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4. ANATOMÍA DE UN HURTO

4.3 Neurociencia y memoria

4.3.1 Registros sensoriales

Como se ha observado en anterioridad, el discurso neurocientífico distingue tres etapas en el proceso memorístico, donde la información sensible se va elaborando de forma paulatina hasta alcanzar altas cotas de categorización. A su vez, se observó que los registros sensoriales (o memorias sensoriales) fueron tipificados como el primer tramo del trayecto. En particular, definen este tipo de registros como

unos almacenes de información que alargan la duración de la

estimulación y que nos permiten tomar decisiones incluso a partir de exposiciones breves de los eventos”310

Expresado en otros términos, su funcionalidad no es otra que preservar el input allende la propia existencia del estímulo generador de la experiencia. Ahora bien, el paradigma neurocientífico, guiándose de la investigación de otras corrientes de corte más psicofisiológica o cognitivista, distingue toda una serie de registros sensoriales a la sazón de diversas técnicas experimentales. Es decir, dependiendo de las técnicas

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A su vez, dentro de la memoria declarativa, el discurso neurocientífico defiende la existencia de la

memoria episódica, la cual incluye memoria autobiográfica, prospectiva y flashball memory, y memoria semántica.

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En la memoria no declarativa podemos apreciar la memoria procedimental.

310

157 utilizadas en la investigación de la memoria, podremos obtener diferentes estipulaciones de los registros sensoriales.

Por ejemplo, y si nos vamos a la memoria icónica (o almacén icónico), es decir, el registro sensorial de corte visual, se han empleado las técnicas experimentales del

informe total y parcial para intentar determinar su naturaleza311.

Por lo que concierne a la primera técnica, puesta en circulación por J.M. Cattell en 1885, el procedimiento era muy simple: se efectúa una presentación taquitoscópica lacónica de un conjunto de letras o palabras, y se pedía al sujeto que informase de todos los ítems que pudieran recordar en ese breve intervalo de tiempo. El resultado de esta investigación fue que

cuando el estímulo contenía hasta cuatro ítems, los sujetos no cometían ningún error. Sin embargo, cuando el número aumentaba, los errores comenzaban a aparecer”312.

A la cantidad de información correctamente identificada y recordada, tras esa lacónica exposición, se la denominó amplitud de la aprehensión y, como se ha observado, se situaba, a la sazón de esta técnica, en el promedio entre cuatro y cinco ítems.

El gran problema de esta técnica estriba en un hecho sintomático: los sujetos, tras la materialización de la experimentación, insistían que de una forma inexplicable habían vista más elementos de los que en realidad eran capaces de recordar313. Expresado en otros términos, los sujetos aseveraban tener mucha más información disponible sobre el estímulo, que la que fácticamente podían informar al experimentador. Esta ambigüedad y problemática originó que el investigador George Sperling ideara una técnica completamente nueva para intentar determinar la estructura y funcionamiento de la memoria icónica: de esta forma emergió el informe parcial. En particular, con esta técnica, Sperling marco un tiempo de exposición del estímulo constante (cincuenta milisegundos), así como los estímulos eran targets de seis, ocho, nueve y doce letras, dispuestas en forma de cuadrado. A su vez, cada exposición iba acompañada de un sonido de alguna de estas tres frecuencias: 2500 Hz, 600 Hz 0 250 311 Ibid, p. 88. 312 Ibid, p. 89. 313 Ibid, p. 90.

158 Hz. Se instruyó a los sujetos que al oír tales señales informarán solo de una de las filas (superior, media o inferior), de modo que en ningún caso los sujetos conocían con antelación la fila que debían recordar. En ningún momento, asimismo, debían recordar el estímulo completo.

Pues bien, tras la materialización de los experimentos se vio que los sujetos tenían disponibles un promedio de 9’1 letras tras la desaparición del estímulo, con lo que se

confirmaba la sensación de los participantes del informe total de haber visto mucha más información de la que realmente podían recordar314.

No obstante, esta técnica tampoco estaba exenta de dificultades inherentes. Por un lado, subestima la ejecución del sujeto315. Este hecho es así ya que la señal es un tono. Ahora bien, el sujeto requiere de tiempo para identificar la señal y, durante ese periodo de identificación, se desvanece parte de la información. Por consiguiente, se subestima la capacidad real de la memoria icónica.

En segundo término, se reduce la interferencia del output316, ya que en el

informe parcial deben recordarse pocos ítems, con lo que no deviene representativo del funcionamiento real.

Finalmente, a base de repetir los experimentos con análogas condiciones experimentales, el sujeto es capaz de llevar a cabo una anticipación de la señal, con lo que el sujeto adivina la fila que va a ser reclamada para su recuerdo y, con ello, tiene garantizado un alto índice de recuerdo317.

Dadas estas problemáticas, Averbach y Coriell idearon la técnica del

enmascaramiento retroactivo. La estrategia era análoga a la técnica del informe parcial

con la salvedad que en lugar de utilizar un tono, se empleo un tono visual (una barra que podía ser vertical u horizontal). Así pues, se producía la presentación de dieciséis letras, colocadas en dos filas de ocho, durante cincuenta milisegundos. Tras una demora que rondaba entre los cero y quinientos milisegundos, se producía la presentación, durante cincuenta milisegundos, de una barra vertical, por encima de las letras superiores o bien por debajo de las inferiores. La tarea consistía en nombrar la letra que había ocupado el lugar señalado de la barra318.

314 Ibid, p. 90. 315 Ibid, p. 94. 316 Ibid, p. 95. 317 Ibid, p. 95. 318 Ibid, p. 96.

159 Se obtuvieron los mismos resultados de Sperling, no obstante. Por ese motivo, ambos investigadores decidieron cambiar las condiciones experimentales y, en lugar de emplear una barra como marcador, se sirvieron de un círculo para mostrar la letra que se debía recordar. Cuando el círculo se presentaba inmediatamente después de las letras, el rendimiento de los sujetos oscilaba entre las doce letras de recuerdo. Cuando la aparición del círculo se demoraba trescientos milisegundos, la diferencia en el rendimiento se hace patente ya que descendía a niveles de cuatro o cinco letras reconocidas.

La interpretación que llevaron a cabo nuestros autores es que en el primer caso, con una ausencia de demora, los sujetos veían la letra dentro del círculo, lo cual los condujo a considerar que la memoria visual procesaba los dos estímulos como si fuesen una sola imagen y, por esa razón, no se produce ningún tipo de interferencia. En cambio, cuando la señal aparece en intervalos entre cero y trescientos segundos, el círculo enmascaraba o borraba la letra de la imagen sensorial. El proceso de reconocimiento de la letra se encontraba interrumpido por la irrupción del círculo. De modo que se producía una destrucción prematura del icono y se experienciaba el círculo vacío. Este efecto recibe el nombre de enmascaramiento retroactivo319 puesto que designa la operación retroactiva del segundo estímulo (o máscara) interfiriendo con la imagen del primero320. Finalmente, cuando los estímulos eran superiores a los trescientos milisegundos, no se producía ningún tipo de interferencia, y ello es debido, según nuestros autores, posiblemente por el fenómeno de haberse completado el proceso de reconocimiento de la letra y, por ende, haber abandonado el registro sensorial.

Esta técnica experimental tiene cierta validez para sacar a la luz el fenómeno del enmascaramiento, sin embargo es incapaz de cuantificar con certeza la capacidad de la

memoria icónica (ya que siempre depende del número relativo de ítems que se

presentan al sujeto. Expresado en otros términos, tienen un sesgo metodológico

difícilmente superable).

319

Ibid, p. 97.

320

Nuestros autores también defienden un enmascaramiento proactivo, que hace referencia al momento en el que la máscara precede al objeto.

Además, debe destacarse que el fenómeno del enmascaramiento, dentro del discurso neurocientífico y cognitivo, se ha abordado desde dos perspectivas: por un lado, vemos una serie de paradigmas, que podrían enmarcarse sin ambages en una llamada teoría de la integración, que defienden que el objeto y la

máscara se suman (sumación de los estímulos), de ahí que la respuesta a su presentación secuencial sea idéntica a la elicitada por su presentación conjunta y, por el otro, propuestas que pueden clasificarse como

teorías de la interrupción en el que se defiende que el procesamiento del objeto se interrumpe en el momento en el que irrumpe la máscara.

160 Todas las técnicas experimentales son incapaces de cuantificar de una forma absoluta la capacidad, duración y contenidos de la memoria icónica, tal y como se ha podido observar. De forma análoga acontece con la memoria ecoica (o auditiva). Los múltiples procesos experimentales alcanzan unos determinados resultados que dependen, primordialmente, de la propia lógica de la investigación (de los instrumentos utilizados, de los ítems que se ponen en circulación, del número de estímulos, de la duración de presentación de los ítems y de los intervalos...), pero en ningún caso pueden alcanzar el auténtico funcionamiento de los registros sensoriales, entendiéndolos como el primer paso de la ruta memorística.

Al existir tales dificultades, el discurso neurocientífico rápidamente dirigió su atención no tanto a una explicación funcional de los registro sensoriales, como a una explicación estructural de la misma. Dicho en otras palabras, el objetivo pasará a ser la localización anatómica de los registros sensoriales. En 1975-76, Sakitt, afirmó que la

memoria icónica se encontraba ubicada en la retina y, en particular, en los bastones. Según su propuesta explicativa, podía haber un procesamiento icónico adicional en otras fases del sistema visual, sin embargo la parte substancial tenía lugar en los

fotorreceptores de la retina (en especial, en los bastones)321.

Estudios posteriores (como el de Banks y Barber, o el de Long) se afirmó que también se producía un procesamiento icónico en los conos (concretamente, intervenían en los tiempos más cortos de cien milisegundos).

Sin embargo, Meyer y Maguire, en 1977, encontraron cierta evidencia empírica de que el almacenamiento de la información icónica no se producía en los

fotorreceptores, sino que, primordialmente, se halla contenido en los elementos neurales

postreceptores. De modo que estos autores aseveran que el procesamiento de la

información icónica no es periférico (es decir, no se lleva a cabo en los fotorreceptores) sino que se materializa en un nivel central (en las vías neurales que van más allá de los fotorreceptores)322.

Consecuentemente, tal y como se puede comprobar, hasta en el viraje anatómico-estructural que lleva a cabo el discurso neurocientífico, existen dificultades en el momento de estimar la localización exacta de la memoria icónica323 . Lo que nos 321 Ibid, p. 105. 322 Ibid, p. 106. 323

La investigación se ha centrado en la dilucidación de la memoria icónica pero exactamente fenómeno análogo acontece con la memoria ecoica. Las mismas dificultades en el momento de determinar

161 revela este hecho es, por un lado, la insuficiencia de determinar el funcionamiento de una determinada facultad por medio de su mera identificación topológica y, por el otro, las insuficiencias del experimentalismo en el momento de abordar el estudio de los componentes cognoscitivos del sujeto.

Sin embargo, existe un fenómeno que es más interesante y que se observó en el momento en el que se abordó el estudio de la técnica del informe total. Los sujetos, en todas las condiciones experimentales, afirmaban, sin ambages, haber visto más imágenes de las que realmente podía llevar a la conciencia de su recuerdo. Expresado en otros términos, los individuos afirmaban haber experienciado más de lo que podían expresar mediante su memoria explícita. De ahí el gran problema de todo tipo de experimentalismo, y que cuando veamos los paradigmas explicativos tanto de la

Memoria de Trabajo y la Memoria a Largo Plazo se va acentúan más si cabe, en el

momento de apresar el auténtico funcionamiento de la actividad cognoscitiva y, en lo que a nuestra investigación le interesa, la auténtica experiencia del sujeto.

Asimismo, la investigación neurocientífica se ocupa experimentalmente de la memoria, presuponiendo de antemano que todo recuerdo puede ser expresado y, por consiguiente, procesado y articulado. Este es uno de los grandes problemas de su forma de proceder: los sujetos afirman haber tenido más experiencia de los resultados que les muestra la experimentación.