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Filón de Alejandría

In document Los Judios - Jesus Mosterin (página 147-158)

Con independencia de las sectas y grupos judíos más o menos numerosos, en el amplio mundo helenístico-romano destacaban algunos individuos por sus aportadones singulares a la cultura de su tiempo y, en especial, a la renovación y defensa de la cultura judía. Entre ellos destaca un filósofo notable, Filón.

Filón (en griego, Phílōn; también conocido en la literatura latina como Philo Iudaeus) nació en Alejandría hacia -20, en el seno de una familia judía influyente y acomodada, que tenía estrechas relaciones tanto con la corte del rey Herodes el Grande en Jerusalén como con Roma, a cuyo servicio estuvieron algunos de sus parientes. Su hermano Aléxandros, por ejemplo, hombre rico, administrador (romano) del distrito egipcio comprendido entre el Nilo y el mar Rojo, hizo donaciones importantes al templo de Jerusalén y ayudó financieramente al rey judío Herodes Agrippa. Toda su familia estaba perfectamente integrada en el mundo helenístico-romano, hablaba en griego y vivía de los negocios y del servicio a la

administración romana, al tiempo que se mantenía fiel a su judaísmo y se mostraba munificente con las instituciones judaicas. Uno de sus sobrinos se casó con una hija del rey Herodes Agrippa. Otro fue procurador romano de Judea y ayudó a los romanos a reprimir la rebelión del 66. De la vida de Filón se conocen pocos datos concretos. Se sabe que hizo al menos una peregrinación a Jerusalén, y que en el año 40 presidió una delegación enviada a Roma por la comunidad judía de Alejandría para pedir al emperador Cayo Calígula protección de sus derechos frente a las actividades antijudías toleradas por el prefecto romano. Él mismo escribió una memoria de su desgraciada misión (Legatio ad Caiutn). Murió hacia el año 50.

Es seguro que Filón recibió una buena educación helenística, y se interesó profundamente por la filosofía platónica y estoica. También fue educado en la Torá y estudió a fondo la Biblia, en la versión griega de la Septuaginta (que él consideraba divinamente inspirada), pues parece que no hablaba hebreo, sino solo griego. En cualquier caso, todas sus obras están escritas en griego.

Filón fue un auténtico judío, fiel a la ley de Moshé, y un genuino filósofo helenista. Trató de armonizar esos dos mundos intelectuales tan distintos mediante la interpretación alegórica de la Torá, siguiendo en esto el ejemplo de los intérpretes griegos de Homero y Hesíodo, así como la práctica estoica de la interpretación alegórica de los mitos. Filón pensaba que las narraciones bíblicas son básicamente verdaderas y que Yahvé es la divinidad a la que también se

puede llegar mediante la filosofía racional. Sin embargo, cuando la Torá usa un lenguaje antropomórfico y habla de la mano de Dios, de sus ojos o de su ira, entonces ha de ser interpretada alegóricamente. Muchos pasajes de la Biblia tienen dos sentidos: un sentido aparente, que las masas creyentes captan fácilmente, y un sentido profundo, que los filósofos pueden descubrir mediante una adecuada interpretación alegórica. En último término, es el mismo Dios el que se revela a Moshé e inspira a los profetas y el que ilumina a los filósofos. Los profetas mismos eran también filósofos y dechados de virtud. Filón escribió varias obras de exégesis bíblica, sobre todo su gran interpretación alegórica Nómōn hierōn allegoríai (Alegorías de las leyes sagradas).

Filón vivía inmerso en el mundo helenístico y en el seno de una comunidad judía fuertemente proselitista. Los prosélitos debían circuncidarse y cumplir la letra de la ley mosaica. Pero el mensaje de la Torá es válido para todos los humanes, incluidos los gentiles, que pueden llegar a descubrirlo con la sola ayuda de su inteligencia. Las historias y preceptos de la Torá, originados en una sociedad arcaica y pastoril, tomados al pie de la letra, eran con frecuencia ridículos e insostenibles para los gentiles e incluso para los prosélitos. Filón era un judío universalista, partidario de extender la ley mosaica a toda la humanidad, y en especial a los habitantes de las sofisticadas ciudades helenísticas. Para ello la ley debía ser entendida a un nivel más profundo y espiritual que el meramente literal. Filón

declara la superioridad de la vista (incluida la visión intelectual) sobre el oído. La revelación llega por el oído, y el sabio no será tal hasta que «no vea lo que antes oyó». Todos los humanes que ven y entienden forman un Israel espiritual.

El pueblo recibe, en lengua hebrea, el nombre de Israel, palabra que significa «el que ve a Dios». Ahora bien, la visión sobrepasa todos los sentidos, pues sólo ella capta las más bellas realidades, el sol, la luna, el conjunto del cielo y el universo. Y la visión por medio de la parte dominante del alma aventaja a todas las demás facultades: es la sabiduría, la cual a su vez es la vista de la inteligencia. Aquel que comprendió por medio del conocimiento las realidades de la naturaleza, y que además vio al padre y hacedor del universo, sepa que ha alcanzado la cumbre de la felicidad[6].

La concepción filónica de Dios y del mundo está fuertemente influida por la filosofía platónica y a su vez influyó notablemente en el desarrollo del neoplatonismo y de la patrística cristiana.

Dios es trascendente al mundo, es uno, eterno, incorpóreo, autosuficiente. Dios es incomparable, incognoscible, indescriptible. Dios es también bueno. Dios ha creado el mundo por bondad, no por necesidad. Pero no

lo ha creado directamente, manchándose las manos, por así decir. Dios es demasiado trascendente para ello. Píatón había sostenido que la verdadera realidad son las formas eternas, de las que las cosas sensibles y efímeras participan en mayor o menor grado. Filón aceptaba esa teoría platónica. Solo puede crearse algo si previamente se tiene la idea o forma de lo que se va a crear. Las formas o ideas preceden a las cosas. Y el lógos es precisamente el lugar de las formas, la mente de las ideas. Por eso Dios crea el lógos directamente y sólo indirectamente, a través del lógos, crea el mundo.

El lógos y las formas o ideas que lo componen se entienden por Filón en tres sentidos distintos:

1) En primer lugar, el lógos existe en Dios, como un atributo divino. Desde toda la eternidad, Dios ya poseía las ideas o formas de todas las cosas, y el lógos así entendido constituye la mente divina y está en Dios.

2) En segundo lugar, antes de crear el mundo, Dios creó un plano del mundo, el lógos intermediario entre Dios y el mundo, el k ósmos noetós, que contiene las formas puras de las cosas, ya fuera de Dios, pero todavía no incorporadas en la materia.

3) Finalmente, esas formas se incorporan, esas ideas se realizan, el plano de la creación se convierte en el mundo sensible creado. En este mundo siguen

presentes esas formas como lógos inmanente.

En el primer sentido, el lógos es como la idea que tiene el arquitecto en la cabeza antes de plasmarla en un plano. En el sentido intermedio, el lógos es como el plano ya dibujado, antes de que empiece la construcción. Ya no está en la cabeza del arquitecto, pero todavía no se ha materializado en un edificio. En el último sentido, el lógos es como la estructura del edificio ya construido, el plano ya realizado en la disposición de los ladrillos y las vigas.

La creación del mundo sensible se produce por incorporación de las formas en la materia. Las formas mismas han sido creadas por Dios, pero en un sentido intemporal. En efecto, el k ósmos noetós no puede haber sido creado en el tiempo, ya que antes de que hubiese cosmos tampoco había tiempo.

Cuando se dice que «en el principio creó Dios el cielo y la tierra», no hay que entender «el principio» en sentido temporal. El tiempo no existía antes del cosmos, sino que surgió con él y a través de él. Puesto que el tiempo es el intervalo del movimiento del cosmos, y el movimiento no puede surgir antes que el móvil, sino sólo más tarde o simultáneamente con él, necesariamente el tiempo habrá surgido más tarde que el cosmos o simultáneamente con él [Perí tes k osmopoiías, 7, 26; cfr. Vogel 1300 b].

En el actual modelo cosmológico del Big Bang no tiene sentido preguntarse por lo que ocurrió antes del Big Bang, pues el Big Bang es no solo el origen del Universo, sino también el origen del tiempo. Por tanto, no hay instantes anteriores al Big Bang. En algún sentido el razonamiento de Filón acerca del tiempo recuerda al de los cosmólogos del Big Bang, aunque por lo demás no tiene nada que ver con él, claro está.

El lógos inmanente en el mundo constituye la ley de la naturaleza. Los estoicos tienen razón cuando dicen que la felicidad consiste en seguir la ley natural, y el sabio debe tratar de penetrar esa ley con todas sus facultades intelectivas. Pero el autor de esa ley natural es Dios, y no hay manera mejor de conocerla que a través de la revelación del propio Dios, que constituye la Torá. Además del raciocinio, algunos hombres poseen el don de la profecía, especialmente entre los judíos. También se puede alcanzar el éxtasis y la experiencia mística, que Filón mismo conoce. En cualquier caso, el mensaje judío tiene vocación cosmopolita, al final de los tiempos el mundo entero será una cosmópolis regida por la ley natural, que es la ley de Dios, la Torá.

Filón realizó una síntesis de religión judaica y filosofía helenística. Moshé era a la vez el verdadero profeta y el genuino sabio estoico. En el fondo, las verdades de la filosofía griega coinciden con la Torá, pues ambas proceden de Dios. El dios personal de Abraham, Isaac y Yáaqov es el mismo que el Dios trascendente y abstracto de la teología platónica.

Josefo

Aparte del filósofo Filón, también es digno de mención el historiador Josefo. Yosef ben Matatiahu (en hebreo) o Yósefos (en griego), también llamado Flavius Iosephus (en latín) y Josefo (en castellano), nació en 37 en Jerusalén y murió en 100 o poco después en Roma. Procedía de una familia sacerdotal, cercana a los saduceos, aunque él pronto se alió con los fariseos. Su lengua materna era el arameo, aunque luego escribió toda su obra en griego. En 64-66 estuvo en Roma, donde consiguió la libertad de algunos sacerdotes judíos. A su vuelta a Palestina participó al principio en la rebelión judía contra los romanos al frente de un comando en Galilea. En 67 se entregó a los romanos en circunstancias vidriosas. Predijo a Vespasiano que llegaría a ser emperador, predicción que se cumplió poco después. Ya emperador, Vespasiano ordenó en 69 su puesta en libertad. En 70 entró en Jerusalén en el séquito de Tito. Más tarde vivió en Roma, protegido por Vespasiano, Tito y Domiciano (los tres de la familia Flavia), que le concedieron la ciudadanía romana e incluso una pensión del Estado.

Durante los últimos treinta años de su vida se dedicó a la redacción de sus obras, ayudado por algunos auxiliares.

Josefo era un judío de tendencia helenista y universalista, que nunca sintió la más mínima simpatía por el nacionalismo exacerbado y apocalíptico de los zelotes. Con sus obras pretendió contribuir al mejor conocimiento de los judíos y su cultura en el mundo helenístico-romano. No ocultó su posición filorromana, y consiguientemente fue considerado un traidor por la mayoría de los judíos y fue silenciado e ignorado por los rabinos. Sin embargo, Josefo fue un incansable estudioso y defensor de la religión y la cultura judías. Sus obras —aunque poco fiables y excesivamente apologéticas, moralizantes y transidas de sentido trascendente— constituyen sin duda la mejor fuente para el conocimiento de la historia judía de los siglos -I y I. Las principales fueron:

Perí toû ioudaik oû polémou (Sobre la guerra judía). La versión original, en arameo, se ha perdido, y sólo se conserva la versión griega, publicada en 75-79 y dirigida al público helenístico-romano. Narra los antecedentes y el desarrollo de la rebelión judía, hasta su aplastamiento por los romanos. Toda la culpa de la guerra se atribuye a los zelotes o fanáticos nacionalistas judíos, y se exonera de ella al pueblo judío y a la aristocracia local. Se glorifica la actuación de Vespasiano y Tito.

Ioudaik é ark haiología (Antigüedades judías). Historia del pueblo judío, desde sus orígenes hasta el inicio de la guerra judía. Trata de familiarizar al público helenístico con

la historia y la cultura judías, mostrando que la felicidad consiste en una existencia judía de acuerdo con la ley de Dios. Se usan como fuentes tanto la Biblia y las tradiciones orales judías como testimonios de autores paganos. Josefo la escribió en griego con el apoyo de varios auxiliares, que le ayudaban en su recopilación.

Pròs Apíona (Contra Apión). Apología del judaísmo y réplica frente a los ataques a su obra anterior de Apión, un antisemita alejandrino de la época de Tiberio. Josefo señala la crasa ignorancia de los griegos respecto de la historia judía, las fabulaciones urdidas por Manetos para avivar el odio de los egipcios contra los judíos, y las calumnias de Apión contra los judíos alejandrinos, a los que acusa de clandestinidad e intentos de sedición. Expone los elementos del auténtico judaismo, basado en la ley, la idea monoteísta de Dios y el culto.

Iosépou bíos (Vida de Josefo). Publicada poco antes de su muerte, es una mezcla de memorias militares y apología religiosa, con elementos autobiográficos sobre su juventud y su vida en Roma. Describe la actuación de Josefo en Galilea durante el inicio de la rebelión judía y polemiza contra la descripción de la guerra judía por Yustos de Tiberias.

5. EL TALMUD

Tras el rotundo fracaso de la rebelión de ben Kosibá en 135, los judíos renunciaron definitivamente a la violencia y a las ambiciones de soberanía política. La única ambición que les quedaba era la de regirse por su propia ley, la ley de Yahvé. Pero esa ley, tal como la interpretaban ahora los rabinos (de origen fariseo todos), que eran los que llevaban la voz cantante, era doble: escrita y oral.

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