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El valor del celibato

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 100-104)

Me gustaría reflexionar sobre el valor y el significado del celibato en la sociedad moderna. Hoy no se puede decir la palabra amor sin que la gente piense de inmediato en el sexo. Cuando dices que los hombres y mujeres célibes tienen que amar, mucha gente cuestiona el mandato de la Iglesia sobre el celibato. ¿Cómo puede amar auténticamente una persona no casada, si nunca ha conocido la intimidad del amor sexual, y si nunca ha experimentado el amor de sus propios hijos?

Mucha gente admite que no comprende el celibato, lo ridiculiza, no encuentra que tenga ningún valor. Dice que la Iglesia lo impone, que debería ser opcional, y que el celibato obligato-rio debería ser abolido. Pero el celibato no es una negación del amor humano. No es una negación de la posibilidad de contar con el apoyo y mantener buena amistad con personas del sexo opuesto. El celibato no me llama a negar mi sexualidad y todas sus atracciones y emociones. Una actitud tan forzada y antina-tural hacia mi propia sexualidad no me permitiría ser una repre-sentante de Jesucristo que es el hombre del amor.

El celibato no es una negación de la belleza de la paternidad o de la maternidad. No es una negación de la necesidad que yo tengo de recibir apoyo, tanto de hombres como de mujeres.

Sería una mentira creer que la persona consagrada puede ir por la vida como ministro de Jesucristo sin el amor y sin el apoyo de otros creyentes. Como sucede en todos los compromisos, el celibato es exigente y pide disciplina, negación de uno mismo y fidelidad en la oración. No hay que temer el celibato, porque no me impide que sea una persona llena de amor. Es un don que me permite amar a hombres y mujeres y llevarlos a una relación más plena con Dios. El celibato es un don y el Señor me invita a responder a su invitación viviéndolo. No se me impone.

Para mí, como mujer, el celibato es un llamamiento al amor con un poder que me viene a través de mi generosidad de decirle sí a Dios. Ese sí me invita a consagrar mi feminidad y su capacidad potencial a Dios, de una forma especial,

por su reino.

Al hacerlo, abrazo una maternidad espiritual que sólo puede ser satisfecha con una vida al servicio de los demás. Los hombres llamados al celibato también se consagran a una paternidad espiritual y a una vida de servicio.

El papa Juan Pablo II, en su primera carta a los sacerdotes, después de haber sido elegido Papa, dijo lo siguiente acerca del celibato: «El punto de vista, a menudo difundido, de que el celibato sacerdotal en la Iglesia católica es una institución impues-ta por ley en aquéllos que reciben el sacramento del orden sacerdotal es el resultado de un malentendido, o mala fe. Todos sabemos que eso no es así. Todo cristiano que recibe el sacramento del orden sacerdotal se compromete al celibato con pleno conocimiento y libertad, después de años de preparación, de profunda reflexión y de asidua oración. Toma la decisión de vivir el celibato de por vida, sólo después de haberse convencido de que Cristo le concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás. Sólo entonces se compromete a observarlo durante toda su vida».

El compromiso al celibato no nos libera de tentaciones sexuales. Esas tentaciones se presentarán como en cualquier vocación en la vida. Me parece que el demonio nos tienta porque estamos dispuestos a aceptar esta elección radical por la edificación del reino.

Cuando hago un compromiso, tengo que abandonar otras opciones. Forjamos nuestro futuro al comprometernos. Una persona miedosa, pasiva o indecisa, o que flaquea, acaba siendo una desgraciada, insatisfecha y fragmentada. Intentando mantener abiertas todas las opciones, no realiza ninguna de ellas.

Cuando ejerzo mi ministerio con sacerdotes, o con cualquier otra persona, siempre les digo que no hace falta que me cuenten sus problemas. Sólo necesitan darse cuenta de que el Señor los conoce y los ama. Simplemente les digo: «Déjeme orar por usted, padre, y estoy segura de que si el Señor quiere darle algo, lo hará».

A menudo el Señor me da una imagen, quizá una escena del Evangelio, que Él sabe que «va a hablar» al sacerdote por el que estoy orando. Casi el 99 por ciento del tiempo tiene algo que ver

Señor en la oración son un don de Dios y me las hace para que sus vicarios y la gente puedan sentir su presencia y amor en una forma inequívoca, personal y relevante. Es una experiencia muy hermosa ver cómo Dios toca a sus sacerdotes y obispos con tanto amor y compasión.

Me gustaría compartir una hermosa historia, que supuso para mí una gran enseñanza sobre mi propia maternidad espiritual y la importancia de amar a estos hombres con un corazón de madre.

En esta ocasión particular, estaba en Lourdes ejerciendo mi ministerio a un gran grupo de sacerdotes. Como siempre, pasaba mucho tiempo en el ministerio individual con obispos y sacerdotes. Una mañana, fui a rezar a la gruta. Mientas estaba allí sentada sentí una mano sobre mi hombro y recibí un leve beso en mi mejilla. Alcé la mirada y vi a un sacerdote anciano.

Él se sentó junto a mí y me dijo: «Sor Briege, quiero darle las gracias por ser mi madre». Sonreí y pensé: «Vaya, los milagros nunca terminan, ¡heme aquí con 36 años y un hijo de 80!».

Me dijo: «No sabía que estuviera aquí, hermana. Vine esta mañana a agradecerle a la Virgen por haberla traído. Mi madre murió cuando yo tenía 5 años. Tuve siete hermanos y ninguna hermana. Ingresé en el seminario muy joven y nunca tuve contacto con mujeres. Para mí el celibato significaba que tenía que mante-nerme lejos de las mujeres y nunca permitirme entrar en contacto con ellas. Viví mi sacerdocio entero rehuyéndolas. Así pasé por la vida rechazando mi sexualidad y convirtiéndome en un hombre muy duro de corazón. Y véame ahora a los 84 años de edad. Nunca pensé que vendría a un retiro impartido por una mujer. Ayer, cuando acudí a su ministerio, no sabía qué iba a decirle. No sabía cómo relacionarme con las mujeres. Cuando usted empezó a hablarme, fue como si estuviera leyendo la historia entera de mi vida con la ternura de Jesús. Al derrumbarme y comenzar a llorar, porque me sentí conmovido, usted puso su brazo alrededor de mis hombros y me dejó llorar. Por primera vez en mi vida, sentí la ternura de una madre. Nunca supe lo que era ser tocado por una mujer y que pusiera su brazo alrededor de mis hombros».

Luego añadió: «Nunca tuve devoción por la Virgen. Ella era una mujer y las mujeres estaban descartadas en mi vida. A través de su ministerio, experimenté el calor y la ternura de María, la Madre de Jesús. Ahora he aceptado a María como mi madre.

Quiero darle las gracias, hermana».

Sentí un gran gozo al oír esto. Ésa es justamente la razón por la cual soy célibe, para ser capaz de llevar a Cristo a su pueblo.

Hay muchas maneras de llevar a Cristo, pero para mí, ésta fue la más hermosa; saber que presenté a ese sacerdote a María, con la ternura de una madre, con la belleza de la feminidad, con una parte de su propia vida que no había sido tocada jamás.

¿Cómo podía él ser un hombre de amor, de ternura, de compasión, si su propio corazón nunca había sentido calor humano?

La gran humanidad de Jesús y su cálida acogida era lo que atraía a las multitudes. Hoy en día tenemos a hombres y mujeres célibes que reflejan estas cualidades del Maestro. Hay muchos, pero vienen a mi mente dos de ellos: Juan Pablo II y la madre Teresa de Calcuta. Una vez le pregunté a la madre Teresa cuál era el mensaje más grande que, según ella, yo podía dar a los sacerdotes. Ella sonrió, tomó mi mano y dijo: «Hermana Briege, dígales que deben pedirle a Jesús que les dé su corazón para amar. Dígales que deben ser hombres de amor, que deben amar al pecador, no el pecado».

El celibato no es una llamada fácil, pero viene del Señor mismo. En Mateo 19 leemos los puntos de vista de Jesús acerca del divorcio y de volverse a casar. Los discípulos sugieren que, si ése es el caso, sería mejor no casarse.

Jesús dijo: «No todos pueden hacer esto, sino sólo aquéllos a quienes Dios se lo concede. Algunos no se casan porque nacieron incapacitados para eso; otros porque los hombres los incapacitaron; y otros eligen no casarse por causa del reino de los cielos. Quien pueda poner esto en práctica, que lo haga»

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 100-104)