Capítulo VIII Jesucristo es el redentor
6. C RISTO ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL P ADRE
Estas palabras también las recitan en el Credo los cristianos. San Marcos dice: «El Señor Jesús, después de haber hablado con
ellos, fue levantado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). Esta expresión está tomada del Antiguo Testamento y significa que Jesucristo como Dios es igual que el Padre, y que en cuanto hombre ha sido constituido Sacerdote, Rey, Señor y Juez de toda la creación.
1. Cristo es Sacerdote por toda la eternidad
El sacerdocio de Jesucristo no se redujo al momento culmi- nante del sacrificio de la cruz. Toda su vida en la tierra tiene un va- lor sacerdotal, porque intercede continuamente por los hombres y actúa de mediador entre éstos y Dios. Pero también se prolonga a toda la eternidad después de la Ascensión a los Cielos. La epístola a los Hebreos precisa: «Tenemos un Pontífice que está sentado a la derecha del trono de la Majestad de los cielos» (Hb 8, l); y más adelante añade: «Habiendo ofrecido un sacrificio por los pecados, para siempre se sentó a la diestra de Dios» (Hb 10, 12).
2. Cristo es Rey
Reinar significa tener dominio sobre un territorio y sobre unas personas. El Mesías debía ser rey. Jesús afirmó repetidamente que era rey, pero que su reino no era de este mundo, pues era un reino espiritual de verdad, justicia, amor y libertad. Tras la Resurrección, Cristo alcanza la plenitud de la realeza en cuanto hombre. Como Dios siempre le correspondió el dominio sobre toda la creación. Pero ahora esta realeza se aplica también a su humanidad unida a su divinidad.
En el anuncio del ángel a María se le había dicho que «Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el tro- no de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). El último libro de la Sa- grada Escritura dice: «Tiene sobre su manto y sobre su muslo es- crito su nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores» (Ap 19, 16).
Ya se vio cómo el núcleo de la predicación de Jesús era que ha- bía llegado el Reino de Dios. Cristo vence al poder diabólico, y su
consecuencia primera que es el pecado, estableciendo el Reino de Dios. Los que se convierten y tienen fe se incorporan a este Reino. Si al final de su vida han sido fieles, se incorporan al Reino de Dios definitivo en el cielo. A los que mueren en gracia de Dios se les puede aplicar lo que dice el Apocalipsis: «Al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3, 21).
«Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndole con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo, como Víctima per- fecta y pacificadora en el altar de la Cruz, consumara el miste- rio de la Redención humana; y sometiendo a su poder la crea- ción entera, entregara a tu Majestad infinita un Reino eterno y universal: el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santi- dad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz».
(Prefacio de la fiesta de Jesucristo Rey del universo)
3. Cristo es Juez
En todos los símbolos de la fe consta que «Jesucristo vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos». El mismo Jesús, cuando des- cribe el juicio final, dice que vendrá como el Hijo del hombre en su gloria con todos los ángeles, se sentará en su trono de gloria y juzgará a todos según sus obras (Cf. Mt 25, 31-46). San Pablo di- ce también que «en aquel día Dios juzgará los secretos de los hom- bres por Jesucristo» (Rom 2, 16).
Jesucristo, como Juez, juzga del modo más perfecto. En primer lugar, defiende la justicia de Dios sin apartarse ni un ápice de ella; conoce todas las circunstancias que afectan al actuar de los hom- bres del modo más perfecto y total, tanto las que disculpan los erro- res como las que agravan la mala conducta. Conoce las omisiones y las buenas obras desconocidas por los hombres. Su justicia está llena de misericordia; por ello nos proporciona abundante gracia en
esta vida y tiene la máxima comprensión con las debilidades o ma- licias de los hombres.
«Estando nosotros muertos por los pecados nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia estáis salvados—, nos ha re- sucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él». (Ef 2, 5-6)
«Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe, no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios».
(Ef 2, 8)
4. Cristo es Supremo Legislador y Profeta
Una de las afirmaciones más claras de Jesús sobre sí mismo es que Él es «el Camino, la Verdad y la Vida». El cristiano puede al- canzar la verdad y la vida a través de Cristo, que es el Camino.
Jesucristo es el Supremo Legislador. Todo legislador promulga leyes para que sus súbditos puedan alcanzar el bien y ser más feli- ces. La ley suprema es la que conduce al bien supremo y a la feli- cidad suprema. Cristo nos da esa ley, como consta en los Evange- lios. Esta ley es superior a toda ley humana, de modo que una ley que se oponga a la ley de Cristo no debe ser obedecida, porque va contra la voluntad de Dios y no conduce al bien supremo.
Cristo es Profeta, porque la misión del profeta es declarar la verdad que conduce a Dios. Nuestro Señor Jesucristo es la plenitud de la Revelación; por eso se puede decir que es profeta en el senti- do más completo de la palabra.