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36-35 a.C.

El botín para el victorioso. Antes incluso de que Octaviano llegase a Roma en septiembre del 36 a.C., el Senado le concedió en votación numerosos honores, permitiéndole escoger si los aceptaba todos o sólo aquellos que él aprobase. El 23 de sep­ tiembre cumplió los veintisiete años, y muchos han elegido esa fecha para datar su entrada a la ciudad.

Octaviano aceptó tres honores de entre los que le habían sido otorgados en votación. Los dos primeros eran un festival anual para conmemorar la victoria en Nauloco y una estatua suya recubierta de oro en el Foro, en la que se le representaría vestido tal como entró en Roma y sobre una columna decorada con arietes de barcos. El tercer honor era con diferencia el más importante: la tribunicia sacrosanctitas.1 Eso significaba que la per­ sona era sacer, consagrada e inviolable bajo pena de proscrip­ ción. Esa protección se le confería a los Tribunos del Pueblo, pero Octaviano no tenía que ocupar el cargo de tribuno, aun­ que se le concedió además el derecho a sentarse en los bancos de los tribunos durante las reuniones.

Un beneficio más práctico para los ciudadanos fue que Octa­ viano perdonó los plazos impagados de impuestos especiales, además de las deudas pendientes de los recaudadores de im­ puestos. Se anunció que los documentos relativos a las guerras ci­ viles serían quemados. La administración del Estado fue devuel­ ta a los magistrados regulares y Octaviano consintió en devolver todos los poderes triunvirales extraordinarios cuando Antonio volviese de Partía.

Octaviano le debía mucho a sus amigos y partidarios y se ase­ guró de que todos fuesen bien recompensados. A Agripa, que había sido el cerebro de la victoria siciliana, se le concedió un honor sin precedentes: la corona rostrata, una corona dorada de­ corada con arietes de barcos. Tenía derecho a llevarla cuando se celebrase un triunfo. Los sacerdocios fueron repartidos genero­ samente. Los botines y las tierras colmaron a los amigos del triunviro. A Agripa se le concedieron extensas propiedades en Sicilia y la mano de una de las mayores herederas de Roma, Ce­ cilia, la hija del amigo de Cicerón y multimillonario Tito Pom­ ponio Atico.

Algunos no sabían comportarse con el decoro exigido des­ pués del éxito. Cornificio, a quien se le otorgó el Consulado en el 33 a.C., se enorgullecía tanto de sus hazañas en Sicilia que se hacía transportar en la grupa de un elefante cuando salía a ce­ nar fuera.

Es difícil sobrestimar la importancia de la victoria siciliana. Du­ rante sus primeros años de luchas, Octaviano presumía de su re­ lación con Julio César, pero a partir de ese momento no insistió en su condición de divi filius. Era quien era por derecho propio.

¿Y Marco Antonio? La victoria de Octaviano sobre Sexto Pompeyo y su adquisición de Sicilia y Africa de manos del desti­ tuido Lépido marcaron un cambio importante en las posiciones respectivas de los triunviros. Los dos rivales de Octaviano por el control de Occidente habían desaparecido.

Esta simplificación del panorama político tenía una conse­ cuencia importante. A pesar de los años de derramamiento de sangre, aún existía una facción republicana, un grupo heterogé­ neo de recalcitrantes que no estaban dispuestos a aceptar lo que parecía cada vez más el veredicto inmutable de la Historia. Con el final de Sexto Pompeyo, el único refugio que quedaba era Marco Antonio. Eso era así, en parte, porque, comparado con Octaviano, Antonio era el menor de los males. También nota­ ban en él un enfoque más relajado con respecto a la autocracia. Como último recurso, le gustaba llevar una vida muy tranquila. No era un revolucionario, y siempre y cuando pudiese mantener su dignitas y auctoritas, una preeminencia de respeto e influencia, no tenía dificultad en imaginar un retomo al familiar juego vio­ lento de la República.

En la primavera del 36 a.C., Antonio lanzó su invasión larga­ mente planeada sobre Partía. Su tarea era zanjar un asunto mili-

tar largamente postergado, vengar la catástrofe de la batalla de Carrhae en el 53 a.C., la muerte del comandante romano Marco Licinio Craso a manos de los partos y la pérdida de muchos es­ tandartes legionarios romanos. Pocos dudaban que Antonio con­ seguiría una gran victoria, que sellaría su predominio.

La información se filtró muy lentamente a través de los de­ siertos orientales. Cuando se libró la batalla de Nauloco, nadie en Italia tenía idea de cómo iba la campaña parta. Entonces, en algún momento del otoño, llegaron partes de Antonio anun­ ciando la victoria. Aunque a Octaviano le hubiera ido muy bien que Antonio hubiese tenido algún contratiempo, los hechos eran los hechos y debía alegrarse.

A Antonio le había llevado años preparar su guerra parta. Des­ pués del Tratado de Brindisi, en octubre del 40 a.C., tuvo que afrontar dos desafíos. El primero lo plantearon los partimos, una tribu de Iliria que ocupaba una región escabrosa y monta­ ñosa junto al puerto de Dyrrachium y en el origen de la Vía Eg­ natia, el acceso a las provincias al este de Grecia y Roma. Los partinios, que se habían unido a Bruto y servido en su ejército, estaban en una situación de revuelta. Invadieron Macedonia y se desplazaron hacia el sur, donde fueron capaces de cortar uno de los enlaces de comunicaciones cruciales del Imperio. También capturaron el puerto ilirio de Salona, al norte (el actual Solin, cerca de Split, en Croacia). Antonio envió once legiones, que so­ focaron eficientemente la rebelión.

El segundo desafío concernía a los partos, que planteaban una amenaza mucho más seria que una tribu de la colina iliria. Eran muy conscientes de que, cuando algún alto mando roma­ no se tomase un tiempo libre en su lucha contra otros romanos, reuniría todas las fuerzas del Imperio para castigarlos por el de­ sastre de Carrhae. ¿No sería sensato lanzar un ataque preventi­ vo? En la primavera o el verano del 40 a.C., un destacamento de jinetes partos encabezado por Palcúr (Pacoras), el fenomenal hijo del rey Urúd (Orodes), entró en la provincia de Siria y mató al gobernador. La invasión era la mayor amenaza contra el Gobierno romano desde la época del monarca rebelde Mitrída- tes del Ponto, medio siglo antes.

Por desgracia, tratar con Octaviano y las secuelas de la gue­ rra de Perusia distrajeron a Antonio durante la mayor parte de

ese año. Decidió no tomar la iniciativa, quizá queriendo reser­ varse para la invasión parta a gran escala. En lugar de eso, envió a uno de sus mejores generales, Publio Ventidio, que había ser­ vido con Julio César y entendía la necesidad de rapidez en la guerra.

Ventidio ganó tres grandes batallas en una campaña de dos años, la última de las cuales se libró al noreste de Antioquía, la capital de Siria, el 9 de junio del 38 a.C., en la que Pakúr fue ase­ sinado. El príncipe parto era muy querido en la región siria y Ventidio envió su cabeza a varias ciudades con el objetivo de di­ suadir a sus colaboradores. Después de haber derrotado y dis­ persado a los invasores, el general marchó hacia el este y sitió la ciudad de Samosata (la actual Samsat, en Turquía), en el río Eu­ frates.

El tiempo pasó y se rumoreaba que Ventidio estaba aceptan­ do sobornos para no conquistar Samosata. Antonio decidió ir y concluir personalmente la campaña. Despidió a Ventidio y nun­ ca volvió a requerir sus servicios. Sin embargo, Samosata demos­ tró ser un hueso más duro de roer de lo que Antonio había pen­ sado, así que negoció un acuerdo y volvió a Atenas para pasar el verano del 39 al 38 a.C. Según Plutarco, recibió 300 talentos (un talento era una suma griega de dinero con un valor de unos 24.000 sestercios) a cambio de su partida. Uno se pregunta qué sería esa suma comparada con lo que recibió Ventidio.

La idea de que Antonio asumiese la autoridad moral a cau­ sa de la indecencia financiera de un subordinado no parece tí­ pico de él. Es mucho más probable que el triunviro estuviese «celoso [de Ventidio] porque éste se había ganado la reputa­ ción de haber llevado a cabo una valiente hazaña por su cuen­ ta».2 Fuese cual fuese la verdad, el deshacerse de un coman­ dante del calibre de Ventidio era un acto de arrogancia y ne­ gligencia.

Octaviano no tuvo dificultad en mantenerse al comente de las actividades de Antonio. Aunque las comunicaciones eran len­ tas y podían ser complicadas o incluso peligrosas, varios particu­ lares, tanto hombres de negocios como oficiales del Estado, es­ cribían a casa contando noticias y chismes. El triunviro tenía po­ deres plenipotenciarios, pero se esperaba de él que enviase in­ formes al Senado y tuviese a sus colegas al tanto. Octavia, de vuelta en Roma mientras su marido estaba de campaña, cuidaba a sus seis hijos e hijastros, pero además pugnaba por promover

sus intereses y suavizar las relaciones entre los dos hombres de su vida.

Los primeros informes de Antioquía, amañados por Antonio en su cuartel general, le muestran en plena forma. La invasión de Pakúr era la prueba de que los reinos clientes, que actuaban como amortiguadores entre los partos y el Imperio romano, ne­ cesitaban refuerzos. Antonio rediseñó el mapa y asignó grandes territorios a hombres de su confianza, todos ellos asiáticos que hablaban griego: Amintas en Galacia; Polemón en Ponto; Ar- quelao-Sisinnes en Capadocia; y Herodes el Grande, en el mu­ cho más pequeño pero estratégicamente importante reino de Judea. Como soberano del Imperio romano oriental, necesitaba monarcas que fuesen lo bastante estables como para resistir ata­ ques militares y lo bastante fuertes como para reaccionar eficaz­ mente ante ellos.

El monarca en quien el triunviro más confiaba era la reina de Egipto. Habían pasado casi cuatro años desde que se cono­ cieron. Uno supondría que se habían mantenido en contacto por carta, al menos para tratar de sus gemelos, Alejandro y Cleo­ patra, que se habían convertido en unos niños sanos y fuertes. Sería incorrecto pensar, sin embargo, que alguno de los dos es­ taba enamorado; su relación era esencialmente la de dos políti­ cos profesionales que necesitaban hacer negocios con el otro.

Antonio y Cleopatra renovaron su amistad, con cuarenta y cinco y treinta y tres años, respectivamente. Llegaron rápida­ mente a un acuerdo, y la reina volvió a quedarse embarazada igual de rápidamente. Los recursos de Egipto estarían a disposi­ ción del triunviro y, a cambio, Cleopatra recibiría considerables territorios. Estos incluían unas cuantas ciudades costeras desde el Monte Carmelo en el sur hasta el actual Líbano, parte de Ci­ licia y otras regiones al norte y al sur de Judea. La reina consi­ deraba de la máxima importancia esa ampliación de su poder. En parte había reconstituido el imperio ptolemaico respecto a como había sido en su apogeo, dos siglos antes.

En Roma, nadie se escandalizó lo más mínimo por esos acontecimientos.3 La reorganización de Oriente de Antonio te­ nía mucho sentido, y parecía que, con su habitual acierto a la hora de juzgar a las personas, había escogido a hombres inteli­ gentes y capaces para que fuesen sus reyes clientes. En su anti­ guo papel de adjunta de Julio César, Cleopatra era una figura conocida por la clase política de Roma, aunque no particular-

mente querida. Obviamente, era una gobernante competente, y no importaba que Antonio se hubiese metido en la cama de su predecesor.

A ojos de Octaviano, sin embargo, la reanudación de la re­ lación era desagradable y amenazadora. Era un insulto a su her­ mana Octavia. Advirtió con interés que los hijos de Antonio re­ cibieron nuevos nombres en ese momento, y pasaron a llamarse Alejandro Helio (el Sol en griego) y Cleopatra Selene (la Luna en griego). Al ser ilegítimos, los niños no eran herederos roma­ nos ni egipcios, pero el efecto de esos apellidos era conferirles un prestigio cuasi divino.

Más serio y más embarazoso para Octaviano era el hecho de que Cleopatra era casi de la familia. Su corregente, Ptolomeo XV César, era el hijo que ella afirmaba sinceramente haber tenido con Julio César. En su undécimo año, Cesarión era el descen­ diente biológico, no adoptivo, del dios asesinado, y no pasaría mucho tiempo antes de que pudiese crear problemas si Antonio y su madre le apoyaban.

¿Qué opinión merecía Antonio a sus contemporáneos por ser infiel a su mujer? Esta cuestión no puede contestarse sin cono­ cer las costumbres sexuales romanas.

Los romanos tenían un punto de vista de las relaciones se­ xuales nada sentimental. El amor romántico, como nosotros lo co­ nocemos, era poco frecuente. Las demostraciones públicas de afecto se reprobaban, así como la actividad sexual excesiva. Mar­ co Porcio Catón, el Censor, que vivió en el siglo II a.C., estableció la pauta convencional del buen comportamiento cuando expulsó a un hombre del Senado por besar a su mujer en la calle.4

Un hombre romano, confinado casi invariablemente en un matrimonio de conveniencia (aunque las segundas o terceras nupcias con frecuencia permitían más libertad de elección), no albergaba sentimientos morales de culpa sobre el sexo ni se sen­ tía atado a una relación sexual particular. No habría entendido términos modernos como heterosexualidad u homosexualidad, que categorizan a la gente por su opción sexual. La cuestión era lo que se hacía, no lo que se era.

A juzgar por las fuentes literarias, no importaba mucho si a un marido excitado le gustaba un hombre o una mujer jóvenes. El poeta Horacio, que no era atípico en su época, escribió:

Cuando tu órgano está duro, una criada

o un chico joven del servicio doméstico está a tiro y tú sabes que puedes asaltarlos inmediatamente,

¿preferirías explotar de la tensión?

Yo no. A mí me gusta tener sexo cuando y donde quiera.5

Según Suetonio, tenía el dormitorio forrado de espejos, lle­ vaba allí a prostitutas y chaperos y aumentaba su placer convir­ tiendo la experiencia sexual en imágenes pornográficas.6

Dos preocupaciones principales regían la conducta sexual. En primer lugar, el acto de penetración debía ser llevado a cabo por un ciudadano varón libre, que era el «activo» y no el «pasi­ vo». Para un hombre con esas características, ser sodomizado era vergonzoso y una traición a su masculinidad. Esa era la ra­ zón de que Julio César se ofendiera tanto con la historia de que había sido el amante del rey de Bitinia en su juventud, y la bur­ la de un oponente político de que era «el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres».7

En segundo lugar, un adúltero o fornicador debía restringir sus prácticas a los no-ciudadanos y los esclavos, como era el caso de Horacio; los muchachos libres y las mujeres estaban vedados. Aunque hay muchas pruebas de que ésa era una costumbre que los más disolutos practicaban, era esencial que no hubiese nin­ guna duda sobre la identidad del padre de un ciudadano roma­ no. Fue por eso que Octaviano le ordenó a uno de sus ex escla­ vos liberados favoritos que se suicidase después de haber cometi­ do adulterio con matronas romanas. Además, no estaba permiti­ do que los genes extranjeros entrasen en el acervo genético romano. Los ciudadanos debían casarse sólo con otros ciudada­ nos, y casarse con un extranjero estaba muy mal visto. Aunque no era ilegal, era una unión no reconocida legalmente, sobre todo cuando se tenían que nombrar herederos en un testamento.

Lo que todo eso significaba por lo que respecta a Antonio es sencillo: casarse con Cleopatra sería no-romano, pero si quería te­ ner una aventura con ella sería raro que alguien se hubiese que­ jado de ello. Las mujeres romanas, como Octavia, debían enten­ der las convenciones, y el pasatiempo extramarital de su marido parece no haber puesto a prueba su lealtad hacia él. Era su her­ mano el que no podía soportar la idea de la traición que para él significaba el enredo de Antonio con una seductora oriental.

A lo largo del otoño y el invierno del 36-35 a.C. se fueron fil­ trando informaciones desde Oriente. Cartas personales de ofi­ ciales y de soldados a sus familias revelaban que los comunica­ dos coronados de laurel de Antonio no contaban la verdadera historia sobre la guerra parta. Es más, Octaviano y la élite políti­ ca de Roma estaban intrigados por saber que la campaña de An­ tonio, lejos de ser victoriosa, había estado peligrosamente cerca de la derrota. Así pues, se le encargó a una comisión que inves­ tigase cuidadosa y confidencialmente para esclarecer los hechos.

Lo que realmente ocurrió fue que Antonio siguió el plan ori­ ginal de campaña de Julio César y al principio las cosas fueron bien. En lugar de combatir por las llanuras desiertas de Meso­ potamia, perseguidos por la caballería parta, y perder lenta­ mente una guerra de desgaste, marchó a través del reino inde­ pendiente (y esperaba que amistoso) de Armenia. Luego iría ha­ cia el sur e invadiría Media Atropatene (a grandes rasgos, la ac­ tual Azerbaiyán), con vistas a sitiar y capturar su capital, Fraata.

Por desgracia, Antonio cometió cuatro errores graves. Al lan­ zar su ataque en junio, no podía permitirse atrasos si quería evi­ tar que la campaña se prolongara hasta el invierno. Puso su con­ fianza en un tránsfuga parto que, de hecho, estaba espiando para su rey. Para complicar esas equivocaciones, Antonio no consiguió imponer guarniciones ni tomar rehenes del rey arme­ nio Artavázd (Artavasdes). Quizá no tuvo tiempo o tropas para ello, pero las consecuencias fueron funestas.

El error final de Antonio fue dejar que su lento séquito de equipajes (con todo el equipamiento de asedio necesario para Fraata) viajase a su propio ritmo y con una guardia relativamen­ te ligera. Los partos, bien informados, aparecieron por sorpresa con una fuerza de 50.000 jinetes arqueros e incendiaron y des­ truyeron todo el equipo de asedio. Después, el rey armenio y sus fuerzas huyeron. Eso era una catástrofe, porque ya no sería po­ sible capturar Fraata, donde Antonio pensaba pasar el invierno. Se vio obligado a volver por donde había venido, soportando in­ cesantes tormentas de nieve. Más de 20.000 hombres, un tercio del ejército, se perdieron durante el mes de marcha hasta Ar­ menia, comparativamente más segura, donde el rey parto no veía sentido a tratar de impedir la retirada romana.

Antonio estaba muy disgustado, y se culpó a sí mismo con toda razón. Hizo cortar toda su vajilla de plata y la repartió en­ tre los soldados, como una prima improvisada para mantenerlos

contentos. Se preparó varias veces para el suicidio, pidiéndole a su portaespadas que fuese su verdugo.8 Como cualquier buen general, iba por las tiendas de los heridos para consolarlos y, si Plutarco está en lo cierto, sus hombres se daban cuenta de que él necesitaba tanto el consuelo como ellos. Lo «recibían con ca­ ras alegres y le daban la mano cuando pasaba, le suplicaban que no dejase que sus sufrimientos le pesasen, sino que se fuera y se cuidara».9

El maltrecho ejército llegó finalmente a Siria. Se habían en­ viado mensajeros por adelantado para pedirle a Cleopatra dine­ ro y ropa para los soldados. Las legiones esperaron junto al mar la llegada de la reina. La autoconfianza de Antonio estaba aún