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MATRIMONIO Y DIVORCIO

In document Weeks John R - Sociologia de La Poblacion (página 162-164)

La capacidad del cabeza de familia para proveer a las necesidades económicas de la familia suele ser aludida, desde distintas perspectivas, a la hora de determinar la probabilidad del matrimonio primero y, una vez contraído éste, del divorcio. El matrimonio puede tener lugar antes y más fácilmente si el cabeza de familia (típicamente, pero no siempre, el varón) tiene un trabajo bien remunereado. Si el empleo es inseguro o el sueldo demasiado escaso el resultado puede ser el divorcio o la separación (en forma, por ejemplo, de abandono de la familia, llamado a veces "divorcio de los pobres"). La consideración de la historia de la formación y disolución de los matrimonios en Estados Unidos viene, en general, a prestar apoyo a estas ideas.

En 1890 más de un tercio de todas las mujeres de 14 o más años (34 por 100) y casi la mitad de todos los varones (144 por 100) estaban solteros. Entre 1890 y 1960 el celibato fue cada vez menos frecuente a medida que las mujeres, y sobre todo los hombres, contraian matrimonio a edades más tempranas. Tan sólo a partir de la década de 1960 ha vuelto a resurgir la pauta del matrimonio aplazado, pero sin alcanzar, ni entre las mujeres ni entre los varones, los niveles anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Los cambios en la popularidad del matrimonio temprano han sido básicamente iguales

entre blancos y negros (Farley, 1970), si bien en general era más probable la soltería en los blancos que en los negros.

La edad cada vez más baja, a lo largo del siglo XX, de contraer matrimonio ha sido, probablemente, resultado de la mejora en el nivel de vida que ha supuesto, para los varones, una mas temprana independencia económica (precondición ésta de gran importancia para poder contraer matrimonio en la mayoría de los paises occidentales. Véase Davis, 1972a). Por otro lado, la mayor difusión y disponibilidad de las técnicas anticonceptivas han contribuido a hacer que el matrimonio no sea ya sinónimo de paternidad casi segura; ello ha facilitado que las parejas se casen antes, en la seguridad de no verse inmediatamente abrumados con el peso de una descendencia.

Sin embargo, desde la década de 1960, la ralentización del crecimiento económico, junto con la dura competencia por los puestos de trabajo originada por la entrada en edad laboral de la generación del "baby boom", ha hecho que resulte más ventajoso para las parejas aplazar el matrimonio para poder así sacar el máximo partido a las oportunidades educativas y de promoción. Una vez casados, las parejas perciben más ventajas en tener una familia pequeña. Las mujeres, por su parte, encuentran preferible, si desean seguir una carrera propia (posibilidad ésta que sólo recientemente se ha abierto a las mujeres casadas), tener pocos hijos, o ninguno (véase Capítulo 13).

En general, en Estados Unidos la sanción social contra los matrimonios tempranos ha ido suavizándose a medida que el bienestar económico de la población se ha incrementado, las leyes reguladoras del divorcio (y las presiones sociales en su contra) se han flexibilizado y ha aumentado el control de la fecundidad. Por otro lado, el control de la fecundidad ha incidido sobre el atractivo del matrimonio temprano: la posibilidad de una relación sexual regular sin riesgo de embarazo puede implicar un menor sentimiento de obligación formal en las parejas jóvenes. De ahí que recientemente los matrimonios tiendan a posponerse.

Existen aún diferencias reales en la probabilidad de contraer matrimonio según la raza, pese a que los cambios, a lo largo del tiempo, han sido similares en los distintos grupos étnicos norteamericanos. En efecto, un blanco tiene más probabilidades de estar casado, y de seguir viviendo con su mujer. que un negro, y en consecuencia, menores probabilidades de estar divorciado o viudo. Si nos fijamos, por ejemplo, en los varones de 25 a 29 años, encontramos que en Estados Unidos, en 1978, el 66 por 100 de los blancos estaban casados y vivían con su esposa, frente a tan sólo el 43 por 100 de los negros. En el caso de las mujeres blancas y negras la diferencia es aún mayor: 72 por 100 frente a 41 por 100, respectivamente (U.S. Bureau of Census, 1979e). A esas edades la viudedad no es, realmente, un problema, pero sí lo es la separación y el divorcio: en 1978 el 8 por 100 de los varones blancos de esas edades estaban divorciados o separados, frente al 16 por 100 de los varones de color. También aquí la diferencia es mayor en el caso de las mujeres: una de cada diez mujeres blancas estaba separada o divorciada, frente a una de cada cinco mujeres de color. Comparaciones similares pueden ser realizadas para otros grupos de edad, pero me he centrado en la población de 25 a 29 años porque se trata de las edades en que resulta especialmente probable que la pareja cuente con niños que puedan resultar afectados por la estabilidad (o falta de estabilidad) del matrimonio.

Quizá el aspecto más preocupante de la inestabilidad sea su posible influencia negativa sobre la vida de los niños. A este respecto cabe señalar que en 1978, en Estados Unidos, el 84 por 100 de los niños blancos menores de 18 años que no estaban aún casados seguían viviendo con su padre y

madre; en cambio, menos de la mitad (44 por 100) de los niños negros de esas mismas edades vivían en esa fecha con sus dos padres (US. Bureau of Census, 1979e). El 13 por 100 de los niños blancos vivian con su madre sólo, mientras que entre los niños negros este porcentaje ascendía al 42 por 100. Entre la población negra el porcentaje de niños que viven con su padre y madre ha disminuido desde 1970, lo que indica una estabilidad matrimonial en este sector de la población menor incluso en 1978 que en 1970. Muy posiblemente esto guarde relación con la ralentización en el aumento de la renta de población negra a partir de comienzos de la década de 1970, como hemos visto antes.

In document Weeks John R - Sociologia de La Poblacion (página 162-164)