38-36 a.C.
La popularidad de Sexto entre los romanos estaba en alza y empezaron a surgir disputas entre los signatarios del Tratado de Miseno. Octaviano estaba cada vez más convencido de que el acuerdo había sido un error. Sin embargo, la novedad más im portante hasta ese momento era la deserción del almirante de Sexto, Menodoro, que estaba en Cerdeña. El ex pirata estaba perdiendo la confianza en la habilidad estratégica de su jefe y en sus posibilidades de supervivencia a largo plazo. Menodoro le entregó a Octaviano Cerdeña y Córcega, tres legiones y algunas tropas con armamento ligero.
Con tratado o sin él, ésa era la oportunidad de deshacerse de Sexto. Sin embargo, antes de revelar sus intenciones, Octa viano le pidió ayuda a Antonio, a quien había ido a visitar a Ita lia para consultarle. Le pidió un ejército a Agripa, que había su cedido a Caleno en el cargo de procónsul en la Galia, encargó barcos de guerra en Rávena e hizo los preparativos para que otros requisitos indispensables para la guerra se reuniesen en las costas occidental y oriental de Italia, en Brindisi y Puteoli.
Por desgracia, Antonio se opuso a las hostilidades con Sexto. Acudió a la cita en Brindisi que ambos habían fijado en el 38 a.C., pero, para su disgusto, no encontró a Octaviano. Después de mucho esperar, se marchó, pero escribió a su colega triunvi ro desaconsejándole insistentemente en contra de la guerra. No está muy claro qué pretendía Octaviano con el desaire. La ex plicación más benévola, y no del todo inverosímil, es que sus preparativos militares le retuvieron, aunque quizá tampoco le
parecía mal retrasar los planes partos de Antonio. Sin embargo, es mucho más probable que Octaviano estuviese sucumbiendo a un inusual ataque de autoconfianza. Gracias al apoyo de Meno- doro tenía conocimiento de todos los secretos de Sexto y, pen sándolo bien, no necesitaba lo más mínimo los consejos o la ayu da de Antonio.
El plan de Octaviano era derrotar a Sexto en el mar y luego transportar tropas desde Italia para que ocupasen Sicilia. Lanza ría un ataque de dos frentes. Una flota navegaría hacia el sur desde Puteoli, encabezada por Cayo Calvisio Sabino, antiguo ofi cial de Julio César y uno de los pocos políticos de las provincias; el año anterior había sido el primer cónsul no latino. Era uno de los dos senadores que habían intentado proteger a César du rante los Idus de Marzo.1 Calvisio compartía el liderazgo con Menodoro. La otra flota, para cuya dirección Octavio se nombró a sí mismo almirante, zarparía de Tarento y se aproximaría a Si cilia por el este.
En la época clásica, el mar era un lugar terrorífico. La brúju la aún no se había inventado y los marineros solían navegar si guiendo la línea de la costa. Los barcos eran muy vulnerables al mal tiempo y la navegación se evitaba todo lo posible durante los meses de invierno. Las flotas de guerra romanas consistían prin cipalmente en galeras de remos, la mayoría trirremes y quinque- rremes. No sabemos con exactitud cómo funcionaban. Descono cemos si un trirreme tenía tres bancos de remos o un banco con los remeros agrupados en grupos de tres con un remero por cada remo. Desplazaba unas 230 toneladas y medía unos 45 me tros de largo. Los quinquerremes probablemente tenían un ban co de remos con cinco remeros por remo, y habían unos 150 re meros en total. No solían ser romanos, aunque tampoco estaban encadenados a los remos como en las películas de Hollywood. Cada barco tenía un capitán o trierarca, un timonel y un hortator o animador, que marcaba el ritmo de los remeros. El barco era capaz de velocidades de entre 7 y 10 nudos.
Los barcos de guerra tenían arietes de metal en la proa. La táctica habitual era embestir un lado del barco enemigo. Los ro manos solían librar las batallas navales como si estuvieran en tie rra firme. Inventaron una especie de garfio, el cornus o «cuervo», que permitía a los soldados abordar el barco enemigo y apode rarse de él. Si el abordaje era impracticable, se podían destruir las galeras tirándoles proyectiles en llamas para prenderles fuego.
Los trirremes y los quinquerremes tenían muchas dificulta des a la hora de lidiar con las tormentas. Sus proas elevadas les dificultaban el enfrentarse al viento. Una gran vela rectangular en mitad de cubierta y una o dos más pequeñas se usaban du rante los viajes ordinarios, pero el aparejo de cruz le impedía avanzar con el viento en contra. Cuando las olas los golpeaban de lado, eran difíciles de maniobrar y tendían a inundarse o a volcar, aunque, al ser de madera y de construcción ligera, rara vez se hundían completamente.
Sexto se enteró de la deserción de Menodoro cuando las flo tas enemigas estaban de camino. Envió inmediatamente al anti guo pirata Menécrates con la mayoría de sus barcos para hacer les frente, mientras él decidió esperar a Octaviano, a quien con sideraba como la amenaza menor, frente a Messana (la actual Mesina), en el estrecho que separa Sicilia de Italia.
Menécrates se encontró con Menodoro y el almirante roma no Calvisio frente a Cumas (Cumae) y tuvo el mejor combate, aunque cayó herido y murió poco después. Al atardecer, las dos flotas se separaron, y los barcos de Sexto volvieron al puerto de Mesina sin conseguir su victoria.
Cuando Octaviano recibió las noticias al día siguiente sobre lo que había sucedido en Cumas, decidió afrontar el estrecho y llegar hasta donde se encontraba Calvisio. Eso fue un grave error. Sexto salió de Mesina con gran cantidad de soldados y ata có la flota de Octaviano, que huyó hacia la costa italiana. Mu chos barcos fueron conducidos hacia las rocas y se les prendió fuego. Mientras caía la noche, Sexto avistó la flota de Calvisio navegando hacia el sur al rescate y después se retiró a Mesina.
Octaviano, cuya vida estaba en peligro y que aún no sabía que Calvisio estaba cerca, desembarcó con sus guardias, sacó a varios hombres del agua y se refugió con ellos en las montañas. Allí encendieron hogueras para alertar a los que estaban en el mar de su paradero. Sin embargo, la tripulación de los barcos estaba tan ocupada reflotando el barco e intentando recuperar los restos del naufragio que nadie acudió, y los supervivientes pasaron la noche sin comida ni nada de lo necesario. Octaviano no durmió, sino que se paseó entre los diferentes grupos ha ciendo todo lo posible para elevar el ánimo.
Afortunadamente para él, resultó que la Decimotercera Le gión estaba marchando esa noche por las montañas; al parecer, marchaban a toda prisa para llegar a Rhegium, un puerto fren-
te a Mesina, en anticipación de la planeada invasion de Sicilia. Su comandante se enteró del desastre en el mar, supuso que las hogueras en las montañas revelaban la presencia de supervi vientes y condujo a sus tropas en esa dirección.
Cuando la Legión los encontró, Octaviano y sus compañeros refugiados estaban en una situación precaria. Les dieron de co mer y se levantó una tienda improvisada para el exhausto triun viro. Con su autodisciplina habitual, envió mensajeros en todas direcciones para anunciar que estaba vivo y al mando. Sabiendo que Calvisio había llegado con su flota, se concedió un tiempo de sueño. Habían sido veinticuatro horas horribles, como se en cargaron de recordarle con todo detalle cuando despertó. Se gún Apiano, «Cuando, al alba, miró hacia el mar, pudo ver los barcos que habían sido incendiados, otros que aún estaban en llamas o medio quemados, y algunos otros hechos pedazos».2
Por si eso no era suficiente, por la tarde se desató una de las tormentas más violentas de las que se tenía memoria, ocasio nando un oleaje y una gran comente en el estrecho. Sexto es taba a salvo en el puerto de Mesina, y Menodoro, que tenía mu cha experiencia con el impredecible tiempo del Mediterráneo, puso rumbo mar adentro, donde pudo capear el temporal. Por el contrario, los barcos de Octaviano que aún flotaban fueron arrojados contra la costa escarpada y chocaron con las rocas y unos contra otros. Al cabo de un rato se hizo de noche, pero el viento no cesó hasta la mañana siguiente. Más de la mitad de la flota se había hundido y la mayoría de los barcos restantes esta ban seriamente dañados.
A eso siguió otra noche de viaje por las montañas y, por su puesto, otra noche oscura del alma, porque ésa era la peor cri sis de la carrera de Octaviano. Su humillante doble derrota na val no sólo significaba el desmoronamiento de sus esperanzas de eliminar a Sexto Pompeyo, sino que también podía desencade nar conspiraciones contra él en Roma.
Octaviano llevó a cabo metódicamente los pasos necesarios para reducir el riesgo. Ordenó a todos sus partidarios y coman dantes militares que estuviesen alerta. Se destinaron destaca mentos de infantería a lo largo de la costa para disuadir a Sexto de llevar a cabo una invasión. Muchos se quedaron al otro lado para salvar y reparar sus galeras. Entre tanto, el hijo de Pompe yo el Grande celebraba su gran victoria. Desde su llegada a Sici lia había acuñado monedas en las que identificaba al dios del
mar, Neptuno, con su padre. Ahora se proclamaba «hijo de Nep tuno», empezó a llevar una capa azul oscuro en lugar de la mo rada reglamentaria y sacrificó al dios algunos caballos (se rumo reaba que también hombres) tirándolos al mar.
Abatido, Octaviano viajó hacia el norte en dirección a Cam pania, obsesionado con lo que haría a continuación. Menos de la mitad de su flota se había salvado, y además había quedado se riamente maltrecha. Necesitaba muchos barcos nuevos, pero no tenía tiempo ni dinero para construirlos. Aunque era embara zoso, se dio cuenta de que tendría que humillarse y volver a pe dir ayuda a sus colegas triunviros (Lépido, medio olvidado en Africa, y Marco Antonio, al que había desairado pocos meses an tes). Sin su ayuda no podría hacer progresos; además, si los de jaba a su aire, sus colegas triunviros podrían empezar a tener tra
tos con Sexto. Así pues, les envió una súplica urgente.
Casi a la vez, sin embargo, Octaviano deseó no haberlo hecho, porque el regreso de su amigo Agripa de la Galia le dio ánimos. El comandante, de veinticuatro años, tenía importantes logros en su haber, como haber protegido la frontera del Rin y haber fundado una nueva ciudad, Colonia Agrippinensis (que más adelante sería llamada simplemente Colonia). Se le ofreció un triunfo, pero de clinó el ofrecimiento por respeto a la angustia de su amigo.
El joven y victorioso general dirigió entonces su atención a un estilo de guerra con el que no estaba nada familiarizado: la guerra naval. Determinó con exactitud lo que necesitaba: un tra mo de agua lo bastante amplio con grandes reservas de madera en las inmediaciones, donde pudiese construir una nueva flota y entrenarse a sí mismo y a una nueva tripulación a salvo de los merodeos de Sexto Pompeyo, incluso sin su conocimiento.
Agripa conocía el lugar perfecto: el lago Averno, el cual, se gún el gran poeta épico griego Homero,3 era la entrada al Ha des, donde habitaban los muertos, sombríos y exánimes. No lejos de Cumas, el Averno era un enorme cráter lleno de agua, con un diámetro de ocho kilómetros y una profundidad de 34 metros. Con excepción de una entrada angosta, estaba completamente ro deado de colinas boscosas, lo que le confería una atmósfera som bría y opresiva. Aquí y allá, en la ladera, varios chorros volcánicos escupían una mezcla de agua, llamas, humo y vapor.
A poca distancia hacia el sur se hallaba el lago Lucrino, se parado del mar por una larga y estrecha franja de tierra («tan ancho como un camino de carretas»,4 según el géografo con
temporáneo Estrabón). Carente de sensiblería, Agripa se man tuvo impertérrito ante el ambiente lúgubre del lugar. Albergaba la idea brillantemente simple y en extremo ambiciosa de abrir un canal en dirección sur desde el Averno hacia el lago Lucrino hasta llegar al mar. Su plan se llevó a cabo con premura, y se cavó un túnel bajo tierra en dirección norte hasta la ciudad cos tera de Cumas, creando así una segunda vía de acceso. De esa forma se creó un enorme y nuevo puerto secreto, completa mente seguro, y se le dio el nombre de Portus Julius. Se corta ron los árboles de la ladera del Averno para construir las quillas y las galeras. Veinte mil ex esclavos liberados fueron reclutados como remeros y aprendieron en secreto y en lugar seguro. En tre otras cosas, pudieron hacer uso de una mejora letal en el cor vus que había inventado Agripa: el harpax, un rezón que se tira ba desde una catapulta situada en un barco. Esa vasta empresa requería recursos considerables. Partidarios acaudalados de Oc taviano y algunos municipios italianos financiaron nuevos bar cos, y llegó un mensaje de Antonio en el que ofrecía ayuda mi litar. Se buscó financiación en las provincias, y es muy probable que Agripa hubiese traído fondos desde la Galia.
En respuesta a la petición de Octaviano, transmitida por el con ciliador Mecenas, Antonio, que había pasado el invierno en Ate nas, accedió a volver a Italia en la primavera o a principios del verano del 37 a.C. Asegurarse de que el oeste estaba tranquilo antes de partir para Partía redundaba en su beneficio, y además necesitaba (y le estaba permitido por el Tratado de Brindisi) re clutar tropas en Italia.
Antonio zarpó con una gran flota en dirección a Brindisi, pero una vez más se encontró con que el puente estaba cerrado para él. Irritado por esa evidencia de la renovada inconstancia de Octaviano, puso rumbo a Tarento. Una vez allí, invitó a Oc taviano a unirse a él. En ese momento no estaba seguro de si ayudaría a su colega triunviro en contra de Sexto. Octavia, que acompañaba a Antonio, estaba intranquila ante la posibilidad de que volviese a estallar un conflicto entre su marido y su hermano. Según Plutarco: «Si pasa lo peor —le escribió a su hermano— y estalla la guerra entre vosotros, nadie sabe a quién de los dos de parará el destino la victoria sobre el otro, pero lo que sí es se guro es que mi destino será miserable».5
Octaviano entendió el mensaje; es más, probablemente lo había entendido antes de que su hermana le hubiese escrito. Su negativa a encontrarse con su colega había sido tan desacerta da como su llamada de socorro. No estaba preparado en abso luto para una guerra contra Antonio y no tenía siquiera una ex cusa para desearla. Había asuntos que los triunviros debían dis cutir; por ejemplo, una prórroga del Triunvirato, el cual estaba a punto de expirar. Era evidente que había que celebrar una reunión. La única eventualidad que quería evitar era que Anto nio se le uniese en su guerra contra Sexto. Para asegurar su fu turo como cogobernador del Imperio tenía que ganar sus pro pias batallas.
Así pues, se acordó celebrar una conferencia en Tarento. Mece nas viajó desde Roma para llevar a cabo los preparativos y pro gramar la agenda. También era un ministro de cultura extraofi cial, porque reconocía la importancia de las artes para promo cional' un régimen político. Tenía buen ojo para el talento litera rio y siempre estaba atento para descubrir nuevos valores. Reunió en torno a él a un grupo de poetas, a los que les concedió libre acceso a su casa de Roma. El más importante de todos ellos era Virgilio, quien en ese momento tenía treinta y pocos años.
Otro miembro del círculo de íntimos era Horacio, de veinti siete años de edad y el favorito de Mecenas. Amante de la vida pacífica, Horacio estaba de acuerdo con el filósofo griego Epi curo en que el placer era el único bien. Completamente exento de vanidad, nos ha dejado breves descripciones de su aspecto ro tundo:
Ven a verme cuando desees reír. Soy gordo y pulcro,
Mi salud es perfecta, soy un porquero en la piara de Epicuro.6
O también:
De complexión menuda, prematuramente canoso y aficionado al sol, Perdía los estribos con facilidad, pero no era difícil de aplacar.7
Su eminente patrón, que también era corpulento, le escribió un epigrama en verso: «Si no te amo, Horacio, más que a mi vida, que tu amigo sea tan flaco como una muñeca de trapo».8
Era típico de él que Mecenas reuniese un grupo de poetas para que lo acompañasen en el viaje, probablemente por diver sión y para gozar de buena conversación, aunque esas persona lidades literarias debieron de haber sido presionados para ser virle de secretarios. Horacio escribió un alegre poema descri biendo el viaje. Después de dos días de viaje tranquilo desde Roma, él y un compañero suyo, profesor de Retórica, llegaron a una marisma infectada de malaria, las Lagunas Pontinas (Julio César planeaba desecarlas, pero eso no se llevó a cabo hasta la década de 1930, por orden de Benito Mussolini). Dejaron la ca rretera por una noche y fueron transportados en barcaza a tra vés de una marisma.
Después, Horacio se reunió con Mecenas y, al día siguiente, con Virgilio y dos amigos poetas. El grupo se detuvo en Capua (la actual Santa Maria Capua Vetere) y se tomaron la tarde libre para descansar del viaje. Capua era una de las ciudades más ri cas de Italia, a la que Cicerón había llamado la «segunda Roma».9 Contaba con un centro donde se celebraban combates de gla diadores y un magnífico anfiteatro (las ruinas que se pueden ver en la actualidad corresponden a otro muy posterior), donde lle gó a luchar Espartaco. Sin embargo, ninguno de ellos estaba in teresado en ver esos lugares. Mecenas se fue a hacer ejercicio, mientras Horacio, que tenía una infección en un ojo, y el deli cado Virgilio hicieron la siesta, porque «los juegos de pelota son perjudiciales para los ojos inflamados y los estómagos dispép ticos».10
Algunos días después, cuando las áridas colinas de Apulia (hoy también Pulla, del italiano Puglia), la ciudad natal de Ho racio, aparecieron ante sus ojos, los viajeros se refugiaron del ca lor en una villa de Trivicum (la actual Trevico). Los ojos de Ho racio estaban irritados por el humeante hornillo, pero sus áni mos se alegraron ante la perspectiva de un encuentro amoroso.
En esa ocasión, sus esperanzas se frustaron y Horacio tuvo que conformarse con un sueño húmedo.
Aquí, como un tonto redomado, estuve despierto hasta la medianoche Esperando a una muchacha que había roto su promesa. Al final, el
sueño
Me superó, sexualmente excitado. Entonces, las escenas de un sueño Húmedo salpicaron mi camisón y mi vientre, mientras yo yacía
boca arriba.11
Los tres días siguientes de viaje en carreta fueron excepcio nalmente incómodos y agotadores, porque las carreteras estaban muy estropeadas por la gran cantidad de lluvia caída y que aún seguía cayendo. El tiempo mejoró cuando Horacio y sus amigos se aproximaban a Brindisi, antes de entrar en la elegante ciudad de Tarento y en el mundo de los grandes acontecimientos.