CORBIS ( ARRIBA A LA IZQUIERDA ), AP ( ABAJO A LA IZQUIERDA ); DPA ( DERECHA )
después del paro respiratorio. Y nin- gún médico declarará muerto a un paciente con paro respiratorio antes de que no haya fallado todo intento de reanimación.
El proceso “normal” del morir —paro respiratorio, desaparición del pulso, electroencefalograma plano y, por último, la pérdida de la concien- cia— se invierte en la muerte cerebral: el paciente primero pierde la con- ciencia y el EEG muestra una línea plana. Sigue, a continuación, el paro respiratorio, si no recibe respiración asistida. Después se corta el pulso y, tras un par de minutos, no se perci- be ninguna actividad en el ECG. El proceso de la muerte se presenta, por tanto, en estadios múltiples, que pue- den discurrir en un orden diferente. Sólo se muere “procesualmente” Desde una óptica médica actual, la muerte ha dejado de constituir un suceso de un instante dado para transcurrir gradualmente. “Si nues- tra lengua nos engaña al decir que sólo se da una única realidad de la muerte, porque sólo tenemos esta pa- labra muerte para designarla —explica Shewmon—, entonces no son sorpren- dentes las interminables discusiones sobre qué sea la muerte genuina”.
Para Shewmon, la idea de que los pacientes en coma están “poco menos que muertos” y otros juicios de los legos dan a entender que el afectado no está, en estricto sentido biológico, fi losófi co o jurídico, muerto del todo, aunque podría reputarse muerto “para todos los efectos prácticos”. Por eso, la extracción de órganos no vulneraría ningún principio ético.
Aún va más lejos Robert Veatch, profesor de ética en la Universidad Georgetown y ex director del Insti- tuto Kennedy de Etica en Washing- ton. Ante el hecho de que algunos de los encuestados abogan por una extracción de órganos de pacientes en coma y, con ello, pasan por alto la regla del donante fallecido, cabe plantearles “si puede establecerse una regla vigente inviolable en la medicina de los trasplantes”. Veatch considera un asunto muy delicado la suavización de la regla del donante fallecido, por sus repercusiones sobre la responsabilidad de los cirujanos, el
reparto de herencias, los seguros de vida, inicio del estado de viudedad, etcétera.
Se muestra partidario de examinar la defi nición de muerte válida hoy. Se podrían declarar muertos no sólo los cerebrales, sino también los comato- sos irreversibles y quizá los pacientes de PVS. De ese modo se dispondría de más órganos donados, sin vulne- rar la regla del donante fallecido. La “necesidad” habla en su favor: en los Estados Unidos esperan más de 80.000 personas un órgano que les salve la vida. En Alemania son casi 12.000; en su mayoría estas personas necesitan un riñón. Con todo, en el año 2005 se trasplantaron en Alema- nia sólo 4500 órganos; los tiempos de espera son, pues, largos. Ante esta penuria parece grande la tentación de ensanchar y ser más laxos en la de- fi nición de muerte.
Organos de vivos
Pero, ¿lo deseamos? Veatch duda que alguno de los encuestados aprobase la extracción en personas aún con vida, si se trata de algún pariente directo o él mismo. Las descripciones del caso en el marco de una entrevista telefó- nica apenas si son comparables con la carga emocional de los miembros de la familia. A quien, como pariente, presencia directamente en el hospital cómo un paciente de PVS (quizás el compañero o el hijo) respira todavía por sí mismo, le habrá de resultar difícil admitir que la persona “está” muerta.
Veatch propone como solución una “cláusula de conciencia”: la ley debe- ría mantener la defi nición de muerte cerebral total, pero al individuo (o a su representante) le está permitido elegir una opción alternativa. Con todo, se debería delimitar con sen- satez la cláusula de marras. Así, a un paciente cuyo corazón palpita y su tallo encefálico, cerebelo y cerebro funcionan se le considera vivo; otro, en quien no concurre nada de esto, está muerto. Pero en todos los otros casos intermedios podría quedar a la libre decisión del individuo. Es de- cir, toda persona puede, de antemano, determinar si, en caso del diagnósti- co de un coma irreversible o de un PVS, quisiera ser considerada viva
o muerta. O pasa esa decisión a sus allegados.
Alan Shewmon comparte la opi- nión: “La elección correcta del mo- mento de la muerte no es, en el fondo, un problema ontológico, sino moral. La pregunta de si está o no muerto el paciente, amén de incorrecta desde un nivel práctico y físico, carece de sentido”. La pregunta correcta sería: “¿Se pueden extraer determinados ór- ganos sin causar o acelerar la muerte, ni perjudicar al paciente?”.
Aquí ven los intérpretes del estudio el punto decisivo. Se ha de excluir un delito de homicidio premeditado. Y la cuestión de quién ha de ser tenido como muerto (muertos cerebrales, pa- cientes en coma o con PVS), pasa a segundo plano. Georg Marckmann y Matthis Synofzik argumentan de forma análoga, pues desde un punto de vista ético sería “relevante per se no la cate- goría de diagnóstico, sino los indicios concretos de una percepción todavía mantenida consciente o recuperable”. Sin sensación, el paciente ya no puede sufrir, ni será capaz de volver a hacer- lo. Con todo, la pregunta metafísica de cuán muerto está realmente un muerto sigue abierta al futuro.
YVONNE RALEY es catedrática de fi loso- fía en el Centro Felician de Lodi (Nueva Jersey). Sus temas preferidos son metafí- sica y ética aplicada.
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destinado a trasplante, el corazón del donante ha de latir aún, pues, en otro caso, el tejido se destruiría demasia- do rápidamente. Sin embargo, nunca enterraríamos a una persona con el color rosáceo de la vida. En defi nitiva, hay muchos momentos de la muerte, según el contexto.
Birnbacher: Hablamos aquí de de- fi niciones que, aunque fundadas en conocimientos médicos, no pueden justifi carse sólo por observaciones empíricas. Qué valga como “muerte” es, en última instancia, una cuestión política y social.
Härle: En todo caso necesitamos una idea operativa, que contemple al indi- viduo en sus relaciones: si se decide sobre mi muerte, se decide al mismo tiempo sobre la muerte del marido de mi mujer, del padre de mis hijos, del abuelo de mis nietos.
Al margen de estas precisiones, ¿qué objetarían contra el concepto de muerte cerebral?
Härle: El concepto “muerte cerebral” peca de ambigüedad. Puede indicar que han caído irreversiblemente todas las funciones del cerebro; por tanto, está muerto. Además, puesto que el cerebro está muerto, la persona está muerta. Tal suele ser la línea de ra- zonamiento. Sin embargo, con ello se sugiere una univocidad médico-bioló- gica, que yo no veo. Considero pro- blemática la equiparación de hombre y cerebro. Ahora bien, si hablamos del hombre que espera urgentemente una donación de órgano, me pare- ce necesario el criterio de muerte Rabea Rentschler y Andreas Jahn
Profesor Birnbacher, ¿cuándo po- demos reconocer que una persona ha muerto?
Dieter Birnbacher: La respuesta no es nada fácil. Vida y muerte son conceptos que la cultura ha fi jado. Entre nosotros y en la mayoría de los países, el derecho considera la muerte cerebral (la pérdida completa e irreversible de las funciones encefá- licas) como el criterio decisivo. Pero se trata de un criterio discutible para defi nir la muerte.
Profesor Härle, ¿cuál sería la res- puesta teológica a esa cuestión?
Wilfried Härle: La muerte es el fi nal defi nitivo de todas las actividades de una persona. Si siempre estuvo cla- ro que morir es un proceso, compe- te a nosotros aprender que la misma muerte es un proceso, falle primero el corazón mientras el cerebro sigue tra- bajando u ocurra al revés. No habría tanto un momento de muerte cuanto una “zona de muerte”.
Teniendo en cuenta esta “zona de muerte”, ¿defi ende como plausible el criterio de la muerte cerebral, a la que apenas si se pueden poner límites con la respiración y alimen- tación artifi ciales?
Birnbacher: La expresión apunta a que no está claro dónde situamos exactamente la muerte. Hay casos probados en los que se persistió con muerte cerebral 14 años, hasta que, por fi n, se desplomaron del todo tam-
bién todas las otras funciones corpo- rales. Hay, además, casos en los que embarazadas con muerte cerebral han gestado niños sanos. Para estos casos echamos mano de un criterio como la muerte cerebral, que nos ayuda en la práctica, si bien necesitamos además una comprensión social consensuada de la muerte.
¿Qué aspecto podría tener una definición mejor acotada de la muerte?
Birnbacher: No hace muchos años defendí, en el Colegio de Médicos federal, la idea de la muerte cerebral como criterio de la muerte de una persona. Con el tiempo ha disminui- do mi convencimiento en ese punto de apoyo. Deberíamos reconocer que vida y muerte son categorías biológi- cas, que trasciende el ámbito limitado de la muerte cerebral. Por otra parte, no hemos de aplicar estos conceptos sólo a los humanos. Vida y muerte se aplican también a los animales, inclu- so a especies inferiores desprovistas de conciencia. Una refl exión que nos lleva a la aporía siguiente: en los hu- manos, el momento biológico de la muerte ya no coincide necesariamente con el instante de la muerte defi nido por médicos y juristas.
Härle: Estoy de acuerdo con usted. En la cuestión del momento de la muerte intervienen aspectos muy dis- pares. ¿Cuándo es lícito suspender terapias? ¿Cuándo se puede extraer un órgano para trasplante? ¿Cuándo está permitido enterrar a una per- sona? Para poder extraer un órgano