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46-44 a.C.

Lo que sucedió a partir de entonces fue la consecuencia de la diferencia de expectativas entre el Dictador y la nación políti­ ca. Octavio pasó mucho tiempo con su tío abuelo y pudo ser tes­ tigo del marcado contraste entre la corrección pública y la frus­ tración privada.

Octavio siguió manteniendo el contacto con sus antiguos compañeros de clase y, ahora que tenía acceso libre y frecuen­ te al César, pudo hacerle un favor a uno de ellos. El hermano de Agripa había sido hecho prisionero de guerra durante la campaña africana. Obviamente, había luchado antes en el ban­ do republicano y había sido perdonado, ya que César solía cas­ tigar a los reincidentes. Agripa temía por la vida de su herma­ no y le preguntó a Octavio si podía hablarle a César en su fa­ vor. Octavio dudó, porque aún no había usado nunca su posi­ ción privilegiada y sabía cómo se enfadaba César con los que abusaban de su clemencia. Hizo acopio de valor y le formuló fi­ nalmente la petición. César se la concedió, y eso no sólo refor­ zó la amistad de Agripa, sino que también le reportó una repu­ tación de lealtad.

A finales de septiembre se dedicaron once días a las cele­ braciones de las victorias, durante los cuales César celebró la ci­ fra sin precedentes de cuatro triunfos en cuatro días. El triunfo era la procesión militar que encabezaba un general para cele­ brar una victoria destacada en una campaña contra un enemigo extranjero. El Dictador quería celebrar la conquista de la Galia, la breve guerra en Egipto, la guerra en Asia, aún más breve, y la

derrota de Juba, el rey de Numidia, en el norte de África. De he­ cho, Juba era un eufemismo para denominar a Catón y al ejér­ cito republicano, los verdaderos oponentes de César, algo que no podía admitirse abiertamente porque se trataba de ciudada­ nos romanos, contra los cuales estaba prohibido ir a la guerra.

El decimoséptimo cumpleaños de Octavio coincidió con ese festival de triunfos, el 23 de septiembre, y César decidió honrar a su sobrino. Lo invitó a que le acompañase en el desfile de la guerra africana y lo condecoró con medallas al servicio, como si realmente hubiese sido uno de sus hombres en la campaña. El día del triunfo sería uno de los más emocionantes para Octavio hasta ese momento.1 Allí se manifestaban la fama y la gloria, el máximo premio a que podía aspirar un romano.

Por convención, la ceremonia dio comienzo en el Campus Martius, o Campo de Marte, el Dios de la Guerra, un espacio abierto al noroeste de la ciudad, que se extendía desde la actual Piazza Venezia a la Ciudad del Vaticano. Este había sido origi­ nalmente el campo de entrenamiento del ejército, y en las cer­ canías había varios edificios públicos importantes. Lino de ellos era el Templo de Belona, diosa de la guerra y hermana de Mar­ te. El Senado se congregaba allí para recibir al comandante vic­ torioso antes de encabezar su procesión triunfante a través de la ciudad.

El día del triunfo, César se atavió con algunos de los atribu­ tos de Júpiter, rey de los dioses y protector de Roma. Su cara es­ taba pintada con el mismo color rojo que cubría la gran estatua de Júpiter en la colina del Capitolio y, bajo la toga bordada, lle­ vaba una túnica de color púrpura y oro bordada con hojas de palma, un símbolo de victoria.

Después de haber pronunciado un discurso y haber hecho entrega de condecoraciones militares, César pasó revista a las tropas, que luego formaron en posición de marcha. César mon­ taba un carro dorado. Junto a él había un esclavo, que le soste­ nía una corona dorada encima de la cabeza y le susurraba al oído que era mortal. Octavio lo seguía orgulloso montado en un caballo.

La procesión se dirigió hacia la ciudad. Detrás de los Sena­ dores y marcando el camino marchaban trompetistas y bueyes blancos engalanados y con los cuernos dorados que serían sacri­ ficados posteriormente. Detrás de ellos iba el botín de guerra, seguido por carrozas con escenas y cuadros que ilustraban los

acontecimientos más destacados de la campaña africana. Octa­ vio se dio cuenta de que eso provocaba indignación. Uno de los cuadros de las carrozas representaba al general republicano Quinto Cecilio Metelo Pío Escipión apuñalándose en el pecho y tirándose posteriormente al mar, y en otro, aún peor, Catón se desgarraba a sí mismo como un animal salvaje. Habría sido más sensato evitar cualquier mención de las batallas en las que ha­ bían luchado romanos contra romanos, pero César aún no per­ donaba a su antiguo oponente Catón por haber eludido su cle­ mencia. A medida que las carrozas avanzaban por las estrechas calles de la ciudad, la muchedumbre, demasiado intimidada por la nutrida presencia de soldados, no pudo hacer otra cosa que quejarse.

Finalmente llegó César, acompañado de sus legiones. Los soldados, que llevaban ramos de laurel, ejercían su tradicional privilegio de cantar canciones satíricas y a veces obscenas sobre su comandante. Ellos tenían mucho que decir sobre su reputa­ ción de mujeriego.

En el Capitolio, la ceremonia concluyó con un sacrificio en masa de los bueyes, seguido por un banquete en el templo de Júpiter. César fue escoltado con música de flautas hasta su casa,

la domus publica o residencia oficial del pontifex maximus.

En los triunfos se intercalaban una gran variedad de espectácu­ los extremadamente costosos, como bailes, representaciones tea­ trales y carreras de carros. Estas últimas se llevaban a cabo en un estadio cercano al Circus Maximus, bajo la colina Palatina. La atracción más popular en un programa de eventos bastante nu­ trido era el concurso de gladiadores,2 que solía celebrarse en el Foro, un lugar de reunión donde se erigía un estadio temporal de madera encima de una red de túneles bajo el pavimento. En esos túneles, los gladiadores esperaban su turno de saltar a la arena.

Es muy difícil entender el atractivo que podía tener un es­ pectáculo en el que se daba muerte a seres humanos. En el mun­ do desarrollado de la actualidad, son pocas las personas que ex­ perimentan regularmente la violencia física, pero en las socie­ dades premodernas, el dolor, la enfermedad o la muerte súbita o prematura eran habituales y previsibles. Además de ese tras- fondo, el éxito imperial de Roma se basaba en una cultura de

destreza militar. La guerra era algo glorioso. Se entrenaba a los jóvenes para matar, aceptar la idea de una muerte violenta y va­ lorar el heroísmo personal por encima de la mayoría de las vir­ tudes. De hecho, la palabra virtus, de la cual deriva el término castellano «virtud», no sólo significa hombría y excelencia mo­ ral, sino que lleva aparejado el concepto del coraje físico.

Los espectáculos de gladiadores tienen su origen en sacrifi­ cios humanos que se celebraban varios siglos antes en el Foro, el espacio más sagrado de la comunidad. Antes de convertirse en una plaza pública, el Foro era una zona pantanosa donde los al­ deanos de los alrededores enterraban a sus muertos, y quizá una vaga memoria de esa función original sobrevivió en la mente de la gente. La sangre de las víctimas se filtraba entre las losas del suelo y saciaba la sed de los manes, los espíritus de los difuntos que vivían una vida triste en el inframundo y, a excepción de esas ocasiones, estaban privados de sangre.

La mayoría de los gladiadores (el término proviene del latín gladius, que significa «espada») eran esclavos, pero algunos ciu­ dadanos se unían a un grupo de gladiadores por propia volun­ tad. La profesión daba asilo a marginados sociales, desposeídos, arruinados y forajidos. Los luchadores libres eran muy buscados, al parecer porque luchaban con más entusiasmo que quienes lo hacían por obligación. Un voluntario ganaba una bonificación si sobrevivía hasta el fin de su contrato. El contrato era temible y el que lo incumplía podía ser quemado, encadenado con grille­ tes, azotado o asesinado con arma blanca. De hecho, convertía al firmante en un esclavo temporal.

Los luchadores de éxito adquirían una gran popularidad. Por un lado eran lo más bajo de la sociedad, al nivel de los pros­ titutos y de los peores criminales, como los parricidas. Como se­ res humanos, habían perdido completamente su dignitas. Por otro lado, eran sensuales objetos de deseo, como revela la ins­ cripción en Pompeya, según la cual el tracio Celado «deleitaba y hacía latir los corazones de las muchachas» y Crescente, el re­ tían us (luchador con red), era «el doctor de todas las vírgenes por las noches».

Algunos promotores estaban orgullosos de que los luchado­ res no escapasen a la muerte si perdían, aunque esto encarecía muchísimo los juegos. Estos se denominaban munera sine missio­ ne, o juegos sin cuartel. Se desconoce el índice de mortalidad en la profesión de gladiador, pero probablemente era menor de lo

que presuponen las descripciones sanguinarias. Se sabe de lu­ chadores que sobrevivieron a muchos combates antes de conse­ guir finalmente su libertad (simbolizada por una espada de ma­ dera) y retirarse a la respetabilidad de la provincia. En esta fa­ ceta sanguinaria del teatro, un empresario imaginativo podía crear suspense con copiosos derramamientos de sangre y sin una mortalidad excesiva.

Otro espectáculo que arrastraba a las masas era el venatio, la caza de bestias salvajes. Se capturaban toda clase de animales en diferentes rincones del Imperio, se los llevaba a Roma y se les daba muerte en la arena. Podían morir miles en un solo día. Hombres armados con lanzas, arcos, puñales e incluso antor­ chas, a veces acompañados por jaurías de perros de caza, lucha­ ban con aterrorizados y enfurecidos leones y panteras, tigres y leopardos. Se agitaban trapos rojos frente a toros, un precursor del toreo español de la actualidad. También se cazaban, aunque más raramente, hipopótamos, avestruces y cocodrilos. César puso en escena cinco venationes durante las festividades, en una de las cuales opuso un grupo de elefantes contra otro. Además, importó 600 leones y otros 400 felinos de gran tamaño.

Fue ampliamente comentado el hecho que en los espectáculos teatrales y banquetes públicos Octavio acompañase invariable­ mente a su tío abuelo, quien le trataba como si fuese su propio hijo. Durante los sacrificios y al entrar en los templos para los ri­ tuales religiosos, César iba acompañado del joven y conminaba a los que tomasen parte en esos eventos públicos para que le die­ sen preferencia.

Cada vez era más frecuente que se le acercasen solicitantes a Octavio y le pidiesen su intercesión ante César de una forma u otra. Su éxito con el hermano de Agripa y su familiaridad cre­ ciente con el Dictador le proporcionaron el coraje para propo­ ner peticiones, que eran invariablemente concedidas. Esto era así, en gran medida, gracias al tacto con que lo llevaba a cabo. Se­ gún Nicolás: «Tenía cuidado de no solicitar nunca un favor en un momento inoportuno ni cuando podía molestar a César».3

César decidió que era hora de que el joven adquiriese algu­ na experiencia administrativa, así que le asignó la responsabili­ dad de dirigir el programa teatral de las celebraciones triunfales. Deseoso de mostrar su compromiso, Octavio se quedó hasta el

final de todos los actos, incluso en los días más largos y caluro­ sos. Eso puso a prueba su ya delicada salud y cayó gravemente enfermo.

César estaba fuera de sí a causa de la ansiedad y, para ani­ marse, visitaba diariamente al enfermo o enviaba amigos en su lu­ gar. Los doctores hacían guardia permanente. En una ocasión, le llegó un mensaje a César de que Octavio había sufrido una seria recaída y estaba en peligro de muerte, y el Dictador se puso en pie de un salto y corrió descalzo hacia la casa en la que estaba Octavio. Desesperado y muy enfadado, interrogó a los doctores sobre el pronóstico de su paciente y luego se sentó junto a la ca­ becera de la cama del muchacho. Octavio se fue recuperando poco a poco, pero durante algún tiempo estuvo muy débil.

No se conoce la naturaleza de la enfermedad que afligió a Octavio en esa ocasión, aunque pudo haberse debido a una gra­ ve insolación.

Poco después de los triunfos, Cleopatra llegó a Roma y se hospe­ dó en casa de César. Su viaje desde Egipto fue aplazado hasta des­ pués del triunfo egipcio. Uno de los cautivos en la procesión ha­ bía sido su hermanastra Arsínoe, a quien los alejandrinos habían aclamado como su reina poco antes de caer presa de César. Aun­ que Cleopatra la odiaba, no quería ver a su hermanastra encade­ nada y que su reino fuese presentado como un poder vencido.

La reina iba acompañada por el más joven de sus hermanos y nuevo marido, Ptolomeo XIV, que sólo tenía quince años, y es de suponer que también por un nutrido séquito. Es muy pro­ bable que se llevase con ella a Cesarión. César los hospedó en su mansión, rodeada de hermosos jardines (su hortus), en el otro lado del río Tiber, cerca de la cara sudeste de la colina Ja ­ niculo. Allí, Cleopatra fue el centro de atención y recibió a po­ líticos romanos importantes. Los aires de grandeza de la reale­ za, aunque fuesen acompañados de regalos espléndidos y de en­ tretenimientos refinados, no eran bien acogidos entre la elite resueltamente republicana. Algunos, como el orador Cicerón, la rechazaban amablemente a pesar de los esfuerzos de la reina por congraciarse.

Es probable que Cleopatra devolviese los cumplidos con igual amabilidad. Su mentalidad era incorregiblemente autocrá- tica. Nada la había preparado para la ruidosa olla de grillos de

la política romana y para los competitivos aristócratas que no concebían que alguien pudiese ser superior a ellos. En Alejan­ dría, su respuesta a la disensión era el uso de la fuerza, y debió de haberse desconcertado mucho a causa de la política de cle­ mencia de César.

Ni la esposa de César, Calpurnia, ni el convaleciente Octavio nos han dejado su opinión sobre la intrusa egipcia, pero ningu­ no de los dos debió de haberse alegrado por la presencia de un rival, tanto en lo que respecta al afecto del César como por el poco tiempo disponible para estar con ellos.

Resultó que la lucha no se había terminado después de todo, lo que no dejaba de ser exasperante. Los dos hÿos de Pompeyo el Grande, Cneo y Sexto, de treinta y dieciséis años respectiva­ mente, habían conseguido escapar de la debacle africana y ha­ bían llegado hasta España, donde su padre tenía una clientela numerosa y fiel.

El sistema de «clientes» era un rasgo crucial en la vida social y en la política romanas. Un romano poderoso era patrón, o protector, de cientos o incluso miles de «clientes», no sólo en Roma e Italia sino también al otro lado del Mediterráneo. Esas redes de ayuda mutua trascendían clases sociales y vinculaban a los romanos con la gente de las provincias.

El clientelismo no era vinculante legalmente, pero sus nor­ mas se obedecían casi siempre. La lista de clientes de un patrón pasaba de generación en generación; el padre se la daba a su hijo y así sucesivamente. Un patrón velaba por los intereses de sus clientes. Podía proporcionarles comida, dinero y pequeñas parcelas de tierra o defenderlos si tenían problemas con la ju s­ ticia. A cambio, los clientes debían ayudar a su patrón de la forma en que pudiesen: votando como él deseaba en las Asam­ bleas o haciendo campaña por él cuando optaba a un puesto oficial. En Roma, los clientes presentaban cada mañana sus res­ petos en la casa de su patrón y lo acompañaban caminando hasta el Foro.

Poco a poco, Cneo reunió un ejército de trece legiones, aun­ que muchos de sus soldados eran españoles sin experiencia mi­ litar. Los emisarios del Dictador en España no eran capaces de aventajar a los rebeldes, y a principios de noviembre del año 46 a.C. quedó claro que se necesitaría la intervención personal de César para extinguir un fuego que parecía haberse apagado, pero que había vuelto a encenderse y estaba ardiendo descon-

troladamente. César no tardó en ponerse en camino para llevar a cabo otra campaña, y en Roma, una vez más, se quedaron a la espera de noticias.

César esperaba que Octavio le acompañase, y esta vez no pa­ recía haber ninguna objeción por parte de sus padres. Octavio ya tenía dieciocho años y no era ningún niño, y como para otros de su clase social, el próximo paso en su educación tenía que ser un período de servicio bajo las órdenes de algún general. Evadir eso sería visto como una señal de cobardía.

Por desgracia, el joven aún no se había repuesto completa­ mente de su enfermedad. Su tío abuelo le dijo que se reuniese con él en cuanto estuviese mejor. Ansioso por dejar Roma lo an­ tes posible, Octavio se concentró en el restablecimiento de su sa­ lud. Cuando aún no se había repuesto totalmente, empezó a ha­ cer preparativos para su viaje, afirmando que lo hacía «según las instrucciones de mi tío».4 Así se refería ahora a César cuando quería estar seguro de que sus requerimientos se llevaban a cabo rápidamente.

Muchos voluntarios quisieron unirse a su expedición, su ma­ dre entre ellos, lo que suponemos que debió de causarle un gran desconcierto. Como suele ocurrir con los padres cuyos hi­ jos tienen una constitución física débil, a Atia le resultaba difícil separarse de su hijo, ya adulto. Octavio seleccionó una escolta reducida entre sus sirvientes más fuertes y rápidos. También le acompañaron tres de sus compañeros más íntimos, entre los cuales es muy probable que estuviese su querido amigo Agripa.

El viaje de Octavio no estuvo exento de peligros. No se sabe con exactitud de dónde salió ni qué ruta tomó. Era peligroso na­ vegar durante los meses de invierno, y es plausible que dejara Roma en febrero o marzo y viajara por tierra, por el sur de Fran­ cia. Cuando Octavio llegó a España, debió de haber encontrado señales del enemigo, que dominaba el norte, y de los bandole­ ros. Después de haber hecho acopio de valor, debió de embar­ car en Tarraco (la actual Tarragona).

A pesar del clima incierto, era más seguro navegar siguiendo la costa hasta Cartago Nova (la Cartagena actual). Si todo iba bien, aún estaría en manos de César y podría encontrarlo o al menos averiguar su paradero. Era una decisión sensata, pero na­ vegar en invierno podía ser peligroso. Los barcos rara vez carga­ ban más de 300 toneladas y a menudo solían padecer las impre­ vistas tormentas del Mediterráneo. La brújula no se había in­

ventado, así que navegaban siguiendo la línea de la costa. Es de suponer que una tormenta sorprendiese a Octavio, porque nau­ fragó antes de llegar a su destino.

Cuando Octavio y su reducido grupo de acompañantes lle­ garon finalmente, la guerra se había acabado. César había sali­ do victorioso. Una vez más había perdido la oportunidad de ini­ ciarse en una guerra de verdad. No tardó en ser informado so­