La Vida Mística
llamar anciana a nuestra amiga sería como decir que lo ne- gro es blanco, pues en realidad no es mayor que una mucha- cha de veinticinco años, o incluso más joven, y me alegra poder decir —o siento tener que decir, todo depende de cómo se mire— que es bastante más joven que la mayoría de las muchachas de esa edad. El querer ver la bondad en todo y en todos la ha llevado a encontrar el bien en todas partes. La alegre disposición y radiante voz que posee actualmen- te, y que la hacen tan bella y atractiva a los ojos de cuantos la conocen, la han caracterizado a lo largo de toda su vida, y han transmitido alegría, esperanza, fuerza y valor a miles de personas durante todos estos años, y aparentemente así seguirá siendo durante muchos más.
Ningún temor, preocupación, resentimiento ni envi- dia, ningún pesar, aflicción ni ambición codiciosa han lo- grado entrar jamás en los dominios de su pensamiento; y, como consecuencia, su mente, libre de dichos anormales estados y condiciones, no ha exteriorizado en su cuerpo las diversas dolencias físicas que la mayoría de las personas arrastra consigo, suponiendo en su ignorancia que son na- turales y que padecerlas está en concordancia con el “eter- no orden de las cosas”. La suya ha sido una vida de muy variadas experiencias, y no hay duda de que todos los viles sentimientos que antes mencionábamos se habrían abierto paso hasta los dominios de su mente, y de su vida, de ha- ber sido ella tan ignorante como para dejarlos entrar; pero, muy al contrario, tuvo la perspicacia suficiente como para reconocer que, al menos en el reino de su mente, ella era la soberana, y solo a ella le correspondía decidir qué debía
Una anciana muy joven
o no debía entrar en él. Sabía, además, que al decidir esto determinaba todas las condiciones de su vida. En la actua- lidad, es dichoso al tiempo que ejemplar verla ir de un lado para otro con espíritu alegre y paso juvenil, y oír su risa llena de júbilo. En verdad sabía Shakespeare de lo que hablaba cuando dijo: «La mente es la que enriquece el cuerpo».
Con vivo placer la observaba yo hace tan solo unos días mientras caminaba por la calle. La vi detenerse a hablar con un grupo de niños que jugaban junto a la carretera, acelerar luego el paso para intercambiar unas palabras con una la- vandera cargada con un atado de ropas; pararse a saludar a un obrero que volvía del trabajo con la tartera en la mano, y devolver el saludo a una señora que pasaba en su carrua- je, compartiendo así la espléndida riqueza de su vida con todos aquellos con los que se relacionaba.
Y para mayor fortuna, mientras seguía observándola, una anciana señora pasó a su lado —esta sí, verdaderamen- te anciana, aunque al menos diez o quince años más joven que nuestra amiga, si por primaveras se cuentan los años—. Andaba encorvada, con paso lento y dificultoso. Llevaba el taciturno semblante cubierto por un espeso velo negro que envolvía su sombrero, y que intensificaba aún más las huellas de la tristeza en su rostro y su aspecto sombrío. Igual de lúgubre era el resto de su vestimenta. Aquel atuendo que parecía sacado del baúl de sus difuntos, combinado con el peso de sus pasos y con su expresión, proclamaba a voz en cuello dos cosas: su tristeza, su infortunio —que con su actitud mantenía permanentemente vivo— y su falta de fe
La Vida Mística
en la eterna bondad de todas las cosas, su falta de fe en el amor y en la eterna misericordia del Padre Infinito.
Sumida en el tortuoso pensamiento de sus dolencias, desdichas y pesares, era incapaz de recibir ni de transmi- tir ninguna alegría, ninguna esperanza ni ánimo, nada que fuera de ningún valor para quienes pasaban a su lado o con ella se relacionaban; al contrario, insinuaba a todos, y ayu- daba a intensificar en muchos, aquellos estados de ánimo que, por desgracia, suelen prevalecer más de lo deseable en nuestra vida humana común. Al pasar junto a nuestra amiga, la vi girar levemente la cabeza hacia ella y mirarla de reojo con expresión reprobadora, que parecía querer decir: «Ni tu atuendo ni tu porte corresponden a una señora de tu edad». ¡Gracias a Dios, entonces, gracias por que así sea! Y roguémosle por que, en su amor y bondad infinitos, nos envíe toda una compañía de tan raros especímenes, y por que vivan mil años, para bendecir a la humanidad e impar- tir las vivificantes influencias de sus majestuosas vidas a los innumerables seres humanos del mundo que tanto las necesitamos.
¿Os gustaría ser siempre jóvenes y conservar en vues- tros años de madurez la enérgica alegría de vuestra juven- tud? Entonces ocupaos de una sola cosa: de cómo vivís en el mundo de vuestros pensamientos; porque eso lo deter- mina todo. Dijo Gautama, el Buda: «La mente lo es todo; según pienses de ti, así serás»; y lo mismo debió de pensar Ruskin cuando escribió: «Haceos un nido de pensamientos gratos. Ninguno sabemos aún, porque a ninguno se nos en- señó en nuestra niñez, qué prodigiosos palacios podemos construir con hermosos pensamientos; palacios a prueba de cualquier adversidad». ¿Os gustaría que vuestro cuerpo conservara la elasticidad, la fuerza y la belleza de los años de