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Punta Alta y la Teoría de la Evolución

7. Bloqueo francés

Durante el conflicto militar contra la Confederación Perú-Boliviana, el litó- grafo francés César Hipólito Bacle fue acusado de vender planos y de su- ministrar información de las Provincias Unidas al gobierno boliviano, episodio que desembocó en su arresto.

Este hecho tuvo lugar en el contexto en que Estados Unidos y las potencias eu- ropeas buscaban expandir sus áreas de influencia comerciales en todo el mundo.

A partir de ese momento el consulado francés inició gestiones para libe- rar a Bacle, situación que no prosperó. Inclusive la legación francesa llegó a pedir que en caso de encontrárselo culpable fuese enviado a su país para ser juzgado allí.

Posteriormente Francia sumó a los reclamos una queja por la incorpora- ción de dos ciudadanos franceses a las milicias de Buenos Aires. En definitiva Francia pedía por el principio de nación más favorecida del que gozaba Gran Bretaña, producto del tratado de Amistad, Comercio y Navegación firmado en 1825. Por este marco legal se exceptuaba a los súbditos británicos del servicio en las milicias porteñas. Pero Rosas se negó a extender esta prerrogativa a los ciudadanos franceses.

La situación se agravó aún más cuando Bacle, debido a su deteriorada sa- lud, falleció en Buenos Aires el 4 de enero de 1838, mientras prestaba arresto domiciliario. Este suceso precipitó las hostilidades. Francia dejó a un lado la diplomacia para incursionar militarmente en el río de la Plata a través de un bloqueo al puerto de Buenos Aires que se inició en marzo de 1838.

El mismo se efectivizó con la presencia de una fragata, dos corbetas y tres bergantines. La operación estaba al mando el almirante Louis François Le- César Hipólito Bacle

(1794-1838)

Litógrafo suizo-francés. Aprendió di- bujo, topografía, cartografía y ciencias. Entre 1817 y 1818 viajó por el interior de

África y fue nombrado brevemente gobernador de Senegal. Trabajó en Buenos Aires los últimos diez años de su vida, publicando numerosas obras de costumbres y hábitos argentinos.

La ciudad es uno de los epítomes en los que se centra el imaginario de la civilización en el marco del devenir ilustrado y romántico de la primera etapa del siglo XIX rioplatense. Y ha sido un espacio social lleno de gente que viene y que va y que diseña así modos de ser de la ciudad. ¿Cómo imaginaba Bernardino Rivadavia a su ciudad? ¿De qué modo la anhelaba? Una ciudad ordenada, civilizada, institucionalizada. Por ello, Bernardino Rivadavia vio las ausencias y presintió que “exportando” materiales, insu- mos y hombres idóneos obtendría en el Río de la Plata un nuevo Parnaso. Así, llegaron a estas tierras ignotas científicos, periodistas, tipógrafos, botánicos, hombres de arte y hombres de letras y que, ya con el desembarco mismo en el puerto de Montevideo o Buenos Aires, vivie- ron sus primeros desencantos. Estos hombre, que prove- nían de zonas de la ahora Italia, de Francia o de España, tuvieron que sobrevivir dando clases, convirtiéndose en periodistas, mercando con el arte y con el tránsito de ob- jetos (desde mastodontes hasta monetarios), puesto que la contracara de la sociedad en ciernes que componía, por los años 1826 o 1827 nuestra capital, era el auge de la antropología, la paleontología y las conformaciones de los museos del mundo europeo.

Como el éxito en estas empresas fue dispar, algunos retornaron a sus patrias y otros quedaron aquí y desa- rrollaron sus actividades relacionados, en ciertos casos,

con los poderes de turno. Un ejemplo aciago es el desti- no de Pedro de Angelis, napolitano de espíritu cortesano que dedicó gran parte de su vida en el Plata a sustentar, desde su palabra como publicista, el gobierno de Juan Manuel de Rosas.

La ciudad, para entonces, parece cubrirse de sangrien- to rojo punzó, como una gran charca de sangre, como un matadero. Y ya se transforma en otro sueño, en el del es- tanciero Juan Manuel, el caudillo. Los escritores román- ticos uno a uno fueron migrando a aquellos reductos de “civilización” que los acogía: Santiago de Chile, Montevi- deo, La Paz o Europa. Desde esas zonas escribieron con- tra el rosismo y, por ello, en definitiva, lo inmortalizaron, porque, como dice Borges, quizás Dios lo ha olvidado ya pero quienes lo enfrentaron con su pluma y su palabra, cometieron “ menos una injuria que una piedad” porque demoraron la inevitable disolución del nombre y de los hechos “con limosnas de odio”.

Cuando, hacia finales del siglo, autores como José An- tonio Wilde o Santiago de Calzadilla rememoren la historia de aquel imaginado Parnaso o este matadero, construirán desde su presente la imagen de un Buenos Aires como “gran aldea”. Mientras, asistirán a la transformación es- pectacular que tendrá lugar en la ciudad de fin de siglo, y, así, volverá la melancolía por lo perdido y se olvidará, de nuevo, aquello que alguna vez causara estupor u horror.

Historia de tres ciudades

blanc, jefe de la estación naval francesa en Río de Janeiro, quien prontamente extendió el bloqueo a todo el litoral del río, buscando debilitar el poder de Rosas y aglutinar a sus opositores.

Los franceses pensaron que la medida de fuerza no se iba a extender por demasiado tiempo, pero Rosas no estaba dispuesto a ceder ante las exigen- cias de los europeos. Por otra parte el bloqueo, si bien complicó al comer- cio marítimo, era endeble y no afectó las actividades fluviales. Esta situación prevaleció durante los primeros meses, lo que provocó que Francia junto a exiliados unitarios radicados en Montevideo y con el apoyo del militar urugua- yo José Fructuoso Rivera decidieran invadir la isla Martín García el 11 de octubre, en poder de la Confederación Argentina.

A pesar del éxito de los aliados, el triunfo tuvo un alto precio ya que las tropas defensoras, al mando del coronel Jerónimo Costa, propiciaron varias bajas al invasor. Como consecuencia de su valor y de su desempeño en el campo de batalla, el comandante de las fuerzas de coalición, capitán de cor- beta Hipólito Daguenet, tuvo palabras de elogio para con el argentino.

Durante 1839 el bloqueo resultó más agresivo y lentamente sus efectos repercutían en la economía de Buenos Aires y del resto de las provincias. Pa- ralelamente Francia también demostró cierto desgaste y comenzó a analizar la posibilidad de buscar una solución.

A Rosas le interesaba más el desarrollo de la política uruguaya que el blo- queo francés en sí; sobre todo cuando después de la batalla de Martin García las tropas de Rivera derrocaron al presidente uruguayo Manuel Oribe, quien era un importante aliado político del gobernador de Buenos Aires. A su vez Rosas debió enfrentar por esos meses distintos levantamientos, como el del gobernador de Corrientes Genaro Berón de Astrada, o el de estancieros al sur de la provincia de Buenos Aires, conocida como la rebelión de los Libres del Sur, a los que pudo doblegar.

Estos hechos en breve fortalecieron la posición de Rosas quien quedó como un firme defensor del orden y de la paz interna, aunque también de los inte- reses porteños al tratar de impedir la libre navegación de los ríos interiores a toda nación extranjera, lo que afectaba a las economías de las provincias del litoral. Por su parte el ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, el doctor Felipe Arana, sostuvo su política de evitar cualquier enfrentamiento naval con Francia y apoyarse políticamente en la diplomacia británica, ya que su comercio se veía perjudicado por el bloqueo al puerto de Buenos Aires. La misma comenzó a dar sus frutos a principios de 1840.

El 6 de enero de ese año Leblanc era reemplazado por el almirante Dupotet, quien traía instrucciones de buscar una salida pacífica con Rosas. Las negocia- ciones fueron fructíferas y desde Francia se envió a un alto oficial naval, René Armand Mackau, para que concluya el diferendo con un acuerdo definitivo.

El 29 de octubre se firmó finalmente el Tratado Arana-Mackau que puso fin al bloqueo. Los franceses se comprometían a evacuar la isla Martín García, re- gresando además al gobierno porteño el material de guerra y los barcos toma- dos. Por su parte, Buenos Aires reconocía una reparación para los ciudadanos franceses que sufrieron algún perjuicio. También se amnistiaba a los proscrip- tos que abandonasen su hostilidad contra el gobierno de Rosas y se respetaría la independencia de la República Oriental del Uruguay. Por último a los fran- ceses que residían en Buenos Aires se les daría el trato correspondiente a la nación más favorecida, logrando de este modo su principal objetivo.

Así finalizó un largo conflicto que provocó daños de consideración tanto a la Confederación como a Francia; ambos bandos debieron negociar y ceder en sus posiciones pero en términos políticos fue Rosas quien vio robustecida su posición lo que le permitió consolidar aún más su imagen tanto en Buenos Aires como en el resto de la confederación.

El bloqueo francés y el aumento de represión en la provincia, sumado a los problemas económicos causados por el pago de los cánones adeudados de los enfíteutas y la imposibilidad de exportar sus productos generó un descontento en los hacenda- dos que desencadenó la llamada Revolución de los Libres del Sur. Con el apoyo de los exiliados uni- tarios y de fuerzas antirrosistas capitaneadas por Lavalle, el movimiento estalló el a fines de 1839 con el levantamiento de hacendados en Dolores y Chas- comús. Sin embargo, diferentes circunstancias im- posibilitaron que el ejército de Lavalle pudiera soco- rrer a los revolucionarios, que a orillas de la laguna de Chascomús fueron derrotados por las fuerzas de Prudencio Rosas, hermano del gobernador. Pos- teriormente, confiscó los bienes de los hacendados.

Libres del Sur

José Fructuoso Rivera (1784-1854)

Manuel Oribe (1792 - 1857)

Felipe Arana

(1786-1865). Político y militar uruguayo. Luchó contra realistas, portugueses y brasi- leños. En 1830 fue electo primer presidente de la República Oriental del Uruguay. En 1836 se rebeló contra su sucesor, Manuel Oribe y lo derrocó en 1838. Así dio comienzo la llamada Guerra Grande contra Oribe, que contaba con el apoyo de Rosas. Sus adeptos se agruparon en el Partido Colorado.

Político, militar y dirigente independen- tista uruguayo quien luchó contra realis- tas y brasileños. Fue ministro de Guerra de Rivera, quien lo derrocó de la presidencia en 1838. Sus adep- tos se nuclearon en el llamado Partido Blanco. Se re- tiró de la vida política en 1851, sin conseguir recuperar su cargo, pero sus seguidores siguieron ejerciendo una gran influencia política en los asuntos de Uruguay.

Abogado y político porteño. Entre 1835 y 1852 fue Ministro de Relaciones Exterio- res del segundo gobierno de Rosas. Defensor de la soberanía de la Confederación, obtuvo éxitos en las negociaciones frente a los bloqueos extranjeros y en el establecimiento de relaciones amistosas con los Estados Unidos. Sin embargo, no tuvo resultados sa- tisfasctorios en sus reclamos ante Gran Bretaña por Malvinas. Se retiro tras la caída de Rosas.