en -612, entre sus conquistadores no se encontraban solamente las huestes babilónicas de Nabu-apla-usur, sino también las aguerridas tropas de las tribus indoeuropeas del Irán, que hacían su entrada en la historia comandadas por los medos. Mientras Babilonia consolidaba su hegemonía en Mesopotamia y el Levante, los iranios se extendían por el norte y por Anatolia, hasta la frontera del reino lidio. En -550 el príncipe persa Ciro (en griego, Kyros; en persa, Kurush) derrocó al gris monarca medo, asumiendo él mismo la realeza y el mando de todas las tribus iranias. Durante los dos siglos siguientes, el Imperio Persa sería la potencia hegemónica del antiguo Oriente Próximo.
En -547 Ciro derrotó e hizo prisionero al rey lidio Kroisos, conquistando su capital, Sardes, y anexionando su reino. La gran metrópolis comercial griega de Mileto, en la costa anatolia, rápidamente concertó un tratado de amistad y alianza con Ciro. A partir de ese momento el avance persa sería incontenible. En -538 las tropas persas entraron en
Babilonia, que les abrió sus puertas sin presentar batalla. Es más, poco después fue recibido Ciro en olor de multitudes y aclamado como libertador. Ciro se proclamó rey de Babilonia y trató con respeto e inteligencia a la gran ciudad mesopotámica, rindiendo culto a su dios nacional Marduk y restaurando sus templos. Poco después llegaría a las ciudades fenicias, que pondrían sus flotas a su disposición.
La entrada de Ciro en Babilonia causó un gran entusiasmo entre los judíos, que lo saludaron como el mesías, el ungido de Yahvé, enviado para liberar a su pueblo. De este fervor por Ciro se hacía eco el profeta de los judíos exiliados en Babilonia, el segundo Yeshayahu: «Así habla Yahvé a su ungido, Ciro, a quien ha cogido de la mano derecha, para someter ante él a las naciones» [Is, 41; 1]. Ciro rápidamente firmó un decreto que permitía a los judíos regresar a su tierra y reconstruir su templo en Jerusalén. De todos modos, la mayoría de los judíos, ya bien establecidos en las feraces tierras de Babilonia y en sus grandes ciudades, prefirieron no regresar. Como ha señalado Abba Eban, «Babilonia era para los judíos la América de la antigüedad», y en ella se habían abierto paso como agricultores, comerciantes, burócratas y profesionales de todo tipo, echando raíces y formando comunidades prósperas y bien organizadas. Así como la mayoría de los actuales judíos norteamericanos han preferido no emigrar al moderno Estado de Israel, así también la mayoría de sus antepasados babilonios prefirieron no hacer uso del permiso de Ciro para regresar al pobre país de Canaán.
En -530 murió Ciro y subió al trono persa su hijo Cambises (en persa, Kambuziya), que cinco años después conquistó Egipto, del que devino faraón. Con esto el Imperio Persa había logrado unificar bajo su férula la totalidad del antiguo Oriente Próximo. Por el oeste pronto hallarían los persas el límite de su expansión en Grecia. Por el este se extenderían hasta la India. Y sólo en -332, bajo los golpes de Alejandro Magno (en griego, Aléxandros Mégas), se desmoronaría el gran imperio fundado por Ciro.
El principal organizador del imperio fue Darío (en griego, Daríos; en persa, Darayavaush), hijo de Cambises. El inmenso territorio quedó dividido en provincias autónomas, gobernadas por sátrapas o gobernadores nombrados por el gran rey. Un eficiente programa de construcción de carreteras y organización de postas permitía la fácil comunicación y la rápida transmisión de órdenes y noticias entre las capitales del imperio Persa, Susan, Babilonia y las lejanas satrapías. Una única lengua administrativa —el arameo— servía de lingua franca y hacía posible el funcionamiento de la burocracia imperial. Las pesas y medidas fueron también unificadas. Y el sistema monetario se extendió a todas las zonas del imperio, muchas de las cuales no habían conocido hasta entonces más que la economía de trueque. Una nueva y estandarizada moneda de oro —llamada darik ós por los griegos— era aceptada y usada como medio universal de pago.
Cada provincia tenía que contribuir con sus tributos a las cargas del imperio. La rebelión estaba duramente
castigada. Por lo demás, los diversos pueblos del heteróclito imperio gozaban de completa libertad para practicar sus tradiciones, costumbres, religión y lengua. El Imperio Persa desconocía el afán homogenizador o proselitista, el nacionalismo o el fanatismo religioso o cultural. Adoptaron el arameo como lengua administrativa por razones prácticas: era la lengua más extendida y la más fácil de escribir, gracias al sistema alfabético de escritura que empleaba. Pero no se les pasó por la imaginación imponer la lengua persa a nadie. Los monarcas y aristócratas persas profesaban la religión de Ahura-Mazda, predicada por Zarathustra, pero tampoco se les ocurría tratar de imponérsela a nadie. Más bien honraban y protegían a todas las numerosas religiones, dioses y templos de su inmenso imperio. Y en todo esto los judíos no fueron excepción, recibiendo el permiso y el apoyo de los reyes persas para la práctica de su religión y la reconstrucción de su templo.
Poco después de la autorización original de Ciro, miles de judíos volvieron a Jerusalén, sufriendo seguramente una gran decepción. Lo que se encontraron no fue la idealizada patria de sus sueños, en los que resonaban todavía los ecos de la supuesta pasada grandeza, sino un territorio pobre y abandonado, con los campos mal cultivados (tras la partida de sus dueños), las murallas derruidas, las casas medio en ruinas, sin independencia política y, para colmo, con una población que practicaba cultos sincretistas, combinando el de Yahvé con los de otros dioses, en contraste con la insistencia de los judíos exiliados en no adorar más que al
celoso Yahvé. Precisamente por ello los judíos retornados del exilio se negaron tajantemente a permitir que los «samaritanos», como llamaban ahora a los habitantes del país, colaboraran en la reconstrucción del templo de Yahvé, según su deseo.
En -522 subió al trono Darío, que dos años después volvió a permitir y fomentar mediante un nuevo decreto la reconstrucción del templo de Yahvé. Esta se inició en -520, animada por los profetas Haggay y Zejaria y dirigida por el jefe civil de Judea (nombrado por los persas), Zerubabel, y por el sumo sacerdote, Yeshúa. Cinco años después el nuevo templo de Jerusalén, inspirado por lo que pensaban que había sido el de Salomón, pero mucho más modesto en su decoración, fue solemnemente inaugurado. Los judíos estaban exultantes. Se decía que Zerubabel era descendiente de la casa de David, incluso se decía que era el meshíaj (mesías, ungido) llamado a restablecer la monarquía. Probablemente el rumor llegaría a oídos de los persas, que, interpretándolo como sedición, hicieron desaparecer rápidamente a Zerubabel. Ya no se volvería a hablar más de la dinastía davídica.
Entre -515 y -458 el fanático entusiasmo religioso de los exiliados retornados decayó y los cultos sincretistas volvieron a predominar en Judea. De hecho, el judaísmo del exilio en Babilonia había introducido una serie de elementos nuevos en el yahvismo, desde la exagerada santificación del shabbat (ligada a la adopción de la semana babilónica de siete días) y la obsesión por la pureza ritual hasta la
insistencia en la monolatría (adoración de un solo dios) e incluso el monoteísmo. Los pobladores locales, aunque yahvistas, no conocían dichas novedades y practicaban un sincretismo laxo y tolerante. Los exiliados retornados se consideraban a sí mismos como los verdaderos judíos y calificaban de herejes, cananeos y samaritanos a los habitantes del país. Los campesinos, los aristócratas y parte de los sacerdotes eran sincretistas y tolerantes. Los exiliados retornados eran monolatristas fanáticos y moralistas puntillosos e intransigentes. Además, contaban con buenas conexiones con los judíos de Babilonia y con la corte imperial.
Los judíos ortodoxos (es decir, monolatristas) hicieron creer al gran rey persa que la población de Judea deseaba el establecimiento de una teocracia sacerdotal en su región. En -458 el gran rey envió al sacerdote y escriba judío Ezrá desde Babilonia a Jerusalén, para poner en marcha la reforma. Ezrá inmediatamente trató de establecer un sistema político teocrático, en el que todo el poder, tanto civil como religioso, estuviera en manos de los sacerdotes del templo. Además, traía de Babilonia el texto revisado de la Torá, que él mismo leía en hebreo y explicaba en arameo con gran elocuencia, tratando de entusiasmar al pueblo a favor de su reforma. Trató también de atajar el sincretismo y el peligro de pérdida de la identidad religioso-nacional mediante el aislamiento completo de los judíos, a los que prohibió que se casaran con no judíos, pues tales matrimonios mixtos eran «impuros». Los que ya estaban casados con gentiles debían
divorciarse de sus esposas o maridos y repudiar a sus hijos. Esta política de Ezrá causó gran irritación entre amplios sectores de la población y entre los países vecinos, que habían casado a sus infantes con judíos.
El ideal teocrático de Ezrá fue reavivado poco después por el judío Nehemiá, que había sido copero real de Artajerjes (en persa, Artahshayarsha; en griego, Artaxerxes) y fue enviado como gobernador persa de Judea en -445. Logró permiso del rey para reconstruir las murallas defensivas de Jerusalén. Para llevar adelante la reforma teocrática, trató de ampliar el partido favorable a la misma, ganándose el favor de la plebe y de los levitas. A la plebe de Jerusalén Nehemiá concedió la rescisión de todas las deudas y la abolición de los intereses. Los levitas eran unos sacerdotes locales tradicionales que se habían quedado sin trabajo al centralizarse el culto y los sacrificios en el templo de Jerusalén. Nehemiá estableció un impuesto del 10% sobre la producción agrícola, destinado a mantener a los levitas, que pasaron a ser una especie de vigilantes religiosos, encargados de velar por la pureza del templo y por el cumplimiento de los preceptos religiosos por parte de la población. Además, Nehemiá contaba (como gobernador que era) con el apoyo de la guarnición militar persa. Apoyado, pues, en la plebe, los levitas y los soldados, logró finalmente imponer las leyes religiosas, incluida la prohibición del matrimonio con los no judíos, haciendo uso para ello incluso de la tortura y el exilio. Durante los siglos siguientes, Judea sería una teocracia centrada en el templo
de Jerusalén y un bastión del judaísmo ortodoxo e intransigente.
Los cien años de dominio persa que todavía quedaban fueron una época pacífica y tranquila. Sometido el Levante entero a la paz persa, el país de Canaán no conoció la independencia, pero tampoco la guerra. La única opresión a que estaba sometida la población de la pequeña provincia autónoma de Judea era la autoejercida por su propia casta sacerdotal, constituida en teocracia intolerante y obsesionada por la separación del resto de la población de los judíos «auténticos», a los que encerraba así en un gueto de su propia creación.
Durante los dos siglos de teocracia yahvista bajo tutela política persa, la influencia cultural de la religión de los persas se hizo sentir sobre el judaísmo, como era de esperar. En los textos de esa época aparecen por primera vez temas típicos de la religión mazdeísta, pero completamente ajenos al yahvismo preexílico, tales como la figura de Satán, las jerarquías de ángeles y demonios, el juicio final y la inmortalidad del alma. En el lyyob (Job) y en el Dibré ha- yamim (Crónicas) aparece Satán como el adversario de Dios y factor del mal, en claro reflejo de la concepción dualista persa. A la idea de un Satán opuesto a Dios se une la de un juicio final y una vida después de la muerte, con premios para los humanes que en esta vida hubieran estado con Dios y castigos para los que hubieran estado con Satán. Estas ideas persas, a través del judaismo, acabarían pasando al cristianismo y al islam.