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En los brazos del diablo

In document Obligado, Clara - Cartas eróticas (página 117-159)

Entre los muchos pecados que hubo de confesar la humanidad a lo largo de su historia está el del trato sexual con el demonio. Antes de que la Inquisición –con su misogi- nia salvaje y su odio a la ciencia– formulara sus interrogato- rios por medio de la tortura, la imagen de estas uniones ve- hementes era más bien festiva, y útil para justificar virgos extraviados, sofocones en los monasterios, hijos demasiado  parecidos al señor cura, deslices. Porque fue común, antes del Santo Oficio, que las jóvenes achacasen sus amores al demonio –cómo resistirse al mismísimo ardor de los infier- nos– que habíalas obligado a copular con él.

Pero en 1484, cuando el papa Inocencio VIII clasificó tales fornicios de herejía, y viendo las doncellas que podían ser acusadas de brujas, hubo que desarrollar la imaginación  para explicar de otra forma los amores ilícitos.

Los demonios copulantes se llaman íncubos o súcubos, según sea masculino su aspecto, como en el primer caso, o femenino como en el segundo.

Claro es que esto de tirarse al demonio no resulta tan simple, porque, como todos sabemos, no es más –ni menos– 

ocupaba el tema a San Agustín, quien, en su De civitate Dei,

soluciona el conflicto a medias preguntándose si los ángeles, siendo espíritus, son capaces de comercio sexual. Sí, claro que sí –se responderá luego el santo–; la diferencia es que aunque todos «podrían» aparearse, tan sólo los ángeles caí- dos «querrían» hacerlo.

Sutilísimo matiz para el celestial follaje, sobre el cual, y diez siglos más tarde, abundará Tomás de Aquino –llamado el Doctor Angélico– quien resuelve el problema con su lógi- ca impecable: copular copulan, pero tomando en préstamo el cuerpo (tan necesario para estos menesteres) de un muerto, o constituyendo cuerpos nuevos, mediante los distintos ele- mentos. Por esta misma razón, pudiendo elegir materia y apariencia, eran los íncubos jóvenes muy guapos y los súcu-  bos, agraciadísimas doncellas.

¿Y el semen? ¿Tienen semen los ángeles? No, claro que no. Pero pueden obtenerlo; así resume la cuestión J. K. Huysmans8:

...el íncubo se apodera del semen que el hombre pierde en sueños y se sirve de él para sus fornicaciones con las mujeres...

También sabemos que el semen del diablo es frío e in- cluso su miembro: un miembro constituido por tal variedad de materias primas –según numerosas confesiones vertidas frente al inquisidor– que nos hace pensar en un diablo trans- formista.

¿Y los hijos, si los hubiere? ¿Son del demonio o del hombre que, involuntariamente, regaló su simiente? Así continúa nuestro autor:

...se plantean dos cuestiones. La primera consiste en saber si de esa unión puede nacer un hijo. Esta procreación la han juzgado posible los doctores de la Iglesia, quienes incluso afirman que los hijos creados por este comercio son más pesados que los otros y pueden secar a tres nodrizas, sin engordar, la segunda cuestión consiste en saber cual es el padre de este niño, si el demonio que ha copulado con la madre, o el hombre cuyo semen tomó. A lo que responde Santo Tomás, con argumentos más o menos sutiles, que el verdadero padre no es el íncubo sino el hombre.

 No todos los estudiosos de la sexualidad del ángel han coincidido con esta teoría, ya que –según dicen– los hijos del diablo bien pueden nacer con aspecto de animal o con mons- truosas deformaciones. En todo caso, y para evitar proble- mas, conviene al hombre una extrema vigilancia de sus polu- ciones nocturnas, no sea que luego se le reclame manuten- ción de un hijo inseminado artificialmente por el demonio.

Decíamos antes que muchos amores se explicaron por  la presencia oportuna de los íncubos, tal y como le aconteció a una monja –según certifica el Malleus Maleficarum9 –,

9 El  Malleus Malefícarum de Spranger, o  Martillo de las brujas, impreso por 

 primera vez en 1486, es la obra más importante y siniestra de la demonología.

quien durmió con un íncubo (cuyo aspecto coincidía de for- ma notable con el del señor obispo Sylvanus), el cual «en lenguaje libidinoso le declaró falsamente ser el obispo». Pero, por suerte, no llegó la sangre al río, ni el obispo y la monja a la hoguera, pues las hermanitas del convento acepta- ron la explicación del buen religioso, quien atribuyó tales desafueros a la malignidad de un íncubo10.

Y es que los íncubos eran visitantes asiduos de los conventos, con el resultado de que las monjitas se desperta-  ban violadas exactamente como si hubieran tenido contacto con un hombre. También buscaban la compañía de las jóve- nes hermosas, de las casadas apetecibles, y no es de extrañar 

que ellas describieran la unión como placentera, ya que se decía que el órgano viril era bifurcado, y el bien dotado demonio, con sus dos puntas, podía penetrar al mismo tiem-  po en los dos vasos de la mujer. Es decir, que mientras una de las dos ramas de la horquilla trabajaba por la vía lícita, la otra atacaba por la vía posterior.

Así se explica con bastante claridad el éxito que tenían entre las hembras, que no encontrarían en cualquier varón –   por bien munido que estuviese– las artes dobles del diablo.

Los íncubos, dado que las mujeres eran más licenciosas que los hombres, fueron muchísimo más numerosos que los súcubos, pero tampoco el sexo masculino se mantuvo inmu- ne frente a los galanteos del demonio, quien eventualmente  practicaba también la sodomía masculina.

Así los súcubos –o diablos femeninos– turbaron a San Hilarión que, cuando se echaba a dormir, se veía «rodeado de mujeres desnudas»; y también a San Hipólito, casto varón que fuera visitado por una mujer en traje de Eva, y a la cual arrojó su casulla para cubrirla en su desnudez: pero la mujer  se convirtió de inmediato en un cadáver, a quien el súcubo había robado la apariencia.

Según otro relato fabuloso, Gerberto de Aurillac –quien llegaría a ser el papa Silvestre II– convivió durante muchos años con un súcubo, que le ofreció a cambio de su fidelidad (también las diablesas tienen sentimientos) sabiduría y dine- ro, con lo que llegó a la máxima dignidad dentro de la Igle- sia, en el año del Señor de 1003. Todo esto se supo cuando el Papa, viendo próximo su fin, confesó oportuna y pública- mente, para luego morir arrepentido.

Súcubos eran también muchas veces las mujeres de los  burdeles, conocidas prostitutas, y casi toda aquella fémina en

Tan gozoso fornicar termina cuando el Santo Oficio consideró la unión con ambos demonios como prueba indis- cutible de brujería.

Hasta ese momento, y bajo la advocación de Asmodeo  –demonio que induce a los seres humanos a la lujuria–, tales acoplamientos eran placenteros y altamente satisfactorios, a la par que un grave problema para la Iglesia, ya que los de- monios no obedecían ni temían a los exorcismos, y sus víc- timas también parecían poco dispuestas a abandonar comer- cio tan agradable.

 L

a mano, en materia de amor, es más que nada el ton- to útil. Hay la mano floja y la mano imprevista. La mano aventurera, que se escabulle por cualquier rendija, y la mano humilde, mansa y remediadora.

 La mano, y no las manos, porque entonces estamos en otra cosa: las manos te presienten en lo oscuro, rozan tu sueño, alumbran la caricia... Hay algo populoso en las ma- nos que las convierte en pájaros, racimos, nubes, espigas, olas, y hace que parezcan más de dos.

Se dice casi todo de las manos, y de la mano, en cam- bio, casi todo se calla. La mano laboriosa, servicial, apaci- ble, es el secreto a voces del deseo, que empieza en un ensa-  yo, sin libreto ni atriles, donde la mano, a pulso, nos apunta el papel. Con ella debutamos: en sus líneas leemos nuestra  primera carta de amor.

 Antes que nadie nos quiera ya nos quiere la mano, con la devoción de quien cumple un destino. La mano guarda,  para nosotros, sus cinco pilares de sabiduría. Su calor nos

conforta, su firmeza nos crece, su empuje hace brotar, desde lo oculto, la fuente encendida de nuestros tesoros.

veces forajido, se pierde algunas tardes por otras latitudes, merodea en los claros hemisferios del ansia, y reares mal- trecha, no sé si arrepentida, igual que un perro golfo

Tiene días afilados la mano, como de arco de violín, y días ceguerones, de almirez y tormenta. Días raudos, escue- tos, de ardilla sabia, y días de hijo pródigo, manirroto y hambrón.

Percha veloz de lentas soledades, ramaje de ternura grial de las distancias la mano, árbol que abraza la ausen- cia

 A los cuerpos se va. A la mano se vuelve, como al am-  paro fiel de una costumbre. La mano nos acoge, nos congre- ga, nos salva, es la última tierra de asilo, el tonto imprescin- dible, la aventura que traemos puesta.

 Las noches y sus gozos van y vienen: la mano es el pa- ciente guardián de tu desvelo.

«J

udá dijo a Onán: "Cásate con la mujer de tu hermano y cumple como cuñado con ella, procurando descendencia a tu hermano." Onán sabía que aquella descendencia no sería suya, y así, si bien tuvo relaciones con su cuñada, derramaba a tierra, evitando el dar descendencia a su hermano. Parecióle mal a Yahveh lo que hacía y le hizo morir también a él.»

Génesis 38, 8-11

Con estos versículos del Génesis que acabamos de citar  Onán entra, a gusto o a disgusto, en la literatura erótica: Yahveh lo castigó por lo que hoy llamaríamos coitus inte- rruptus, bajarse en marcha o espaldarazo, pero la palabra «onanismo» se utiliza como sinónimo de masturbación, de aquella música –casi siempre privada– que se ejecuta con una sola mano; y es esta mano, orfebre del amor, la que se

Rara vez pensamos en un seno, una pierna, una nalga: cualesquiera de estas partes son siempre plurales La mano no; como el ojo, puede recorrer, en su orfandad de mellizo, un camino propio, caprichoso, y por eso mismo perverso. Los ojos miran: el ojo espía Las manos acarician las teclas de un piano, la mano masturba.

Sin el contenido erótico del que hablamos aquí, la lite- ratura ha recogido este carácter solitario de la mano en múl- tiples ocasiones. Resulta en este sentido memorable la frase con la que Patricia Highsmith abre susCuentos misóginos:

Un hombre le pidió a otro la mano de su hija y la reci- bió en una caja: era su mano izquierda.

Años antes Maupassant, en un cuento también llamado

 La mano, le daba a ésta, desprendida de su cuerpo, faculta- des asesinas. El propio Don Quijote se refiere a ella con admiración, como si no formara parte de sí mismo. La mano, en suma, puede modelar el gusto, tomar la rienda de nuestro deseo, y así lo muestra –con un lirismo agrio– este poema de Estratón recogido en la Antología Palatina:

 La muchacha no tiene esfínter, ni sabe besar 

ni expresiones dulces y al mismo tiempo obscenas; no tiene mirada ingenua, y si va de lista, aún es peor. Por detrás, todas son frías. Pero es lo principal, en fin,

que no hay donde poner la mano vagabunda.

A. P., XII, 7 (trad. Luis Antonio de Villena) Dentro de los divertimentos para una sola mano está la escritura. Igual que la masturbación, el gesto de escribir  envuelve un placer solitario y en él participa, más tarde, el lector.

Todo texto inaugura una escena ficticia; en el caso que nos ocupa –la carta erótica– se aña- den a este espacio el recuerdo de un cuerpo ausente, la fantasía de una posible unión, y el reconocimiento, irremediable, de la propia sole- dad: me empuja la ausencia a escribirte, pero la carta abre entre nosotros un recinto privado.

Allí, en esa cita a deshora, cada uno de los amantes debe envolver al otro en su deseo. Algo de los placeres compartidos ha de avivarse en la carta; describo, recuerdo, imagino, me vuelco en el

 papel, cierro los ojos, y vuelve aquella tarde, su luz adorme- cida, la sed de tu desnudo bebiendo en los espejos: una ima- gen, entonces, basta para llenar la soledad, para encender el gozo; la mano se desliza inadvertida, explora con cautela los rincones oscuros...

En toda carta erótica hay un ingrediente masturbatorio, manifiesto o callado. Pero también en toda masturbación aflora un componente narrativo. La mano gira en torno a lo

Porque imaginar es una destreza de la mano, un arte manual: la pasión se enmadeja en nosotros, amontona sus naipes marcados, sus letras devueltas, y la mano, después, compone todo eso en un relato urgente, donde no importa lo verosímil, sino el vigor de los detalles.

Hay historias de un día, de una noche, y escenas con sabor clásico que enriquecemos a cada lectura. En lo afinado de nuestras devociones se oculta un narrador minucioso, un retratista; de sus relatos clandestinos toma argumentos el deseo, que modela lo vivo según lo pintado.

La ausencia, pues, lo que sólo imaginamos, encierra un disfrute especial que corre en paralelo al encuentro amoroso. Por eso conviene ver en la carta un modo de multiplicar los  placeres, más que un remedio ante lo inevitable. Así lo avisa

Ibn Hazm de Córdoba en El collar de la paloma, al tiempo que previene contra algún exceso:

Yo me acuerdo de haber conocido algunos enamorados que hablaban con desembarazo, describían con soltura, sabían decir sus sentires de manera acabada y tenían pers-  picacia y sutileza para apreciar la realidad, y, con todo, no renunciaban a la correspondencia, aun siéndoles hacedero unirse con el amado, por vivir cerca y serles posible la visi- ta. Y es que se cuenta que en la correspondencia hay muchas suertes de placer. Hasta me han dicho de un hombre depra- vado y de bajos instintos, que ponía la carta de su amada sobre su miembro; pero esto es un género de fea rijosidad y un ejemplo de excesiva incontinencia1.

La misma incontinencia que vamos a encontrar en este texto de Philip Roth, cuyo protagonista, Portnoy, confía  poco, nada más bien, en los deleites de lo imaginario:

¿Dónde estaba ese sano juicio aquella tarde en que volví de la escuela y encontré que mi madre había salido de casa, y vi en nuestro refrigerador un grande y purpúreo  pedazo de hígado crudo? (...) aquello no fue mi primer pe- dazo, mi primer pedazo de hígado lo tuve en la intimidad de mi propia casa, enrollado en torno a mi pene en el cuarto de baño, a las tres y media, y luego lo tuve otra vez, a las cinco  y media, en compañía de los demás miembros de aquella  pobre e inocente familia mía.

 Bien, ahora sabe la peor cosa que he hecho jamás. Jodí  con la comida de mi propia familia.

Este libro –narrado a un interlocutor que a su vez es  psicoanalista– abunda lances masturbatorios los

no todo son remordimientos entre los adictos del placer soli- tario, y así lo enseña Félix de Samaniego en esta fábula in- cluida enEl jardín de Venus:

LA VIEJA Y EL GATO

Tenía cierta vieja por costumbre al meterse en la cama arrimarse en cuclillas a la lumbre,

en camisa, las manos a la llama. En este breve rato

le hacía un manso gato dos mil caricias tiernas

 pasaba y repasaba entre sus piernas. Y como en tales casos la enarbola tocaba en cierta parte con la cola.

Y la vieja cuitada

muy contenta decía: –Peor es nada2.

Pero ni siquiera Portnoy, con sus escrúpulos de con- ciencia permanentes, hubiera imaginado el sustitutivo de la masturbación que retrata Apollinaire en Las 11.000 vergas3, una novela que ya hemos citado en el capítulo dos, y que a través de la hipérbole ironiza continuamente sobre la solem- nidad del género erótico. Así el personaje principal, como se encontrase con una diva a quien admiraba en la distancia, le dice:

 –Estelle, hubiera debido reconocerla. Soy un apasio- nado admirador suyo desde hace mucho tiempo. ¿No habré   pasado tardes enteras en el Teatro Francés admirándola en

sus papeles de enamorada? Y para calmar mi excitación, al

no poder masturbarme en público, me hurgaba la nariz con los dedos, sacaba un moco consistente y me lo comía. ¡Esta- ba tan bueno! ¡Estaba tan bueno!

Para Apollinaire –y no sin cierta perspicacia– la paja es virtud militar, pues «todo buen soldado debe saber en tiempo de guerra que el onanismo es el único acto amoroso permiti- do», idea que aparece también en este texto de Ventura de la Vega:

 No debe perder momento el militar en campaña, ni tampoco debe andarse con repulgos de empanada; que a lo mejor, cuando tiene

a la musa puesta en jacha  y con las piernas abiertas suena el toque de llamada.

Tal acontecióle un día al teniente Paja-larga que teniendo a su patrona  ya preparada en la cama

el toque de la corneta de sus brazos lo separa  y no tuvo otro desquite que hacerse después la paja.

Como vemos en la literatura, los recursos del amor   propio son infinitos: filetes, botellas, una manzana agujerea-

da, olisbos griegos de piel de perro, bellos masturbadores renacentistas de cristal, decoradísimos marfiles japoneses, el rabo de un gato, y todos los procedimientos que la imagina- ción permita, y que revisaremos después en los «Apuntes de

¿Peor es nada, como concluye el poema de Samaniego, o hemos de ver en la masturbación un juego más de la larga cadena erótica?

Del disfrute alusivo de la carta a ese consuelo demasia- do explícito que retratan los textos anteriores, hay un trecho muy amplio medido por la incitación. Lo tangible y lo expre- so anulan la emoción del juego erótico, que se libra mejor en la media distancia: demasiado cerca –dentro de mi fantasía–  y a la vez demasiado lejos –¿a cuántas horas de avión?– en ese espacio improbable que la carta, ahora, tiene que entibiar   –como un fuego que enciende otro fuego– con la llama tenue

de las palabras.

Hablar del placer o hablar desdeel placer, narrar el de- seo y a la vez comunicarlo: de esta alternativa depende la eficacia de una carta erótica. Sin duda, así como la mastur-  bación necesita una mano fecunda en ardides, también la  prosa que la inscribe en la turgencia del papel debe ser abun- dante en recursos: quien escribe anticipa el disfrute del otro,

adivinatorio y de ahí la importancia de las reglas, los proce- dimientos Y los trucos: ¿cómo alterar el pulso del amante?, ¿cómo llevar a la carta el mismo compás de nuestro deseo?

Si nos dicen que el amor tiene un ritmo, probablemente no nos asombremos. Desde el suave inicio al galope final, nadie dudaría que en cada momento del amor la respiración es diferente: pausada, nerviosa, violenta, pausada otra vez...

Ya los clásicos sabían que en cada situación, en cada estado del ánimo, convenía marcar un ritmo distinto. Para ello se servían de los acentos, de su disposición dentro de la frase, y jugaban con ellos a fin de conseguir climas variados:

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