A principios de enero de 1826 el Congreso autorizó el corso contra los bu- ques y propiedades del imperio y sus súbditos. Esta decisión ratificaba los problemas coyunturales relacionados con la temática naval que existían en Buenos Aires; sin una escuadra efectivamente organizada y preparada para defender tanto la ciudad como los ríos del interior las expectativas de conse- guir buenos resultados durante la contienda eran escasas.
Esta tendencia también se repite a la hora de conformar la tripulación, ya que pocos criollos estaban acostumbrados a la vida del mar, obligando a bus- car la marinería necesaria en los extranjeros que llegaban al Río de la Plata.
Se mandó a construir cañoneras, tarea que fue inspeccionada por Juan Bautista Azopardo, quien luego ocupó la comandancia del bergantín Belgrano. También se alistaron otros oficiales navales como Bartolomé Ceretti, Leonardo Rosales y Nicolás Jorge.
En consonancia con estos episodios, el esfuerzo del gobierno por aumentar el número de embarcaciones de su escuadra era evidente. Con este propósito fue comisionado a Santiago de Chile el coronel Enrique Ventura Vásquez para tramitar la adquisición de la fragata de guerra O´Higgins, y las corbetas In- dependencia y Chacabuco. Una vez acordada la transacción sólo esta última pudo usarse ya que la O´Higgins naufragó sin dejar rastros y la Independen- cia, inservible, se tuvo que vender como leña.
Por su parte Brown desde Buenos Aires trabajaba duramente en virtud de adquirir buques para la flota, comprándolos a privados; decidió la compra de la fragata Comercio de Lima, que se denominaría 25 de Mayo; el bergantín Construcción de cañoneras en el Arsenal de Ba-
rracas (Guerra con el Brasil), acuarela de Emilio Biggeri. Patrimonio de la Armada Argentina.
Fragata 25 de Mayo, acuarela de Emilio Biggeri, 1965 (Museo Naval de la Nación). Embarcación pequeña de uno o dos palos, ar-
madas con uno o dos cañones a proa de buen calibre (“18” o “24”). Cuando faltaba viento se ma- nejaba a remo, para lo cual llevaba una crecida dotación (entre 25 a 50 hombres).
Cañonera
Combate de Punta Colares, óleo de Emilio Biggeri (Museo Naval de la Nación).
Ataque a la Colonia, óleo de José Murature (Museo Naval de la Nación).
Armonía que llevaría el nombre de Independencia; y luego la compra de los bergantines Upton bautizado República Argentina; Mohawk bautizado Con- greso Nacional y goleta Gracie Ann, bautizada Sarandí, y a la cual vinieron a unírsele otras dos: Pepa y Río de la Plata.
En el mes de enero se iniciaron las primeras operaciones navales. El 15 de enero se empieza a hostigar al enemigo. El 9 de febrero Brown decidió pasar a la ofensiva, ya que era necesaria una victoria rápida y que modifique el status quo existente, tratando de evitar que el bloqueo al puerto de Bue- nos Aires se consolide.
De esta manera en Punta Colares, frente a Colonia, lideró un avance que no fue decisivo frente a las corbetas Liberal (en la cual se encontraba el coman- dante de la flotilla Rodrigo José Ferreira Lobo) e Itaparica.
Brown calificó muy duramente a algunos jefes por su acción durante el combate, hecho que terminó provocando un Consejo de Guerra que si bien sobreseyó a los imputados, provocó la baja de Azopardo.
Las maniobras militares se reiniciaron el 27 de febrero. Brown tenía en mente un ataque a Colonia del Sacramento, que era defendido celosamente por la marina brasileña. El comandante de las fuerzas rioplatenses optó por un ataque frontal que fue frustrado por las baterías y cañones del rival. Una desafortunada maniobra hizo que el Belgrano quede varado y ante la insis- tencia del fuego enemigo debió ser abandonado. Dos días más tarde Brown repitió el asalto sobre Colonia, pero nuevamente fue derrotado.
A pesar de este desenlace, los republicanos lograron incendiar el ber- gantín Real Pedro y alejar de la ciudad de Buenos Aires la línea de bloqueo brasileña, que se traslada a la boca del río de la Plata.
Brown no cedió en su hostigamiento a las naves y posesiones imperiales; en marzo bombardeó una vez más Colonia lo que obligó al almirante Ferreira Lobo a acudir en auxilio de la plaza con la escuadra imperial.
Punta Colares
La insistencia de la flota republicana en atacar desconcertó a los brasile- ños, quienes ante el temor de que caiga Colonia en manos de los rioplatenses, abandonaron la isla de Martín García para robustecer la defensa de este pun- to. De esta manera la vía fluvial quedó liberada para que las Provincias Unidas pudieran enviar sus tropas terrestres a la Banda Oriental.
La estrategia republicana incomodaba a la marina imperial, la cual de- cidió ejecutar una ofensiva de grandes magnitudes sobre su adversaria con el objetivo de aniquilarla. Un resultado naval contundente en favor de Brasil tendría efectos devastadores también para el ejército de tierra apostado en la Provincia Oriental, el cual necesitaba para trasladarse y abastecerse de las incursiones fluviales de los convoyes rioplatenses.
El 10 de junio la flota imperial, estructurada en tres divisiones, fondeó en las cercanías de Quilmes y luego se dirigió hacia Buenos Aires en búsqueda de la escuadra enemiga. La misma se encontraba dividida, ya que algunas de sus embarcaciones, al mando de Rosales, se encontraban transportando tropas que lideraba Juan Lavalle con dirección a Tacuarembó. Las demás na- ves, bajo las órdenes de Brown, venían observando los movimientos brasile- ños, convencidos de que un ataque rival estaba muy próximo.
Al otro día, el comandante republicano decidió fondear su escuadra, de 10 embarcaciones, en semicírculo y acoderar sus barcos en un lugar denominado Los Pozos, a la espera de su adversario; el enfrentamiento era inevitable.
Al acercarse las naves enemigas a tiro de cañón se inició un potente inter- cambio de fuego que se prolongó por treinta minutos. El pueblo de Buenos Aires en tanto, se había aproximado en gran número al paseo de la Alameda, y observaba con curiosidad el combate. Cuando el humo de las descargas se disipó, pudo observarse a la escuadra republicana prácticamente intacta, al igual que la escuadra imperial. El plan brasileño para Los Pozos fue mal concebido. Apostaron a su poder de fuego pero no tuvieron en cuenta las ca- racterísticas del teatro de operaciones, que complicaba las maniobras de sus buques debido a su calado.
Este triunfo convirtió a Brown en héroe popular, incluso fue recibido con gran pompa por el presidente Rivadavia.
Incendio del Real Pedro, óleo de Emilio Biggeri (Museo Naval de la Nación).
Incendio del Real Pedro.
Proclama de Brown en Los Pozos
Combate de los Pozos Comparación de fuerzas
“Marinos y soldados de la república ¿Veis esa gran montaña flotante? ¡Son 31 buques enemigos! Más no creáis que vuestro general abriga el menor re- celo, pues que no duda de vuestro valor y espera que imitareis a la 25 de Mayo, que será echada a pique antes que rendida. Camaradas: confianza en la victoria, disciplina y tres Vivas a la patria”.
Brasil Provincias Unidas
Fragatas y corbetas Bergantines Goletas Cañoneras Total de naves Total de bocas de fuego 3 5 11 9 6 31 10 266 102 1 0 2
Las consecuencias del combate de Los Pozos se evi- denciaron rápidamente en ambos bandos. La moral de la escuadra de las Provincias Unidas quedó fortalecida y el espíritu de combate estaba en alza mientras que la flota imperial, todavía en shock por el resultado de su último ataque, procuraba intensificar su principal estrategia, el bloqueo de Buenos Aires. Momentáneamente las opera- ciones estaban paralizadas.
Los brasileños estaban conformes dominando el río y controlando Colonia y Montevideo. Por su parte los repu- blicanos aceptaron hacerse fuertes en los fondeaderos ante el peligro que representaba un enemigo superior.
Poco más de un mes y medio transcurrió hasta que las acciones volvieron a hacerse presentes en el Río de la Plata. El 29 de julio las naves de Brown divisaron a las imperiales, que buscaban repetir el exitoso modelo de desembarco británico de 1806 en Quilmes.
Brown, para evitar ser encerrado por el enemigo que contaba con más cantidad de buques, mandó efectuar las señales de reunión, con lo que su escuadra quedó forma- da a las pocas horas. Por la noche se trasladó en direc- ción a Quilmes.
Cuando lo creyó oportuno decidió iniciar combate, con la 25 de Mayo cañoneando las naves brasileñas con escasos efectos, sobrepasando la línea enemiga en una
8. Combate Naval de Quilmes
arriesgada maniobra, que lo dejó expuesto al fuego ene- migo. Únicamente la goleta Río de la Plata comandada por Rosales secundó al buque insignia en su ofensiva. Después de casi una hora de cañoneo y metralla, las fuerzas rioplatenses pudieron escapar casi milagrosa- mente del fuego rival. Brown expresó su enojo contra los demás capitanes por no lanzarse en apoyo de las naves comprometidas.
El 30 de julio, el comandante republicano recorrió los buques y las tripulaciones, conversó con oficiales mien- tras en paralelo concebía el plan que llevaría a cabo. El mismo tenía similitudes con el que había ejecutado el almirante Horatio Nelson en la batalla de Trafalgar que consistía en cortar la línea enemiga a un tercio desde la cola para después direccionarse contra las unidades in- dependientes de la desarticulada formación.
Poco antes de iniciarse el combate Brown anunció: “Es preferible irse a pique antes que rendir el pabellón”. Por la tarde, nuevamente la 25 de Mayo como la Río de la Plata
hacían frente en soledad al enemigo ante los inconvenien- tes y las dudas de los comandantes de las demás naves.
Primero la corbeta María da Gloria y luego la fragata
Niterói que contaban con mayor poder de fuego, descar- garon su artillería provocando daños importantes. Du- rante dos horas las embarcaciones patriotas soportaron
Nació en la ciudad de Buenos Aires el 5 de noviembre de 1792. Desde temprana edad mostró interés por la pro- fesión de las armas, primero ingresando en el Regimiento de Patricios y más tarde entrando en el servicio marítimo como marinero.
En 1812 fue destinado a distintos lanchones corsarios con la finalidad de atacar a embar- caciones contrarrevolucionarias; dos años después formó parte de la Campaña Naval que puso fin al poder realista en Montevi- deo, destacándose en el combate de Arro- yo de la China.
Desde 1815 prestó funciones en la escua- drilla fluvial en acciones en el río Paraná, obte- niendo ascensos en la carrera militar. También participó de las guerras civiles que enfrentaron a Buenos Aires con los caudillos del litoral, tomando partido por los primeros.
En 1822 es designado comandante de matrículas de la Ensenada de Barragán, hasta que a finales de 1826 se diri- gió a Buenos Aires ante el inminente conflicto bélico contra
el Imperio del Brasil. En dicho litigio se destaca por su bra- vura y decisión en sus acciones navales ante un enemigo superior tanto en cantidad de embarcaciones como en po-
der de fuego. Los combates de Quilmes y Juncal son una muestra de ello.
Finalizada la guerra, evidenció una postura cercana al unitarismo, lo que le valió la ene-
mistad del círculo rosista el cual lo ve como una amenaza a su poder político. Es dado de baja y pasa a revistar en la plana mayor in- activa. En represalia, en septiembre de 1830 tomó la goleta Sarandí y huyó con su carga- mento a la costa uruguaya para marchar al exilio y sumarse a las fuerzas unitarias lidera- das por Juan Lavalle.
En la Banda Oriental vivió en el poblado de Las Vacas, en Carmelo, donde lo sorprendió la muerte el 20 de mayo de 1836.
Sus restos fueron repatriados en 1996 y descansan en la ciudad de Punta Alta, cabecera del partido que lle- va su nombre.