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Encuentros con los dirigentes nacionales

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 133-137)

He tenido la experiencia del dolor y lucha que los misioneros sienten cuando intentan ayudar a los pobres y hacer frente a la opresión. Tanto en Perú como en Brasil, el Señor también me dio la oportunidad de hablar y orar con los presidentes y funcionarios de ambos países. Hace algunos años, estaba sentada en una iglesia en Lima. Sentí que Dios me pedía que fuera donde Él me enviara y dijera lo que él me decía. Estaba pidiéndole que me usara para ayudar a su pueblo y que me protegiera de la ceguera espiritual para cumplir mi misión con todo el pueblo de Dios: ricos, pobres, oprimidos y opresores.

Más tarde, esa misma mañana, una hermana sugirió que sería una gran idea que yo conociera al presidente de Perú.

Inmediatamente sentí que Dios me había estado preparando para que tuviera un encuentro con el presidente. A las tres de la tarde, estaba con él; después de una visita muy agradable, sentí que Jesús me decía que orara por él.

Le sugerí que deberíamos orar y él aceptó gustoso. Mientras oraba, recibí una imagen que le habló muy poderosamente a este líder. Sentí el amor de Dios por él y lo que le apreciaba, y sé que él también lo sintió. En ese mismo día, oré por el ministro del Interior y por muchas otras personas. Di cientos de medallas de la Milagrosa.

Antes de mi siguiente viaje a Brasil, en febrero de 1980, mi padre murió de forma repentina. Fue un momento muy triste para todos nosotros. Debido al cambio de programa y a la necesidad de estar con mi familia, no pude prepararme ade-cuadamente para un mes de ministerio con sacerdotes y laicos.

De camino a Brasil, ya que no me sentía preparada, le pedí a Jesús que aceptara el vacío y el sufrimiento que sentía por la muerte de mi padre.

A pesar de mi falta de preparación, sentí que ésta era una de mis misiones más poderosas, porque no tenía nada que ofrecer de mí misma. Desde mi pobreza tuve que dejar actuar al Señor.

Mientras viajaba por Brasil, pensaba en toda esa gente que había conocido y que me había hablado de su gran ira contra el Gobierno. También encontré a muchos que sentían que el Gobierno no tenía la culpa de los problemas en su país. Pero todos estaban profundamente preocupados por las injusticias en su patria. Con todos estos pensamientos, me encontré diciendo:

«Jesús, me gustaría conocer al dirigente de este gran país. Él tiene que conocerte. Me gustaría hablarle del amor que le tienes». Una voz me respondió: «Vas a conocer al presidente. Voy a permitir que veas su corazón».

En esa época, no había conocido al presidente. Ingrid me preguntó si debía escribir una carta para concertar el encuentro.

Sin embargo sentí que no sería necesario. Dios nos mostró que Él siempre se adelanta. Él sólo necesita instrumentos dispuestos y Él hace luego mucho más de lo que nosotros pudiéramos imaginar. Cuando llegamos al aeropuerto de Brasilia, de camino para dar un retiro a sacerdotes, el hombre que nos recibió men-

cionó que había tenido una llamada del presidente preguntando si sería posible entrevistarse conmigo.

Conocí al presidente Figueiredo al día siguiente. Fue un encuentro lleno de bendiciones. Hablamos sobre muchas cosas y oramos. Nos invitó a Ingrid y a mí a cenar. Vi que el presidente era un hombre que necesitaba, como cualquiera de nosotros, saber cuánto le amaba Jesús y escuchar la Buena Nueva.

Se conmovió mucho cuando oré por él y su esposa. El comentario que me hizo Ingrid después fue: «Nunca pensé que estuvieras acostumbrada a hablar con los dirigentes». Creo que estaba sorprendida de que yo diera testimonio de Jesús libremente al presidente, compartiendo lo que Jesús le pedía como dirigente. Lo que sentí en este primer encuentro con el presidente Figueiredo fue una

extraordinaria presencia interior de Jesús.

Sentí que Jesús estaba hablando a uno de sus hijos y de alguna manera yo sólo estaba sentada escuchando.

Una semana después recibí una invitación personal del presidente para que volviera a orar por su familia y otras personas.

Volví y pasé una semana con muchos miembros del Gobierno y funcionarios de ese gran país.

Fue en esta visita en la que el presidente estaba enfermo y el país fue consagrado a María. De esta experiencia aprendí que no podemos «elegir a los pecadores». No podemos descuidar a los pobres, ni tampoco a los ricos; no podemos descuidar a la gente común, ni tampoco podemos descuidar a los líderes políticos o a los militares. Todos son hijos de Dios. Todos tienen que oír su palabra.

Sería imposible decir todas las maravillas ocurridas sólo en este viaje, pero quiero compartir algunos acontecimientos extraordinarios. En primer lugar, me volví a reunir con el presidente y muchos de sus ministros. Mientras oraba por cada uno de ellos, Dios les tocó. El ministro de Defensa envió una invitación a todo el personal militar para que asistiera a una charla dada por una hermana irlandesa- norteamericana. Fue impresionante poder tener la oportunidad de proclamar la palabra de Dios a todos esos militares. Estuve orando durante horas antes de dirigirme a ellos para saber lo que el Señor quería que les dijera. Algunas de las esposas de estos hombres estaban en la renovación carismática.

En cuanto acabé la charla, empezaron a cantar Nuestro Dios reina ya. Fue seguramente la primera vez que en el enorme auditorio militar cantaran unos mil militares.

El gobernador del distrito federal de Brasilia me invitó a hablar a un grupo de importantes hombres de negocios, políticos y funcionarios. También me dieron un tiempo para proclamar el Evangelio a medio día, la mejor hora de audiencia de la televisión.

Durante este viaje a Brasil, el presidente me pidió que orara por otros miembros del personal de su casa. Por supuesto, pensé que serían los criados y servicio de la casa, pero al ir a la residencia del presidente y salir del coche, vi cómo los soldados marchaban hacía donde Ingrid y yo estábamos. Les estaba

mirando y me preguntaba hacia dónde se dirigían. Se lo pregunté a Ingrid, y me enteré de que estaban formando para que yo orara por ellos. Pensé: «¡No, esto no puede ser posible! ¡Todos estos soldados!».

El general hizo que sus soldados se formaran en fila ante nosotros. Cuando estaban formados, saludó y me presentó a esos hombres. Me gustaría recordar esa presentación, pero mi mente estaba demasiado ocupada pensando: «¿Qué les voy a decir a todos éstos?». Entonces oí una voz interior que me decía

«Dame tus manos para tocar y bendecir y transmitir mi amor sanador a todos ellos y te daré mi corazón para amarles».

Les hablé de Jesús, y después fui de soldado en soldado orando por ellos. Como no podía imponer las manos sobre sus cabezas, por sus cascos, las puse en sus corazones. Le conté a Ingrid que nunca antes había sentido latir tantos corazones con tanta fuerza como ese día. Bajo estos cascos, Dios me mostró estos hombres por los que Él había muerto. Mientras caminaba de soldado en soldado, el Señor me enseñó con qué facilidad

podemos permitir que un uniforme nos impida oír lo que Jesús dice acerca del mandamiento más grande de todos: amar a todos los hombres y perdonar.

Vi la cara de Jesús al mirar a estos soldados. A menudo sus ojos estaban llenos de lágrimas. No me cabe la menor duda de que al igual que yo también ellos sintieron la presencia de Jesús.

El Señor me ha mostrado cuán ciertas son las palabras que el ángel dijo a María en la Anunciación: «Porque no hay nada imposible para Dios». Mi respuesta, como la de María, debe ser un sí y creer que las palabras de Dios se han hecho realidad.

Hoy, al recordar todos los países en los que Dios me ha per-mitido ejercer mi ministerio, me doy cuenta de que Jesús está vivo y activo y solamente necesita que creamos y que estemos dispuestos a decir: «¡Vamos! ¡En el nombre del Señor!».

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