Capítulo VII Jesús, crucificado
2. L A MUERTE DE C RISTO HABÍA SIDO PROFETIZADA
Muchos son los lugares donde los profetas dicen que el Mesías debía sufrir por los pecados del Pueblo. El mismo Cristo resucita- do explica a los de Emaús que era preciso que el Mesías padeciese «y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue decla- rando cuanto a Él se refería en todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Son característicos los textos del profeta Isaías que forman el lla- mado Poema del Siervo de Yahvé. Así, dirá: «Maltratado y afligi- do no abrió la boca, como esclavo llevado al matadero y como ove- ja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado a un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa cuando era arrancado de la tierra de los vivientes y muerto por las iniquidades de su pueblo, e hicie- ron su sepultura con el malvado y con el rico su sepulcro, aunque él no había cometido violencia, ni hubo engaño en su boca» (Is 53, 7-9). La claridad de esta profecía es meridiana conociendo lo que después sucedió.
1. Jesús predice su Pasión
Jesús anuncia tres veces a los suyos que va a morir, especifi- cando el motivo de su muerte: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los ancianos, de los príncipes, de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y al tercer día resucitar» (Mt 16, 20). Los discípulos no entendieron entonces lo que les quería decir; lo entendieron al ver a Cristo resucitado, cuando se les apareció y les explicó las Escrituras.
Nadie ama más que el que da su vida por sus amigos.
2. La conspiración de los judíos
San Juan es el evangelista que nos refiere con más detalles es- te suceso. Jesús acaba de realizar un gran milagro: ha resucitado a Lázaro. Dice San Juan que «Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él. Pe-
ro algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que habla he- cho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convoca- ron consejo y decían: “¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos milagros” [...] Pero uno de ellos llamado Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: “Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta de que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación”. Esto no lo dijo por sí mis- mo, sino que siendo Sumo Pontífice aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, desde aquel día de- cidieron darle muerte» (11, 45-53).
Estas palabras de la Escritura expresan de manera inequívoca cuáles eran los sentimientos de las autoridades religiosas de Jeru- salén hacia Jesucristo.
3. La Cena
La Cena de Jesús con sus Apóstoles tiene como fondo la cele- bración de la Pascua judía.
En la comida de Pascua de la Antigua Alianza ya se usaban el
pan y el vino. El jefe de la familia explicaba el simbolismo: el pan de la Pascua expresa cómo Dios libera, auxilia y fortalece a su pue- blo. El vino regocija el corazón, anima el cuerpo, lo mismo que la sangre. Constituye además uno de los elementos fundamentales del banquete mesiánico.
Los relatos de la institución de la Eucaristía contienen las pala- bras con que Jesús explicó el nuevo significado del pan y del vino (cáliz, copa) en la Pascua cristiana. La diferencia radical entre am- bas Pascuas es que en la de la Nueva Alianza, ese pan y ese vino se
hacen realmenteel Cuerpo y la Sangre del Mesías Redentor, que se
da en alimento a sus seguidores para comunicarles la nueva vida. En la Cena se encuentran:
— Por una parte, el carácter de banquete de comunión, que en el Antiguo Testamento concluyó la Alianza del Sinaí y fun- dó el Pueblo de Dios (Ex 24). Allí, Moisés derramó sangre
para el perdón de los pecados de todos y preparó la com- prensión del nuevo Moisés, Jesucristo, sacerdote del sacri- ficio del Nuevo Pueblo de Dios. Jesucristo derrama su san- gre por todos, ya que ha bajado del cielo «por nosotros los
hombres y por nuestra salvación» (Credo).
— Pero también la Cena anuncia y anticipa el Sacrificio de Je- sús en la Cruz cuando se dice que su cuerpo es entregado y que su sangre sella una nueva alianza. Se alude a la muerte del Siervo de Yahvé anunciada por los profetas, que es me-
diador entre Dios y los hombres (pontífice) Y Jesús consi-
guió la redención no con sangre ajena, sino con la propia. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía:
— Anuncia la muerte redentora de Jesús. Se destacan en los re- latos las ideas de expiación, sacrificio, entrega, servicio y
amor obediente de Cristo.
— Proclama la alianza definitiva entre Dios y su Pueblo. — Anticipa el banquete mesiánico.
Por otra parte, el pan partido y el vino repartido, evocan la rea- lidad del cuerpo muerto y de la sangre derramada. Pero no se trata de un puro y simple simbolismo, sino de una realidad. La Palabra
de Dios: «esto es mi cuerpo», «esta copa es la nueva alianza sella-
da con mi sangre», realiza lo que anuncia, ya que esa palabra es
siempre eficaz (cf. Biblia para la iniciación cristiana, t. 2, p. 127).
LA MISA ES LA RENOVACIÓN DEL SACRIFICIO DEL CALVARIO
El Sacrificio de Cristo se completó en la Cruz, pero se con- tinúa en nuestros altares. En la Última Cena Jesús instituyó la Eucaristía para que los hombres pudiesen unirse con Él y reno- var su sacrificio de un modo incruento. Por eso dijo: «Haced en memoria mía», añadiendo que de esta manera anunciaban «la
muerte del Señor hasta que Él venga» (1 Co 11, 26). El Sacer- dote en la Santa Misa es «el mismo Cristo» que está glorioso en los cielos, que actúa a través del ministro sagrado que es «otro Cristo» prestando su voz, su cuerpo y su vida misteriosa- mente al Señor. La Víctima es también Jesús presente por la Consagración en la Sagrada Eucaristía. A través de la Santa Mi- sa se aplican a los cristianos los méritos de Cristo. El Concilio Vaticano II enseña: «Nuestro Salvador en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los si- glos hasta su vuelta el sacrificio de la Cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se recibe como alimento a Cristo».
«Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verda-
dera bebida»(Jn 6, 55).
3. JESÚS ES JUZGADO
1. Juicio religioso
Jesús fue prendido mientras hacía oración en el Huerto de los Olivos hacia medianoche, aprovechando la traición de uno de sus discípulos: Judas. Sin esperar al día siguiente, aquella misma no- che se reunieron muchos de los principales de los judíos para juz- garle. Llama la atención tanto el modo cómo le prendieron, de no- che, como la rapidez del falso juicio, como si no quisiesen que nadie le defendiese y así hallar una justificación para matarle, se- gún habían decidido.
Después de buscar diversos falsos testigos llegaron a la causa principal de su acusación: «El Sumo Sacerdote le dijo: “Te conju- ro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Dícele Jesús: “Tú lo has dicho, y os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Padre y venir sobre las
nubes del cielo”. Entonces el Pontífice rasgó sus vestiduras, di- ciendo: “Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?”. Ellos respondieron: “Reo es de muerte”» (Mt 26, 63-66).
El proceso termina con esta acusación de blasfemia. Pero el verdadero motivo del rechazo de Jesús por los jefes de Israel es que se presenta como el Mesías esperado y el Hijo de Dios.
Los judíos que le juzgaban no quisieron aceptar el testimonio de Jesús sobre sí mismo; con una ceguera culpable que les llevará a mentir descaradamente en el juicio ante Pilato y a buscar el ase- sinato de Jesucristo. De esta manera se hicieron cumplidores de lo anunciado por los profetas.
2. Juicio civil
Tras la condena por el Sanedrín, muy de mañana, llevaron a Je- sús ante el tribunal romano. Allí intentaron engañar al gobernador romano diciendo que llevaban a Jesús para que le juzgase sobre cuestiones políticas. De esta manera se desembarazaban de Jesu- cristo y, además, comprometían a Pilato con la muerte de alguien tan famoso ante el pueblo como Jesús.
a) Primer interrogatorio
Los judíos acusaron a Jesús de que «éste perturba a nuestra
nación y prohíbe pagar impuestos al César y que se llama a sí mis-
mo Mesías Rey» (Lc 23, 2). Su secreta intención parece que era
conseguir un juicio rápido y sin comprobar demasiado las acusa- ciones. La mentira es clara en algunos temas como el de no pagar impuestos, pues Jesús sí los pagó y había dicho que se debía dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, con lo que respetaba en su debido ámbito la autoridad de los gobernantes.
Pilato interrogó a Jesús, que le responde: «Mi reino no es de es- te mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis soldados lucharían para que no fuera entregado a los judíos» (Jn 18, 36). Con ello, adaptándose a la mentalidad romana, le dice que su reinado es un
reino espiritual y no temporal o político. Luego, ante la insistencia de Pilato, le aclara en qué consiste su reino: «Tú dices que yo soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad, oye mi voz» (Jn 18, 37).
Después le insinúa al mismo Pilato que todo el que busca la verdad con sinceridad comprende las palabras de Cristo. Pilato cor- ta el interrogatorio con una frase llena de escepticismo: «¿Qué es la verdad?». Con ello da a entender que tampoco cree en Jesús. Después de esto le declara inocente de las acusaciones de los ju- díos: «Yo no encuentro en él ninguna culpa» (Jn 18, 38).
Lo lógico tras esta sentencia era conceder la libertad a Jesús, pe- ro Pilato es débil y quiere quedar bien ante los judíos que acusaban a Jesús. Para ello utiliza el subterfugio de enviarle a Herodes, que estaba entonces en Jerusalén. La estratagema no dio resultado por- que Jesús no habló nada ante Herodes, que sólo quería ver un mila- gro del Señor. Cuando volvió Jesús ante Pilato, dada la insistencia de los judíos, intentó otro sistema de librar a Jesús contentando a to- dos: aprovechar que se concedía durante las fiestas la libertad de un preso, para proponer que eligiesen entre Jesús y Barrabás, que era un asesino. La sorpresa de Pilato fue grande cuando prefirieron a Barrabás, y no sólo los acusadores oficiales, sino una multitud que gritaba «Crucifícale». Ante este enfurecimiento, Pilato intenta un tercer modo de calmar a los acusadores de Jesús: someterle al su- plicio directamente inferior a la crucifixión, que es la flagelación. Algunos de los que pasaban por este suplicio llegaban a morir o, si no era así, el cuerpo quedaba todo deformado y lleno de sangre, de modo que verlo movía a compasión. Una vez realizada la flagela- ción, Pilato colocó a Jesús —que además había recibido muchas burlas y llevaba una corona de espinas que se le clavaba en la ca- beza— ante el pueblo y dijo: «He aquí al hombre» (Jn 19, 6). El pueblo no se movió a compasión, sino que gritaron: «Crucifícale, crucifícale». Pilato insistía en que no encontraba en Jesús culpa al- guna, pero entonces oyó de boca de los judíos el verdadero motivo por el que le querían matar: «Nosotros tenemos una Ley, y según esta Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn 19, 7). Cuando Pilato oyó estas palabras temió más.
b) Segundo interrogatorio
Sorprendido por el odio que rodeaba al Señor, por la afirmación que hace Jesús de sí mismo y la paciencia con que lleva los padeci- mientos, Pilato interroga de nuevo a Jesús diciéndole: «“De dónde eres tú?”. Y Jesús no le dio respuesta. Dícele entonces Pilato: “¿A mí no me respondes?, ¿no sabes que tengo poder para soltarte y po- der para crucificarte?”. Jesús respondió: “No tendrías poder sobre mí si no te hubiera sido dado de arriba. Por esto, el que me ha en- tregado a ti tiene un pecado mayor”» (Jn 19, 9-1 l). La serenidad de Jesús en aquellas circunstancias tiene un valor sobrehumano.
Pilato aduce que tiene poder, como si el poder fuese arbitrario, y pudiese hacer con él lo que le viniese en gana. Jesús le corrige di- ciendo que todo poder viene de Dios y de Él toda su fuerza; por tanto, lo que tiene que hacer es ejercer su autoridad con justicia. Pi- lato se da cuenta de que allí se está librando una cuestión impor- tante, que debe juzgar según conciencia; entonces «buscaba soltar- lo. Pero los judíos gritaron y dijeron: “Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey contradice al César”» (Jn 19, 12). Esta acusación era falsa, porque el reino espiritual no se opone al reino temporal, sino que es de otro orden. Pero Pilato fue débil, se asustó ante las acusaciones y presiones de los judíos y ce- dió, condenando a Jesús, aunque buscó disculparse poniendo a Je- sús azotado delante de los judíos, diciendo: «He aquí a vuestro rey» (Jn 19, 15), como queriendo decir: ¿Qué mal os puede hacer un hombre tan pacífico? Pero los judíos llegaron a decir, contradi- ciendo sus mismos pensamientos: «No tenemos más rey que al Cé- sar» (Jn 19, 16). Entonces Pilato se lavó las manos delante de to- dos, y dijo: «Soy inocente de la sangre de este justo; vosotros veréis» (Mt 27, 24). Y lo tomaron para crucificarlo.
La culpabilidad de Pilato es distinta de la de los judíos, pero él también fue culpable, porque permitió la muerte de un inocente an- te las presiones de que fue objeto.
4. CRUCIFIXIÓN
Tras la condena cargaron a Jesús con su cruz y te condujeron al Calvario, que es un monte que está fuera de la ciudad, junto a las murallas. Es significativo este hecho, porque cuando se debía hacer un sacrificio, según la Ley, por los pecados de todo el pueblo, se ha- cía fuera de la ciudad. Crucificaron al Señor entre dos ladrones.
Entre las palabras que dijo Jesús en la Cruz se pueden destacar algunas que expresan mejor el verdadero motivo de la muerte del Señor: «Y Jesús decía: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”» (Lc 23, 34). Es la máxima expresión del perdón: perdona no sólo a los ejecutores materiales, sino a todos los culpables. La Cruz es un misterio de perdón. Al ladrón arrepentido que le pide entrar en su reino le dice: «En verdad te digo que hoy estarás con- migo en el paraíso» (Lc 23, 43). Luego declaró el sentido mesiáni- co del Salmo 21 al decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34).
Por último dijo: «está cumplido» (Jn 19, 30), con lo que indica que ha cumplido con toda justicia y con todo amor la voluntad del Padre de redimir a los hombres del pecado. Después, «dando una gran voz, expiró» (Mc 15, 37). Una vez muerto no le rompieron los huesos como a los demás crucificados, cumpliéndose incluso en ese detalle las profecías, y le atravesaron el corazón con una lanza, como había profetizado Zacarías.
Los evangelistas señalan cómo se cumplen, en la Pasión de Je- sucristo, diversas profecías del Antiguo Testamento. A la luz de esos anuncios se comprende mejor el significado de la Pasión y Muerte del Señor. Especial valor tienen los pasajes del profeta Isaías que hablan del Siervo de Yahvé. Nos presenta el profeta la figura de un elegido de Dios, que tiene la misión de señalar a los hombres el camino recto e instruirles respecto a la conducta de su vida. Ello le llevará a declarar con valentía, lo que está bien y lo que está mal.
Esta conducta de defensa de la verdad le atraerá ultrajes y des- precios que él acepta sin desfallecer, porque Yahvé le sostiene. La vida intachable del Siervo y su doctrina le acarrearán incompren-
sión, sufrimiento y persecución, hasta culminar en una muerte ig- nominiosa.
Pero, en realidad, se ha entregado a sí mismo por los pecado- res, cuyos pecados llevaba sobre sí, intercediendo por ellos. Dios ha convertido ese sufrimiento expiatorio en la salvación de todos. Algunas de estas palabras de Isaías anticipan, con detalles muy concretos, la Pasión de Jesús:
«Yo no me resistí ni me hice atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban [...] Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos [...]
Tan desfigurado tenía su rostro que no parecía hombre [...] Despreciado y desecho de hombres,
varón de dolores y sabedor de dolencias como uno ante quien se oculta e/ rostro [...] ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba
y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas.
Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus cardenales hemos sido curados [...] Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló
y no abrió la boca.
Como un cordero era llevado al degüello
y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca.
Tras arresto y juicio fue arrebatado [...]
por nuestras rebeldías fue entregado a la muerte y a su muerte está con malhechores».
(Is, 50-53)
1. El cumplimiento del Salmo 21
Este Salmo fue recitado o cantado por los israelitas durante mu- chos siglos antes de Cristo. Con él expresaban los sufrimientos del pueblo y la esperanza que tenían en Dios, que hace que todo resul- te provechoso para todos los que le aman.
Jesús oró en la Cruz al Padre con las palabras de este salmo: «A media tarde, Jesús gritó: “¡Elí, Elí!, ¿Lamá sabaktani?”» (Es decir: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandona- do?»).
(Mt 27, 46. Ver Mc 15, 34) Este grito de Jesús es el comienzo del Salmo 21, oración angustiosa del justo perseguido a muerte, aunque cargada de esperanza.
(Sal 21, 5-6-20) Pero Jesús hace en este momento una proclamación abierta y potente: todo lo que está sucediendo a su alrededor es el cumpli-
miento de la Palabra de Dios, de la profecía contenida en el salmo:
«Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica».
(Sal 21, 19) «Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis hue-