También la filosofía occidental cuenta con partidarios del silencio. Desde los primeros místicos judíos hasta la filosofía de Wittgenstein, la necesidad de estarse o no callado ha sido objeto de animada discusión. En Estados Unidos, el siglo XX ha concluido en medio de una multitud de mensajes contradictorios; se nos decía que debíamos «levantarnos y alzar la voz», aunque «el silenció es oro»; «el conocimiento es poder» y, sin embargo, «que no haya noticias es buena noticia»; «expresaos», pero también «hablad poco». Difícilmente hemos estado alguna vez más indecisos sobre la conveniencia de tener la boca cerrada.
Un siglo antes, la filosofía oriental echaba raíces en el feraz territorio intelectual de la Europa occidental. Importantes filósofos alemanes como Schopenhauer y Nietzsche estudiaron las culturas orientales y en sus obras se encuentran muchas referencias a ellas. Siguiendo esta tradición, en 1930, el filósofo alemán Martin Heidegger llevó la filosofía oriental a una cumbre de popularidad en Occidente. Aunque Heidegger de pleno derecho forme parte de la tradición occidental, su insistencia en el silencio tiene un sabor distintivamente oriental. Según Heidegger, el silencio es esencial para vivir una existencia auténtica, mientras que la cháchara superficial es señal de una existencia carente de autenticidad. El filósofo esperaba tender un puente entre Oriente y Occidente al hablar sólo de los aspectos más serios de la «Existencia» y callar sobre el resto.
Heidegger fue celebrado en el mundo entero como un gran pensador, alguien que sabía cuándo hablar y cuándo no. A finales de la década de los treinta, sin embargo, Alemania tenía que ocuparse con urgencia de asuntos muy distintos a la filosofía existencial. Adolf Hitler había llegado al poder y la Segunda Guerra Mundial parecía inevitable. Excepto en algunos momentos notorios, Heidegger se mantuvo en silencio, fiel a su filosofía, y más tarde no negaría su apoyo temprano al nacionalsocialismo y al Tercer Reich. Mientras los nazis declaraban la guerra a sus países vecinos, Heidegger se negaba a hacerse escuchar, y cuando sus alumnos y colegas judíos fueron obligados a abandonar la universidad, no dijo nada.[42]
La historia condenará el silencio de Heidegger, y otro tanto deberíamos hacer nosotros. Desde la Segunda Guerra Mundial, hemos aprendido que hacerse
escuchar puede causar malentendidos y conflictos, pero no hacerlo puede refrendar cosas peores. Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, suele decir que lo contrario del amor no es el odio, sino el silencio. En ese sentido, parece difícil elegir entre el silencio oriental o las palabras occidentales.
En «La boda de Lisa», esta última consigue entrever un momento de su futuro con ayuda de una adivina de feria. Está a punto de casarse con el hombre de sus sueños y Maggie, una adolescente de hermosa voz, toma un poco de aire y se dispone a cantar. Justo en ese instante, Lisa anula el matrimonio y Maggie cierra la boca de modo simbólico. Una vez más, los problemas familiares acaban obligándola a callar.
En un mundo donde la burocracia sigue creciendo y existe un exceso de información, también nosotros corremos el peligro de que nuestras voces se ahoguen. El gran reto de las sociedades contemporáneas, tanto orientales como occidentales, consiste en descubrir la manera de respetar los proyectos del otro de manera crítica, permitiendo que todas las voces se escuchen. Antes que ser tolerantes, tendríamos que prestar atención. De lo contrario, cada vez habrá más personas que, como Maggie Simpson, se sientan relegadas a los márgenes de la sociedad y busquen medios más destructivos para comunicarse. Y en el mundo real, no siempre podemos volver a ponernos en pie con tanta facilidad.[43]
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LA MOTIVACIÓN MORAL DE MARGE
GERALD J. ERION Y JOSEPH A. ZECCARDI
Desde el corrupto alcalde Joe ‘Diamante’ Quimby hasta el impenitente malhechor Snake, pasando por las figuras más piadosas de la ciudad, como el reverendo Lovejoy y Ned Flanders, los extremos morales de Springfield tienen por único vínculo la variedad de los personajes que pululan por sus calles. Bart admite no saber la diferencia entre el bien y el mal y negocia con el demonio de tú a tú. Homer se embarca en un proyecto egoísta tras otro, intentando además convencer a Dios del valor de faltar a la iglesia para ver el fútbol. Entretanto, Flanders consulta a las autoridades religiosas y las escrituras sagradas para resolver cada dilema que encuentra, trátese de cuestiones éticas y morales o de modas y cereales de desayuno.
En medio de esos extremos éticos, Marge se destaca como una piedra de toque de la moralidad. Para solventar los dilemas que se le presentan, sencillamente deja que la razón oriente su conducta hacia un ponderado y admirable equilibrio entre los extremos. Se diferencia de Flanders porque éste siempre acata lo que la religión ordena sin importar si a él le parece bien hacerlo. Marge es religiosa, pero su conciencia, bien desarrollada, le permite hacer sólo aquello que haría una persona decente y razonable, incluso cuando sus decisiones entran en conflicto con las directrices impuestas por la autoridad de su credo. Lo anterior sugiere que la filosofía moral implícita en las acciones de Marge podría tener mucho en común con la del gran filósofo de la antigüedad Aristóteles. Así pues, este ensayo se propone ilustrar la ética aristotélica analizando la vida de Marge en Springfield.
Dicho esto, no pretendemos afirmar que Marge sea una especie de paradigma aristotélico que aplica con constancia y diligencia la filosofía moral del estagirita. Muchas de las cosas que Marge hace o dice no son precisamente virtuosas (desde un punto de vista aristotélico).[44] Sin embargo, nuestro análisis del
general. En consecuencia, del mismo modo en que Barney Gumble no deja de ser un alcohólico a pesar de sus raros momentos de sobriedad en «Días de vino y suspiros», sus logros artísticos en «Ha nacido una estrella» y su adiestramiento como astronauta en «Homer en el espacio exterior», el patrón de comportamiento general de Marge sirve de ejemplo especialmente ilustrativo de la filosofía moral de Aristóteles.[45]