Educación Ocupación Ingresos Matrimonio y divorcio Defunción y divorcio Genocidio racial
DOCUMENTO: Importancia decreciente de la religion como característica demográfica. Resumen y conclusiones
CARACTERÍSTICAS POBLACIONALES Y OPORTUNIDADES VITALES
¿Qué supone, en Estados Unidos, ser negro? En términos de oportunidades vitales puede significar que las probabilidades de tener un nivel educativo alto, una ocupación prestigiosa, buenos ingresos y un matrimonio estable sean menores que si se es blanco. Estas diferencias en cuanto a oportunidades vitales no son reflejo de las características personales del individuo, ya sea éste blanco. negro o amarillo, sino que constituyen indicadores de la organización social y económica de la sociedad; es decir, reflejan las caracteristicas demográficas que contribuyen a definir una sociedad.
En este capitulo analizaremos algunas de las más importantes de tales características. como raza y etnicidad. nivel educativo, ocupación. ingresos y estado civil. El análisis de estas últimas cuatro características será realizado, por otro lado, en términos de la pertenencia racial o étnica, tratando de establecer con detalle la medida en que el hecho de pertenecer, en Estados Unidos, a uno u otro grupo racial o étnico incide sobre las propias oportunidades vitales. Una razón importante para tomar conciencia de tales diferencias en las oportunidades vitales es que guardan una estrecha relación con diferencias en el comportamiento demográfico (especialmente con el reproductivo). En Estados Unidos, como en otros lugares del mundo, la mayor natalidad registrada por algunos grupos se ha convertido en una cuestión con trascendencia política. El capítulo concluye con un análisis del genocidio racial.
RAZA Y ETNIA
La población blanca domina la sociedad norteamericana no sólo política sino también demográficamente: representa, en efecto, el 87 por 100 de la población total (según datos referidos a 1978 del U.S. Bureau of Census, 1979d), mientras que la población negra supone el 12 por 100, constituyendo el grupo minoritario más amplio.
A lo largo del último medio siglo el peso relativo de la población negra sobre la población total ha ido aumentando lentamente, a partir del 10 por 00, aproximadamente, que representaba en 1920
(Farley. 1970). En tiempos de la Revolución americana Ios negros suponían cerca del 20 por 100 de Ia población norteamericana, pero el fin del comercio de esclavos junto con la masiva inmigración europea alteraron en el siglo XIX la proporción existente entre la población blanca y la negra.
Con la posterior ralentización (al menos en términos relativos) de la inmigración internacional la mayor tasa de incremento natural de la población negra ha podido reflejarse en un creciente peso relativo de ésta sobre la población total.
El segundo grupo minoritario en importancia, en Estados Unidos, es el constiuido por la población de origen hispánico. Se trata de una categoría acuñada por el Census Bureau (Oficina del Censo) para agrupar a aquellas personas que «indican que ellas mismas, o sus antepasados, proceden de Méjico, Puerto Rico, Cuba, España o de algún país hispano-hablante de Centro o Suramérica» (U.S. Bureau of Census, l976a:37). Las personas de origen hispánico pueden pertenecer a distintas razas, pero la mayoría está clasificada como población blanca. Este grupo representa el 5 por 100 de la población total norteamericana.
La raza y la etnicidad son características que frecuentemente se traducen en desventajas políticas y económicas para unos grupos respecto de otros. En Estados Unidos así ha sido ciertamente en el caso de la población negra, que representa más del 90 por 100 de la población no-blanca. Dichas desventajas se reflejan en esperanzas de vida más cortas (véase Capítulo 6) y en ingresos medios más bajos, incluso a igualdad de nivel educativo y ocupacional con la población blanca. Paradójicamente, esta situacíón de desventaja puede quedar reflejada incluso en la existencia, entre la población negra con alto status social, de familias más pequeñas que las de la población blanca de niveles equivalentes: tener una familia pequeña puede ser parte del mayor sacrificio requerido a los negros para alcanzar el mismo nivel socioeconómico que los blancos. Una de las razones principales para tener una familia reducida es hacer posible una educación más prolongada.
EDUCACIÓN
Si bien existen distintas teorías explicativas de las menores probabilidades que los miembros de grupos minoritarios tienen, en Estados Unidos, de alcanzar un nivel educativo tan elevado como el de la población blanca, el hecho en sí mismo parece estar fuera de discusión. En 1978, una persona negra y con más de 24 años tenía en dicho país un 48 por 100 de probabilidades de haber completado la enseñanza secundaria, probabilidades que en cambio eran del 68 por 100 en una persona de esa misma edad pero blanca. Una persona de origen hispánico, por su parte, tenía en ese mismo año y a esa misma edad tan sólo un 41 por 100 de probabilidades de haber terminado la educación secundaría (U.S. Bureau of Census, 1979g). Por supuesto, los datos referidos a personas de 25 ó más años no permiten percibir con claridad los recientes esfuerzos realizados en Estados Unidos por mejorar la calidad (y cantldad) de la educación ofrecida a los miembros de los grupos minoritarios. La consideración, en cambio, de los sectores más jóvenes (por ejemplo. los comprendidos entre los 20 y 24 años) permite comprobar el resultado de esos esfuerzos.
Tenemos, en efecto, que una persona de 20-24 años blanca tenía en 1977 un 85 por 100% de probabilidades de haber completado la enseñanza secundaria, frente a un 75 por 100 en el caso de una persona negra y un 61 por 100 en el de una de origen hispánico: entre la población más joven el nivel educativo global es más elevado, pero siguen persistiendo las diferencias raciales y étnicas.
Estas se hacen especialmente grandes en el caso de la educación universitaria. En 1977 tenían casi un tercio más de probabilidades que los negros y los hispánicos de contar, a los 20-24 años, con alguna educación universitaria.
Entre 1970 y 1975 todos los grupos experimentaron un aumento en el porcentaje de bachilleres, pero las mejoras fueron claramente mayores entre los negros que entre la población de origen hispánico. De hecho, el desnivel educativo entre blancos y negros se redujo sensiblemente durante ese lustro, prolongando así una pauta iniciada tiempo atrás; la población de origen hispánico, en canibio, perdió terreno en ese área respecto de la población total. Por ejemplo, a lo largo de ese período se produjo un aumento de 8 puntos de porcentaje en las probabilidades de terminar la enseñanza secundaria entre los varones blancos, frente a un aumento de 10 puntos entre los negros pero de tan sólo 4 puntos entre los hispánicos. Con todo, hacia 1978 el porcentaje de jóvenes (de 18-19 años) blancos e hispánicos matriculados en la Universidad era prácticamente el mismo: 23 y 24 por 100, respectivamente. Entre los varones blancos de 18-19 años el porcentaje de individuos matriculados en la Universidad alcanzaba en esa fecha el 36 por 100, es decir, una cifra superior a la registrada entre negros e hispánicos (U.S. Bureau of Census, 1979g).
Otro grupo discriminado que, en Estados Unidos, ha realizado progresos en el terreno educativo es el de las mujeres. Durante largo tiempo tanto hombres como mujeres mejoraron, de forma regular, sus niveles educativos, si bien por lo general los hombres terminaban contando con más años de educación formal que las mujeres. En 1960, casi en el cenit del «baby boom», el 60 por 100 de las mujeres norteamericanas de 25 a 34 años habían completado la enseñanza secundaria, frente al 56 por 100 de los varones de esas mismas edades (según datos del U.S. Bureau of Census, 1976b). Parece ello indicar que en esa fecha el nivel educativo de las mujeres era superior al de los varones (véase Tabla 9.1.). En 1977, en cambio, el 82 por 100 de las mujeres de 25 a 34 años tenían el título de bachiller, frente al 85 por 100 de los varones de esas edades, lo que parece indicar que las mujeres empezaban, en esa fecha, a quedar rezagadas en el terreno educativo.
Lo que estos datos no permiten ver es la medida en que hombres y mujeres continúan su educación más allá del bachillerato en busca de mejores oportunidades profesionales. En 1960, es cierto, el número de bachilleres era ligeramente mayor entre las mujeres que entre los varones: pero en cambio sólo el 13 por 100 de las mujeres con el bachillerato terminado conseguía a su vez un título universitario, porcentaje que entre los varones con título de bachiller ascendía al 26 por 100. Sin embargo, en 1977 las mujeres habían mejorado su situación educativa hasta el punto que, en esa fecha, había un 24 por 100 de probabilidades de que un bachiller femenino, con 25-34 años, fuese también licenciada universitaria. Para los varones de las mismas edades las probabilidades eran del 32 por 100, lo que significaba una diferencia mucho menor de la existente en 1960 entre hombres y mujeres. Por otro lado, tenemos que en 1977 cuanto más baja la edad, menor la diferencia: a los 5-29 años, el 31 por 100 de los varones con título de bachiller eran también licenciados universitarios, mientras que entre las mujeres de esas edades el porcentaje era del 25 por 100; en edades más jóvenes (20-24 años) tenemos que el 36 por 100 de los varones y el 33 por 100 de las mujeres con título de bachiller habían completado al menos dos años de universidad.
La realidad parece ser así que a lo largo de los años sesenta y setenta las mujeres fueron reduciendo diferencias con los hombres en el terreno de la educación superior, lo cual parece razonable inferir
que guarda alguna relación con la posposición del matrimonio y el descenso en la fecundidad. Para las mujeres, como para todo el mundo, reducir las diferencias educativas es importante porque el nivel educativo constituye un indicador decisivo del tipo de ocupación a que se puede aspirar, varones blancos tienen casi dos veces más probabilidades que los negros de ser trabajadores de cuello blanco. Concretamente, en Estados Unidos, en 1975, el 52 por 100 de los blancos (de 16 o más años) empleados, lo estaban en trabajos de cuello blanco frente al 31 por 100 de los negros y el 33 por 100 de los hispánicos (U.S. Bureau of Census. 1 976a).
La ocupación constituye una característica especialmente importante pues es, sin discusión, el aspecto más definitorio, en una sociedad industrializada, de la identidad social de una persona. De ella cabe inferir el nivel educativo y de ingresos, y el lugar y tipo de residencia, es decir, el estilo de vida en general. Constituye además un indicador de status social en la medida en que refleja la posición de cada persona en la jerarquía social. Desde un punto de vista social, la ocupación es tan importante que a menudo es la primera (y en ocasiones la única) cosa que un extraño nos pregunta cuando le conocemos. Se trata en efecto de algo que proporciona información sobre el tipo de conducta esperable de nosotros, así como del tipo de comportamiento esperable de los demás a nuestro respecto. Aunque al lector que crea que «todos somos personas» le resulte dificil aceptarlo, lo cierto es que no hay ninguna sociedad en la que todo el mundo sea tratado exactamente igual. Dado que en cada país existen literalmente miles de ocupaciones diferentes, se hace preciso algún criterio que permita agruparlas en unas cuantas categorías. El Bureau of Census ofrece un esquema clasificatorio que divide a las ocupaciones en diez categorías mutuamente excluyentes.
La primera categoría ocupacional (por lo general la más prestigiosa) es la de «Profesionales, técnicos y similares» (entendiéndose por "similares" las ocupaciones de igual categoría), que agrupa a médicos, abogados, catedráticos de universidad, ingenieros. etc. En Estados Unidos, en 1977, casi el 15 por 100 de los hombres y mujeres blancos, el 14 por 100 de las mujeres de color y el 10 por 100 de los varones de color se encontraban comprendidos en esta categoría.
La segunda categoría («Gerentes y administradores, excepto los agrícolas») comprende a la mayor parte de los funcionarios estatales, al personal directivo de banca a los gerentes de tiendas y comercios y a ocupaciones similares. En 1977 un norteamericano blanco tenía un 15 por 100 de probabilidades de encontrarse en esta categoría, mientras que un norteamericano negro sólo tenia un 6 por 100. Vienen después los «Vendedores», categoría que no requiere mayor explicación, y luego los «administrativos», entre los que se incluyen la mayoría de las ocupaciones de cuello blanco de menor rango, tales como cajeros de banco o contables.
Las ocupaciones precitadas pertenecen todas a la amplia categoría de las ocupaciones llamadas de cuello blanco. En 1977 agrupaban en Estados Unidos al 42 por 100 de la población activa masculina blanca, pero sólo al 27 por 100 de la de color. La mayor parte de las restantes ocupaciones forman parte del grupo genérico de los trabajadores de cuello azul, incluyendo a «Oficios y similares» (carpinteros, fontaneros, etc.). Es ésta una categoría que abarca a una amplia variedad de ocupaciones es la que cuenta con mayor número de varones. Otras ocupaciones de cuello azul son las de «Operarios», que incluye a la mayoría de los obreros industriales; «Operadores de medios de transporte», que incluye a los conductores de camiones y autobuses, y los «Trabajadores no agrícolas», como los obreros de la construcción. Finalmente, las dos categorías restantes no son
exclusivamente ni de cuello blanco ni de cuello azul: «Trabajadores de servicios», tales como empleados de lavanderías, y «Trabajadores agrícolas», que incluye por igual a gestores, supervisores y trabajadores.
Sería un error, por supuesto, fijarse sólo en los varones, pues la participación de la mujer en la población activa y el status de su ocupación tienen efectos demográficos independientes, sobre todo respecto de la natalidad. En 1977 en Estados Unidos las mujeres con 25 o más años económicamente activas representaban más del tercio de la población activa total. Sin embargo, la distribución de las mujeres por niveles ocupacionales pone de relieve la existencla de importantes divergencias respecto de la pauta correspondiente a los varones. Un mayor porcentaje de mujeres que de varones de color eran profesionales o trabajadores técnicos, mientras que entre los blancos los porcentajes correspondientes a ambos sexos eran prácticamente los mismos. Esto es sin embargo engañoso: hay que tener en cuenta que las principales sub-categorías dentro de este grupo son las de enfermero/a y maestro/a de escuela elemental, es decir, ocupaciones dominadas por mujeres pero a menudo consideradas de menor prestigio (e ingresos) que las profesiones dominadas por los hombres. La categoría «administrativos» acoge a una de cada tres mujeres blancas y a una de cada cuatro mujeres de color. Existen asimismo altas proporciones de mujeres en el sector servicios. En general puede verse que entre los varones existe una mucho mayor diversificación ocupacional que entre las mujeres. Como el lector sin duda habrá supuesto, esta pauta no es peculiar de Estados Unidos sino que, prácticamente, es universal.
Una de las principales características distintivas de todo nivel ocupacional es la cantidad de educación formal requerida para poder acceder a él. La estrecha relación existente entre ocupación y educación queda reflejada en el hecho de que en 1970 casi las dos terceras partes de todos los profesionales y técnicos eran licenciados universitarios, así como más de la cuarta parte de todos los gerentes y administradores. En cambio, sólo uno de cada 100 trabajadores de cuello azul contaba con un título universitario (U.S. Bureau of Census, 1970:231). Dado que los miembros de los grupos minoritarios tienen menos probabilidades que los blancos de alcanzar niveles educativos elevados, sus probabilidades de tener ocupaciones de alto prestigio son asimismo menores. Por otro lado tienen, sencillamente, menos probabilidades de tener siquiera trabajo.
En 1975 la tasa de desempleo entre la población negra de más de 16 años era de casi el 15 por 100, es decir, el doble que la registrada entre la población blanca (8 por 100) y algo más que la correspondiente a la población de origen hispánico (13 por 100, U.S. Bureau of Census, 1976a). Como es bien sabido, los niveles de desempleo son particularmente elevados entre quienes no terminan la enseñanza secundaria: ahora bien, en 1974, entre los jóvenes de 20-24 años, la tasa de desempleo para los negros que habían abandonado, sin completar, sus estudios de bachillerato era dos veces y media superior a la de los blancos en la misma titulacíón (28 por 100 frente a 11 por 100. Véase U.S. Bureau of Census, 1975c). Estas diferencias en empleo y status ocupacional se traducen, por supuesto, en desigualdades de ingresos entre los miembros de una y otra raza.
INGRESOS
La desigual distribución de la renta en la sociedad norteamericana no constituye ningún secreto. En 1977, en Estados Unidos, al 5 por 100 más rico de todas las familias correspondía el 16 por 100 de la
riqueza total de la nación, mientras que el 40 por 100 más pobre sólo contaba con el 19 por 100. Ciertamente esta situación representa una ligera nivelación con respecto de la existente en 1947, cuando el 5 por 100 más alto copaba el 18 por 100 de la riqueza y el 40 por 100 más bajo sólo el 17 por 100 (US. Bureau of Census, 1979m). Como puede verse, el cambio ha sido ciertamente reducido. Sin embargo no hay que confundir distribución de la renta con nivel absoluto de ingresos. Desde por lo menos la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos han experimentado un proceso de movilidad económica estructural; es decir, la nación en su conjunto se ha hecho más rica aun cuando la distribución relativa de la renta haya experimentado pocas variaciones. Entre 1950 y 1977 la renta mediana en dólares constantes (es decir, manteniendo constante el poder adquisitivo) casi se duplicó en Estados Unidos: de un valor equivalente al de 8.356 dólares de 1977, registrado en 1950, pasó a un valor de 16.009 dólares en 1977; es decir, experimentó un aumento del 92 por 100 en tan sólo 27 años. Ello supone que en cuanto a ingresos la situación de la familia media norteamericana era dos veces mejor en 1977 que en 1950. Sin embargo, la situación de la familia media había empeorado en 1977 respecto de su situación en 1950.
Una consecuencia de este aumento a largo plazo en la renta ha sido el cambio que se ha producido en el desfase entre los ingresos de blancos y negros. En 1950 la familia media negra contaba con una renta media anual inferior en 3.968 dólares a la de la familia media blanca (calculada en dólares de 1977). En 1960 el desnivel era de 5.430 dólares, es decir, mayor en tamaño aun cuando en términos porcentuales la renta de la población negra había experimentado un aumento del 38 por 100, frente a un aumento del 37 por 100 en la de la población blanca.
En 1970 este desnivel entre las rentas medias de las familias blancas y negras había subido a 5.805 dólares (a pesar del hecho de que la renta de las familias negras había experimentado un incremento del 56 por 100 decenal, y la de las familias blancas, sólo del 34 por 100) y en 1977, fecha en que los ingresos se estabilizan, la diferencia ascendía a 6.598 dólares. La población negra se ha encontrado así en la extraña situación de ver cómo en términos porcentuales su renta crecía más deprisa que la de los blancos al tiempo que en números absolutos quedaba cada vez más rezagada. Este es uno de los paradójicos resultados de la movilidad estructural, es decir, de esa situación en la que toda una sociedad experimenta una movilidad ascendente. Se trata de la única ocasión en que un grupo puede mejorar su situación social y económica sin hacerlo a costa de otro grupo. Al cesar la movilidad estructural cesó asimismo la mejora en términos relativos de la situación de la población negra. A partir de ahí, en efecto, todo aumento en la renta hubiera supuesto la puesta en práctica de una política deliberada y consciente de redistribución de la renta entre los distintos grupos étnicos. Para cualquier individuo en concreto, el nivel de ingresos es por supuesto el resultado de muchos y distintos factores, pero sobre todo de su nivel educativo y ocupacional. La educación facilita la obtención de ingresos elevados al permitir al individuo convertir su nivel educativo en éxito