A la muerte de Salomón, el territorio del Sur, correspondiente a Judea, que incluía la capital, Jerusalén, con el templo de Yahvé, siguió fiel a la dinastía de David, que lo seguiría gobernando hasta el final del reino.
El reino meridional de Judea era más pobre y de menor tamaño que el reino del Norte, pero gozaba de mayor cohesión interna y de mayor estabilidad política, apoyándose en una gloriosa tradición: la de David y Salomón. Tampoco tenía especiales problemas religiosos. El yahvismo oficial del templo de Jerusalén era la religión del Estado. Solo durante un breve período corrió peligro el yahvismo. La fenicia Jezabel, esposa del rey Ajab de Israel, había casado a su hija Atalía con el rey Yehosafat de Judea. Muerto su marido, Atalía —partidaria del culto fenicio— gobernaba de hecho en Judea. En vista de que el cabecilla yahvista Yehú había hecho matar a sus padres y hermanos en Israel, y temiendo una conspiración similar en Judea, Atalía hizo matar a todos los varones de la dinastía davídica. Sin embargo, el poderoso sumo sacerdote del
templo, Joyada, se sacó un niño de la manga, Yoásh, pretendiendo que era un descendiente de David. En su nombre organizó una rebelión que depuso y mató a Atalía. Con eso se cerró el paréntesis que puso en duda el yahvismo.
El templo de Yahvé en Jerusalén era una institución de influencia decisiva con la que los reyes de Judea procuraban colaborar. Esta influencia no hizo más que crecer desde el restablecimiento de la dinastía davídica con Yoásh, obra del sumo sacerdote. También la voz de los profetas encontraba con frecuencia eco en la corte. Cuando Israel y Damasco trataban de establecer una coalición antiasuria, el rey Ajaz de Judea, siguiendo el consejo del profeta Isaías, se negó a ello, e incluso llamó en su ayuda a los asurios contra sus vecinos del norte.
Después de la destrucción de Samaria y de la anexión de Israel por Sharrukim II, los otros pequeños reinos de la zona, incluida Judea, se apresuraron a someterse a los asurios y a pagarles tributo.
En -715 murió el rey Ajaz y le sucedió en el trono de Judea su hijo Ezequías (en hebreo, Jizqiá), que trató de fomentar un yahvismo centralizado y dogmático como medio de aglutinar a la población contra la ascendencia asuria, prohibiendo todos los cultos locales y concentrando toda la liturgia en el templo de Jerusalén. A la muerte de Sharrukim, se negó a seguir pagando tributo a los asurios, animado por los egipcios. En -701 el ejercito asurio derrotó a Egipto y asoló Judea. Sólo la plaza fuerte de Jerusalén logró resistir, y,
cuando Ezequías ofreció su sometimiento y un enorme tributo, el rey asurio acepto y se marchó a atender otros quehaceres más urgentes. Judea entera quedaba arruinada, derrotada y devastada, pero los sacerdotes yahvistas interpretaron la marcha de los asurios sin destruir Jerusalén y suprimir el reino de Judea (como veinte años antes había hecho con Samaria e Israel) como prueba de la invencibilidad de Yahvé y de la inviolabilidad de su templo.
Al devoto y desgraciado Ezequías sucedió el prudente y realista Menashé, cuyo reino fue el más largo (duró 55 años, de -697 a -642) y pacífico de la historia de Judea. Perfectamente al tanto de las realidades geopolíticas de su época, pagó regularmente los tributos debidos a Asur y permitió el culto asurio en su reino, que así logró restablecerse de la desolación anterior y prosperar en paz. De todos modos, los círculos nacionalistas y yahvistas no le perdonaron su prudencia y falta de fanatismo.
En -640 subió al trono de Judea Josías (en hebreo, Yoshiyahu), niño de 8 años educado por los yahvistas del templo en el fervor religioso tradicional. Muy influido por los sacerdotes, emprendió la renovación y ampliación del templo de Yahvé. Durante las obras, los sacerdotes fingieron encontrar un antiguo «libro de la ley», escrito por ellos (aunque atribuido a Moshé), que no hacía más que subrayar el poder del templo y las normas del culto oficial. Se trata del núcleo del libro conocido como Debarim (en hebreo) o Deuteronómion (en griego), que consagra el monopolio cultual del templo de Jerusalén y prohíbe los cultos locales.
Josías aceptó el contenido del libro como revelación divina, prohibió todos los cultos locales e hizo cerrar todos los templos, excepto el de Jerusalén, que así adquiría el monopolio del culto, tan ansiado por los sacerdotes de la capital. El yahvismo, así centralizado, experimentó un renacimiento. Los escritos de lo que acabaría siendo la Biblia empezaron a recogerse, revisarse y ordenarse. Incluso el curso de la historia parecía favorecer de nuevo a Judea, lo que se interpretaba como signo del favor de Yahvé. En efecto, muerto Asurbanapli en -627, por todas las partes de su imperio habían estallado las rebeliones. Josías aprovechó la confusión para ocupar Samaria y Transjordania, uniendo así de nuevo la tierra de Canaán bajo un rey de la dinastía davídica, como en los buenos tiempos de Salomón. Envalentonado por su buena suerte y por la protección de Yahvé, se le ocurrió oponerse al ejército egipcio que avanzaba hacia el norte a luchar contra los babilonios, que se habían convertido en la principal potencia de Oriente Próximo, tras la conquista de la capital asuria por los medos y babilonios. Los egipcios derrotaron a Josías, que incluso perdió su vida.
El nuevo rey de Judea, Joaquim (en hebreo, Yehoyaqim), puesto en el trono por los propios egipcios, se apresuró a rendirles pleitesía y pagarles tributo. Pero poco después el ejército babilonio, al mando del rey Nabu-kudurri-usur II, derrotó a los egipcios y se afirmó como potencia preponderante de todo Oriente Próximo, a la que todos pagaban tributo. Animado por los egipcios y por los
nacionalistas yahvistas, que confiaban ciegamente en la protección de Yahvé y en la inexpugnabilidad de su templo, Joaquim se negó a pagar tributo a Nabu-kudurri-usur. En -597 el ejército babilónico asedió y conquistó Jerusalén, matando a Joaquim y deportando a mil de entre los ciudadanos más influyentes. De todos modos, Nabu- kudurri-usur se mostró relativamente clemente, permitiendo la continuación del reino e instaurando en el trono a Sedecías (en hebreo, Sidqiyahu), hijo de Josías.
El fanático clero del templo de Jerusalén, interpretando la clemencia del rey babilonio como mágica protección de Yahvé, volvió a animar al nuevo rey a negar el tributo, aun en contra de las advertencias del profeta Jeremías (en hebreo, Irmiahu), que veía claramente la locura de la empresa. Sedecías negó, pues, el tributo a Nabu-kudurri- usur, que, esta vez, ya no estaba para bromas. En -589 saqueó completamente la ciudad de Jerusalén, destruyó el templo de Yahvé hasta sus cimientos, deportó a gran parte de la población y mató a todos los hijos de Sedecías. Otra parte de la población huyó a Egipto. El reino de Judea había dejado de existir. Su territorio, arrasado y despoblado, se convirtió en provincia del Imperio Neobabilonio.