Pocas cosas en el mundo resultan más impresionantes y abrumadoras que la responsabilidad de ocuparse de un recién nacido, tan frágil y tan totalmente dependiente de los demás para su supervivencia. En muchas sociedades este grado de fragilidad y dependencia se traduce en la existencia de altas tasas de mortalidad infantil (número de fallecimientos durante el primer año de vida por cada mil nacidos vivos). En algunos de los países menos desarrollados. especialmente en Africa ecuatorial, las tasas de mortalidad infantil llegan a alcanzar los 200 fallecimientos por cada mil nacidos vivos. Esta cifra corresponde a Níger, país asolado por el hambre y la sequía en la década de 1970, pero resulta representativa de la situación en esa región del mundo. En contraste, la tasa de mortalidad infantil más baja del mundo corresponde a Suecia, donde sólo ocho de cada 1.000 nacidos fallecen durante su primer año de vida.
En países caracterizados aún por una alta mortalidad, como es el caso de las sociedades del Africa ecuatorial, los fallecimientos ocurridos en el primer año de vida pueden llegar a suponer hasta una cuarta parte del total anual de defunciones. Los fallecimientos correspondientes a niños menores de
10 años representan cerca de dos tercios del total de fallecimientos. Sin embargo, a medida que la tasas de mortalidad decrecen y que los Individuos empiezan a vivir más tiempo las defunciones pasan a concentrarse en las edades más altas. En Suecia, por ejemplo, los fallecimientos correspondientes a niños menores de un año suponen tan sólo el 2 por 100 del total de defunciones, y los de niños menores de 10 años sólo el 3 por 100 del total.
¿Por qué registran los recién nacidos tasas de mortalidad más elevadas en unos paises que en otros? La simple mención de las dos características comunes a las sociedades en que las tasas de mortalidad infantil son bajas resume, de forma inmejorable la respuesta: niveles educativos y de renta altos. Por educación entendemos aquí simplemente el conocimiento de unas cuantas reglas básicas que evitarían muertes infantiles innecesarias. Por ejemplo, en un estudio realizado en un pequeño pueblo rural de la India se pudo determinar que el tétanos era una importante causa de mortalidad infantil. Investigaciones posteriores atribuyeron esta pauta al hecho de que el cordón umbilical era cortado a menudo utilizando herramientas agrícolas, y a que era recubierto con cenizas de hogueras cuyo combustible, como es frecuente en esa parte del país. estaba compuesto por excrementos de vaca. El nivel de ingresos es importante, pues permite proporcionar a los recién nacidos una dieta nutritiva y sana que prevenga la diarrea, que es una importante causa de mortalidad infantil. Las madres que amamanten a sus hijos lo harán con mejores resultados si su dieta es la adecuada en cantidad y calidad. El nivel de renta se encuentra también asociado frecuentemente a la capacidad que un país tiene de proporcionar, o un individuo de pagar, protección médica adecuada contra la enfermedad. En lugares donde las tasas de mortalidad infanttl son elevadas, las enfermedades contagiosas constituyen una importante causa de defunción, siendo así que la mayoría de ellas podrían ser evitadas con asistencia médica. Por ejemplo, entre 1861 y 1960, la tasa de mortalidad en Inglaterra y Gales pasó de 160 a 20, debiéndose más de las dos terceras partes de este decrecimiento al control de las enfermedades contagiosas.
El grado de resistencia a la enfermedad guarda, por supuesto, una estrecha relación con el grado general de salud del niño, y éste a su vez está estrechamente asociado al grado de salud de la madre (Bouvier y Van de Tak, 19761. Las madres que tienen buena salud durante el embarazo y después del parto ttenen mayores probabilidades de tener hijos sanos. Dado que el nivel de salud es, generalmente, más alto en los países más desarrollados, es en ellos también donde, por lo general, la mortalidad infantil es más baja. La relación entre salud y nivel de renta no es perfecta, sin embargo. Por ejemplo, entre los paises relativamente grandes (es decir, excluyendo los diminutos emiratos ricos en petróleo). Suecia es el que presenta el nivel más elevado de riqueza por persona, y el nivel más bajo de mortalidad infantil. Ahora bien, Estados Unidos, que es el tercer país más rico, ocupa sólo el decimocuarto lugar por lo que hace a la mortalidad infantil. Quizá buena parte de esta diferencia se deba a que las mujeres norteamericanas no se cuidan tan bien como las suecas.
Esto merece una explicación más detallada.
En países avanzados como Estados Unidos o Suecia una amplia mayoría de las defunciones infantiles corresponde a nacimientos prematuros, y en muchos casos éstos se producen como consecuencia de la falta de cuidado adecuado durante el embarazo. Las embarazadas que no siguen una dieta adecuada, que fuman o toman drogas, o en general que no tienen cuidado de su estado, tienen una elevada probabilidad de dar a luz prematuramente, colocando así a su hijo en clara
desventaja en cuanto a supervivencia post-parto (Weeks, 1976).
En los Estados Unidos, los niños concebidos ilegítimamente tienen muchas más probabilidades de defunción que los concebidos legítimamente, incluso aunque la madre contraiga matrimonio antes de su nacimiento (véase Weeks. 1976). Uno de los factores asociados con estas mayores probabilidades de defunción es, una vez mas, el cuidado prenatal. Si una madre descuida su embarazo, su hijo tiene mayores probabilidades de fallecer una vez nacido. Por supuesto, éstas son defunciones que desde un punto de vista médico no pueden ser evitadas, pero que sí podrian evitarse sí la presión social para que la madre se cuide adecuadamente durante el embarazo fuera mayor.
Aunque la mortalidad infantil mide los fallecimientos de niños durante su primer año de vida, el momento más peligroso para un recién nacido es el inmediatamente anterior y posterior al parto. Existen medidas especiales de la mortalidad infantil que toman este riesgo en consideración. Por ejemplo, la mortalidad fetal tardía se refiere a los fallecimientos de fetos que tienen lugar por lo menos después de 28 semanas de gestación. La mortalidad neonatal mide las defunciones de recién nacidos dentro de los 28 días siguientes al nacimiento. La mortalidad postneonatal abarca los fallecimientos ocurridos desde los 28 días hasta el año. Existe además un índice denominado mortalidad perinatal que incluye los fallecimientos fetales tardíos y los fallecimientos en los primeros siete días después de nacimiento.
En Estados Unidos la tasa de mortalidad fetal (el número de fallecimientos fetales por cada 1.000 nacidos vivos y fallecimientos fetales tardíos) descendió de 14,9 en 1950 a 7,5 en 1976, lo que supone una caída del 50 por 100. La tasa de mortalidad neonatal (fallecimientos neonatales por carta non nacidos vivos) descendio en ese período de 20,5 a 10,9, es decir, una caída del 47 por 100. La tasa de morlidad postneonatal (fallecimientos postneonatales por cada 1.000 nacidos vivos) pasó de 8.7 en 1950 a 4,3 en 1976, disminuyendo por tanto en un 51 por 100. La tasa de mortalidad perinatal (fallecimientos fetales tardíos más fallecimientos en los 7 días siguientes al nacimiento por cada 1.000 nacidos vivos y fallecimientos fetales tardíos) pasó de 32,5 en 1950 a 16,7 en 1976: un descenso del 49 por 100. En conjunto puede verse que se han realizado progresos en la ayuda a los recién nacidos para sobrevivir desde la última etapa de la gestación hasta el final del primer año de vida.
El parto puede ser un momento traumático y peligroso no sólo para el niño sino también para la madre. Hasta hace pocas décadas el embarazo y el parto constituian las dos principales causas de fallecimiento de las mujeres adultas jóvenes. Pasemos ahora a considerar la mortalidad durante esa edad.
Mortalidad de los adultos jóvenes
En la actualidad, en Estados Unidos, los adultos jóvenes tienen un riesgo de defunción muy bajo. Existe menos de una probabilidad entre cien de que una persona de 25 años fallezca antes de alcanzar los 30: ese riesgo era en cambio mayor en 1900. Por lo que hace a las mujeres de esas edades, resulta especialmente importante el descenso de la mortalidad asociada al parto. Por ejemplo, en 1964, las tasas de mortalidad materna pasaron a no suponer sino el 9 por 100 de las registradas en 1900. El descenso de la mortalidad materna, pese a su importancia, no explica sin embargo por sí solo el cambio registrado. Fue el declive de las enfermedades contagiosas el que, en realidad, abrió el
camino en el descenso experimentado, a lo largo del tiempo, por la mortalidad de los jóvenes adultos. Estos, ya sean hombres o mujeres, rara vez fallecen hoy como consecuencia de este tipo de enfermedades. En cambio, los pocos que a esas edades fallecen ahora lo hacen, con mucha mayor probabilidad, como consecuencia de accidentes automovilísticos o de otro tipo. Entre las mujeres de 25 a 30 años, los accidentes causan un tercio de todas las defunciones, y entre los varones de esas mismas edades, los dos tercios. Esta pauta en realidad desde la primera infancia hasta las edades medias, cambiando considerablemente en las edades superiores.
Mortalidad en edades superiores
A medida que las personas se adentran en los cincuenta años de vida sus probabilidades de fallecimiento empiezan a crecer de forma acelerada. En las edades superiores a los 60 años, la gran mayoría de quienes, en ambos sexos, fallecen lo hacen como consecuencia de enfermedades cardiovasculares. Más concretamente, entre dos tercios y tres cuartas partes de las personas de esa edad fallecen por un ataque al corazón o una apoplejía. Es probable que muchos, si no la mayoría, de los fallecimientos por causas cardiovasculares signifiquen degeneración biológica; con todo, los factores sociales (especialmente el stress) suelen guardar relación con las enfermedades hipertensivas coronarias, asociadas a la hipertensión crónica.
El segundo lugar (pero a gran distancia) entre las causas de defunción de las personas de más edad se encuentra el cáncer. Los neoplasmas malignos causan el 13 por 100 de todas las defunciones de mujeres de 60 años o más, y el 16 por 100 de las de varones de esas mismas edades. El tipo de cáncer que produce mayor mortalidad entre las personas de edad es el que afecta a los órganos digestivos, especialmente al estómago, intestino o páncreas. Un tercio de todas las defunciones por cáncer corresponde a esta categoría. El segundo tipo de cáncer más frecuente es el que afecta a la mama y al sistema genito-urinario, y viene a suponer una cuarta parte de todas las defunciones por cáncer. Debo señalar que el cáncer de pulmón, pese a lo mucho que sobre él se ha escrito, no supone sino el 10 por 100 de todas las defunciones por cáncer registradas entre ancianos: su impacto mortífero es mayor en los cincuenta y primeros sesenta que en edades más avanzadas.