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Tocando a Jesús en la eucaristía

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 79-83)

En relación con el encuentro que tenemos con Jesús de estas dos formas, y al recordar de nuevo el pasaje de la mujer que tocó el borde de su manto, quiero compartir un par de incidentes con vosotros que ilustran este pasaje del Evangelio.

Uno es la historia de un joven sacerdote. Me llamó por telé-

fono, muy angustiado y asustado. Acababa de saber que tenía cáncer en las cuerdas vocales y que dentro de tres semanas tendrían que extirparle la laringe. Me dijo que estaba desesperado.

Sólo hacía seis años que había sido ordenado. Al orar con él, sentí que el Señor quería que le hablara de la eucaristía. Le dije:

«Padre, puedo orar con usted ahora por teléfono, y lo voy a hacer, pero esta mañana, ¿no tuvo usted un encuentro con Jesús? ¿No se encuentra con Él todos los días?». Lo que yo no sabía era que este sacerdote no celebraba la misa a diario.

Le dije: «Padre, todos los días, cuando celebra la misa, cuando toma la hostia consagrada y la come, usted se encuentra con Jesús. La mujer sólo tocó el borde de su túnica. Pero usted toca a Jesús, lo recibe en su cuerpo, lo tiene como alimento. ¿Se da cuenta del hecho de que Jesús pasa a través de su garganta?

No hay nadie mejor a quien ir sino a Jesús. Pídale que lo sane».

Le oí llorar por el teléfono. Me dijo una y otra vez: «Ay, hermana, gracias, gracias».

Tres semanas después ingresó en el hospital para ser operado.

Me llamó más tarde para decirme que la cirugía no se realizó. Los médicos descubrieron que el cáncer había desaparecido y que sus cuerdas vocales estaban como nuevas. Jamás supe su nombre.

Un año después tuve noticias de él a través de un amigo suyo.

Antes de su enfermedad, este joven sacerdote había dejado de celebrar la misa, sólo la celebraba los domingos, tomaba la celebración eucarística muy a la ligera. Dios usó esta experiencia del cáncer para transformar su vida. Este sacerdote fue sanado, pero no sólo físicamente. Se convirtió en un sacerdote centrado en la eucaristía. Ésta se volvió para él el momento de encuentro con Jesús vivo, como la mujer en el pozo, en Juan 4. Comenzó a encontrarse con Jesús en el pozo más grande de todos, donde se bebe y nunca más se tiene sed. Sí, los milagros sí existen.

Otra sanación relacionada con la eucaristía ocurrió en Sid-ney, Australia. Una mujer vino al lugar donde el padre Kevin y yo estábamos dando unas charlas. Se acercó a mí en un pasillo para que orara por ella. Estaba desesperada porque tenía cáncer de estómago. Tenía un tumor que le causaba una gran hinchazón. Los médicos le habían dicho que no valía la pena operarla porque estaba demasiado extendido.

Sabía que esa tarde había una misa, así que le dije que rezaría por ella, pero también le dije que acudiera y que pidiera a Jesús que la sanara. Su principal preocupación era el miedo a la muerte. Dijo: «Hermana, tengo tanto miedo a la muerte. ¡Si Dios me quitara este terrible miedo que tengo!». Yo le dije: «Vaya a encontrarse con Jesús en la eucaristía. Aunque no puedo decirle a nadie que será curado como quiere, puesto que no soy Dios, Jesús le dará la fortaleza para

enfrentar cualquier cosa que le ocurra en su vida. Si Él ha decidido que cruce el umbral de la muerte, Él le dará la gracia para que lo atraviese sin ese terrible miedo. Y si ha de vivir, le dará la gracia para vivir». Yo no sabía que también había acudido al padre Kevin, y él le había dicho lo mismo.

Esto sucedió a primera hora de la mañana en un sábado. Esa noche, mientras manteníamos un encuentro, una mujer vino corriendo por el pasillo del auditorio y me abrazó diciendo:

«Hermana, ¡ha ocurrido, ha ocurrido!». Me pregunté quién era ella y qué había ocurrido. Me dijo: «Míreme. Vine a hablar con usted esta mañana. Fui a misa como me dijo. Cuando iba a comulgar, me dije: "En unos minutos, voy a encontrar a Jesús.

Voy a tomarlo en mi mano y le voy a pedir ayuda"».

Aunque era una católica que recibía la comunión con frecuencia, esta vez miró la sagrada hostia y dijo: «Sé que Tú realmente estás ahí. Hoy, cuando vengas a mí, llévate este miedo. Sáname si quieres, pero por favor, haz algo por mí».

Me dijo además: «Tan pronto como sentí la hostia en mi lengua y la tragué, tuve la sensación de que algo me quemaba la garganta y me llegaba hasta el estómago. Me vi el estómago y el bulto había desaparecido».

Esa mujer sanó. Me gustaría saber cuántos de nosotros acudimos a la eucaristía sólo físicamente, sin una fe expectante, sin emoción por lo que vamos a hacer. Quizás acudimos a la eucaristía sólo para provecho nuestro y no le damos gracias a Dios ni le alabamos porque Él se nos da en la eucaristía.

La fe es una decisión. Tenemos que esforzarnos y poner de nuestra parte. Podríamos decir de la misa: «No la entiendo, no siento nada, pero creo en ella». Si asistimos a misa con una actitud correcta, nuestra vida cambiará. Nuestras iglesias a menudo están repletas de gente que entra y sale tal como entró.

Y te preguntas: «¿Es ése Jesús? ¿Acaso ha cambiado? ¿No está cumpliendo sus promesas?». ¿O quizá pudiera ser que no tengas la fe expectante para permitirle tocar tu vida y responder a tus necesidades?

Él es el mismo Jesús de ayer, hoy y siempre. Es el Jesús que sanó en el Evangelio. Así que debe estar cumpliendo sus promesas y respondiendo a las

necesidades de su pueblo.

Podemos culpar al sacerdote por nuestra falta de fe cuando decimos que es aburrido, o no es carismático o que es demasiado ruidoso, o demasiado tímido, pero el sacerdote no es realmente la cuestión. El verdadero problema es nuestra propia fe.

Es cierto que el hecho de que el sacerdote tenga mucha fe es un gran paso para una adoración más profunda. Por eso en mi ministerio siempre les desafío a aumentar su fe.

Tenemos que mirar más allá de nosotros mismos, y más allá de la humanidad del sacerdote para ver lo que representa en la misa, y lo que está haciendo. Como católica, sé que no tengo que dejar que él se interponga entre Jesús y yo en la eucaristía.

La Iglesia nos obliga a ir a misa, no porque Jesús nos necesite, sino porque como toda buena madre, la Iglesia sabe que necesitamos del Pan de Vida para vivir en un mundo que Jesús mismo nos dijo que nos odiaría tanto como le odia a Él. Necesitamos ser fortalecidos para nuestro viaje. Alimento para el alma y alimento para el cuerpo: eso es lo que Jesús nos da en la misa.

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