La Vida Mística
influencias que más tarde expresarán en su persona al ha- cerse mayores. Cuánta atención deben prestar, por tanto, a su propio estado mental dominante quienes cuiden del niño, y principalmente la madre, que, durante el tiempo que lo lleva en su seno, ejerce en la vida del feto una in- fluencia directa con cada pensamiento suyo y con cada es- tado mental y emocional. Por encima de todo, deben tener mucho cuidado los padres de no infundir miedo al niño, cualquiera que sea la edad de este; suelen hacerlo incons- cientemente, llevados unas veces por la ansiedad y otras por lo que podríamos llamar sobreprotección, pero lo que le transmiten desde su inconsciencia es en verdad igual de malo que la total despreocupación y falta de cuidados.
Sé de numerosos casos en que tanto se ha temido por que al niño pudieran ocurrirle una u otra desgracia que es- tos pensamientos de temor han atraído a la vida de ese niño precisamente las circunstancias temidas, y que, de otro modo, es probable que no se le hubieran presentado jamás. Con frecuencia, el miedo es totalmente infundado; pero en caso de que el temor de los padres tenga una base real, lo más prudente será adoptar la actitud diametralmente opuesta, a fin de neutralizar primero la energía del peligro, y de afianzar luego al niño en su capacidad de discerni- miento y en su fortaleza, que le permitirán hacer frente a la situación y dominarla, en vez de dejarse dominar por ella. Hace apenas un par de días, cierto amigo me contó una experiencia suya relacionada con esto. En un período de su vida en que sostenía una terrible lucha contra un determinado hábito suyo, el continuo temor de su madre y
Cómo influye en los demás nuestro estado de ánimo
de su prometida —con la que, según lo acordado, se casaría solo una vez erradicado dicho hábito— era tan grande que, siendo él un hombre de naturaleza particularmente sensi- ble, percibía a cada instante los efectos depresivos y debili- tadores de los pensamientos negativos de ambas mujeres. En todo momento sabía exactamente lo que pensaban; y su desconfianza, sus preguntas y sospechas le hacían per- der su propia confianza en sí mismo, todo lo cual lo dejaba literalmente paralizado. Así, en vez de generar en él fuerza y valor, lo único que aquellas dos mujeres consiguieron fue acrecentar en este amigo el sentimiento de dolorosa fla- queza e incapacidad casi absoluta para vencer en la lucha. He aquí a las dos mujeres que más entrañablemente le amaban y que habrían hecho cualquier cosa por ayudarle a tener dominio de sí mismo, pero que, ignorantes del si- lencioso, sutil, incansable y revelador poder de las fuerzas mentales, en vez de contribuir a ellas para infundir valor a este amigo, las debilitaron, añadiendo a la flaqueza propia la flaqueza exterior. De este modo, la lucha fue tres veces más terrible y costosa.
El miedo, la preocupación y todas las demás dispo- siciones de ánimo relacionadas con ellos son demasiado caros de albergar, y nadie, ningún hombre ni mujer ni niño, puede permitirse pagar el precio que supone darles cabida en nuestro interior o dejarnos absorber por ellos. El mie- do paraliza la acción espontánea; la preocupación corroe y abate el organismo, y acaba por trastornarlo; y lo mismo ocurre con el prolongado pesar tras una pérdida. Nada se gana con ninguno de ellos, y el menoscabo es incalculable.
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Cada emoción negativa acarrea su propia enfermedad: una desorbitada ambición de éxito, una actitud de tacañería, de avaricia, tendrán sus efectos afines; la ira, los celos, el rencor, la crítica malintencionada o la lujuria tienen cada uno su particular modo de corroer, debilitar y destruir el organismo.
De ahí que la rectitud del vivir en armonía con las leyes superiores no solo sea fuente de alegría y prosperidad, sino también de salud corporal.
El gran vidente hebreo que fue el rey Salomón enun- ció así la gloriosa química de la vida: «Así como la justicia conduce a la vida, el que va detrás del mal, camina hacia la muerte» (Proverbios 11:19); y al contrario: «En el sendero de la justicia está la vida, y el camino que ella sigue no lleva a la muerte» (Proverbios 12:28). Llegará el tiempo en que es- tas palabras signifiquen mucho más de lo que la gente hasta ahora se ha atrevido a imaginar siquiera. El ser humano ha de decidir si su alma morará en una suntuosa mansión de majestuosidad y belleza infinitas, o en una casucha que él mismo ha construido y que con los años acabará en ruinas.
Son innumerables los que viven sin dominio alguno de sus vidas, desordenadas, desequilibradas, y que cada año, debido a la perniciosa influencia de ese desequilibrio, ven cómo sus cuerpos se deterioran, y se quedan por el cami- no antes de tiempo. ¡Pobres moradas, las de esos cuerpos! Destinadas a ser templos magníficos, se han desmoronado a manos de sus insensatos dueños, hombres ilusos sumidos en la ignorancia. ¡Pobres moradas!
Todos somos, o podemos llegar a ser, salvadores unos de otros. Se produce una situación de emergencia, y me siento confundido, estoy paralizado por el miedo; pero el amigo que está a mi lado se da cuenta de que es urgente actuar, y haciendo acopio de todas sus fuerzas se lanza sin vacilación a hacer lo necesario. Su sublime ejemplo me es- timula, activa todas mis energías, pues sé que, de no haber sido por él, quizá no habría salido con vida. Por eso, sigo su ejemplo, me hago consciente de mis propios poderes, y sé que contaré con ellos para siempre jamás. De este modo, mi amigo se ha convertido en mi salvador.
Tengo cierta debilidad de carácter: claudico con faci- lidad, soy propenso a la vacilación y esto me hace cometer