El incremento en la cantidad de alimentos producidos presenta dos aspectos. Un problema es producir suficientes alimentos; el segundo es producirlos allí donde son más necesarios (es decir, en los paises pobres con rápido crecimiento demográfico). Voy a tratar aquí fundamentalmente el primer problema, es decir, la cuestión a nivel global. Los distintos enfoques existentes acerca de cómo lograr incrementar los recursos alimenticios disponibles pueden ser resumidos en dos grandes categorías: aumentando la superficie cultivada y aumentando el rendimiento por acre. Existe además
otra solución a corto plazo: distribuir los alimentos de forma más equitativa. Aumentando la superficie cultivada
Sólo el 11 por 100 de la superficie terrestre mundial es susceptible de ser cultivada, y la mayor parte de la misma se encuentra ya en cultivo. Por otro lado, esta cantidad está en realidad disminuyendo, como consecuencia, en algunos lugares del mundo, de la erosión o desertízación del suelo, y en otros del ensanchamiento del espacio urbano. La mayoría de las principales ciudades están ubicadas en regiones agrícolas fértiles susceptibles de proporcionar diariamente alimentos frescos a sus poblaciones. Sólo en épocas recientes los transportes y la refrigeración han reducido (pero no eliminado) esta necesidad. A medida que las ciudades han crecido en tamaño, la tierra cultivable circundante ha ido siendo explanada y pavimentada para permitir la edificación de edificios comerciales o de viviendas. En Estados Unidos, por ejemplo, unos 40 millones de acres son de uso urbano; de ellos la mitad aproximadamente fueron en algún momento tierras de cultivo. Hay además en dicho país unos 32 millones de acres cubiertos por autopistas y carreteras. La utilización para fines no agrícolas de fértiles tierras de labor ha llegado a constituir en Estados Unidos un problema tan debatido que dos agencias federales (el Departamento de Agricultura y el Council on Environmental QuaIity) patrocinaron conjuntamente una investigación, que duró 18 meses, sobre la cuestión.
Son pocos los lugares que, en el mundo, aún aguardan al arado, con las notables excepciones de determinadas zonas del Africa sub-sahariana y del interior de Suramérica, que entre las tierras aún sin utilizar son las más aptas para el cultivo, sin que eso quiera decir que sean tierras de primera calidad Para poner en cultivo el Africa sub-sahariana habría antes que erradicar a la mosca tse-tse y para poder cultivar el interior de Suramerica seria preciso dominar la jungla Por otro lado en muchas zonas de la jungla, la apertura de claros ha permitido descubrir que la tierra no es apta para el cultivo al contar con una capa fertil muy delgada. En Norteamérica buena parte de la tierra que solía formar parte de la «reserva agrícola» ha sido puesta ya en cultivo y la tierra que queda sin usar es marginal, en el sentido de que serian precisas ingentes cantidades de tiempo y dinero para prepararla para el cultivo. Se ha estimado en unos 2.000 dólares por acre, por término medio, el coste de la puesta en cultivo de la misma y aún entonces, el rendimiento esperable por acre sería en ella muy inferior al de las zonas de mayor calidad. En Estados Unidos existen unos 75 millones de acres que podrían ser cultivados en caso de extrema necesidad. Pero la utilización agrícola de esas tierras requeriría la desecación de pantanos, la irrigación de desiertos y la explanación de montes, todo lo cual supondría un coste muy elevado tanto en dólares como en energía. Como ha comentado Lester Brown, presidente del Worldwateh Institute, “si se esta dispuesto a pagar el precio se pueden cultivar hasta las laderas del monte Everest.
Se ha sugerido tambien que el mar podría constituir una fuente viable de tierra de cultivo. La puesta en cultivo del mar incluye tanto la pesca como la recogida de algas para el consumo humano, ahora bien, el coste de cultivar algas y otras plantas es tan elevado que no parece que ésta sea una alternativa viable al cultivo de la tierra. El pescado constituye, por supuesto, una excelente fuente de proteínas; por otro lado, entre los productos derivados de la pesca se encuentra un fertilizante de precio muy reducido, aumentando así su atractivo como recurso. Entre 1950 y 1970 las capturas
anuales de pesca aumentaron en el mundo de 22 a 70 millones de toneladas (Brown, 1975); las existencias pesqueras parecían entonces casi inextinguibles. Pero en la década de 1970 las capturas disminuyeron de forma significativa, debido en parte al abuso en las mismas. Desde entonces la cantidad de pesca obtenida se ha mantenido estable, en el mejor de los casos, de año a año, lo cual por supuesto significa una disminución en la cantidad de capturas per capita. Por otro lado, a medida que han ido aumentando los problemas de la pesca, se ha ido incrementando el nivel de conflicto entre países con flotas pesqueras, sobre todo en lo referente a los límites de las aguas territoriales. Según Ehrlieb y Ehrlich (1972:125), los biólogos han medido cuidadosamente las riquezas del mar, han considerado las posibles formas de recolectarlas y han llegado a la conclusión de que no pueden constituir la solución al problema de la falta de alimentos. Así pues, la evidencia disponible parece indicar que con los actuales niveles de pesca, y con la puesta en cultivo de toda la tierra disponible con un rendimíento equivalente al actual, seguiria sin haber alimentos suficientes para alimentar en el año 2000 a la población mundial. Existen en el mundo unos 4.000 millones de acres de tierra naturalmente cultivable (excluyendo, por tanto, a las tierras marginales) y existen también unos 4.000 millones de personas: es decir, hay aproximadamente un acre de tierra cultivable por cada persona. Ahora bien, la dieta media norteamericana equivale en la actualidad al rendimiento anual de 1,25 acres. Asi pues con los niveles actuales de producción, sólo hay tierra para proporcionar una dieta media norteamericana a unos 3.200 millones de personas aun poniendo en cultivo toda la tierra disponible. En otras palabras salvo que los países desarrollados reduzcan drásticamente su consumo de alimentos, el crecimiento de la población mundial exige prácticamente un aumento sustancial en el rendimiento de la tierra cultivada.
Aumentando el rendimiento de la superficie cultivada
Existen distintas maneras de incrementar el rendimiento agrícola, y con frecuencia la obtención de mejoras sustanciales requiere la combinación de varios métodos. Entre éstos se encuentran la mejora de las plantas, la extensión de la irrigación y el mayor uso de plaguicidas y fertilizantes. Dedicaré además alguna atención a ciertos problemas referidos fundamentalmente a la financiación y a la reforma agraria, que pueden limitar la motivación o la capacidad de poner en práctica dichos métodos de aumentar el rendimiento de cada acre cultivado.
Mejora de plantas: Ya he indicado que la mejora de las especies de plantas existente constituye la piedra angular de la Revolución Verde. Hasta ahora dicha mejora a afectado principalmente al trigo y al arroz pero existe, por supuesto, la posibilidad de poner a punto variedades de alto rendimiento (VAR) de soja, cacahuete y otras plantas ricas en proteínas. Dado que los granos VAR (trigo y arroz) han encontrado ya una amplia acogida a todo lo largo del mundo, no cabe probablemente pensar que la solución pueda ser un aumento espectacular en el cultivo de VAR. Los informes disponibles indican que ya a comienzos de la década de 1970, prácticamente toda la tierra que en Méjico se dedicaba al cultivo de trigo estaba plantada con trigo VAR. En el Asia comunista, aproximadamente el 35 por 100 del trigo cultivado y el 20 por 100 del arroz eran VAR; asimismo, en India v Pakistán buena parte de la tierra cultivada lo es con dichas variedades.
Un posible camino para la investigación genética es la obtención de mayores niveles nutritivos en las plantas actualmente cultivadas. A fin de cuentas, y como ya vimos, el trigo y el arroz VAR tienen
un nivel nutrícional equivalente al de las variedades convencionales; por lo tanto, si se lograra poner a punto plantas con mayor valor nutritivo, se lograría reducir el nivel de malnutrición aun sin incrementar el rendimiento por acre cultivado. Un ejemplo de la investigación actual en este terreno lo constituye la puesta a punto de especies sintéticas como el triticale, que se obtiene cruzando trigo y centeno (Wittwer, 1975).
Tan importante al menos como la dimensión nutricional de la mejora de plantas es la obtención de defensas contra las enfermedades y las plagas. Los rápidos cambios en las distintas plagas requieren una constante vigilancia y alteración de la resistencia de las semillas. A fin de cuentas los insectos compiten en gran medida con nosotros por los recursos alimenticios mundiales; se ha estimado, en efecto, que las distintas clases de plagas pueden llegar a destruir hasta un tercio, cada año, de todas las cosechas mundiales (Wlttwer, 1977). Es este un problema que acecha a las cosechas tanto antes como después de la recolección. Existen además otros serios obstáculos para el aumento de la productividad por acre incluso con (o especialmente con) semillas VAR, tales como la disponibilidad de agua, fertilizantes y plaguicidas (citados por el orden mas usual de importancia).
Agua: Las semillas de alto rendimiento requieren generalmente, para su desarrollo con éxito, importantes cantidades de agua. La irrigación presupone, lógicamente, una fuente de agua (como, por ejemplo, un embalse), una inversión inicial de capital para construir canales e instalar tuberías y energía para hacer funcionar a las bombas. Las existencias de cada uno de estos elementos son cada vez más reducidas. Por lo que hace a las fuentes de agua, entre 1950 y 1970 aumentó gradualmente (...) la superficie irrigada y nuevos e importantes proyectos de irrigación fueron emprendidos en China, India y muchos otros países en vías de desarrollo. La superficie total irrigada aumentó casi en un 3 por 100, ya que la mayoría de los lugares más adecuados para la construcción de embalses han sido ya utilizados (Brown,1975:1058). Una idea de la magnitud del problema del agua nos la proporciona el hecho de que es preciso medio millón, aproximadamente, de galones de agua para cultivar un acre de arroz y de que en Estados Unidos el 96 por 100 del consumo total de agua corresponde a la agricultura.
Fertilizantes y plaguicidas: Para maximizar su rendimiento, las plantas han de ser también alimentadas (fertilizadas) y protegidas (rociadas con plaguicidas). Como ya he indicado, los fertilizantes son cada vez más caros, y por lo tanto cada vez más dificiles de obtener para los países menos ricos. De hecho, en 1970, las tres cuartas partes de todos los fertilizantes fueron utilizadas en Estados Unidos y en Europa, y menos de la cuarta parte en los paises menos desarrollados. Las existencIas de plaguicidas son aún menores lo cual supone un problema para la obtención de una alta productividad agrícola pero quiza constituye indirectamente una bendicion para el ecosistema mundial como veremos mas adelante en este capitulo. La disponibilidad de fertilizantes no constituye un problema tecnológico. Sabemos como fabricarlos; la cuestión es poder hacer frente a su coste y contar con las instituciones sociales y económicas que los produzcan y distribuyan. En la actualidad casi todos los fertilizantes químicos son producidos en los paises desarrollados ya que es en ellos donde tienden a existir los incentivos de elevados beneficios para una producción más elevada.
Incentivos para obtener rendimientos mayores: Como ya hemos visto, los campesinos cuyas cosechas sólo les permiten alcanzar el mero nivel de subsistencia, que son los que predominan en los
países menos desarrollados, tienden a operar minimizando los riesgos, lo que por lo general significa tambien que su nivel productivo está lejos de su capacidad máxima potencial. ¿Qué podría motivarles a aumentar su producción? Una respuesta puede ser la reforma agraria. En efecto, una elevada probabilidad de incrementar los beneficios podría constituir una motivación importante para incrementar la producción, y una forma de lograr esa situación es poner la propiedad de la tierra en las manos de quienes la trabajan (Gordon, 1975). Esto equivale a permitir que sean quienes toman el riesgo quienes obtengan también los beneficios, y no un terrateniente ausente. La reforma agraria parece haber contribuido a mejorar la productividad agrícola en Méjico y Taiwan, si bien se afirma también que en muchos lugares del sur de Asia ésta ha mejorado sin que se hubiera producido aquélla (Crosson, 1975). En todo caso se ha señalado que en China, donde las granjas colectivas en gran escala constituyen ia regla, las parcelas de propiedad privada constituyen sólo el 5 por 100 de toda la tierra, pero producen el 20 por 100 de todos los alimentos.
Otro método potencial de aumentar los incentivos consiste en subvencionar, mediante créditos gubernamentales o protección en los precios, los riesgos asumidos por los campesinos. Sin apoyos institucionales (de los gobiernos o de grandes cooperativas) resulta improbable que el rendimiento por acre pueda ser aumentado de forma sistemática.
Reducción de desperdicios: Una forma sutil pero eficaz de obtener más de cada acre destinado a la producción de alimentos es desperdiciar menos. Y esto se puede lograr de dos maneras: no comiendo más de lo que se necesita y no tirando la comida. Se ha sugerido que los habitantes de los paises ricos llegan a tirar literalmente hasta un 25 por 100 de la comida que compran (Newsweek, 1974:67). Asimismo, los norteamericanos podrían comer menos carne sin dejar por ello de estar bien nutridos. Hacen falta varias libras de grano para producir una libra de carne roja, y existen otras formas más eficientes de obtener proteínas (por ejemplo, consumiendo soja, cacahuetes, guisantes y judías). Los aminoácidos que se obtienen de la carne, pero no de las proteínas vegetales. podrían quizá obtenerse de otros alimentos, como el trigo enriquecido con usina (Gordon, 1975). La reducción de las proteínas de origen animal permitiría así destinar parte de la producción de grano al consumo humano, y no al animal. Por supuesto, la mayoría de los norteamericanos no acogería con agrado una tal propuesta: comer carne forma tanta parte de la cultura americana como no hacerlo forma parte de la cultura de la India. En Estados Unidos la idea de una comida sin carne encuentra así la misma resistencia que en la India la idea de matar vacas, monos o incluso ratas, dada la creencia allí extendida de que todos los seres animados son sagrados.
Las ratas, por otro lado, guardan relación con un tipo de desperdicio más repulsivo: la destrucción de alimentos una vez producidos. En la India esto ocurre, al menos en parte, porque las ratas llegan a la comida antes que los seres humanos. Ehrlich y Ehrlich (1972) señalan que haría falta un tren con una longitud de casi 3.000 millas para poder transportar todo el grano que las ratas se comen en la India en un solo año. En 1975, año en que la India tuvo buenas cosechas, las ratas (que superan en número a los humanos en una proporción de 8 a 1 ) tuvieron un día de fiesta devorando el grano almacenado (Time, 1976). En China, según diversos informes, el gobierno ha tratado de controlar el número de ratas existente utilizando un raticida que parece afectar a los enemigos naturales de aquéllas (es decir, a los gatos y a las comadrejas) con mayor rapidez que a los propios roedores. La rata come el veneno, el gato se come a la rata y ambos mueren. Pero como las ratas se reproducen
más rápidamente que los gatos y las comadrejas, su número sigue creciendo, mientras que los gatos están desapareciendo.
En la actualidad podría producirse suficiente comida en el mundo para eliminar la malnutrición siempre y cuando su distribución fuese equitativa a todo lo largo del planeta y que se renunciase a suministrar a cada individuo el equivalente a una dieta media diaria norteamericana. Lo cierto es, sin embargo. que la comida no está distribuida equitativamente a lo largo del mundo, lo que plantea cuando menos dos cuestiones; (1) ¿quién tiene los alimentos?, y (2) ¿a quién incumbe la responsabilidad de proporcionar alimentos al mundo?