En este punto, nuestra apreciación comprende dos elementos: actuar siguiendo un principio, y actuar de forma independiente de los intereses personales. Para Kant, ambos aspectos son cruciales para que una acción sea moral.
[173] El primero lo daba por supuesto: según él, sepámoslo o no, existe un principio
detrás de toda acción, una máxima, por así decir. El valor moral de una acción depende, por lo tanto, de la índole del precepto que la determina. Ciertas máximas reflejan intereses meramente personales («actúa de manera de maximizar tu propio placer» es una máxima bastante común). Otras no. Hemos visto que amar al prójimo como a nosotros mismos es un ejemplo del tipo de máxima que no refleja los intereses personales. Según Kant, una acción sólo será moral cuando su
motivación lo sea también, cuando la llevemos a cabo porque es correcta. Y es que diversas razones podrían motivar una misma acción, pero sólo serán morales aquellas acciones llevadas a cabo por razones morales. Esto no significa que dichas acciones no puedan satisfacer también nuestros propios intereses, sólo que éstos no pueden ser la motivación para una acción que quiera considerarse moral.
Pero ¿cuándo no están motivadas las acciones por el propio interés personal? Kant reconoce la dificultad de responder esta pregunta. De hecho, sentencia que es imposible saber si una persona está actuando con autenticidad moral, pero la clave del planteamiento radica más bien en que es posible actuar moralmente, es decir, por principios independientes de los propios intereses. Sin embargo, para que la acción sea plenamente moral, además de actuar según unos principios es menester ser consciente de lo que se está haciendo, de que al menos se intenta actuar según los principios que se han elegido. Así pues, para actuar moralmente, debemos convertir un principio moral en el motivo explícito de la acción. Sin duda, es loable que una persona actúe con benevolencia de manera instintiva, pero la moralidad plena significa tomar la decisión de convertir una directriz moral en el principio a seguir. Hemos de establecer un principio, determinar individualmente el modo de actuar, y hacerlo según dicho principio. Sólo entonces habremos superado la mera imitación de los otros y, según Kant, seremos realmente libres.[174] Kant denomina
autonomía a esta libertad genuina, que distingue de la llamada libertad metafísica. Si la segunda consiste en la capacidad de dar inicio a nuevas cadenas causales por ejemplo, la capacidad de mover un brazo a voluntad sin que un agente externo lo mueva por nosotros, la autonomía, en cambio, supone la capacidad de legislar sobre las propias acciones al escoger el principio que las rige. Es decir, hacerse cargo de la responsabilidad de la máxima tras una acción.
Consideremos ahora este rasgo de la autonomía kantiana en el contexto de nuestra pregunta inicial. Hasta ahora hemos esbozado una justificación para, ante todo, creer que debemos amar al prójimo; en segundo lugar, temer que sufrirá por toda la eternidad si no está bautizado y, en tercer lugar, abstenernos de tomar acciones para que el prójimo sea bautizado. Y ha comenzado a concretarse una imagen de las condiciones necesarias para que dicha abstención sea legítima. Si una persona actúa de acuerdo con un principio que la perfecciona pero pone en juego su vida (terrena o incluso eterna), la propia máxima del amor al prójimo moralmente nos exigiría abstenernos de intervenir. Pero al ser posible actuar según una directriz moral sin haberla adoptado de modo realmente consciente, también hay lugar para la duda. Si alguien no ha adoptado conscientemente el principio que rige una acción determinada, pareciera que tenemos la obligación de intervenir
«por su bien», por así decir. Si el amor a nosotros mismos nos exige cumplir con unos principios que nos perfeccionan a la hora de actuar, amar a los demás significa permitirles hacer otro tanto, es decir, que elijan por sí mismos unos principios que rijan sus acciones. Sólo en ese sentido el imperativo de amar al prójimo puede obligarnos a respetar su decisión. De modo que el rasgo principal de la teoría kantiana de la autonomía, la legislación individual de los principios morales, también parece ser la clave de nuestro planteamiento.
Y, sin embargo, ¿cómo conseguimos dar con unos principios y hacerlos nuestros? ¿Cómo nos distanciamos lo suficiente de nuestras inclinaciones para que tal cosa sea posible? Para Kant, la respuesta radica en la razón. Pensemos en los tres criterios que determinan la moralidad de una acción: 1. actuar según un principio; 2. que tal principio sea independiente de nuestros intereses personales; 3. que nosotros mismos lo hayamos establecido como principio. En los tres casos, es la razón lo que nos permite desentendemos de nuestros deseos e inclinaciones inmediatas, y también nos da ocasión de reflexionar sobre nuestros principios y decidir si la acción que nos disponemos a llevar a cabo se debe a motivos morales (o al egoísmo). Pero el aspecto más importante de esta cuestión es que, en última instancia, la razón nos permite juzgar si una persona está arriesgando su vida eterna para cumplir con un principio que considera noble. Para Kant, la razón es la clave para comprender cómo formular el principio moral adecuado y definitivo, pues nos distancia de nuestros intereses particulares y, al hacerlo, universaliza nuestros juicios. Esta universalización es la clave de lo que Kant llamó el imperativo categórico, un principio que nos indica cuándo las máximas que elegimos son morales: «obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal».[175] No hace falta seguir a Kant hasta un
formalismo tan extremo, pero hemos visto cómo sus preocupaciones en lo relativo a la universalidad se aplican a nuestra interpretación del significado del amor a uno mismo. Como mínimo, habría que declararse de acuerdo con Kant sobre el hecho de que una de las condiciones de la autonomía es tomar distancia racional de nuestros deseos para poder abrazar reflexivamente un principio de acción. Favorecer una aproximación razonada hacia los propios deseos es perfeccionar nuestros rasgos más nobles. Y el principio que nos dice «ama a tu prójimo» exige al menos que perfeccionemos nuestra capacidad de usar la razón de este modo.
Así pues, nuestra descripción de la autonomía está completa. Amar al prójimo no significa tratar de salvar la vida eterna de alguien que actúe de manera autónoma. Y actuar con autonomía, según hemos concluido con ayuda de Kant, depende de cuatro factores: se debe actuar según unos principios que desdeñan los
propios intereses y que se han adoptado conscientemente. Estos principios deben apuntar al perfeccionamiento de uno mismo y deben ser el resultado de la reflexión racional sobre cómo actuar. En ese sentido, las acciones de Ned estarían justificadas. Y, ante estas condiciones, la segunda premisa de nuestro planteamiento inicial, «Amar a alguien comporta el intento de salvar su vida en caso de necesidad», resulta falsa en algunos casos y, por lo tanto, el argumento no se sostiene.[176]