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AUTONOMÍA O ELECCIÓN?

In document Varios - Los Simpson Y La Filosofia (página 198-200)

¿Acaso todo lo anterior no se reduce a la noción de sentido común según la cual no deberíamos interferir en las decisiones de los demás? ¿En qué difiere nuestro planteamiento de la noción popular? Aunque es cierto que quien ha elegido conscientemente sus fines cumple con uno de los criterios arriba expuestos, queda aún la cuestión de elegir principios que operen con independencia de los deseos. Si alguien actúa según su propio interés en lugar de hacerlo por principios ajenos a él, no se dará nunca el caso de que la preservación de la vida se sacrifique en nombre de fines más elevados. A menos claro que el fin sea la vida eterna, pero he aquí exactamente la cuestión. Ayudar a una persona que actúa por interés y no por principio a acceder a la vida eterna será consecuente con sus objetivos aunque esta persona no lo sepa. Así pues, no es posible tolerar ciertas elecciones sencillamente porque alguien las ha realizado. Sólo algunas decisiones — elecciones racionales que siguen ciertos principios y son independientes de los propios intereses— justificarían que alguien como Ned Flanders no intentase facilitar la salvación de quien las haya tomado a través del bautismo o en nombre del «ama a tu prójimo como a ti mismo». Por ello, tal vez resulte especialmente apropiado que, al final del episodio, Flanders sólo haya conseguido bautizar a una persona, el personaje que más se orienta hacia la búsqueda de sus placeres inmediatos, su vecino Homer Simpson.

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LA FUNCIÓN DE LA FICCIÓN: EL VALOR HEURÍSTICO DE HOMER

JENNIFER L. MCMAHON

Sería de esperar que un planteamiento filosófico sobre la función heurística de la ficción aludiese a la obra de Homero, el célebre poeta épico de la Antigüedad griega. En cambio, las referencias a Homer Simpson en dicho contexto seguramente resultarán sorprendentes. Aunque no se trate de una elección tradicional, la popular serie televisiva Los Simpson ilustra algunas argumentaciones generales que ciertos autores filosóficos han ofrecido a propósito de la ficción. Y se presta a ello por la accesibilidad de los personajes y de las escenas, la pertinencia de los temas que trata con toda frivolidad, la naturaleza única del medio televisivo y la atracción que ejerce sobre un vasto público. Interesada como estoy en determinar la manera en que la ficción puede instruir, me centraré más en por qué Los Simpson puede educar antes que en lo que enseña. Proporcionaré algunos ejemplos, pero no me propongo analizar con precisión aquello que la serie pueda comunicar.

En varios capítulos del presente volumen los otros autores debaten sobre algunos beneficios derivados de ver Los Simpson. Entre otras cosas, se sugiere que tal vez la serie contribuya a cultivar el alfabetismo cultural e ilustre sobre los valores estadounidenses. Sin embargo, y dado que no podemos enumerar todas las lecturas que Los Simpson pueda propiciar, sencillamente esperamos servir de inspiración para que el lector o lectora vea con mayor seriedad una serie que, aparentemente, ofrece más entretenimiento que enseñanza.

La mayor parte del público estadounidense conoce Los Simpson de Matt Groening y, tomando en cuenta que la serie se transmite en numerosos países, muchos ciudadanos no estadounidenses también la conocen. Nos guste o no, su popularidad y el hecho de que se siga transmitiendo al cabo de tantas temporadas la han convertido en parte de pleno derecho de la cultura contemporánea. Espectadores fervientes sintonizan cada semana el más reciente fiasco en la vida de

Homer, Marge, Bart, Lisa y la pequeña Maggie, ven las reposiciones de madrugada y cultivan un índice mental de sus frases y secuencias favoritas. Para bien y para mal, algunas de las expresiones más famosas de la serie han pasado a formar parte del habla coloquial. Residente en Springfield, una ciudad sin estado, la familia Simpson parodia el estereotipo de familia estadounidense. Nos entretiene con situaciones absurdas, con la combinación de diálogos cómicos y humor físico, además de sus habilidosas alusiones a otras comedias famosas como Los tres chiflados, The Honeymooners o Los Picapiedra.[177] La pregunta, sin embargo, es cómo

nos ayuda la serie a aprender.

Aunque la idea de que podemos aprender algo del arte difícilmente resulte controvertida para la mayoría, los filósofos no comparten este parecer. De hecho, desde que Platón elaboró su crítica del arte a finales del siglo V a. C., mucho se ha debatido en la filosofía a propósito de esta cuestión. Aún hoy se discute sobre la posibilidad de educar mediante el arte, y la discusión sobre la función heurística de la narrativa de ficción es una de las cuestiones nodulares del debate. Aunque durante siglos se hayan usado los relatos como medio de instrucción, tradicionalmente los filósofos se han mostrado suspicaces ante el valor educativo de la literatura. Sin embargo, en épocas recientes muchos pensadores han afirmado ese valor. Tal vez Martha Nussbaum sea la valedora más famosa de esta posición.

[178] En Love’s Knowledge, Nússbaum afirma con claridad que sólo el arte puede

comunicar de manera apropiada ciertas verdades. Aunque su teoría tenga implicaciones más amplias, la autora se concentra en la inimitable capacidad de la literatura de revelar verdades morales. De modo que, tomando como punto de partida la obra de Nussbaum, me dispongo a explorar en mayor profundidad el potencial educativo de la narrativa de ficción. En particular, examinaré la manera en que la ficción puede estimular la capacidad de reflexión e incluso el desarrollo moral del individuo. Me valdré pues de Los Simpson para ilustrar mis afirmaciones sobre la función de la ficción. Aunque la caricaturesca normalidad de sus personajes y atmósferas, su aparente superficialidad, el carácter animado de la serie y la popularidad entre un público tan amplio inicialmente parezcan desdecir su posible función heurística, tengo por objeto demostrar que Los Simpson es adecuada para ilustrar mis ideas precisamente debido a esos rasgos.

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