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Celebrar la fe con fidelidad

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 137-140)

SER CRISTIANO SIGNIFICA QUE has hecho un compromiso para seguir a Jesucristo, para vivir según sus enseñanzas y obedecer sus mandamientos. Hoy, por todo el mundo, estamos experimentando una renovación en la fe. Mucha gente está aceptando a Jesús como su Señor por primera vez, o está reno-vando su fe y su compromiso con Él. Como católicos, disfruta-mos de la plenitud de la revelación en la Sagrada Escritura.

También creemos que el Señor habla a su pueblo a través de nuestra historia de fe, de nuestra historia de caídas y arrepentimientos. Creemos que Jesús quiso decir lo que dijo cuando nos prometió que siempre estaría con nosotros y que el infierno no triunfaría sobre nosotros. Creemos que Jesús quiso decir lo que dijo cuando le dio a Pedro las llaves del reino.

Creemos que quiso decir lo que dijo cuando le dijo a Pedro que alimentara y cuidara a sus ovejas y corderos, cuando dijo a sus apóstoles que lo que ataran y desataran en la tierra sería ratificado en el cielo.

Creemos, en una palabra, que Jesús nos habla a través de la tradición tanto como a través de la Escritura, que su vida no solamente está contenida en las páginas históricas de la Biblia, inspiradas por Dios, por medio de su Espíritu. Él habla a su Iglesia a través de Pedro y de los apóstoles. Y creemos que el Señor habla a través de los sucesores de Pedro y de los apóstoles.

Los apóstoles y sus sucesores, nuestra tradición y nuestras Escrituras, nos han enseñado que el Señor da a su Iglesia medios específicos para hacerlos presentes entre nosotros. Éstos son los sacramentos: bautismo, penitencia, eucaristía, confirmación, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos.

Los sacramentos son encuentros vivos con Cristo, quien nos fortalece y nos ayuda a vivir nuestro compromiso.

Entramos en la vida de Dios a través de la fe. Creemos que la fe es un don, dado libremente y celebrado en el bautismo. En él, somos adoptados por el Padre. En nuestro nombre, nuestros padres y padrinos prometen ayudar y nutrir nuestra fe. Recibimos una vela que simboliza la luz de Cristo. Empezamos nuestro camino como cristianos. El bautismo nos hace diferentes de los no cristianos. Ahora tenemos que actuar y vivir según las enseñanzas y mandamientos de Jesucristo.

Jesús nos llama a seguirle sin reservas en todas nuestras acciones y relaciones. Él vino a enseñarnos cómo vivir y actuar en este mundo. Cuando Jesús llamó a los apóstoles para que le siguieran, su llamada fue radical: «¡Venid y seguidme!». Durante los tres años de su ministerio, le conocieron personalmente. Les debió de alegrar mucho todo lo que hacía; podía sanar, hacer milagros y daba esperanza a todos los que le escuchaban realmente. Era un hombre con poder. En sus mentes tuvieron que pensar:

«Qué vida tan maravillosa vamos a tener. Nuestro líder es tan poderoso. Ya no tendremos problemas. Él tiene todas las respuestas». Sí, Jesús tiene todas las respuestas, lo puede todo y es fuerte, pero él iba a lanzar un reto a estos hombres. Ellos parecían no entender un punto que Jesús dijo al principio de su ministerio: no tenía dónde reclinar su cabeza. No tenía nada que el mundo pudiera valorar como seguridad. Él sólo tenía a su Padre.

Un día, cuando habló sobre su viaje a Jerusalén y cómo tenía que sufrir, Pedro que lo amaba, se horrorizó y trató de persuadir a Jesús para que no fuera. Fue como si le dijera: «Señor, Tú no puedes sufrir. Después de todo, el sufrimiento denota debilidad».

Entonces fue cuando Jesús reprendió a Pedro y explicó a los discípulos lo que significaría ser sus seguidores. El compromiso de seguirle que ellos habían aceptado no sería tan fácil. Jesús les habló con palabras exigentes. Como seguidores

suyos, tenían que estar dispuestos a negarse a sí mismos, tomar su cruz, y seguirle. Entonces Jesús procedió a hacer con su propia vida lo que significaría un reto para sus apóstoles y seguidores; asumió radicalmente el compromiso de cumplir la voluntad de su Padre al morir en la cruz.

Los apóstoles llegarían a comprender lo que Jesús les dijo, después de su muerte y resurrección. Sólo entonces comprenderían a qué se refería el Señor cuando les decía que el mundo les odiaría, porque el mundo le había odiado primero a Él (Jn 15, 18).

Jesús no esperaba que los apóstoles vivieran este compromiso apoyados en sus propias fuerzas. Él les prometió enviarles al Espíritu Santo; todos conocemos los efectos que tuvo Pentecostés en la vida de sus seguidores. Su miedo se transformó en una fe firme, su tristeza en gozo, su desesperación en esperanza (Hch 2).

Todo cristiano está llamado a comprometerse personalmente con Cristo. Aunque cada uno lo exprese a través de diferentes vocaciones. Jesús debe ser lo primero en nuestras vidas. Sus enseñanzas deben guiar nuestras acciones. Sus mandamientos deben ser señales en nuestro camino. Para el clero, los religiosos y los laicos por igual.

No debo permitir jamás que el mundo me evangelice a mí, de tal modo que me haga olvidar el poder de Dios y su sabiduría, impulsándome a buscar el poder y la sabiduría del mundo. Jesús nos da la Iglesia, que es nuestra luz que nos guía en nuestro peregrinar. Nos da al vicario de Cristo: el Papa, y también a los obispos, cuya misión es animarnos continuamente en nuestro peregrinar hacia Dios. El Papa y los obispos deben mantenerse fieles a su compromiso pastoral con la Iglesia y con el Evangelio.

In document Mckenna Briege - Los Milagros Si Existen (página 137-140)