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Ataques al sacerdocio

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 85-89)

A principio de los años 60 hubo grandes cambios en la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Estos cambios tuvieron un efecto dramático en el sacerdocio. Las actitudes hacia los sacerdotes también cambiaron. Hasta hace poco, se les tenía en un pedestal, y nosotros los mantuvimos ahí porque eso nos resultaba seguro. No queríamos que se bajaran porque hubiera sido un desafío demasiado grande para nosotros.

El sacerdote fue apartado de la gente de muchas maneras. A menudo era el único hombre instruido de la comunidad. A él acudían todos automáticamente para cualquier necesidad. La gente creía que era un hombre de Dios, un hombre elegido.

Pero últimamente, se les está criticando con gran libertad. Hubo un gran desconcierto y muchos abandonaron el sacerdocio. A principios de los 70, cuando acababa de empezar mi ministerio de sanación, encontré que yo misma estaba criticando y juzgando ciertas actitudes y opiniones del clero.

Un día, en la capilla, mientras pensaba en todo esto, le pregunté al Señor: «¿Qué anda mal en el sacerdocio?». La respuesta fue: «¿Qué quieres decir con qué anda mal en el sacerdocio?

¿Alguna vez he dado un don que no sea perfecto? ¿Qué habéis hecho vosotros y cómo me habéis agradecido el don del sacerdocio que afecta a vuestra vida y a la de toda la humanidad?».

Fue entonces cuando el Señor me reveló que yo no podía seguir criticando a los sacerdotes tranquilamente. De hecho, en el sacramento del orden sacerdotal, el sacerdote le dice sí a Dios para poder ser sacerdote para mí, para ti y para todos nosotros.

Jesús me llevó a lo que parecía una secuencia de imágenes que aparecieron encima del sagrario. Ahí vi la ordenación de un sacerdote a través de los ojos de Nuestro Señor.

Cuando miramos un tapiz colgado en la pared, sólo vemos el resultado final de la labor del artista. No vemos toda la labor y el amor que empleó en su realización. Sin embargo, por el revés vemos todas las diferentes tramas y puntadas que contri-buyeron a embellecer esa obra de arte. Así también, cuando vemos a un sacerdote, vemos sus puntos fuertes y sus debilidades. Pero no vemos detrás de las bambalinas, donde Nuestro Señor, amoroso y fiel, ha ido revistiendo su alma con una vocación sacerdotal, guiándole hasta la ordenación.

Lloré mientras veía el desarrollo de esta poderosa revelación del sacerdocio y lo que significa para un hombre la ordenación sacerdotal. Tuve la sensación de que todos en el cielo, María, los ángeles y todos los santos, alababan la fidelidad de Dios con la humanidad, al llamar a hombres de todas las épocas para darles el poder de hacerle presente en medio de su pueblo.

A través de esta experiencia, recibí un nuevo entendimiento del sacerdocio. Recibí un nuevo amor y un respeto más profundo hacia el sacramento del orden sacerdotal. Llegué a entender que el sacerdocio no es algo que se pueda adquirir por medios humanos, ni tampoco es un don que pueda pedir a Dios porque quiero igualarme a otros. No tiene nada que ver con equiparar-se. Es como cualquier don. Los dones no son algo que yo pueda forzar o exigir. Un don se da libremente. Dios nos da este don por su generosidad. Él da este poder, su poder, a la humanidad, para que podamos alimentarnos de Él, el Pan de Vida.

Fue con este gran sentimiento de gratitud por el sacerdocio que Nuestro Señor me llevó a entender lo que me estaba pidiendo esa mañana.

Me mostró un grupo de gente muy hambrienta y me dijo:

«¿Ves estas personas? Vienen a ti porque están buscando ayuda, para sanación. Vienen a ti porque están hambrientos. Llegará un tiempo en que habrá una gran hambruna, y tendrán hambre del Pan de Vida. Yo soy el Pan de Vida».

Entonces me permitió echar una mirada a lo que había de venir. La gente se volvería en contra del sacerdocio y empezarían a verlo sólo como un empleo. Me

enseñó la vocación sacerdotal como una pequeña semilla que Él sembraba en los corazones de muchos hombres jóvenes, pero la semilla no era alimentada y por eso no podía crecer ni dar fruto.

Dios me reveló que llegaría un tiempo en el que las familias ya no verían el sacerdocio como un don que quisieran para sus hijos. Crearíamos un ambiente apartado de Dios, pagano y materialista, arraigado en la sabiduría del mundo. Debido a este tipo de sociedad, los jóvenes que habían recibido la semilla de la vocación sacerdotal no serían capaces de responder. La semilla se quedaría ahí dormida. Ellos no escucharían la llamada, ensordecidos por el materialismo y por la apatía de sus padres.

Poco a poco, donde el sacerdocio ya no fuera apreciado, donde fuera atacado y no fuera defendido por el pueblo católico, moriría. Y moriría no porque el don no fuera dado, sino por haberlo rechazado, porque no lo quisimos, porque elegimos los dioses falsos del materialismo y de una religión diluida.

Me di cuenta de que habría muchos ataques a través del coti-lleo y las críticas. Estas murmuraciones y crítica añaden leña al fuego. Las dificultades que afectan a algunos sacerdotes ya son suficientemente malas, pero muchos católicos acrecientan el escándalo difundiendo las malas noticias entre familiares y amigos, cayendo en la trampa del Maligno, que ha planeado destruir aún más el don sagrado del sacerdocio. Esta actitud aumenta las dificultades de los sacerdotes en su lucha contra el pecado en sus vidas.

Sentí que el Señor me decía: «Quiero que vayas al mundo para que digas a mi pueblo que el sacerdocio es un don para él, a fin de poder ser alimentado y fortalecido. Quiero que les llames para que intercedan, que amen a mis sacerdotes, que respeten este sacramento. Cuando mi pueblo ame, respete y esté agradecido por el sacerdocio, florecerán en él las vocaciones. Será una alegría para los jóvenes decir sí a esta llamada, porque contarán con el apoyo de sus comunidades y de sus familias».

Mi primera misión era ir al mundo y llamar a los laicos y los sacerdotes para que reconocieran la importancia y el poder de este sacramento. Desde los tiempos apostólicos, Dios nos ha bendecido con sacerdotes que hacen presente a Jesús para nosotros en la eucaristía y en la proclamación de su palabra. En todas las épocas las fuerzas del mal han intentado destruir el sacerdocio. Leemos historia tras historia de cómo los sacerdotes han sido destruidos en muchos países, encarcelados y

martirizados. Incluso en países que se llaman cristianos, vemos un aumento de anticlericalismo. Hoy en día hay personas que disfrutan ante la noticia de un sacerdote que abandona su vocación o que causa algún tipo de escándalo público. Parece que haya un espíritu de triunfo cuando la gente se jacta cínicamente: «Vaya, he ahí que cae otro sacerdote».

Los ataques contra el sacerdocio son ataques contra todos nosotros como católicos. Y cuando me di cuenta de esto, oí que el Señor me decía: «Tienes que decir a mi pueblo que el Maligno los engaña a todos cuando empiezan a rechazar este don del sacerdocio, cuando lo intentan poner a un nivel humano, cuando dicen que es sólo un empleo, una profesión».

La segunda misión me resultó clara en una imagen que me conmovió profundamente. Fue como si estuviera de pie al lado de Jesús y me permitiera mirar hacia la ciudad de Jerusalén. La ciudad estaba llena de obispos y sacerdotes. De repente Jesús empezó a llorar y me dijo: «Briege, éstos son los hombres que he elegido para que pastoreen a mi pueblo, para que lo alimen-ten, para que alienten a mi pueblo y lo guíen. Están perdiendo la fe en mí. Están buscando la sabiduría del mundo. Están negando mi poder y eligiendo el poder del mundo». Me reveló que iba a haber una gran crisis en el sacerdocio. Los sacerdotes iban a perder la fe en Jesús y ya no serían capaces de reconocer que su poder actuaba a través de ellos en el sacramento del orden sacerdotal.

Sentí que Dios me pedía que fuera al mundo y recordara a los obispos y sacerdotes estas palabras: «No es humildad negar el poder del sacerdocio, sin embargo, es humildad reconocer que yo los he elegido. Los he elegido no porque sean santos, no porque sean mejores que otros, sino que los he elegido por mi misericordia, amor y compasión por la humanidad. Y por esta misericordia, amor y compasión, los uso para hacerme presente. Pero, ¡cuánto deseo hacerlo con más eficacia a través de ellos! ¡Ve y diles que crean en mí!».

Cuando me levanté para salir de la capilla, después de casi cuatro horas, mi actitud había cambiado. En el siglo XXI, Dios sigue dándonos el don del sacerdocio.

Mi actitud hacia la humanidad del sacerdote cambió. Fui mucho más consciente de que hace falta orar por los sacerdotes para que sean verdaderamente hombres de fe.

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 85-89)