«Aunque a veces sabe Onán mu- cho que ignora Don Juan.»
Antonio Machado
Consuélase la carne, cuando ello es menester, con los ingenios más variados. Sin duda estos aparatos, confortado- res del ansia, han permanecido a lo largo del tiempo en el seno de lo privado, pues ya avisa el refrán que no está bien hacerse la paja en el ojo ajeno. Pero a pesar de ello, y a tra- vés de diferentes textos literarios, ha llegado a nosotros noti- cia segura sobre las muchas formas que han tenido las muje- res, y también los hombres, de calmar sus apremios.
El primer testimonio en torno a los consoladores nos lo proporciona Aristófanes en su comedia Lisístrata, donde se cuenta cómo las féminas, a fin de evitar la guerra, se niegan a entregarse a sus hombres mientras ellos no firmen la paz.
Así expone Lisístrata sus planes, ante la asamblea de las atenienses:
maquilladas, pasáramos a su lado desnudas, con sólo las camisitas transparentes y con el triángulo depilado, y a nuestros maridos se les pusiera dura y ardieran en deseos de follar pero nosotras no les hiciéramos caso, sino que nos
aguantáramos, harían la paz a toda prisa, bien lo sé 10. Tales continencias en pro de la concordia obligarán a las mujeres al uso del ólisbos –instrumento de cuero o made- ra fabricado en Mileto (Asia Menor)– con el que estas mili- tantes pacifistas habrán de suavizar tan largo ayuno.
Sabemos igualmente que en el Renacimiento italiano los consoladores llegan a ser bellísimos objetos de cristal de Carrara, provistos de uno o dos grandes glandes, o glandes grandes, a fin de que pudieran ser disfrutados por dos muje- res al mismo tiempo.
En realidad, este tipo de consoladores, los bicéfalos, se considera que fueron de invención árabe, y se utilizaron para solaz de las concubinas recluidas en el harén. Habrían sido tallados en marfil o en ébano –según fantasearan la piel del amante– y en algunos casos tenían un conducto en el que se podía inyectar agua caliente. La materia de este amante ima-
ginario era múltiple: madera, cuero, caucho, cristal, materia- les a los que en la actualidad se añade el plástico, con el disgusto de los/las ecologistas reacios a estos elementos no reciclables.
Así describe Apollinaire11el uso de estos objetos:
Era bonita como la primavera, y parecía que dos abe- jas estaban continuamente posadas en la punta de sus senos. Nos satisfacíamos con un trozo de mármol amarillo tallado
por los dos extremos en forma de miembro. Eramos insacia- bles y la una en brazos de la otra, desenfrenadas, encrespa- das y aullando, nos agitábamos con furia como dos perros que quieren roer el mismo hueso.
Sin embargo, hay gustos para todo, y como la objeción ecologista nos parece válida, no se debe olvidar el uso de remedios provisionales, como son el bucólico pepino, la caribeña banana, el piadoso cirio, o cualquier otro adminícu- lo con la forma y el grosor adecuados.
Un alivio casero, practicable, de bajo coste y ligera proporción, es el anillo chino que utilizaban las mujeres: confeccionado con caucho, se colocaba en el dedo para fric- cionar con él, lánguida o enardecida-mente, el interior de la vagina.
Muy distinto resultado obtenían los hombres de la In- glaterra victoriana con el anillo automático de Nuch, que lejos de acrecentar el placer los protegía de su acecho. Era este anillo pequeño y niquelado, y se emplazaban en su inter- ior unos diminutos dientes rígidos. Colocado en el onceno
dilataba, zaheríalo el anillo, evitando así la erección y sus consecuencias tan temidas entre los varones puritanos del siglo XIX.
Siguiendo en esta línea de guerra a los masturbadores – y también por la misma época– se ideó un cinturón de casti- dad masculino, compuesto por dos bolsas de cuero rígido que encerraban las partes (pudendas) de la víctima, o un dogal que hacía, si no imposible, al menos muy dolorosa la erección.
Parece mentira que, un siglo antes y en Escocia, se formara un club especializado en la masturbación comunal, club en cuya insignia se representaba un falo, hueco y de tamaño natural, con un sello en forma de vulva y el lema: «La vista perfecciona el deleite.»
Hay entre los masturbadores masculinos –como tam- bién recoge Cela en su Diccionario del erotismo – el caso algo increíble de los cosquilladores del norte de las Célebes, quienes se masturban insertando sus pollas entre el párpado y las pestañas de una cabra, lo que les produce, en las partes que acabamos de mencionar, el efecto de un aro elástico rodeado de una suave pilosidad.
Tan sofisticadas como ellos –pero posiblemente más certeras– las mujeres japonesas, provistas de tres bolas del tamaño de un huevo de paloma, las organizaban de aquesta guisa: la primera, hueca, la introducían tan profundamente como era posible en la vagina; tras ella colocaban la segun- da, que contenía mercurio; y tras ésta, la última, pequeña y pesada. Cualquier movimiento hacíalas vibrar –y con ellas el cuello del útero– despertando así una intensa y duradera sensación de placer. Este refinado artefacto fue conocido en Inglaterra hacia el siglo XVI.
hombres, tal y como menciona elKama Sutra, con el recurso delapadravya:un objeto peculiar que se colocaba alrededor dellingam,o polla propiamente dicha, de manera que llenase el yoni,o cono.
Estos apadravyas han de estar hechos con oro, plata, cobre, hierro, marfil, cuernos de búfalo, maderas varias, estaño o plomo, y deben ser suaves, frescos, aptos para pro- vocar el vigor sexual, y del todo adecuados, en fin, para el desempeño de su cometido. No obstante, cada cual puede darles la forma que le apetezca.
El Kama Sutra, entre otros, recoge los siguientes apa- dravyas:
– El brazal, que debe tener el mismo tamaño que ellin- gam,y su superficie llena de asperezas.
– El brazalete simple, formado por un sencillo alambre que se enrolla alrededor dellingam.
– El kantuka, o tubo abierto por los dos extremos, con un orificio a lo largo, rugoso por fuera y lleno de protuberan- cias suaves, que se ata a la cintura. También pueden atarse a la cintura otros tubos hechos de madera de manzano, o el tallo tubular de una calabaza, o una caña untada de aceite y extractos de diversas plantas.
Así como se perforan las orejas de una niña, el joven hindú puede perforarse el lingam con un instrumento muy fino, y dentro del orificio abierto colocar apadravyas de distintas formas, todos ellos rasposos por la parte exterior, de acuerdo con su finalidad.
Similar costumbre existe en Indonesia, donde la opera- ción se repite a medida que desarrolla el mozo. Entre los Dayak de Borneo el hecho de que el marido se niegue a utilizar estos adminículos, implantados en sus partes, puede ser incluso motivo de separación.
Si bien hubo otras compañías para las soledades noc- turnas –como la almohada entre los muslos o las vaginas de animal rellenas de paja y rodeadas por un paño suave que utilizaban los marineros–, nuestro siglo añade al ingenio artesanal las ventajas de la técnica con el consolador a pilas; o incluso la posibilidad de desplazarse, si es que se utiliza la bicicleta creada por Robert Müller, y presentada en la expo- sición surrealista de París bajo el título La viuda del ciclista.
A los placeres de la locomoción sumaba el artista un ólisbos que se ponía en movimiento con los pedales, emergiendo del sillín y consolando a la solitaria viajera que en él se sentara.
T
odos los sentidos –los que conocemos, los que se in- tuyen– se aunan en el encuentro erótico. La mano que se pierde bajo el roce de una falda o en la cremallera de un pantalón –una cremallera que hace poco anunciaba con su sonido de fauces de metal el futuro regocijo–, la mano per- cibe ya el aroma del sexo sin haberlo visto; y es su oscuro resplandor el que se yergue hacia la mano, que palpa la promesa agria de su sabor en los labios, entre los dientes.Con nostalgia de animal en celo la piel perfuma al hundirse en un cuerpo, abre poros y papilas y se asombra de percibir con la vista lo que el olfato ya saboreaba, lo que el
tacto había dicho.
Aroma la piel que recibe la caricia, relumbra un suspi- ro y las piernas –verticales aún– se trenzan husmeando dibujos imposibles.
Es la claridad de los cuerpos lo que por última vez es- pía el ojo.
Y antes de apagar la luz, antes de gustar el banquete, somos sólo lo que anuncian los sentidos.
A
sí, de estos cruces entre lo sensible, de estos viajes insospechados, se nutre frecuentemente la correspondencia erótica; quizá porque las propias sensaciones no se dan nun- ca aisladas, sino que llegan hasta nosotros formando un haz: el olor nos sugiere una imagen, las notas de un piano nos recorren como un escalofrío, y hay un tacto repentino que acecha siempre en la oscuridad.No sabríamos decir qué es lo que nos gusta de una per- sona; su aspecto, el color de su voz, la altivez de su mirada: todas las sensaciones que despierta en nosotros las vislum- bramos de un fogonazo. Así también en el encuentro amoro- so, y en la escritura que lo refleja, las impresiones se mez- clan y llegan a confundirse.
A esta unión –o matrimonio entre disímiles– la retórica lo llama sinestesia, es decir: una mirada ardiente, un malva chillón, una voz agria...
Sin embargo, hay otro espacio llamado perverso –y qui- tamos a esta perversión todo tinte negativo– donde los senti- dos se aislan: la cortina rasgada del mirón, los azotes de la sádica, nos colocan ante enfoques muy distintos que parce- lan, según su capricho, un área restringida de la sensibilidad. Siempre se trata en estas devociones de un más y un menos, pero cada autor, cada perversión, cada encuadre de la expe- riencia erótica, coloca el acento sobre un sentido particular, explora sus matices, y extrae de él su propia riqueza.
El furor anal en los libertinos de Bataille, el sexo glotón que impregna las páginas de Miller, o esa mirada de Nabo- kov, que se recrea en la infancia ambigua de Lolita, encarnan otras tantas preferencias –¿otras tantas fijaciones?–, en las cuales un sentido vale por los demás y resume, en sí mismo, todo el espacio del gozo.
En este capítulo os invitamos a una visita guiada por esas experiencias particulares, más o menos perversas, que toman como punto de partida a los cinco sentidos.
El ojo en la cerradura
«Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura»
San Juan de la Cruz
La mirada, los gozos de la vista, aparece una y otra vez como motivo central en la literatura erótica. Quizá porque a la mirada se asocia, dentro de nuestras costumbres, una larga lista de ritos y prohibiciones. Sirva como ejemplo el tabú del desnudo –vigente aún en gran medida– pues si bien hoy se tolera la exhibición de la pornografía, lo que en ella encon- tramos, o nos sale al encuentro, es un desnudo anónimo, el desnudo de nadie, intercambiable como una ortopedia. Claro que también podemos disfrutar el sol nudista de las playas, que nos coloca ante un desnudo cívico, pedagógico, y como militante de algo: un desnudo de flor en la oreja, frondoso de niños, canarios y barbacoas.
De modo que el desnu- do/desnudo sigue estando, como siempre, en ese entreluz de lo do- méstico y lo canalla, y es el desnudo que se le roba a la vecina, al vecino, el cabaret golfo de todas las solterí-
as, el arrebato picaro del santo, o la santa sorpresa, en satén, de la santa.
Parece, pues, que hay un peligro en la mirada, o un pe- ligro de la mirada, y tal vez el pecado, como avisaba el cate- cismo, entra siempre por los ojos. Del pecar con la vista, de sus riesgos, se duele ya la lírica del Renacimiento en este poema de Diego Sánchez de Badajoz:
No me las enseñes más,
Estábase la monja en el monesterio, sus teticas blancas de so el velo negro. Más, que me matarás.
Y el mismo sentimiento inspira a Juan Vásquez en es- tos versos de losVillancicos:
Abaja los ojos, casada, no mates a quien te miraba.
Casada, pechos hermosos, abaja los ojos graciosos. No mates a quien te miraba.
Abaja los ojos, casada, (no mates a quien te miraba).
Fascina a la mirada lo que ya contempló en algún lugar, no sabe dónde, y por eso el voyeur es un amante desmemo- riado y un lazarillo de su afán a oscuras. Así podemos verlo en este texto inolvidable de Nabokov, donde los ojos de Humbert Humbert rescatan y descubren, en Lolita, a un amor ya perdido por la bruma del tiempo:
Sin embargo, no siempre se mira lo mismo, ni de la misma manera, y se acaba, tal vez, mirando poco, lo impres- cindible, por no perder el son. Hay una biografía de la mira- da que no coincide con la nuestra. La mirada del niño, por ejemplo, tiende a abultar las cosas con su fijeza y a enrique- cer sus puntos ciegos, sus mínimos espionajes, con la propi- na de la fantasía. La mirada adulta, templada, sabedora, trata después de disminuirlas, por recelo quizá, o en un empeño de volverlas manejables.
mientos hacia las cosas que nos dejan fríos: los ojos sueñan y esculpen; el torso, las piernas que miro, son una arcilla que se entrega, dócil, a los envites de mi deseo.
Fascina a la mirada lo que ya contempló en algún lugar, no sabe dónde, y por eso el voyeur es un amante desmemo- riado y un lazarillo de su afán a oscuras. Así podemos verlo en este texto inolvidable de Nabokov, donde los ojos de Humbert Humbert rescatan y descubren, en Lolita, a un amor ya perdido por la bruma del tiempo:
Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la gale- ría» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros.
Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y co- lor de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, sus senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una prin- cesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sa- buesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se em- pequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer 1.
Una espalda, unos hombros, un lunar; una «nínfula» re- cién descubierta –Lolita–, que aviva en Humbert Humbert la reminiscencia de un amor antiguo: tal como muestra Nabo- kov, el deseo que se recobra en la mirada es un deseo frag- mentado, detallado. No hay una panorámica de la pasión, sino una serie de vistas parciales, y lo mismo que el paleon- tólogo reconstruye el animal a partir de un hueso, la avidez de los ojos, de la mirada, toma consigo alguna zona de su objeto, cualquier pieza del puzzle, y a partir de una boca vuelve a trazar el rostro entero, o resume una figura en el dibujo de sus manos.
Recortar y recordar es el secreto simple de la mirada, y un procedimiento, también, usado con frecuencia en la litera- tura: la sinécdoque.
Hablamos de sinécdoque cuando alguna parte basta pa- ra recordarnos el todo (o viceversa), y por eso –como ocurría en la metáfora– toma su lugar y lo sustituye; llamar «espada» al torero o «vela» al barco son usos de la sinécdoque que han hecho fortuna en el lenguaje coloquial.
Dentro del género narrativo este recurso se amplía – desde la frase hasta la propia historia– y llega a convertirse en una pauta muy eficaz a la hora de componer el texto. Así, es corriente que la descripción de una prenda, un objeto especial, o una parte del cuerpo, se utilicen para retratar a un personaje en lo que tiene de más característico, o que unos días, un acontecimiento pasajero, basten para sugerir, en la imaginación del lector, una idea precisa de su vida.
De este procedimiento se sirve Flaubert en Madame Bovary, cuando nos muestra cómo un solo detalle de Emma, la protagonista, basta para dar al traste con las resoluciones de su amante:
cuanto volvía a oír el taconeo de sus botitas, desfallecía, como un borracho ante un licor fuerte2.
En otro momento de la historia será suficiente con la descripción de un objeto –la petaca que ha encontrado Char- les, su marido– para que la fantasía de Emma reconstruya ese mundo lejano y fascinador de la nobleza, vedado para siempre a la estrechez de su vida provinciana:
A veces, cuando Charles no estaba en casa, Emma iba al armario y, de entre los pliegues de la ropa blanca donde la había escondido, sacaba la petaca de se- da verde.
La miraba, la abría y hasta aspira- ba el perfume, mezcla de tabaco y verbe- na, que impregnaba el forro. ¿De quién sería? Seguro que del vizconde. Tal vez se la hubiera regalado su amante. Habría hecho el bordado en un bastidor
de palisandro, primoroso enser que es- condiera de todas las miradas, labor que le habría llevado tantas horas y sobre la cual se habrían inclinado los suaves bu- cles de la bordadora pensativa. Un soplo de amor se habría filtrado por entre las
mallas del cañamazo; cada puntada de la aguja habría dejado allí una esperanza o un recuerdo, y todos aquellos hilos de seda entretejidos no eran sino la prolon- gación de una misma pasión callada. Hasta que luego, un día el vizconde se la habría llevado a vivir con él. ¿De qué hablarían mientras la petaca reposaba allí, en el reborde de una chimenea de al- ta campana, entre jarrones con flores y relojes Pompadour?
Pero volviendo a los ojos, a sus licencias y sus prohibi- Pero volviendo a los ojos, a sus licencias y sus prohibi- ciones, la literatura erótica suele tomar la sinécdoque para ciones, la literatura erótica suele tomar la sinécdoque para transmitir esa intensidad selectiva de la mirada que se vincu- transmitir esa intensidad selectiva de la mirada que se vincu- la al descubrimiento, al acecho, y al placer de asomarse a lo