De antigüedad comparable a los de la Torá son los cuatro libros llamados Nevi’im rishomin (Profetas anteriores):
El primero es Yehoshúa (castellanizado, Josué), que continúa la historia legendaria de Israel narrada en la Torá. Después de la muerte de Moisés, y bajo la dirección de Josué, los israelitas conquistan el país de Canaán y se lo reparten entre sus doce tribus.
El segundo se llama Shofetim (Jueces) y continúa la narración desde la muerte del caudillo Yehoshúa hasta el nacimiento de Shemuel. Contiene una serie de narraciones sobre las hazañas extraordinarias de varios héroes liberadores o «jueces» (shofetim), que salvan a Israel en los momentos de peligro.
El tercero se llama Shemuel, en honor del último de los «jueces», con cuyo nacimiento se continúa la narración del libro anterior. Este libro cubre también los reinados de los dos primeros reyes de Israel, Saúl y David.
de Salomón e incluye la historia de los dos reinos separados del Norte (Israel) y del Sur (Judea), hasta la derrota y desaparición definitiva de este último a manos de los neobabilonios.
Los cuatro libros de Nevi’im rishomin tienen un trasfondo histórico continuo, que les confiere una cierta unidad. Su actual división es un tanto arbitraria y posterior a su redacción, a su vez larga y compleja. Parece que primero hubo una serie de narraciones históricas distintas e inconexas, que hacían uso tanto de leyendas y tradiciones orales como de crónicas y registros históricos oficiales. A estas narraciones, que empalman por un lado con el mundo legendario de Moisés y por el otro con el mundo histórico, documentado y datado de la conquista de Jerusalén por Nabu-kudurri-usur II, se añadieron luego —en la época de la reforma religiosa de Josías, del exilio en Babilonia y de la teocracia del segundo templo— toda una serie de comentarios e interpretaciones, que situaban cada episodio en un contexto teológico e histórico-filosófico global, muy cercano a las preocupaciones «deuteronómicas» de los autores del Debarim. Así, en el libro Melak im, los reyes de Israel y Judea no son juzgados en función de su actuación política global, sino exclusivamente desde el punto de vista de su actitud respecto a la centralización del culto. Si estaban a favor de la centralización, se los alaba; si permitían el culto fuera del templo de Jerusalén, se los condena.
Los elementos más arcaicos de Nevi’im rishomin superan en antigüedad incluso a la Torá. Tal es el caso de la
magnífica canción de Débora (en Shofetim), quizás el texto más antiguo de toda la Biblia, del siglo -XI o -X. Los elementos históricos proceden de los siglos -X al -VI. Su revisión, expansión explicativa y redacción final continuaron hasta el siglo -III.
Tal y como resultan de esa última revisión sacerdotal, los libros nos presentan una visión muy coherente. Yahvé cumplió su parte del pacto con los israelitas, conduciéndolos a la tierra prometida y entregándoles el país de Canaán. Estos, sin embargo, frecuentemente fueron infieles a su dios, rompiendo el pacto y no obedeciendo la ley de Yahvé. En esas ocasiones los israelitas sufrieron derrotas y calamidades. Cuando, por el contrario, se arrepintieron y volvieron a obedecer a Yahvé, éste los protegió y triunfaron de nuevo. Al final, sin embargo, Yahvé se ha cansado de tanta infidelidad por parte de su pueblo elegido y ha permitido la total aniquilación de los reinos de Israel y Judea.
Con la aniquilación de sus reinos, los israelitas habían perdido la soberanía política, la capital y el templo. Yahvé, irritado por sus pecados, los había abandonado. ¿Qué podrían hacer para congraciarse de nuevo con su dios? Por lo pronto, tenían que repensar su religión. Puesto que el Estado había fracasado, había que restablecer el contacto con Yahvé a nivel más íntimo y personal. Puesto que ya no había templo, el propio corazón de cada judío debía ser el templo de Yahvé. Puesto que la nación israelita había sido derrotada por sus enemigos, o bien —y esto era inaceptable
— Yahvé mismo había sido derrotado por los dioses de los otros pueblos, o bien —dando un audaz salto teológico— ello se debía a que Yahvé no era sólo el dios de Israel, sino que era el dios de todos los pueblos, y a todos los utilizaba como instrumentos. Ya después de la caída de Samaría, la capital del reino de Israel, en manos de los asurios, Yahvé — por boca de su profeta Isaías (en hebreo, Yeshayahu)— llama a Asur «vara de mi cólera y estaca de mi furor» [10, 5]. El dios tribal y nacionalista era ahora reinterpretado como dios universal. Si los asurios habían destruido Israel y los neobabilonios habían arrasado Judea, ello se debía a que habían actuado como instrumentos de Yahvé, dios universal, para castigar los pecados e infidelidad de Israel, aunque ellos también, a su vez, sufrirían el castigo de Yahvé por sus propios pecados.
Toda esta ideología, a la vez más intimista y más universalista, fue desarrollada por los llamados profetas literarios y aparece expuesta en los cuatro libros Nevi’im ajaronim (Profetas posteriores):
El libro Yeshayahu contiene tres partes de épocas muy distintas. Los capítulos 1-39 se basan sobre todo en las predicaciones del profeta Isaías, del siglo -VIII. Los capítulos 40-55 contienen las predicaciones de otro profeta distinto (del que ignoramos el nombre y que se conoce ahora como el segundo Isaías), que vivió dos siglos más tarde y que dirigía sus palabras a los judíos del exilio babilónico, en la época de la conquista de Babilonia por el persa Ciro. El resto de los capítulos son de la época del
segundo templo.
El Irmiahu contiene básicamente las predicaciones del profeta Jeremías (en hebreo, Irmiahu), al que le tocó vivir la destrucción del reino de Judea a manos de los neobabilonios, profetizada por él como castigo de los pecados de Judea.
El Yehezqel recoge en gran parte las predicaciones y visiones del profeta Ezequiel (en hebreo, Yehezqel), dirigidas a los desterrados de la época del exilio, animándolos a no hacer depender su fe de la existencia del templo y anunciándoles la futura salvación si se convierten a Yahvé. Aquí encontramos la primera referencia a una posible resurrección de los muertos, contenida en el sueño o visión del valle de los huesos.
El último libro de la serie, Terey Ashar (Los doce), reúne textos proféticos más cortos, atribuidos a doce profetas distintos: Oshea, Yoel, Amos y otros. Los textos de Oshea y Amós, así como los del primer Isaías, se encuentran entre los más antiguos de la Biblia, más antiguos que la mayoría de los textos de la Torá.
En todas las culturas del antiguo Oriente Próximo había habido chamanes, profetas o adivinos extáticos, que se sentían poseídos por sus dioses, que hablaban a través de ellos. También los había entre los israelitas, sobre todo en el templo y en la corte. Pero los profetas cuyas predicaciones recoge la Biblia eran los «profetas literarios», individuos inconformistas y con frecuencia opuestos al templo y a la corte, que clamaban contra el ritualismo cultual y la
hipocresía. Ellos supieron expresarse con gran vigor y elocuencia, advirtiendo, amenazando y dando esperanza. Las catástrofes por las que pasó el pueblo judío en los siglos -VII y -VI parecieron darles la razón, por lo que sus ideas acabaron incorporándose a la corriente principal de la tradición judía. Los escritos que de ellos se conservaban y los recuerdos de sus discípulos, junto con materiales de distinta proveniencia, fueron editados en los siglos posteriores hasta dar lugar a los libros de los profetas posteriores que ahora conocemos.