40-38 a.C.
El alivio que podía notarse por todo el Mediterráneo después del Tratado de Brindisi era casi tangible. La pesadilla de las pros cripciones, de los soldados heridos o fallecidos, la ruina de Italia, el robo de la riqueza de las provincias (en suma, el imperio que se desbarataba por el autocanibalismo) había llegado a su fin, y la aurora de dedos rosados* anunciaba el nuevo día.
Los poetas de esa época celebraron la llegada de la paz en obras en las que demuestran vividamente su alegría. Uno de ellos, Publio Virgilio Marón (Virgilio), provenía de una familia italiana media o media-baja, pero su padre se aseguró de que re cibiese una buena educación. Virgilio emigró a Roma, donde, como cualquier joven ambicioso, estudió retórica. Sin embargo, era terriblemente tímido, y al parecer perdió el primer caso de jurisprudencia en el que habló.
Suetonio aporta una descripción de Virgilio: «Era alto y vo luminoso, de tez morena y el aspecto de un campesino. Tenía una salud inestable, y comía y bebía con moderación. Siempre se estaba enamorando de muchachos».1
Virgilio tenía treinta y un años, y estaba casi en el culmen de sus facultades. Había abandonado Roma y una carrera pú blica siendo muy joven, y se había establecido en Neapolis. Su primera publicación importante fue Las Eglogas (del término griego para «extracto»), una serie de diez poemas cuyo escena-
* La «aurora de dedos rosados» es una alegoría em pleada por Homero en la Odisea para representar el alba. (N. del t..)
rio es una campiña idealizada. Sin embargo, en ese País de Nunca Jamás de jóvenes y encantadores pastores, las emociones y los acontecimientos reales (como la pérdida de la hacienda del autor a causa de los asentamientos de Octaviano y su recu peración gracias a la intervención del triunviro) se hallan bajo la superficie.
Sin embargo, el joven autor distinguía perfectamente entre la realidad y la ficción. Fuesen las que fuesen las cicatrices emo cionales de su roce con el poder del Triunvirato, hizo las paces con el régimen. En esa época, mucho antes de la invención de la imprenta, un escritor profesional no tenía ningún gran mer cado de clase media que pudiese proveerle de ingresos gracias a la venta de libros. Necesitaba ricos mecenas que satisficiesen sus necesidades (dinero, regalos de propiedades y esclavos) y paga sen el laborioso proceso de copia de sus manuscritos. Así pues, en primer lugar, Virgilio se unió a la causa de Octaviano para obtener seguridad financiera. Sin embargo, también actuó mo vido por una convicción política, porque el régimen del Triun virato prometía estabilidad y prosperidad. Virgilio y Octaviano se hicieron amigos.
Virgilio escribió que la Edad de Oro había vuelto a Italia, y con un curioso añadido pueril. Ese fue el tema mesiánico de su Egloga Cuarta.
Ya la nueva progenie desciende del cielo.
Tú, oh casta Lucina, protege el niño que está por nacer, con él terminará la generación del hierro en todo el mundo y surgirá la del oro: ya reina tu Apolo.2
¿Qué quiere decir Virgilio? ¿Quién es ese niño? ¿Es una me táfora o una persona de carne y hueso? Se requiere un trabajo detectivesco para desenmarañar el misterio.
El poema está dedicado a Cayo Asinio Polión, un amigo de Antonio que le había ayudado en las recientes negociaciones con Octaviano. Era un hombre de principios en una época de tránsfugas, e iba a dejar la política para escribir su Historia de las Guerras Civiles desde el primer Triunvirato hasta Filipos, obra que desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros. Polión tenía un lacónico sentido del humor y una reputación de no tener pelos en la lengua. Cuando, en una ocasión, Octaviano escribió unas sátiras sobre él, Polión se limitó a afirmar: «Por mi parte no digo
nada en respuesta, porque escribir contra un hombre que pue de destruirte es buscarse problemas».23
Algunos comentaristas se han preguntado si el niño podría ser el hijo de Polión, pero es difícil entender por qué Virgilio habría visto en ese niño al salvador del mundo. Un candidato mucho más plausible sería el predicho vástago de Antonio y Octavia, cuya unión presagiaba la paz después de largos años de guerra. An tonio no tardó en acostarse con su nueva esposa, quien al cabo de poco tiempo quedó embarazada. Algunos estudiosos incluso creen que el poema fue escrito como un himno de casamiento.
Sin embargo, no deberíamos olvidar que también Octaviano era un recién casado, aunque de forma un poco inapropiada. Se sabía que Escribonia estaba embarazada. Un detalle de la Eglo ga sugiere que la respuesta a ese interrogante podría hallarse en la referencia a Apolo «finalmente entronizado». Al igual que el orientalizado Antonio honraba a Dioniso, Octaviano se apropió toda su vida del sereno dios de la luz, Apolo. Es mucho más pro bable que Virgilio tuviese en mente al futuro hijo de Octaviano que al de Antonio.
En todo caso, la cuestión resultó ser puramente teórica. En el 39 a.C., las dos mujeres dieron a luz a sendas niñas, Julia y An tonia.
A pesar de todas las bellas palabras del poeta, el optimismo se esfumaba. Antes del Tratado de Brindisi, Sexto Pompeyo había intentado ayudar a Antonio en contra de Octaviano, pero su plan fue cancelado en el último momento. Sexto se enfadó y adoptó una actitud amenazadora.
Sexto reclutó a dos almirantes, Menodoro (o Menas) y Me- nécrates, que habían sido esclavos y piratas. Es probable que hubiesen sido capturados y esclavizados por Pompeyo el Gran de durante su exitosa campaña del 67 a.C. contra los barcos pi ratas que dominaban el Mediterráneo. Ambos mantuvieron el bloqueo de Italia sin problemas.
En Roma, los precios se dispararon. Por primera vez, Octa viano perdió facultades ante la opinión pública, que deseaba que él restaurase la paz llegando a un acuerdo con Sexto. Octa viano rechazó eso obstinadamente e impuso un nuevo impuesto a los propietarios de tierras (50 sestercios por esclavo y un im puesto de sucesión) a fin de pagar a sus soldados.
Para muchos, ésa fue la gota que colmó el vaso. La gente ha bía aguantado asentamientos forzosos, guerras, proscripción y hambre, pero en ese momento perdió la paciencia. Hubo mani festaciones y disturbios. Como había hecho anteriormente con los soldados amotinados, Octaviano decidió desafiar personal mente a las masas y explicarles por qué era injusto que le cul pasen a él de la situación. Acompañado sólo por algunos parti darios y varios guardaespaldas, acudió al Foro.
En cuanto la gente lo vio, empezaron a tirarle cosas, y no se detuvieron ni siquiera cuando se dieron cuenta de que lo habían herido.4 Octaviano se mantuvo en sus trece, aunque eso signifi case que, de hecho, estaba poniendo su vida en sus manos. An tonio corrió a rescatarle cuando se enteró de lo que estaba pa sando, y se dirigió hacia el Foro por la Vía Sagrada. Al principio, nadie le tiró nada porque sabían que él favorecía la paz con Sex to, pero le advirtieron de que retrocediese. Cuando se negó, em pezaron a tirarle piedras.
Antonio pidió refuerzos. Sus soldados rodearon rápidamente el Foro, se separaron en pequeños grupos y marcharon por los callejones en dirección a la plaza. La multitud congregada no po día escapar, y varias personas fueron asesinadas. Avanzando entre el gentío, Antonio alcanzó con gran dificultad a Octaviano y lo escoltó hasta su casa. No había ninguna duda de que había sal vado la vida de su colega, y de una manera espectacular.
Ese fue un episodio muy instructivo. Revela el continuo de sarrollo de un coraje terco en Octaviano. Ejercitando la volun tad, el joven de veinticuatro años se estaba forjando con fuego.
Lo que mantuvo a Antonio y a Octaviano en el poder fue el apoyo activo del Pueblo y de las legiones. Ellos habían aprendi do esa lección en muchas ocasiones amargas. Octaviano se dio cuenta finalmente de que tendría que ceder en el asunto de Sexto. Se tanteó discretamente el terreno y al cabo de poco tiempo hubo una entente en perspectiva. Menodoro escribió a su jefe desde Cerdeña aconsejándole en contra de la paz y re comendándole que hiciese la guerra con todas sus fuerzas o es perase a ver si el hambre en Roma le permitía obtener un tra to mejor.
Sexto rechazó su consejo y se encontró con los líderes ad versarios en el verano del 39 a.C. Acompañado por muchos de sus partidarios romanos y al frente de una magnífica flota, zarpó de Sicilia en un enorme buque insignia con seis filas de reme
ros. Fondeó en Miseno, un cabo en el extremo norte de la ba hía de Nápoles salpicado de villas de vacaciones de los ricos, donde se iba a celebrar el encuentro. Se colocaron pilas de ta blones en el mar para formar dos pontones. Antonio y Octavia- no fueron al que estaba más cerca de la costa y Sexto a la otra plataforma. Entre ellos había la suficiente agua como permitir que los integrantes de ambos bandos pudiesen hablar sin ser oí dos, aunque sus intervenciones tenían que ser gritadas, lo que era una manera primitiva y literal de practicar una «diplomacia de megáfono».*
Esas medidas cautelosas fueron presumiblemente puestas en práctica por iniciativa de Sexto. Quizá recordaba la angustia de ver a su padre yendo a su muerte al consentir el desembarco en la costa egipcia, y estaba decidido a no arriesgar su vida aban donando el barco por la terra firma de sus enemigos.
Sexto abrió la discusión, pidiendo, en nombre de los proscri tos, la devolución de todas las propiedades confiscadas. Antonio y Octaviano accedieron a comprar una cuarta parte a sus actuales propietarios. Los acuerdos se publicaron y fueron inmediatamen te acogidos con agrado por las víctimas de la proscripción.
El acuerdo final no hizo más que confirmar lo que todo el mundo sabía sobre el inestable statu quo. Sexto fue nombrado oficialmente gobernador de todo lo que había conquistado con anterioridad: Cerdeña, Córcega y Sicilia, a lo que se añadió el Peloponeso, en el sur de Grecia. Fue distinguido con la admi sión en el Colegio de Augures, estadistas veteranos que estaban a cargo de los auspicios en Roma, y fue nominado para el Con sulado al año siguiente, el 38 a.C. Los seguidores de Sexto en Si cilia tendrían su situación asegurada: a todos los exiliados de Ita lia que había en su ejército (excepto, quizá, los asesinos de Julio César) les serían restituidos sus derechos civiles; la oferta a los senadores proscritos y equites fue confirmada; los esclavos fugiti vos pasarían a ser hombres libres y los soldados de Sexto recibi rían las mismas retribuciones de desmovilización que los que servían a los triunviros.
Para Sexto ése había sido un trato razonablemente bueno, porque ya no era un proscrito. El Tratado de Miseno le había lle vado al redil político. En privado, sin embargo, se arrepentía de
* Se denom inan así las negociaciones entre naciones o partidos que se llevan a cabo mediante notas y comunicados de prensa. (N. del t.)
haber rechazado el consejo de Menodoro de evitar un acuerdo con los triunviros. Por el contrario, Antonio y Octaviano tenían to dos los motivos para estar satisfechos. Lo que le habían dado a Sexto no era esencial para sus intereses, y sin embargo habían ga nado algo que no tenía precio. Aunque quizá no eran conscien tes en ese momento, habían iniciado el proceso de alejar a Sexto de los políticos opositores. Una vez que quedó claro que los triun viros no planeaban un nuevo baño de sangre, muchos volvieron a Italia o se unieron a Antonio cuando éste se dirigió al este. La ju risdicción de Pompeyo estaba en franco declive.
Los jefes celebraron la paz con una serie de banquetes, y echaron a suertes el orden en que cada cual organizaría el suyo. Sexto fue el primer anfitrión, y lo celebró en su barco insignia («la única casa solariega que me queda»).5 Ninguno de los dos bandos confiaba en el otro. Los triunviros tenían los barcos ama rrados cerca de allí, sus guardias estaban apostados y los invitados llevaban dagas bajo sus ropas. En la superficie todo eran sonrisas y amistad. Sexto dio una calurosa bienvenida a Antonio y Octa viano. El ambiente se distendió y el lenguaje devino más grosero y cordial. Se hicieron bromas sobre la pasión de Antonio por la reina de Egipto, un tema que, en circunstancias normales, el her mano y el esposo de Octavia habrían encontrado embarazoso.
Al igual que en Brindisi, el vínculo entre las partes se encar nó en una unión matrimonial. Mientras estaban sentados a la mesa, la niña pequeña de Sexto fue prometida formalmente con Marcelo, de tres años de edad, hijastro de Antonio y sobrino de Octaviano.
Según Plutarco, Menodoro se acercó a Sexto y le habló en privado: «¿Debería cortar los cabos y hacerte amo, no sólo de Si cilia y Cerdeña, sino de todo el Imperio romano?».6 Sexto se lo pensó durante un momento y le espetó: «Menodoro, deberías haber actuado en lugar de habérmelo dicho antes. Ahora tene mos que conformarnos con las cosas tal y como están. No voy a romper mi palabra».
Esta famosa anécdota tiene un tono sospechosamente sim plista, pero podría ser cierta, porque ilustra dos facetas del ca rácter de Sexto. El solía llamarse a sí mismo pius: «obediente» u «honesto». Eso aludía sobre todo a la memoria de su padre, pero también indicaba que él se veía como un romano de la vieja es cuela, honorable y honrado. Además, la historia revela una cier ta pasividad, que se detecta durante toda su carrera, una ausen-
cia del instinto asesino que sí tuvieron, cada uno a su manera, Antonio y Octaviano.
Durante los dos días siguientes, Antonio y posteriormente Octaviano recibieron a Sexto, levantando tiendas para cenar en su plataforma marina. Después, sus caminos se separaron: Octa viano fue a la Galia, donde habían disturbios, Antonio hacia el este, en dirección a Partía, y Sexto de vuelta a Sicilia. La mayo ría de los refugiados del séquito de Sexto se despidieron de él y pusieron rumbo a Roma.
A principios de otoño, Octaviano hizo algo que, a primera vista, no era propio de él. Por una vez se dejó dominar por sus senti mientos y se enamoró perdidamente. El objeto de su afecto era Livia Drusila. Livia tenía diecinueve años, era inteligente y her mosa, aunque con un mentón y una boca pequeños. Sin embar go, tenía una desventaja notable: ya estaba casada con el aristó crata y primo suyo Tiberio Claudio Nerón. Y eso no era todo, sino que también estaba embarazada de varios meses.
Por si eso fuera poco, la esposa de Octaviano, Escribonia, dio a luz a su hija Julia en algún momento del año 39 a.C. Sin embargo, y a pesar del feliz acontecimiento, el matrimonio (una unión política con todas las de la ley) estaba en crisis. Como se ha señalado, Escribonia era mucho mayor que su marido y tenía fama de ser una gravis femina,7 un mujer seria y formal, lo que no se adecuaba bien a un joven con reputación de adúltero. El padre de Julia se divorció de su madre el mismo día en que ella llegaba al mundo. «No podía soportar su manera de molestar me»,8 explicó Octaviano.
En septiembre, quizá el 23, que era el día de su cumpleaños, Octaviano llevó a cabo un ritual de iniciación. No tenía casi pelo en el cuerpo, y a los veinticuatro años aún no había tenido que afeitarse, pero había llegado el momento de rasurarse el pelo de la cara. Los romanos tenían un ritual para cada faceta de la vida cotidiana, incluyendo una ceremonia del primer afeitado (la de positio barbae), que en la mayoría de los casos tenía lugar cuando el muchacho llegaba a la mayoría de edad, por lo general a los dieciséis o diecisiete años.
Octaviano armó un tremendo jaleo con motivo de la cere monia, dio una magnífica fiesta y pagó de su bolsillo un festival público. Podía considerarse una declaración de que, con la lle-
gada de la paz, el «muchacho que se lo debía todo a su nombre» había alcanzado su madurez física y política. Se rumoreaba, no obstante, que su verdadero motivo era agradar a Livia.
Livia tenía unos antecedentes familiares impecables. Aunque no cabe duda de la sinceridad de los sentimientos de Octaviano, casarse con ella le supondría una relación valiosa con los Clau dios, uno de los clanes más aristocráticos de Roma. Cayo Octa vio había logrado el cargo de pretor y eso le confería el título de nobilis, pero su hijo, el triunviro, aún era considerado un adve nedizo de provincias. El enlace proporcionaba acceso a la fami lia de Livia al poder político de Octaviano, y a cambio ella le aportaba a él su abolengo.
La vida de Livia Drusila, aunque breve, había estado llena de incidentes. Nació el 30 de enero del 59 o 58 a.C., probablemen te en Roma. En marzo del 44 a.C. le encontraron un marido. A sus catorce o quince años, Livia se aproximaba al límite de la edad habitual en que una chica contraía matrimonio.
Los matrimonios eran concertados por los padres, y el amor no entraba en los cálculos de nadie. Se consideraba una «amis tad enloquecida».9 Una hija solía ser sólo un peón en las alian zas sociales, económicas o políticas que una gran familia llevaba a cabo para mantener su posición en la vida pública romana. Los maridos podían ser mucho mayores que sus esposas y, para las inexpertas, la noche de bodas debía de ser una introducción brutal a los placeres del sexo.
A pesar del comienzo potencialmente poco propicio de su vida de casada, la esposa romana jugaba un papel muy impor tante en el hogar, el de domina, o señora de la casa. Los antiguos matrimonios de los primeros tiempos de la República, en los que la esposa vivía en completo sometimiento a su marido, el to dopoderoso paterfamilias, habían evolucionado en el siglo ni a.C. hacia un arreglo nuevo y más liberador. Según eso, una mujer seguía estando bajo la autoridad de su padre y a partir de los veinticinco años de edad tomaba posesión de sus bienes.
El hombre con quien se casó Livia fue Tiberio Claudio Ne rón, de otra rama del clan de los Claudios, los Claudios Nero nes, y tendría entre veinticinco y treinta años. Era de muy alta cuna, muy prometedor, pero (como acabó por demostrarse) te nía muy pocas luces.
Tiberio se declaró a favor del Primer Triunvirato durante la década de los cincuenta a.C., pero cuando estalló la guerra civil
en el 49 a.C. volvió la espalda a sus amigos optimates y se alió con Julio César. Sus servicios fueron reconocidos generosamente, y Tiberio debió de haber sentido que la fortuna le sonreía. Sin embargo, después de los Idus de Marzo, en el 44 a.C., el régi men cesariano se desmoronó. Era hora de dar media vuelta, y Tiberio retomó su antigua lealdad optimate. Cuando el Senado votó por una amnistía de los asesinos, él fue un obsequioso paso más allá y apoyó una propuesta para recompensarlos.
En el 42 a.C., Livia quedó embarazada. Estaba ansiosa por te ner un niño y utilizó un método supersticioso para saber por