Capítulo III Verdadero Dios
5. L A SANTIDAD DE C RISTO
Durante la Anunciación dice el ángel a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto lo que nacerá de ti será santo, será llamado Hi- jo de Dios» (Lc 1, 35). Ya se había profetizado que el espíritu de Yahvé reposaría sobre Él (cf. Is 11, 1-5). Esta santidad no es sólo la santidad de Jesús como Dios, sino también la santidad del Ver- bo, una santidad plena, perfecta y total. Se trata de la santidad de su humanidad, que es divinizada al comunicarse a ella la del Ver- bo a través de su Persona.
Se pueden distinguir en Cristo tres gracias: la gracia de unión —la unión hipostática considerada como gracia o don—, la gracia habitual o santificante, y la gracia capital en cuanto es cabeza de la nueva humanidad redimida.
1. La gracia de unión. La santidad es unión con Dios, vida ín- tima divina que se derrama en la humanidad concreta del hombre y le hace hijo de Dios, participante de la naturaleza divina.
En Cristo esa unión es la más alta posible, la llamamos unión hi- postática o personal, pues la divinidad y la humanidad de Jesús se unen en la Persona del Verbo. La gracia de esa unión es el mayor don que su naturaleza puede recibir. Es una gracia infinita pues lo es el Verbo. Jesús como hombre es persona en y por el Verbo. No es una filiación adoptiva como la de los hombres que viven en gracia, sino que es una filiación natural. De ahí que no se pueda dar una santidad mayor. Es una santidad sustancial. Esta gracia otorga a Cristo la im- pecabilidad, pues las acciones son de la Persona que es divina.
2. La gracia santificante. Esta unión de la humanidad a la fuente de la gracia que en el Verbo lleva a pensar que también re- cibe la gracia santificante, de un modo semejante a todo hombre, pero a nivel más perfecto.
Por otro lado, Cristo debe tener plenamente la gracia que ha ga- nado para los hombres, pues es la cabeza de toda la humanidad, y a través de Él llegan todas las gracias a los hombres.
La proximidad del alma humana de Jesús al Verbo necesita en su conocimiento y amor a Dios los mayores niveles y esto se con- sigue sólo por la gracia.
Es lógico pensar que también posee los del Espíritu Santo, pues la acción del Espíritu Santo es total en su alma y la santidad más alta de los hombres corresponde a esta actividad.
Con la gracia vienen las virtudes infusas. No se puede decir que Cristo tiene fe, pues este don implica conocer lo que no se ve, y Cristo tiene la ciencia de visión de Dios mismo, y tener la fe im- plica una imperfección. Aunque tiene algún aspecto de la fe como la confianza y la entrega a Dios. Tampoco propiamente tiene espe- ranza pues posee a Dios mismo. Sí espera cosas futuras que con- vienen a su misión como la glorificación de su cuerpo y la salva- ción de los hombres.
La caridad la tiene en el grado más alto. Y éste es el testimonio más grande que no da para que le imitemos. Una manifestación constante de ella es la misericordia y la compasión.
Otras virtudes se ven muy claras en los evangelios: obediencia, fortaleza, paciencia, mansedumbre, sinceridad, sobriedad, casti- dad, generosidad, justicia, laboriosidad, etc. Sin embargo, no se pue- de decir que tiene la penitencia, que es dolor de los pecados, por- que no tuvo ningún pecado, aunque expió por nuestros pecados y satisfizo por ellos.
3. Las gracias actuales y los carismas. Estas ayudas divinas para el bien de los demás o para la propia perfección, pero que son distintas de las habituales, también las tuvo Jesús. Entre ellas po- demos ver la profecía.
4. Cristo tiene la plenitud de gracia, aunque experimentó el crecimiento en las virtudes que al crecer de niño a hombre signifi- can una mayor perfección, como se verá en la ciencia adquirida de Cristo o en la mayor paciencia y amor en el momento de la cruz. No hay equivalencia total con los hombres pues Cristo era también Dios y en este sentido no se da en Él un crecimiento en la santidad. 5. La gracia capital. Cristo es la Cabeza de la Iglesia y Me- diador de todos los hombres, es la Cabeza del Cuerpo místico. San Pablo insiste en esta idea, y añade que es el primogénito de toda criatura (cfr. Col 1, 15-18). Esto significa que tiene una gracia es- pecial, llamada capital, para ser el nuevo Adán y Cabeza de la Igle- sia y de esta gracia dimana toda gracia en la Iglesia y en el mundo. La unión de la Cabeza y los miembros es tan intensa que se puede hablar de una casi persona mística (cfr. Ga 3, 26-27; Col 2, 19).
La gracia capital de Cristo no es distinta de la gracia personal de la Humanidad de Jesús, sino un aspecto de la misma gracia en cuanto es causa de la gracia para los miembros, a su vez es recibi- da en función de la gracia de unión como su raíz y fundamento y la razón de que es el nuevo Adán de la Humanidad regenerada. 6. LAS CIENCIAS DECRISTO
En Cristo existen dos naturalezas: la divina y la humana. Por lo tanto, existen dos modos de conocer: el divino y el humano. Jesús como Verbo tiene un conocimiento increado. Como hombre tiene una inteligencia humana en la que podemos distinguir tres modos de ciencia o conocimiento.
1. La visión beatífica. Es la visión intuitiva de la Divinidad o «ver cara a cara» a Dios (cf. 1 Co 13, 12) o conocer a Dios como es en sí mismo (cf. 1 Jn 3, 2). Hay muchos textos de la Escritura que así lo atestiguan: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo». Jesús testifica lo que ha visto y nunca se manifiesta como un creyente que en el cla- roscuro de la fe camina hacia la luz, sino que ve la intimidad divi- na, al modo como los santos ven a Dios en el cielo que es el don supremo de Dios a los hombres que no podía faltar a Cristo.
Esta ciencia de visión no abarca toda la esencia divina, pues es- to resulta imposible para una mente humana por perfecta que sea. Es decir, no abarca todos los infinitos posibles. La opinión más co- mún es que conoce todo lo presente, lo pasado y lo futuro ya que le afecta como Rey del Universo y Redentor del Género humano. Juan Pablo II enseña que Cristo, «en su condición de peregrino (viator) por los caminos de la tierra, estaba ya en posesión de la meta (comprehensor) a la cual había de conducir a los demás» (Discurso, 4-V-1980).
No es fácil para nosotros entender cómo es al mismo tiempo
viatory comprehensor, es decir, caminar en la tierra y tener la cien-
cia del cielo. Santo Tomás acepta el dato de la Escritura y enseña que mientras era caminante en esta tierra (viator) tenía la gloria en lo más profundo del alma, pero no redundaba en el alma ni en el cuerpo. El gozo de la visión se hace compatible con el dolor tan pa- tente en otras ocasiones. No tenemos demasiadas experiencias en los humanos, pues Cristo es único, pero sí las hay, como el mismo Juan Pablo reseña:
«El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mien- tras se identifica con nuestro pecado, “abandonado” por el Padre, él se “abandona” en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Pre- cisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gra- vedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el peca-
do a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado pre- guntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparen- temente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad in- sondable de la unión hipostática.
Ante este misterio, además de la investigación teológica, pode- mos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teo-
logía vivida” de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones pre- ciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los Santos han vivido
algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruzen la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En el Diálogo de la Divina Provi-
denciaDios Padre muestra a Catalina de Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: “Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí mis- ma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente”. Del mismo modo Teresa
de Lisieuxvive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angus- tiado: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, com- prendo algo”. Es un testimonio muy claro. Por otra parte, la misma narración de los evangelistas da lugar a esta percepción eclesial de la conciencia de Cristo cuando recuerda que, aun en su profundo dolor, él muere implorando el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23, 34) y ex- presando al Padre su extremo abandono filial: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46)» (Novo Millennio ineunte, 6-I-2001).
2. Ciencia infusa. Es aquella que no se adquiere por el trabajo de la razón, sino que es infundida por Dios en el alma. Jesús sabía lo que había en el corazón de Natanael, la vida anterior de la samarita- na, lo que discuten los discípulos a sus espaldas, que Lázaro ha muerto sin que nadie se lo diga, predice la negación de Pedro y la de-
fección de los discípulos, anuncia su muerte y su resurrección, anun- cia el fin del mundo y la destrucción de Jerusalén. Todo son mues- tras de un conocimiento sobrenatural distinto del humano natural.
3. Ciencia adquirida. Jesús tiene inteligencia humana y ad- quiere conocimientos como todo hombre: niño, adolescente, hom- bre, conocer gente nueva, dialogar, ver un terreno nuevo. Este mo- do de conocer es una perfección humana, por lo tanto, la tenía. Para nosotros resulta difícil saber cuándo conoce con uno o con otro, pe- ro es frecuente que Jesús pregunte, aunque sea sólo para enseñar preguntando, pero es aceptable que su Madre y José le enseñasen cosas como las costumbres del país. Santo Tomás dice que abarca todo aquello cuanto puede ser conocido por la acción del entendi- miento agente, es decir, que es limitada en cuanto la adquiría por los sentidos y progresaba como en los demás hombres, pero era ili- mitada en cuanto a la capacidad de la inteligencia.
A este respecto Jesús está exento de error y de ignorancia. Él mismo dice que es «El Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Error es considerar falso lo que es verdadero y viceversa; ignorancia es desconocer algo que debe conocerse y es una imperfección. En Je- sús no cabe ni uno ni otra pues van contra la dignidad de la Persona divina y contra la misma Providencia divina que no dota a la natura- leza humana de lo conveniente para su misión. Sí se da, en cambio, la nesciencia, pues su alma humana no era omnisciente. La ignoran- cia del día del juicio parece algo querido deliberadamente por Dios.