• No se han encontrado resultados

Breve historia del hurto

4. ANATOMÍA DE UN HURTO

4.2 Breve historia del hurto

El paradigma neurocientífico intenta explicar el funcionamiento de la conciencia del sujeto apelando a criterios neuronales. Dicho en otros términos, la experiencia del sujeto no deja de ser la correlación del funcionamiento neuronal de nuestro sistema nervioso.

Si se tuviese que fechar el nacimiento de esta disciplina, podríamos situarlo en los grandes descubrimientos efectuados en el siglo XIX. Ahora bien, esta perspectiva materialista se halla planteada en épocas más pretéritas a la anteriormente expuesta. Por ejemplo, en la Antigüedad, Hipócrates es considerado como el primer autor en cuestionar la tesis de que el pensamiento, la conciencia, se halla en el cerebro. Es decir, para el médico heleno, el cerebro del sujeto es el centro operativo de su conciencia y,

148 por consiguiente, toda actividad consciente se fundamenta en su correcto funcionamiento290.

Otro ejemplo se halla unas cuantas centurias ulteriores, con la propuesta del médico de los gladiadores, en la época del Imperio romano, Galeno. En las diferentes lesiones que se efectuaban los combatientes, pudo observar las diversas consecuencias que tiene las lesiones cerebrales y espinales291. Además del estudio de sus pacientes gladiadores, también Galeno procedió a la disección de animales (en especial, las ovejas eran sus predilectas), extrayendo el cerebro y, por ende, observando las dos partes principales del mismo, a saber: la parte anterior y la posterior292, así como el cerebelo y los ventrículos293.

Para Galeno, al igual que Hipócrates, la experiencia del sujeto dependía exclusivamente del correcto funcionamiento cerebral. Prueba de ello lo hallamos en la memoria. Para que ésta pueda tener lugar, es necesario que las diferentes impresiones del sujeto, las sensaciones que tiene, se impriman en el cerebro para, ulteriormente, poder acceder a ellas. Sin esa impresión inicial, no puede darse ningún tipo de ejercicio memorístico294.

Vesalius, en el Renacimiento, siguió las tesis hipocrático-galénicas añadiendo la novedad de intentar explicar el cerebro como si fuese una máquina. Expresado en otros términos, a la sazón de las invenciones de diversos dispositivos mecánicos, Vesalius efectuó la analogía del cerebro en tanto que máquina: el líquido interno a los ventrículos, a través de los nervios, bombeaba y provocaba el movimiento de las extremidades, de una forma análoga a como el agua era capaz de mover los diversos dispositivos mecánicos.

Ahora bien, estas tesis, que tuvieron una longeva vigencia, empezaron a problematizarse en los siglos XVII y XVIII. Se vio que el tejido cerebral se dividía en dos partes (sustancia blanca y gris), así como que cada sujeto era poseedor del mismo patrón de protuberancias (circunvoluciones) y hendiduras (surcos y cisuras) en la

290

Carlson, N.R. Fisiología de la conducta (traducción a cargo de M.J. Ramos Platon, C. Muñoz, F. Rodriguez de Fonseca), Madrid, Pearson, 2007, p. 10.

291

Hergenhahn, B.R. Intoducción a la Historia de la Psicología (traducción a cargo de Patricia Scott), Madrid, Thompson, 2008, p. 40.

292

A su vez, una vez diseccionado el cerebro, apreció que éste era mucho más blando que la parte del cerebelo. A partir de esa observación dedujo que el cerebro debía ser el órgano receptor de las diversas sensaciones y que, por su banda, el cerebelo debía ser el encargado de dar las órdenes a los músculos.

293

Asimismo, Galeno observó que en el interior de los ventrículos circulaba un líquido que denominaba

humores, siguiendo la tesis de Hipócrates. El correcto funcionamiento de la conciencia del sujeto dependía del equilibrio de estos elementos.

294

149 superficie del cerebro. Este último hecho generó la división cerebral en lóbulos y se erigió en la base de la tesis de que en las distintas circunvoluciones se podían realizar las distintas funciones.

Asimismo, a fines del siglo XVIII se coligió que las lesiones cerebrales podían afectar al movimiento, pensamiento, sensaciones e inclusive provocar la muerte. Dicho en otros términos, la experiencia del sujeto se hallaba completamente determinada por la actividad cerebral. Además, se confirmó que el cerebro se comunicaba con el resto del cuerpo a la sazón de los nervios, que estaba dividido por distintas partes localizables que, a priori, ejecutaban diferentes acciones y, finalmente, que su funcionamiento era equivalente al de una máquina (y, en tanto que tal, se rige por las leyes inmutables de la naturaleza).

Ahora bien, es en el siglo XIX, a partir de cuatro grandes descubrimientos, cuando se suele situar la génesis del discurso neurocientífico. Veamos dichos descubrimientos.

El primero de ellos lo llevaron a cabo Luigi Galvani y Emil du Bais-Reymond. De una forma independiente, ambos descubrieron el fenómeno que cuando los nervios eran estimulados eléctricamente, se producía el movimiento en los distintos músculos implicados. De esta manera, empezó a forjarse la concepción acerca de los nervios en tanto que cables eléctricos, capaces de conducir señales eléctricas a partir y hasta el cerebro295.

Profundizando en este hallazgo, Charles Bell y François Magendie observaron como los nervios, antes de que se produjese su unión con la médula espinal, se dividían en dos raíces, a saber: la raíz dorsal (que penetra por la parte posterior de la médula) y la ventral (que se introduce por la región anterior). Al observar este fenómeno, Bell seccionó ambas raíces, en diversos animales, para ver las consecuencias y, en particular, advirtió que únicamente la sección de las raíces ventrales provocaba la parálisis muscular. Ulteriormente, Magendie demostró que las raíces dorsales transmitían la información a la médula espinal.

Ambos autores, de una forma independiente, alcanzaron la conclusión que en el interior de cada nervio, residían una ingente multitud de filamentos (fibras nerviosas), que algunos de ellos se encargaban de transmitir información hasta el cerebro y la médula, mientras que otros de ellos transmitían información del cerebro y médula a los

295

150 músculos. Por consiguiente, toda la actividad locomotora y sensitiva se gestionaba en el cerebro. Se estableció la ley de Bell-Magendie donde,

ya no se pensaba que los nervios eran una serie de conductores generales de vibraciones y espíritus. Ahora, sobre el sistema

nervioso gobernaba la ley de “la dirección hacia adelante””296

El segundo descubrimiento básico, de los cuatro que se apuntaba en anterioridad, versa acerca de la localización de funciones específicas en diferentes partes del cerebro. Marie-Lean Pierre Flourens efectuó una ablación experimental, en la que se destruyó partes determinadas del cerebro para, de este modo, observar la función derivada a esa porciúncula. La materialización de estos experimentos, efectuados en multitud de animales, tuvo el objetivo de demostrar que las diferentes funcionalidades del sujeto tienen su raíz en distintas partes del cerebro297.

Franz Joseph Gall dio una vuelta de tuerca a los experimentos de Flourens y observó que, las diferentes protuberancias de la superficie del cráneo revelaban protuberancias en la corteza cerebral, y que, las diferentes experiencias del sujeto, así como su personalidad, se relacionaban con dichas protuberancias. De esta forma, se inició uno de los movimientos más masivos de la psicología fisiológica, la frenología, que se encargó de medir cientos de miles de cráneos, propiedad de diferentes sujetos con diversas personalidades, para poder observar la correlación existente298.

Sin embargo, y más allá de la popularidad de la frenología, los verdaderos descubrimientos que parecían decantar la balanza a favor de la especialización cerebral, de las diversas actividades funcionales del sujeto, fueron los materializados por Paul Broca. Nuestro investigador,

296 Ibid, p. 237 297 Ibid, p. 252-253 298

Flourens criticó duramente el discurso de la frenología, arguyendo tres puntos clave, a saber: en primer término, las medidas del cráneo en ningún momento correspondía con las medidas del cerebro.

Ulteriormente, en segundo lugar, las ablaciones experimentales pusieron de manifiesto que los rasgos concretos no se hallan aisladas en las partes del cerebro especificadas por la frenología. Finalmente, y en tercer término, la totalidad de las regiones cerebrales participaban de la misma manera en todas las funciones ejecutadas, con lo cual, la especificación cerebral restaba en entredicho.

151

fue el pionero en observar primero el desorden del

comportamiento y posteriormente localizar la parte del cerebro que originaban dicho desorden”299

En particular, presentó un paciente que podía entender el lenguaje, sin ningún tipo de problemas, pero que, como contrapartida, no podía producir el habla. Tras morirse el paciente, Broca y sus colaboradores examinaron detenidamente el maltrecho cerebro, observando una lesión en el lóbulo frontal izquierdo. De esta manera, llegó a la conclusión de que dicha región cerebral era la responsable específica de la producción del lenguaje. Por consiguiente, se confirmaba la tesis frenológica de la especialización funcional del cerebro.

Más allá de estos descubrimientos en el ámbito del lenguaje, otros experimentos parecían corroborar la tesis locacionalista. Verbigracia, G. Fritsch, E. Hitzig, H. Munk presentaron la implicación del lóbulo occipital en diferentes funciones visuales300. Asimismo, Fritsch e Hitzig observaron dos hechos fundamentales:

primero, que el córtex no era insensible (tal y como se suponía) y segundo, que cuando se estimulaba una determinada área del córtex, se originaba movimientos musculares en el lado opuesto correspondiente al cuerpo. La estimulación de diferentes puntos del área motora del cerebro, provocaba la aparición de

movimientos en diferentes partes del cuerpo”301.

Pasando al tercer descubrimiento básico, observamos la resonancia, en la genealogía del discurso neurocientífico, que gozó la teoría evolucionista de Darwin, en el sentido de defender una evolución del sistema nervioso. Muchos mamíferos reaccionaban de la misma forma ante estímulos relacionados con el miedo (se producía

dilatación pupilar, aceleración vascular…). Dicha similitud en el patrón de respuesta indica que las diferentes especies evolucionaron, según el discurso darwinista, a partir de un mismo antepasado común, poseedor del mismo rasgo conductual. A su vez, la conducta revela la actividad del sistema nervioso, de modo que los mecanismo 299 Ibid, p. 253. 300 Ibid, p. 254. 301 Ibid, p. 254.

152 cerebrales, que se yerguen en la base de la reacción medrosa, pueden ser similares –si no idénticos- en estas especies.

Este fenómeno, entre el ingente número de consecuencias originó, condujo a los discursos biologicistas, propios de la neurociencia, a estudiar las reacciones en primates y otras especies para, ulteriormente, extrapolar dichos resultados a seres humanos. Por consiguiente, para efectuar el estudio de determinadas funciones, con técnicas que podían ser intrusivas para el ser humano, con el correspondiente hándicap ético que ello conlleva, podían utilizarse diversos animales, dada la correlación existente del sistema neuronal entre las diversas especies302.

Finalmente, y en cuarto lugar, vemos cómo a partir de los descubrimientos del zoólogo T. Schwann, se empezó a gestionar el estudio del tejido celular, como el principal ámbito de estudio biológico. Ahora bien, junto a los descubrimientos de Schwann debe destacarse el perfeccionamiento del microscopio a principios del siglo XIX, ya que ello permitió el examen de los tejidos animales en gran aumento. En el fondo de la cuestión, como el lector podrá intuir, ambos acontecimientos conducen al fenómeno de considerar la neurona como la unidad funcional básica del cerebro.

Con el desarrollo del microscopio y la focalización en los tejidos celulares de los seres vivos, se observó como en el cerebro habitaban todo un cúmulo de células, que se encargaban de configurar la estructura cerebral. Tras múltiples descubrimientos, en 1900 se coligió que la célula nerviosa (neurona) se erigía en la unidad funcional básica del sistema nervioso. Posteriormente, Sherrington, Wernicke y Ramon y Cajal defendieron y demostraron experimentalmente como estas neuronas, que se yerguen en la unidad nerviosa básica, se relacionaban entre sí formando grupos funcionales. Este fenómeno se denominó conexionismo celular.

Pues bien, estos cuatro descubrimientos se yerguen en el zócalo sobre el que se va a fundamentar el discurso neurocientífico. Para esta disciplina la conducta y experiencia del sujeto se explica única y exclusivamente a la sazón de su contrapartida neuronal. Expresado en otros términos, cualesquier función que lleve a cabo el sujeto se reduce a la pura conexión que se establece entre sus neuronas. Ellas se erigirán en las responsables últimas de todo posible experienciar del sujeto.

Ahora bien, junto con estos descubrimientos, cabe destacar, de forma paralela, el desarrollo de las diferentes técnicas de neuroimagen (resonancia magética funcional,

302

153 transcraneal, PET, potenciales evocados…) que permitían mostrar empíricamente lo

estipulado en las diferentes investigaciones. Todo ello posibilitó al paradigma de las neurociencias erigirse en la disciplina hegemónica en el estudio de la experiencia del sujeto303. La razón, como puede columbrarse, es evidente: mientras la filosofía y la psicología de carácter humanística, se ocupaba de la conciencia del sujeto, en tanto que búsqueda comprensiva sin fin e histórica del sentido de la experiencia, se olvidaba de la patología. Y es en esa fractura, en esa brecha patológica, donde se introduce y engrandece la propuesta neurocientífica. A partir de su discursividad, corroborada empíricamente por las diversas imágenes (tanto de las técnicas como de las observadas directamente de los pacientes), las neurociencias se yerguen en una disciplina que puede abordar la disfuncionalidad del sujeto, a diferencia del discurso de las ciencias del espíritu que se encargan de comprender el sentido de la experiencia, dejando la patología en un segundo orden.

A razón de este fenómeno, la pragmaticidad y aplicabilidad neurocientífica se convierten en el principal aliado para ahuyentar el espectro de la filosofía y el resto de ciencias del espíritu, empleando la terminología diltheyana. Sin embargo, el establecimiento de la ideología neurocientífica como dominante en el estudio mental del sujeto, independientemente de garantizar un mayor enfoque en lo patológico, se convierte en algo más perverso para la filosofía, puesto que, si en anterioridad, apuntábamos que las ciencias del espíritu se caracterizaban por una comprensión infinita e histórica del sentido de la vivencia del sujeto, podemos decir que las neurociencias efectúan una tarea análoga. La neurociencia

tiene dos características principales, a saber: es dinámica e interactiva. Decimos que es dinámica porque nos referimos a que se trata de una relación que es modificable y que es interactiva porque los cambios que se producen sobre una de las partes tienen repercusiones en la otra”304 .

A lo que nos conduce esta tesis es al hecho que el ejercicio neurocientífico de estudio de la experiencia del sujeto también se caracteriza por la historicidad y la ausencia de límites. La relación que se establecen entre las diferentes partes de nuestro

303

Junqué, C y Barroso, J. Manual de Neuropsicologia, Madrid, Síntesis, 2009, p. 21-22.

304

154 sistema nervioso está sujeta a la modificación permanente (importancia del fenómeno de la plasticidad neuronal). Por consiguiente, todo abordaje de esas relaciones deberá estar sujeto a una constante mutación, si quiere ser riguroso con el fenómeno que estudia. A su vez, aunque el discurso neurocientífico pretenda conocer la realidad mental del sujeto, y, por ende, explicarla a la sazón de sus leyes causales, también pesquisa, a su manera, una cierta comprensión de la experiencia del sujeto. La diferencia (abismal) entre las ciencias sociales y las naturales estriba en que el sentido de la vivencia, para el neurocientífico, no es otro que la acción material de la neurona. Dicho en otros términos, se elimina cualesquier resquicio de aura trascendental o inmanente al sentido, y se le imputa una naturaleza física al mismo. El auténtico sentido de la vivencia no deja de ser el correcto (o no) funcionamiento de la parte material implicada en el mismo.

De ahí que no nos extrañe como, en la actualidad, emergen diferentes brancas del paradigma neurocientífico (neurociencia molecular, celular, de los sistemas, conductual, cognitiva, cognitiva-conductual…) que se encargan de estudiar los

diferentes mecanismos neuronales responsables de los diferentes niveles de la actividad mental del sujeto.

Ahora bien, materializada esta lacónica aproximación histórica de la génesis del paradigma neurocientífico, así como de su irrupción en el poder, como disciplina dominante en el tratamiento de la experiencia del sujeto, observemos un poco más detenidamente como la neurociencia se encarga de explicitar y tipificar los diferentes elementos que constituyen nuestra experiencia. Veamos, dicho sin rodeos, como la neurociencia define nuestra experiencia, dirigiéndonos a los tres ámbitos básicos: la memoria, la percepción y el lenguaje.