo, el acceso a las bebidas alcohólicas es inmediato y no todos adquieren la adicción.

Un círculo social adecuado o la satisfacción con la propia vida per- sonal y laboral actúan como protec- tores del individuo ante los com- portamientos adictivos. Lo que no obsta para que denunciemos riesgos significativos para personas con pre- disposición genética, una personali- dad más frágil o carencia de estra- tegias antiestrés. Del mismo modo, los jóvenes son un grupo de riesgo a considerar.

Por este motivo los expertos exi- gen una prevención activa así como medidas que protejan a los jugadores. “Precisamente en Internet sería espe- cialmente sencillo detectar comporta- mientos adictivos y en caso necesario bloquear las cuentas”, apunta Meyer. “Desde luego, un inicio sería que el estado le echase un vistazo al volu- men de negocio de las apuestas.” La fi nanciación de las medidas de pro- tección podría salir de los ingentes ingresos que anualmente generan los juegos de azar.

DANIELA SIMON es psicóloga e inves- tigadora en la Universidad de Humboldt de Berlín.

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SPIELSUCHT. URSACHEN UND THERAPIE. G. Meyer, M. Bachmann. Springer; Ber- lín, 2005.

A

gnes Sperling cuenta que una buena mañana su marido la golpeó de pronto. Sin más. Ella perdió los nervios, agarró el ten- dedero de ropa y lo lanzó a la terraza. Entró en liza el primo de su marido, con quien llegó también a las manos. Has- ta que aparecieron dos policías y se la llevaron detenida por alboroto. La dejaron en la estación psiquiátrica del hospital comarcal de Gummers bach, en los aledaños de Colonia.

Sperling, de 48 años cumplidos, pro- testa soliviantada porque “la familia de mi marido dice que estoy paranoi- ca. Una solemne tontería”. Aunque concede que a veces le habla una voz desde el vacío: la voz del primo.

De acuerdo con los criterios diag- nósticos al uso, deberíamos considerar síntomas de una enfermedad psicótica tales alucinaciones acústicas. La cues- tión que se plantea aquí es si hay ra- zones para someter a esta a mujer a un internamiento psiquiátrico. Y en caso afi rmativo con qué objetivos. En torno a cuestiones de ese tenor debaten en círculos 20 especialistas de diferentes hospitales; unos toman parte activa, en tanto que otros se sitúan en un discreto segundo plano, de oyentes. Hoy ocupa el centro Agnes Sperling, quien discute con médicos, terapeutas y cuidadores. Al fi n y al cabo, se trata de su propia vida.

Estas rondas de conversaciones se integran en un proyecto de investi- gación, cifrado en cuatro años, bajo la dirección de Jochen Schweitzer, catedrático de psicología médica de la Universidad de Heidelberg. Y en él participan seis estaciones de tres hospitales psiquiátricos diferentes. El proyecto, llamado “Sympa”, estudia “los métodos terapéuticos sistemáti- cos en casos de cuidados psiquiátricos agudos”. Se propone trasladar los en-

foques y métodos de la terapia sisté- mica a la cotidianidad de los cuidados psiquiátricos agudos en las clínicas. Con él se evidencia que, además de los pacientes, saca benefi cio el per- sonal sanitario.

Meta pedagógica

En el centro de este proyecto hallamos una formación continuada de 18 días para médicos, psicoterapeutas, cuida- dores y trabajadores sociales de las instituciones participantes. Comentan los casos clínicos, aprenden mejor a entrar en los problemas de los pacien- tes y mantienen conversaciones con los afectados. Se pretende, en últi- ma instancia, convertir al paciente en cliente, es decir, en una persona con sus propias ideas y necesidades y con quien se deben comentar y negociar todos los pasos del tratamiento.

Se sigue un guión terapéutico deta- llado por escrito. ¿Quién quiere algo y quién no desea nada?, ¿dónde ve su problema el enfermo?, ¿ cree de veras que le pueden ayudar en la estación clínica? Hay muchos aspectos del tra- tamiento que se transforman presto en tema de transacción: desde el ingreso en el hospital hasta el alta médica, pasando por la medicación.

Los pioneros de la terapia sisté- mica, en su inicio “terapia familiar”, fueron Gregory Bateson (1904-1980) y Don Jackson (1920-1968). A media- dos de los años cincuenta, abandona- ron la idea de los trastornos psíquicos como problemas individuales, para suponerlos procesos en el contexto de un sistema social.

A la manera del ajedrez, nada hay en nuestro comportamiento que suce- da de forma aislada. En una partida, las jugadas de uno de los contrin- cantes son al mismo tiempo la causa y las consecuencias de las jugadas

del otro, y a la inversa. Carecería de sentido considerar por separado sólo la forma de jugar de uno.

Así reza el primer supuesto básico de la terapia sistémica: el hombre no es un sujeto autárquico. Importa, pues, reconocer los modelos de comporta- miento y de comunicación en el seno de la familia o de cualquier otro grupo social. En el caso de Sperling convie- ne preguntarse qué es lo que falla en el entendimiento familiar. ¿Qué actos de su marido o del primo desatan en ella tales ataques de ira?

El segundo supuesto básico estriba en la aceptación de que una alteración psíquica no constituye un dato objeti- vo, como puede serlo una pierna rota. Antes bien, el diagnóstico depende de la percepción individual, según se mostró en 1968 con el famoso ex- perimento de Rosenhan. En aquella fecha fueron internados en centros psiquiátricos David Rosenhan y otros siete voluntarios, cual si se tratara de pacientes esquizofrénicos genuinos. Se comportaron de manera totalmente normal en las clínicas respectivas y declararon que ya no oían más esas voces.

Ni uno solo de los médicos que se ocuparon de ellos reconoció que eran simuladores. Sí descubrieron el en- gaño los pacientes genuinos. De ahí viene que los sistémicos prefi eran tratar los diagnósticos psiquiátricos como hipótesis que se cuestionan una y otra vez y que las analicen en cuanto a su utilidad (hablemos del pacien- te, su familia o empresario que le da trabajo).

Por fi n, el tercer supuesto básico sostiene que el paciente puede decidir cuál es la solución más acorde con su caso. No aludimos a que algo sea o no acertado, sino que nos referimos a qué sea lo que mejor funciona en

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