LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA EN MÉXICO
3.4. Concepto de psicoanalista.
3.4.3. Campo de trabajo del psicoanalista.
Se puede comenzar ésta sección, por señalar que en el psicoanálisis el campo de trabajo está dado por una serie de campos o espacios en los que el analista desarrolla su quehacer. En términos de Herrmann (1996), el campo analítico está representado por muchos campos que se entrelazan, y sólo cuando se separan y se rompen se permite ver la lógica de las emociones, el deseo que las sustenta.
Considerando eso, se podría entonces hablar de espacios que van del lugar físico en donde se realiza la labor de análisis, ya sea éste un consultorio, o una sala por ejemplo, hasta espacios que evocan constructos ficticios pero reales, por que en esos espacios están las personas involucradas en el análisis, esto es, que los pacientes en sesión pueden llegar a constituir un espacio de trabajo, real a través de la imaginación –por decirlo de alguna manera-.
A partir de ahí, se puede hablar entonces en primer lugar, de lo que implica el comúnmente denominado encuadre, esto en cuanto a espació físico de trabajo. Aguado y cols. (1999) señalan que además de algunas condiciones básicas en el tratamiento tipo, como son el privilegiar la palabra, el silencio como comunicación pasiva y la aceptación de la exclusión del cuerpo; se puede agregar en el encuadre otros requisitos como son el establecimiento y respecto de un horario, de una periodicidad y del pago de las sesiones. Por su parte, Pérez Álvarez (2002) indica que el espacio psicoanalítico también está conformado por el uso del diván, el trabajo sobre silencios, la toma o no de notas, entre otros. Para Herrman (1996), en la clínica, lo poco importante es lo que suele llamarse en inglés setting1, o “marco” –que es como prefiere llamarlo el autor-, éste marco sería todo lo que encierra el proceso analítico, desde la formación de una clientela hasta el montaje de un consultorio, los horarios y rituales, el teléfono, la secretaria, el diván, el sillón, dar o no dar la mano de entrada, conversar o no sobre cine, sobre dinero, sobre lo que el paciente debe hacer al día siguiente. Más es todo, menos lo que cuenta, y es que en la clínica lo importante es la interpretación. El marco que encierra a la terapia analítica, con su campo transferencial y su interpretación, constituye un bordo de sensatez, y cuanto más simple mejor. Cabe aclarar que para éste autor, la interpretación sería algo así como la búsqueda de la elucidación lógica de las emociones sin cuidarse en principio de las teorías del psicoanálisis ni de la historia infantil, que le serán dadas por añadidura; y el campo transferencial, sería aquello que revela a un hombre distinto en aquel ser cotidiano que entra en un consultorio, un hombre desconocido de sí mismo, pero
1Puede entenderse por ésta palabra: 1) el tiempo, lugar, y circunstancias en las cuales algo ocurre o se desarrolla, 2) el
tiempo y lugar de la acción de una obra literaria, dramática o cinematográfica, y 3) el escenario utilizado en una producción teatral o fílmica.
profundamente verdadero. En éste concepto, la clínica se semeja a un juego infantil donde se crea una situación de “mentira” en la que el niño puede experimentar verdades de otro modo intangibles aún, por ejemplo, el ser madre, o ser ratero, o un muerto, o nacer de nuevo, etc., etc. Entonces, en la clínica se armaría un campo de “mentira” en el que se crea un hombre nuevo, el hombre psicoanalítico, el cual revelará la verdad del paciente, la sucesión lógica de sus emociones, su sentido desconocido hasta entonces. Tal hombre psicoanalítico contiene todo lo que el campo transferencial es capaz de revelar al paciente y al analista. En cuanto al marco se refiere en este proceso, se puede decir que éste funciona como límite y guardián del espacio transferencial, donde la supresión de la realidad cotidiana identifica lo real el deseo. De ahí que para practicar psicoanálisis se necesite básicamente un espacio cerrado y en buena medida constante. Más el insistir en el marco o setting puede ser síntoma de resistencia por parte del analista, y de ésta manera el contrato analítico se podría transformar en una especie de código preferencial en el que el paciente se acostumbre a comunicar sus emociones por medio de él, ya sea atrasando el pago, olvidando una sesión, telefoneando a altas horas de la noche o simplemente yendo al baño. Cuestión de la cual debe dar cuenta el analista.
Por tal razón, es decir, la insistencia en el marco, el paciente podría decidir a abandonar el tratamiento, pues lo haría utilizando el setting como pretexto, por ejemplo, quejándose de la rigidez de horario, o el costo del análisis. Más se debe considerar su queja como algo más respetable de lo que aparenta, pues podría estar denunciando un área acumulada no interpretada, que funciona en el momento como psíque enloquecida y condensada en el marco del análisis. Por tales razones el autor propone entre otras cosas que un consultorio debe ser un lugar que no se imponga como tema. Silencioso, tranquilo, estable, sobre todo lo menos notorio posible. Su espacio físico y decoración reflejan el gusto y estilo del analista, pero no es con todo, su bandera. Por el contrario, el ascetismo de algunas salas, hace parecer que en ese lugar solo se va a hacer análisis, por ello debe ser rechazado, pues es un espacio espectacularmente despojado y como tal una interferencia. Del analista, bien podría decirse que no es necesaria su cara de analista, como tampoco son útiles su demostraciones de falsa neutralidad, pues la verdadera neutralidad es inaparente. No obstante, éstas sugerencias para el analista y su consultorio, el autor es conciente de que como todos los consejos, nunca se cumplen al pie de la letra, por lo que lo valiosos sería aquello que emane con naturalidad y más que interferir ayude a descifrar la lógica de las emociones, de tal manera que el resto no influya.
Por otro lado, Bleichmar y Leiberman (1997) señalan que predominantemente la clínica, con su práctica, sus resultados y sus dificultades, es el lugar en donde los psicoanalistas prueban sus hipótesis. Y dentro de la clínica la sesión analítica sería la zona de estudio y de desarrollo del psicoanálisis, esto es, la sesión es el instrumental de trabajo, el campo donde se generan las hipótesis y se tratan de probar sus teorías; por tal razón quizá es que se tenga problemas con otros especialistas; y sin embargo se coincide con aquellos que creen que las propuestas psicoanalíticas son metáforas o construcciones auxiliares con las cuales se trata de dar cuenta de lo que ocurre en la sesión. Éste campo es ajeno a los recursos tradicionales de la ciencia y, por tanto, crea una situación difícil de entender. Ahora bien, en esa sesión analítica, el objeto de conocimiento del psicoanalista es el paciente con su realidad psíquica accesible a su metodología y esos son los únicos hechos que se pueden comprobar, independientemente de su génesis y su desarrollo anterior.
Considerando lo anterior, se puede hacer la pregunta acerca de qué tipo de pacientes puede atender el psicoanálisis y qué implica. Tratando de dar respuesta a tal cuestión se indica que Al analizar el Yo, Freud (1999), logró la diferenciación clínica de las psiconeurosis en neurosis de transferencia y afecciones narcisistas. En las primeras existe una carga libidinal que tiende a la transferencia hacia otros objetos, ésta libido es utilizada para la práctica del tratamiento analítico (aquí se pueden ubicar la histeria y las neurosis obsesivas. En las perturbaciones narcisistas, hay una retracción de la libido de los objetos y, en la época del ya mencionado, eran poco accesibles a la terapia analítica; no obstante ya se trabajaba en su comprensión (aquí se solían ubicar la demencia precoz, la paranoia y la melancolía).
A partir del desarrollo que ha tenido el psicoanálisis hasta nuestros días, gracias a los autores postfreudianos, el espectro de pacientes accesibles al método de la disciplina se ha ampliado permitiendo investigar y atender a psicóticos, fronterizos o estructuras narcisistas. La ideología psicoanalistas cambio de ser una perspectiva más psicopatológica encargada de resolver síntomas, a un trabajo de mayor profundización en la estructura de personalidad que permite aumentar las perspectivas de vida y la creatividad del individuo (Bleichmar y Leiberman, 1997).
Ahora, acerca de cuáles serían las implicaciones del tratamiento, Davil (1983) refiere que, en la práctica todos los psicoanalistas utilizan dos técnicas: el psicoanálisis puro (clásico o tipo) y la psicoterapia analítica, esto, independientemente de los enfoques teóricos que se puedan utilizar. En el caso del psicoanálisis puro, lo común es que el paciente esté acostado y verbalice todo lo que se le vaya ocurriendo, mientras que el analista escucha en silencio sentado detrás del diván. Es como un encuentro en el que tanto analista como analizado “van a descubrir y hacer revivir la infraestructura inconsciente de
los síntomas actuales y reconstruir sus orígenes en la vida infantil. Para poder comprender mejor y hacer un recorrido por la subjetividad actual del paciente, son dos arqueólogos que van a excavar en el pasado enterrado, van a juntar los recuerdos, a clasificar los “hallazgos”, hacer un índice con los “restos” y a imaginar lo invisible...” (p. 11). En cuanto a la psicoterapia analítica, que es una técnica que implica la modificación y el uso diferente de la relación transferencial, se puede decir que el diálogo desempeña un papel más importante y no se utiliza el “encuadre analítico”. Las razones por las cuales se elige el uso de éste formato, se debe a que en ocasiones el paciente no acepta el análisis tipo, pues le parece absurdo o bien insoportable, por lo cual el analista debe renunciar a utilizarlo, desde el comienzo o ya entrado el tratamiento, para ello explica que no es posible utilizarlo por la personalidad del paciente, los ejemplo más frecuentes serían los de: estado límite (o borderline) o psicosis potencial. En otras palabras:
“..., los límites del análisis (en su formato tradicional) corresponden a la imposibilidad de mantener la seguridad existencial, el sentido de la realidad y la identidad del analizado en el momento de la regresión y de los movimientos de la libido durante el tratamiento.” (p. 13)
En cuanto a lo que pasa con el cuerpo en la relación analítica, se explica que en el análisis clásico la regresión provoca que las personalidades llamadas límite, experimenten dificultades en el nivel del narcisismo, de la imagen corporal y de la simbolización. Esto es, cuando el analizado del tratamiento clásico asocia libremente, se comunica con su inconsciente a través de palabras que son símbolos. Si el paciente regresa a un estadio anterior, en la que la unidad de sí mismo es una imagen corporal arcaica que se expresa mediante una simbolización anterior al lenguaje, ¿Cómo podría el analista comunicarse con él con palabras?.
En general se tiene pues que, muchas veces dependiendo del caso con el que el psicoanalista trate se modificará la técnica. Más debe entenderse que el psicoanálisis cada vez es más capaz de atender a personas con diferentes tipos de padecimientos, gracias a la modificación y adaptación de método de trabajo; y gracias también al contacto más que directo con el sujeto y su subjetividad en el campo de trabajo.