Las diferencias en la mortalidad según la clase social constituyen una de las desigualdades más omnipresentes en las sociedades modernas y, sin embargo, apenas si existen estudios sobre el tema.
Ello es debido, fundamentalmente, a la díticultad de obtener los datos precisos. Los certificados de defunción, en efecto, rara vez contienen información sobre la ocupación del difunto, y prácticamente nunca sobre su nivel educativo o de ingresos; y cuando contienen datos referidos a la ocupación, en la mayor parte de los casos indican simplemente jubilado o ama de casa, sin proporcionar ninguna otra pista sobre su status social. Ello hace que para conseguir datos sobre las probabilidades de defunción de los miembros de distintos estratos sociales sea preciso recurrir a estrategias más indirectas. El principal método utilizado es la comparación de registros, como por ejemplo en el estudio de Kitagawa y Hauser (1973) referido a Estados Unidos. El único otro país para el que existen datos razonablemente comparables es Inglaterra. Esta estrategia de la comparación de registros consiste en relacionar los certificados de defunción correspondientes a las personas fallecidas en un año censal con la información censal obtenida sobre dichas personas antes de su fallecimiento. La edad y la causa del fallecimiento se obtienen del certificado de defunción, mientras que los datos censales proporcionan información sobre la ocupación, educación, ingresos, estado civil y raza. Ocupación
Los datos disponibles tanto para Estados Unidos como para Inglaterra indican que cuanto mayor es el nivel de prestigio ocupacional de un grupo, menor su tasa de mortalidad. Entre los varones norteamericanos blancos fallecidos en 1960 entre las edades de 25 y 64 años, las tasas de mortalidad de los obreros superaban en un19 por 100 a la media, mientras que las de los profesionales eran inferiores en un 20 por 100 a la media (Kitagawa y Hauser, 1973). No deja de ser interesante que las tasas de mortalidad más bajas se registrasen entre los trabajadores agrícolas: eran inferiores en un 24 por 100 a la tasa media correspondiente al conjunto de los varones activos. Kitagawa y Hauser agruparon asimismo a los varones en categorías ocupacionales más amplias, encontrando que la mortalidad de los trabajadores de cuello blanco era inferior en un 8 por 100 a la media, mientras que la de los trabajadores manuales superaba a la media en un 7 por 100.
Para Inglaterra, Benjamín (1969) ha reunido información de este mismo tipo referida a las diferencias en la mortalidad, en 1951, según la ocupación. Agrupó las ocupaciones en cinco niveles de clase social y encontró que en la clase más elevada las tasas de mortalidad eran inferiores en un 2 por 100 a la media, mientras que superaban a ésta en un 18 por 100 en la clase más baja. En la clase intermedia las tasas de mortalidad superaban en un 1 por 100 a la media.
Dado que estos datos se referían a varones, Benjamín pensó que podrían estar reflejando riesgos laborales más que aspectos más generales inherentes a los estilos de vida de las distintas clases sociales. En consecuencia, procedió a comprobar los niveles de mortalidad de las mujeres, no expuestas a los riesgos laborales de sus maridos. Utilizando a las esposas como grupo de control Benjamín pudo detectar las ocupaciones claramente peligrosas para la salud de los varones. Por ejemplo, en Inglaterra, en 1951, los sopladores de arena y de vidrío tenían tasas de mortalidad sustancíalmente superiores a la medía, mientras que las tasas de mortalidad de sus esposas sólo superaban ligeramente la media. No obstante, en general, Benjamin encontró que 105 niveles de mortalidad de las mujeres presentaban la misma pauta que los de los maridos.
Al examinar las causas de defunción según la clase social, Benjamín encontro que en las clases sociales más bajas los fallecimientos debidos a enfermedades contagiosas eran más frecuentes. Por
ejemplo, entre los varones activos con edades entre 20 y 64 años las tasas de mortalidad por tuberculosis, bronquitis y neumonía eran entre dos y tres veces superiores en la clase social más baja que en la más alta. Por otro lado, las tasas de mortalidad por enfermedades crónicas tales como trastornos coronarios, cirrosis hepática, diabetes y apoplejía eran uniformemente más elevadas en las clases sociales más altas que en las más bajas.
Los aspectos más importantes de la ocupación y de la clase social que guardan relación con la mortalidad son, incuestionablemente, el nivel de ingresos y el nivel educativo: el nivel de ingresos porque permite comprar protección contra (y cura para) las enfermedades, y el nivel educativo porque ayuda a conocer las formas de minimizar el riesgo de contraer enfermedades.
Ingresos y educación
Existe una llamativa relación, en Estados Unidos, entre el nivel de ingresos y el de mortalidad. Los datos de Kitagawa y Hauser, referidos a 1960, muestran claramente que cuanto más elevados los ingresos, más baja la mortalidad. En las famílias blancas, las tasas de mortalidad de los varones con edades entre 15 y 64 años y con ingresos anuales de 10.000 dólares o más son casi la mitad de las correspondientes a los varones de esas mismas edades pero con ingresos inferiores a 2.000 dólares anuales. Entre las mujeres se registraba una pauta simIlar. Al analizar las diferencias en la mortalidad según la clase social para cada causa específica de defunción, Kitagawa y Hauser tomaron en cuenta solamente la educación. No obstante pudieron observar que los efectos del nivel educativo y del de ingresos tendían a ser independientes el uno del otro: en otras palabras, tener a la vez un alto nivel educativo y un alto nivel de ingresos resultaba más ventajoso que tener sólo uno de ellos.
Al igual que ocurría con los ingresos, cuanto más alto el nivel educativo más bajo el riesgo de defunción. Un varón de raza blanca con estudios primarios tenía, en 1960, un 6 por 100 de probabilidades de fallecer entre las edades de 25 y 45 años, mientras que dicha probabilidad era sólo la mitad para un graduado universitario.
Entre las mujeres el nivel educativo produce diferencias aún mayores, sobre todo entre las situaciones extremas. Una mujer blanca con estudios universitarios tenía, a los 25 años, una esperanza de vida superior en diez años a la de una mujer con tan sólo cuatro, o menos, años de escolaridad.
El riesgo de defunción, en cada una de las causas principales de fallecimiento, es menor para los varones con al menos un año de estudios universitarios que para los que tienen un nivel educativo mas bajo. Las diferencias más pequeñas se registran en el caso de las enfermedades degenerativas crónicas, y las mayores en el de los fallecimientos por accidentes. Esto resulta coherente con lo que, en teoría, cabe esperar que sea el efecto de la educación sobre a mortalidad: aumentar la capaddad del individuo para evitar situaciones peligrosas, de alto riesgo.
Aunque existen pocos estudios para hacer posible un examen más detenido de esta cuestion. resulta claro que, cualquiera que sea el índice de estratificación social utilizado, el status social afecta a la mortalidad. Otras características inerentemnete asociadas con diferencias en el status social son la raza y la etnia.
En la mayoría de las sociedades en que existe más de un grupo racial o étnico, uno de ellos tiende a dominar a los demás. Esto se traduce, por lo general, en desventajas sociales y económicas para los grupos subordinados que con frecuencia se concretan en una menor esperanza de vida para los individuos que los integran. Esto es cierto sin lugar a dudas en el caso de Estados Unidos.
Los datos recogidos por Kítagawa y Hauser en 1960 para Estados Unidos muestran que a cada edad, hasta los 75 años, la mortalidad entre la población de color es superior en más de un 10 por 100 a la mortalidad de la población blanca. Entre las edades de 30 a 40 años las tasas de mortalidad de la población de color son más de dos veces superiores a las de los blancos. Sin embargo, dentro de la población de color existen, a su vez, importantes diferencias. Las tasas de mortalidad, en Estados Unidos, de la población negra son claramente más elevadas que las de la población blanca, y éstas a su vez más altas que las de los americanos de origen japonés. Por ejemplo, en 1960 un varón blanco podía esperar, al nacer, vivir seis años más que un varón negro, pero siete años menos que un varón japonés-amerícano. Las diferencias entre las mujeres eran similares. Estas disparidades en la mortalidad pueden deberse, al menos parcialmente, a diferencias en los niveles de ingresos: en 1959, en efecto, la renta media familiar de los americanos de origen japones era superior a la de los blancos, mientras que la de los negros era inferior a la media nacional. Sin embargo no cabe achacar únicamente a las diferencias de ingresos las desventajas, respecto de la mortalidad, experimentadas por la población de color. Kitagawa y Hauser encontraron también, en efecto, que en Estados Unidos, en 1960, las tasas de mortalidad seguían siendo superiores en un 20 por 100, como mínimo, dentro de cada nivel de estratificación, entre los negros que entre los blancos. También la población de color tiene mayores riesgos de fallecimiento que la población blanca en prácticamente toda las causas principales de defunción.
Estados Unidos es uno de los pocos países para los que existen datos recientes referidos a diferencias étnicas en la mortalidad, pero estudios anteriores pusieron de relieve que en 1931, en la India, los miembros de una secta religiosa llamada Parsi tenían una esperanza de vida al nacer superior en 20 años a la del total de la población india. Esta diferencia parecía ser debida a la posición económica relativamente elevada de los Parsis (United Nations, 1953). De modo similar, en la decada de 1940, antes de la partición de Palestina que dio lugar al Estado de lsrae la tasa de mortalidad entre los musulmanes era dos o tres veces más alta que la de los judíos. Esta diferencia parecía deberse a la mayor proporción de médicos por habitantes existente entre los judíos (United Nations. 1953).