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LA PEQUEÑA LISA VA A WASHINGTON

In document Varios - Los Simpson Y La Filosofia (página 166-170)

Existen tantos ejemplos de hipocresía evidente y extrema en Los Simpson que sería un despropósito intentar abarcarlos en su totalidad. Sin embargo algunos de ellos son pertinentes, en especial porque solemos asociar la hipocresía ante todo a la corrupción en la política, los negocios y la religión. De modo que, con respecto a cada uno de estos ámbitos, en este capítulo me centraré en el alcalde Quimby, el

señor Burns y el reverendo Lovejoy. No todos los ejemplos que propongo se hallan tan bien delineados como podrían, pero en conjunto sirven para ilustrar una serie de cuestiones nodulares.

En «La familia va a Washington», Lisa presencia cómo el congresista Bob Arnold acepta un soborno. Con razón, se siente contrariada: Arnold actúa en deliberada violación del juramento de su cargo. Y eso lo convierte en un hipócrita. El alcalde Quimby es un caso similar pero más complejo. Nótese la doble hipocresía en el siguiente intercambio:

WIGGUM: ¡Pero ha quebrantado la ley!

QUIMBY: No me dé lecciones de civismo. ¡Escúcheme! Si Marge Simpson va

a la cárcel, ya me puedo despedir del voto femenino. («Homer solo»).

Quimby no sólo es un hipócrita: es un mentiroso, un tramposo, carece de voluntad y le sobran prejuicios, es sexista, ingenuo, vil y, a pesar de poseer cierta capacidad política, es más bien obtuso. Es importante distinguir su hipocresía de otros defectos morales, de carácter e intelectuales. En este caso Quimby no sólo decide actuar en contra de la ley, sino que vulnera también el interés público en las cuestiones de la mujer.

Podría pensarse que la hipocresía es inevitable en la política, y que el alcalde Quimby, en cuanto político, no es tan culpable. Pero he aquí un punto de vista cínico. Como argumentaré más adelante, hay ciertos tipos de hipocresía disculpables e incluso loables. Pero son más bien raros, y suelen deberse a la compasión o a objetivos meritorios. La hipocresía de Quimby, al contrario, como la de muchos políticos, no está al servicio de sus electores; apenas consiste en usar su poder para obtener ganancias personales. Sus fines no son compasivos ni admirables. Comparado con el Actor Secundario Bob, es el mejor candidato a la alcaldía, pero su hipocresía no es por ello menos reprochable.

Los hipócritas en la política no ponen en práctica lo que han dicho antes de jurar el cargo y, de modo más ladino, incumplen las directrices del partido que antes han suscrito. Pero esto no limita la hipocresía a aquellos casos en que los valores en cuestión se han afirmado previamente de manera explícita. Es posible suscribir la línea del partido sin refrendarla públicamente. En otras palabras, es posible ser un hipócrita al violar los principios que se afirman de modo implícito

cuando se avala tácitamente la línea del partido, o bien aceptando un empleo que comporta ciertos valores aunque no se exija para él un juramento o, de modo más interesado, al presentar una imagen pública falaz que exprese estos valores. Piénsese en el director Skinner o la señorita Krabappel, que como educadores están comprometidos de manera implícita con ciertos valores pedagógicos que, sin embargo, violan con frecuencia e incluso desestiman por completo.

Otro caso complejo lo representa el señor Burns, que en la búsqueda del propio provecho suele exhibir una variedad de bajezas morales. No hay nada malo y, de hecho, hay mucho de ensalzable en la búsqueda del beneficio y todo lo que éste conlleva. Pero esto no justifica la hipocresía en las relaciones públicas, rasgo que Burns personifica con una voluntad tan fuerte como débil es su cuerpo, en especial al presentarse, en más de una ocasión, como el ecologista que definitivamente no es. Desde luego, se trata de una manera óptima de hacer relaciones públicas, pero la hipocresía de Burns es demasiado evidente:

Pensé que si un plástico de seis latas atrapaba un pez, un millón de plásticos atraparía un millón de peces… Yo la llamo la Omnired de Burns, deja el mar como una patena. Y el producto es la Grasa Animal Patentada Pequeña Lisa. Rica en proteínas para animales de granja, aislante para viviendas protegidas, un potente explosivo y un refrigerante de primera. Y lo que es mejor, fabricada al cien por cien con animales reciclados. («El viejo y Lisa»).

El caso de la Grasa Animal Patentada Pequeña Lisa podría parecer el mejor ejemplo de la hipocresía de Burns, pero en esta ocasión el empresario no alcanza a comprender la índole de su propia falsedad, en marcado contraste con sus relaciones públicas tan bien calculadas en otros episodios. Durante una limpieza de residuos de la planta nuclear, Burns posa ante las cámaras vestido de pies a cabeza con un mono de limpieza, que se quita con disgusto apenas se detienen los obturadores («Madre Simpson»). En un retiro corporativo, ofrece un discurso sobre el valor del trabajo en equipo y la sana competición («La montaña de la locura»), mientras que su historial privado no sólo no incluye la colaboración sino que representa el peor tipo de elitismo, sus intentos de competir no son sanos sino conniventes, y su juego no es limpio sino sucio en todo momento.

Desde el punto de vista literario, quizá el peor tipo de hipocresía sea la religiosa. Un ejemplo muy conocido es el Tartufo de Molière, que usa el pretexto de la piedad para congraciarse con una familia rica. Aunque proclama el valor de la

pobreza, vive a costa de dicha familia y acaba por obtener el control de todas sus posesiones. Sintiéndose seguro en su nueva posición de poder, actúa en clara violación de los valores que ha presentado, y acaba mal. Tartufo es un clásico que vale la pena leer. Los Simpson es otro tipo de clásico de pleno derecho que vale la pena ver. Lovejoy, sin embargo, no es Tartufo. No es que haya algo malo en que no lo sea, pero a pesar del comprensible cansancio de Lovejoy ante el mundo y de su fe un tanto resignada, existen ciertos indicios de que él también podría ser un hipócrita. Entre ellos se cuentan llevar a su perro a ocuparse de sus «sucios y pecaminosos asuntos» en el césped de Flanders («22 cortometrajes sobre Springfield»), restar importancia a los preceptos cristianos («La novia de Bart»), y negar a Lisa la posibilidad de consultar la Biblia («El día del apaleamiento»). ¿Un cura para todos los creyentes? Difícilmente. Podría pensarse que Lovejoy es un hipócrita incontrovertible, a pesar de sus momentos ardientes y sentenciosos. Pero también podríamos interpretar de modo un poco más caritativo al personaje, como si sencillamente estuviese bajo la influencia demasiado poderosa del Viejo Testamento.

Aunque Lovejoy no es Tartufo, podría tener algo de don Manuel. En San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno, don Manuel pierde la fe pero sigue haciendo las veces de sacerdote creyente ante la congregación, papel que considera necesario para el bien del rebaño. Duda de los fundamentos religiosos de lo que predica, por lo que sin duda es un hombre falso, pero no es un hipócrita, pues sigue comportándose según los principios de su religión. La diferencia radica en su motivación, que no es religiosa, sino pragmática, pero las acciones prescritas son las mismas. Aunque los valores en lo que realmente cree contradicen los que demuestra a la comunidad, sus actos no se oponen a los primeros ni a los segundos. Hasta cierto punto, Lovejoy podría estar contando una mentira noble similar. Su papel en la comunidad es mucho menos importante que el de don Manuel, pero también está en posición de socorrerla. Piénsese en cuánto hace por los Flanders, sobre todo por Ned, aunque ayudarlo se convierta en una carga. De cualquier manera, Lovejoy demuestra cierta levedad e indiferencia en relación a su rebaño («En Marge confiamos»), lo cual parece excluir la posibilidad de interpretar su personaje como una variante atenuada de don Manuel.

Hasta aquí se han presentado una serie de características importantes de la hipocresía ejemplificadas en Springfield y en otros casos. Hay hipocresía cuando se violan deliberadamente los principios adoptados. O bien cuando se suscriben unos principios à la señor Burns, sabiendo que se han violado en acciones pasadas o proyectadas, y cuando el propósito es minimizar los comportamientos evidentes o

secretos. La clave radica en la inconsistencia. Es interesante notar que, salvo pocas excepciones, ninguno de los miembros de la familia Simpson es un hipócrita. ¿Bart? Sí, pero sólo bajo coacción, y eso rara vez. ¿Homer? En absoluto, pues actúa de pleno aunque irreflexivo acuerdo con los valores hedonistas que sostiene, excepto cuando debe afrontar alguna prueba moral severa, en cuyo caso no sólo hace lo correcto, sino que lo hace con el auspicio de valores coherentes.[161]

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