Capítulo III Verdadero Dios
3. E NSEÑANZA DE LA IGLESIA
1. El Concilio de Calcedonia
La Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, tiene la misión de enseñar la verdadera fe.
Aunque ya quedó clara la divinidad de Cristo en el Concilio de Nicea, la declaración del Concilio de Calcedonia dice:
«Siguiendo a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Se- ñor Jesucristo, perfecto en la divinidad y perfecto en la huma- nidad, verdadero Dios y verdadero hombre, de alma racional y de cuerpo, consubstancial al Padre en cuanto a la divinidad y consubstancial con nosotros en cuanto a la humanidad, seme- jante en todo a nosotros menos en el pecado; engendrado del
Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad y, él mismo, en los últimos días, por nosotros y nuestra salvación, engen- drado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto a la humani- dad».
Las últimas declaraciones del Magisterio de la Iglesia insisten, ante esos nuevos brotes de nestorianismo, e incluso de arrianismo, y enseñan que Cristo es la revelación plena del Padre y del Amor divino, precisamente porque es Dios (21-XI-1970).
2. Explicación teológica de este misterio
En el Concilio de Calcedonia se afirma que en Cristo hay dos naturalezas y una persona, pero no llega a definir filosóficamente esos conceptos, apela a la experiencia humana universal que siem- pre ha distinguido entre el individuo y su naturaleza. El progreso era grande, pero se hace necesario un avance metafísico para no re- caer en antiguos problemas.
Santo Tomás definirá a la persona como «sustancia completa que subsiste por sí separadamente de las demás» (III, q. 16. a.12 ad 2).
La palabra subsistencia se convertirá así en concepto clave pa- ra entender la noción tomista de persona. La persona es tal, porque, siendo sustancia completa, subsiste por sí separadamente de las de- más sustancias. Tomás de Aquino situará no en la subsistencia en sí misma, sino en la Persona del Verbo la razón por la que la hu- manidad de Cristo —que es completa— no se puede decir que sea persona humana.
Si se acude a lo más profundo se llega a que la persona es cons- tituida por su acto de ser (esse) que da el ser a su forma (alma) y a su cuerpo en una unidad viva. Este acto de ser (la persona) es dife- rente a todo otro individuo y se relaciona con los demás en una re- lación de amor sin la cual queda incompleta en su realización. Si se reduce la persona a alguna de sus manifestaciones se pierde su sentido original y no sólo no se puede explicar el misterio de Cris- to, sino que no se puede explicar acabadamente ni a un hombre
cualquiera. Unos lo reducen al pensamiento (Descartes), otros a la autoconciencia o consciencia de sí (Günther), otros a la apertura al ser (Rosmini), otros a la tendencia al infinito que queda colmada cuando Dios responde a esa tendencia (Rahner). No se distingue la persona de sus manifestaciones y entonces es muy difícil, si no im- posible, ver la persona divina en Cristo pues se la confunde con realidades de su humanidad y es fácil llegar a decir que es perso- na humana, cuando la persona en Cristo es la persona divina del Verbo.
Ésta es la explicación, en Cristo el esse es el esse divino, no co- mo en los hombres que es un acto de ser participado del esse divi- no. El misterio de Cristo es que su persona, su ser divino, que es infinito, sustente y dé vida a una naturaleza humana perfecta, es de- cir, alma y cuerpo, pero que no tiene un ser (persona) humano, si- no divino. Esto es posible por la Omnipotencia divina. La dignidad humana no queda disminuida por no tener un ser (persona) huma- no, sino que queda dignificado por tener un ser (Persona) divino que le actualiza su existir como verdadero hombre. Un ejemplo puede ser considerar cómo el cuerpo humano es muy semejante al de un animal, pero tiene un alma humana que le hace pensar, ser li- bre, querer, amar, a un nivel mucho más alto que los animales. Pues en el caso de Cristo se va más al fondo: tiene cuerpo humano, pen- sar humano, libertad humana, amor humano; pero además tiene un nivel divino (la Persona) y con él un pensar divino, un querer divi- no, un amor divino, una omnipotencia, una preexistencia al mundo porque es eterno, es decir, todas las características del verdadero Dios, pero unidas personalmente a la humanidad.
Si se piensa que la unión se hizo en la naturaleza, se incurre en el error monofisita que niega lo humano en Jesús. Si se afirma que la unión es accidental, se podrán decir cosas muy hermosas de Cristo hombre, cómo ama, cómo reza, cómo eleva lo humano a ni- veles sublimes, su compasión, su libertad, su ejemplo, su doctrina, pero no es Dios, sino sólo un hombre santo, quizá el más santo, pe- ro nada más que un hombre. Éste es el problema.
En los hombres la persona hace ser alguien ante Dios y para siempre. Alguien que libremente debe amar a Dios y a los demás,
porque tiene un acto de ser. En Cristo al ser la Persona divina su acto de ser que es el acto de ser por esencia, su relación principal es con el Padre y con el Espíritu Santo. Después transparenta esa libertad y ese amor en lo humano de Jesús que refleja esa Luz in- terior del que es Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, y se relaciona con los hombres de un modo nuevo con una relación de amor divino humana. Jesús es Hijo natural de Dios, no hijo adoptivo. Y la Virgen María es Madre de Dios, no de la divinidad, porque la maternidad se dirige a la Persona, que es divina.