Ilse Kinkovsi llevó a Dragosani sin más demora a la buhardilla, le mostró el cuarto de baño que, de manera sorprendente, era en verdad muy moderno, y se dispuso a marcharse. Las habitaciones eran muy bonitas: paredes encaladas, vigas antiguas de roble, armarios y estantes de madera barnizada. Dragosani comenzó a sentirse más contento. Y ahora que la muchacha se mostraba más distante, él comenzó a sentir cierta simpatía hacia ella, o mejor dicho, hacia toda la familia Kinkovsi. Después de la hospitalidad con que lo habían recibido padre e hija, sería una torpeza que cenara solo en la habitación.
—Ilse —la llamó en un impulso—, quiero decir, señorita Kinkovsi, he cambiado de parecer.
Me gustaría cenar en la granja. En verdad, yo pasé mi infancia en una granja, y no será algo nuevo para mí. Y trataré de no molestarlos. Así que... ¿a qué hora cenamos?
Ella se volvió mientras bajaba la escalera y le dijo:
—En cuanto usted se haya lavado y baje. Lo estaremos esperando. —En su rostro no había ahora ninguna sonrisa.
—¡Ah, entonces bajo en dos minutos! ¡Gracias!
Mientras los pasos de la joven en la escalera se alejaban hasta desaparecer en el silencio, Dragosani se quitó rápidamente la camisa, abrió una de las maletas y encontró todo lo necesario para afeitarse, toalla, pantalones limpios y planchados y calcetines también limpios.
Diez minutos más tarde bajó deprisa las escaleras, salió de la casa de huéspedes y encontró a Kinkovsi esperándolo en la puerta de la casa de labranza.
—¡Perdón, perdón! ¡He venido tan aprisa como he podido!
—No tiene importancia —dijo el otro y le cogió la mano—. Bienvenido a mi casa. Entre, por favor. Cenaremos enseguida.
Adentro uno se sentía un poco claustrofóbico. Las habitaciones eran amplias pero de techos bajos, estaban pintadas en tonos oscuros y la decoración era de estilo «rumano antiguo». Una vez en el comedor, Dragosani se encontró sentado frente a una ventana, en uno de los lados de una enorme mesa cuadrada que podría haber acomodado a una docena de comensales. La iluminación era tan escasa que el rostro de Ilse —que después de ayudar a servir a su madre se había sentado en el lado opuesto— era apenas una vaga silueta en penumbras. A la derecha de Dragosani se sentaron Hzak Kinkovsi y su esposa —esta última cuando acabó con sus tareas—, y a la izquierda los dos hijos varones del granjero, dos chicos de unos doce y dieciséis años de edad, más o menos. Una familia campesina como tantas.
La comida era simple, abundante y merecedora de que se le hicieran todos los honores.
Dragosani expresó su aprobación e Ilse sonrió mientras Maura, su madre, muy satisfecha por los elogios, decía:
—Pensé que vendría hambriento. ¡Es un viaje tan largo! ¿Cuántas horas tardó desde Moscú?
—¡Muchas, pero me detuve para comer! —respondió sonriente Dragosani. Y luego, recordando el viaje, continuó hablando con una expresión de desagrado en el rostro—: Hice dos comidas, y las dos fueron malas y muy caras. Después dormí un par de horas en el coche, a la salida de Kiev. Y vine por la ruta de Galatz, Bucarest y Pitesti, para evitar los puertos de montaña.
—Es un camino muy largo —observó Hzak Kinkovsi—, mil seiscientos kilómetros. —Eso, si yo fuera un pájaro y volara en línea recta —respondió Dragosani—. ¡Pero no lo soy! Según el cuentakilómetros de mi coche, son más de dos mil kilómetros.
—¡Y sólo para estudiar la historia local! —exclamó el granjero, meneando la cabeza. Ya habían terminado la cena. El viejo campesino (no era viejo en realidad; su piel no estaba marchita por los años sino curtida por el trabajo a la intemperie), se echó hacia atrás en su silla a fumar una pipa de cerámica llena de perfumado tabaco. Dragosani encendió un cigarrillo Rothmans; Borowitz le había comprado un paquete de doscientos en una tienda de Moscú que sólo podía frecuentar la élite del partido. Los dos chicos se fueron a terminar con los trabajos del día y las mujeres se retiraron a lavar los platos.
La observación de Kinkovsi sobre la «historia local» había sorprendido al principio a Dragosani, pero luego recordó que ésa era la razón que había dado para justificar su presencia en el lugar. Aspiró el humo de su cigarrillo, y se preguntó cuan lejos podía llegar
con sus explicaciones. Por un lado, se suponía que era un empresario de pompas fúnebres, y tal vez no llamara la atención que sus inclinaciones fuesen un tanto morbosas.
—Sí, podemos decir que se trata de la historia local, pero en ese caso también podría haber ido a Hungría, o haberme quedado en Moldavia, o cruzado los Alpes hasta Gradea. O haber ido a Yugoslavia, o incluso haber llegado por el este a un lugar tan lejano como Mongolia.
Todas estas regiones tienen algo en común que me interesa, pero ésta me atrae más que ninguna, porque aquí está el lugar donde nací.
—¿Y qué es lo que tienen en común que le interesa? ¿Las montañas? ¿O quizá las batallas? ¡Dios sabe la de guerras que ha conocido mi país!
Kinkovsi no había entablado esta conversación por cortesía, sino porque estaba realmente interesado. Escanció un poco más del vino de la hacienda —hecho con las uvas del lugar, y de una excelente calidad— en la copa de Dragosani y volvió a llenar la suya.
—Creo que las montañas son parte de eso —dijo el hombre más joven—. Y en este lugar del mundo, también las batallas. Pero la leyenda en su totalidad es mucho más antigua que cualquier historia que podamos recordar. Es posible que sea tan vieja como las mismas montañas. Es algo muy misterioso... y muy horrible.
Dragosani se inclinó hacia adelante y miró fijamente los lacrimosos ojos de Kinkovsi.
—¡Bueno, no me mantenga en suspenso! ¿Cuál es su misteriosa pasión, esa búsqueda tan antigua?
El vino era muy fuerte, y disipó casi por completo la habitual cautela de Dragosani. Afuera el sol se había puesto y la penumbra parecía envolverlo todo en una capa de humo azul. Desde la cocina llegaba el tintinear de los platos y un apagado rumor de voces. En otra habitación se oía el grave tic tac de un reloj. Era el escenario perfecto. Y esos campesinos, tan supersticiosos...
Dragosani no pudo resistirlo.
—La leyenda de la que hablo —dijo lentamente, pronunciando con claridad las palabras— es la del vampiro.
Kinkovsi, atónito, no dijo nada durante un instante. Y luego se echó atrás en la silla y se echó a reír estrepitosamente, palmeándose los muslos.
—¡Ja, el vampiro! Tendría que haberlo adivinado. Cada año son más las personas como usted, y todos buscan a Drácula.
Dragosani se quedó pasmado. Por cierto que no era ésta la reacción que había esperado encontrar.
—¿Las personas como yo? ¿Cada año? Me parece que no entiendo...
—Ahora que se han levantado un poco las restricciones, que han abierto un poco su precioso telón de acero, vienen de América, de Inglaterra y de Francia, y hasta hay unos pocos de Alemania. La mayoría son turistas curiosos, pero también hay profesores y académicos. Y todos vienen en busca de esa «leyenda», de esa mentirosa leyenda. ¡Les he tomado el pelo a tantos, en esta misma habitación, fingiendo que tengo miedo de ese... de ese Drácula! ¡Si serán tontos! Todos, hasta los «campesinos ignorantes» como yo, saben que esa criatura es un personaje de una novela que escribió un inglés muy listo a principios de siglo. Sí, y no hace más de un mes pusieron una película con ese título en el cine del
pueblo. Usted no puede engañarme, Dragosani. No me sorprendería nada descubrir que usted es el guía del grupo de ingleses que estoy esperando. Llegarán el viernes. Y también ellos están buscando a ese vampiro tan malo.
—¿Académicos, dice usted? —Dragosani hizo lo posible para disimular su confusión—.
¿Sabios?
Kinkovsi se puso de pie y encendió la lámpara eléctrica que colgaba del techo, en el centro de la habitación. Chupó con fuerza la pipa, que volvió a encenderse.
—Académicos, sí. Profesores de Colonia, Bucarest o París. Han venido en los últimos tres años, todos armados con libretas, fotocopias de mapas antiguos y de documentos, cámaras fotográficas, libros de notas y... ¡y toda clase de cosas!
Dragosani ya se había recuperado.
—Y también con libretas de cheques, ¿no es verdad? —dijo Dragosani con una sonrisa forzada.
Kinkovsi lanzó otra carcajada.
—¡Claro que sí! También con dinero. He oído decir que en los puertos de las montañas las tiendas de los pueblos venden pequeños frascos llenos de tierra del castillo de Drácula. ¡Por Dios! ¿No es increíble? Pronto le tocará el turno a Frankenstein. Lo he visto en una película y es realmente terrorífico.
Dragosani comenzó a encolerizarse. De manera ilógica, sentía que también él era el blanco de las bromas de Kinkovsi. Así que el bobalicón no creía en vampiros; le hacían morir de risa, eran como el Yeti, o el monstruo del lago Ness: atracciones para turistas surgidas de antiguos mitos y de cuentos de viejas...
Y entonces y allí mismo, Dragosani se juró que...
—¿Por qué tanta charla sobre monstruos? —Maura Kinkovsi vino de la cocina secándose las manos en el delantal—. ¡Ten cuidado, Hzak, y no tientes al demonio! También usted, Herr Dragosani. Hay cosas en los lugares remotos que la gente no comprende.
—¿Qué lugares remotos, mujer? —preguntó riendo su marido—. Aquí tienes a un hombre que ha venido desde Moscú en poco más de un día, un viaje que antes hubiera llevado una semana, y aún más, y tú hablas de lugares remotos, aislados. ¡Los lugares remotos y solitarios ya no existen!
«Sí que existen —pensó Dragosani—. Su tumba es un lugar terriblemente solitario. Lo he percibido en ellos; he sentido una soledad que ellos mismos ignoran... hasta que el contacto conmigo los despierte...» —Sabes lo que quiero decir —replicó con brusquedad la mujer de Kinkovsi—. Se dice que en las montañas todavía hay pueblos en los que clavan una estaca en el corazón de la gente que muere muy joven, o sin causa aparente, para estar seguros de que no volverán. Y a nadie le parece mal —Esto último lo dijo mirando a Dragosani—. Es sólo una costumbre, como quitarse el sombrero cuando pasa un cortejo fúnebre.
También Ilse hizo su aparición, e intervino en la charla.
—¿Usted también es un cazador de vampiros, Herr Dragosani? ¡Son gente tan enfermiza y tenebrosa! ¡Usted no puede ser uno de ellos!
—No, claro que no. —La sonrisa forzada de Dragosani parecía ahora congelada en su rostro—. Estaba bromeando con su padre, eso es todo. Pero me parece que al final fue él quien me ha tomado el pelo a mí.
Dragosani se puso de pie.
—¿Ya se va a dormir? —preguntó Kinkovsi, evidentemente decepcionado—. Claro, aún debe de estar cansado. Es una lástima, pensaba que seguiríamos charlando. Bueno, no importa, tengo aún muchas cosas que hacer. Quizá podamos hablar mañana.
—¡Claro que sí! Ya tendremos tiempo de charlar —dijo Dragosani mientras el dueño de casa lo acompañaba hasta la puerta.
—Ilse —dijo Kinkovsi—, coge una linterna y acompaña al señor hasta la casa de huéspedes. Esta media luz, cuando uno no conoce el camino, es peor que la noche cerrada.
La joven hizo lo que le había pedido su padre y guió a Dragosani a través del patio de la hacienda hasta la puerta de la casa de huéspedes. Allí encendió las luces de las escalera, y antes de darle las buenas noches, le dijo:
—Herr Dragosani, hay un timbre junto a su cama. Llame si necesita algo durante la noche.
La pena es que seguramente despertará también a mis padres. Quizá sería mejor que descorriera a medias las cortinas de su ventana. Yo puedo verlas desde la ventana de mi habitación...
—¿Cómo? —dijo Dragosani, que fingió ser lento de entendederas—. ¿En medio de la noche?
Pero Ilse Kinkovsi dejó bastante claro lo que quería significar.
—No duermo muy bien —respondió—. Mi habitación está en la planta baja. Me gusta abrir la ventana para que entre el aire de la noche. A veces salgo por allí y camino a la luz de la luna; habitualmente a eso de la una de la mañana.
Dragosani hizo un gesto de asentimiento pero no dijo nada. La joven estaba muy cerca de él. Antes de que ella pudiera aclarar aún más la situación, Dragosani se volvió y corrió escaleras arriba. Sintió los ojos burlones de Ilse en su espalda hasta que giró por la curva del primer rellano.
Cuando llegó a su habitación, Dragosani cerró rápidamente las cortinas de la ventana, deshizo las maletas y llenó la bañera. Había un calentador a gas, y el agua humeaba invitante.
Dragosani echó sales de baño y se desnudó.
Se quedó un rato en la bañera, disfrutando de la tibieza del agua y de los pequeños remolinos que se hacían cuando movía los brazos. Al cabo de poco tiempo comenzó a sentirse soñoliento, y el agua se enfrió. Dragosani terminó de bañarse y se preparó para acostarse.
No eran más que las diez de la noche cuando se metió entre las sábanas, pero uno o dos minutos más tarde ya estaba profundamente dormido.
Antes de la medianoche se despertó, vio una banda vertical de luz de luna que penetraba en la habitación por un pequeño espado entre las cortinas, que no estaban completamente corridas. Dragosani recordó las palabras de Ilse Kinkovsi, se levantó, cogió un imperdible, cerró las cortinas y las sujetó firmemente. Durante un instante —y quizá
más de un instante— deseó que aquello pudiera ser de otra manera pero... pero era imposible.
No odiaba a las mujeres, ni le inspiraban temor, era simplemente que no las comprendía, y con tantas cosas que hacer —tantas otras cosas que conocer, e intentar comprender— no podía perder el tiempo en desconocidos y dudosos placeres. Al menos, esto es lo que se dijo.
Y, de todos modos, sus necesidades eran distintas de las de los otros hombres, y sus emociones menos fugaces. Excepto cuando necesitaba que lo fueran. Pero lo que había perdido en vulgar sensualidad, lo había ganado en una rara sensibilidad. Aunque esto parecería una paradoja a cualquiera que conociera su trabajo.
En cuanto a esas otras cosas que deseaba conocer, o al menos intentar comprender, eran legión. Borowitz estaba contento con él tal como era, pero Dragosani no estaba satisfecho de sí mismo. Sentía que su talento era todavía unidimensional, que carecía de verdadera profundidad. Muy bien, él le daría una auténtica profundidad, unas profundidades no exploradas en quinientos años. Allí afuera, en la oscuridad de la noche, había alguien que poseía secretos únicos, que en vida había conjurado hechizos monstruosos y que incluso ahora, muerto, era inmortal. Para Dragosani, allí estaba la fuente de todo conocimiento. Sólo cuando hubiera bebido de esas aguas hasta agotarlas podría dedicarle tiempo a los demás aspectos de su «educación».
Ya era medianoche, la hora bruja. Dragosani se preguntó qué alcance tendrían los sueños del durmiente, si llegarían más allá de los límites del claro, si podrían encontrarse a mitad del camino. La luna llena estaba muy alta en el cielo y brillaban las estrellas; en lo alto de las montañas aullaban los lobos mientras acechaban a sus presas, tal como lo habían hecho hacía quinientos años. Todos los auspicios le eran favorables.
Se acostó nuevamente, e inmóvil en el lecho se imaginó la tumba en ruinas donde las raíces se extendían como tentáculos fósiles y los árboles se inclinaban para proteger su secreto. Se la imaginó, y dijo mentalmente:
—Antiguo ser, he vuelto. Te traigo esperanza a cambio de conocimiento. Es el tercer año, y sólo quedan cuatro. ¿Cómo te van las cosas a ti?
Afuera, en la noche, un viento sopló desde las montañas. Los árboles susurraron mientras sus ramas se inclinaban y Dragosani oyó un suspiro detrás de las vigas del techo, sobre su cabeza. Pero el viento se calmó tan repentinamente como había comenzado, y en su lugar:
¡Ahhh, Dragosani! ¿Eres tú, hijo mío? ¿Has vuelto a buscarme en mi soledad, Dragosaaaani?
—¿Y quién otro podría ser, viejo demonio? Sí, soy Dragosani. Me he vuelto más fuerte, me he convertido en un pequeño poder en el mundo. ¡Pero quiero más! Tú tienes los secretos definitivos del poder, por eso he regresado y por eso seguiré viniendo hasta que... hasta que...
Cuatro años más, Dragosani. Y entonces..., entonces te sentirás a mi derecha y yo te enseñaré muchas cosas. Cuatro años, Dragosani. Cuatro años. ¡Aaahhh!
—Cuatro años que serán muy largos para mí, viejo dragón, porque debo despertar cada mañana y dormir cada noche y contar las horas que pasan. Y el tiempo es lento. Aunque quizá no lo sea para ti... ¿Cómo ha sido para ti este último año, antiguo ser?
¡Hubiera sido un instante brevísimo, fugaz, ya pasado, si tú no me hubieras molestado, Dragosani. Pero has despertado mis ansias. Yo yacía en mi tumba, y durante cincuenta años odié y deseé vengarme de los que me pusieron aquí, Y durante cincuenta años más sólo deseé estar levantado y entregado a mis ocupaciones, que son vencer a mis enemigos. Y luego..,, luego pensé: mis asesinos ya no existen. No son más que huesos en sus tumbas, o polvo que flota en el viento. Y en otros cien años... ¿no habrá sucedido lo mismo con los hijos de mis enemigos? ¡Ah, bien puedo hacerme esa pregunta! ¿Qué fue de las legiones que en el pasado vinieron a luchar a estas montañas y se encontraron con los padres de mis padres que las esperaban? ¿Qué fue del Lombardo, y del Búlgaro, del Avaro y del Turco? ¡Ah, que valiente luchador fue en su época el Turco! Era mi enemigo, pero ya no lo es más, Y así pasaron quinientos años, como un soplo, porque yo estaba olvidando mis glorias del mismo modo que un anciano olvida su infancia. Y ya casi había olvidado. Y ya casi había sido olvidado. ¿ Y qué habría sido de mí entonces, cuando no hubiera quedado más que una palabra en un libro, y luego el libro mismo se hubiera hecho polvo? Entonces seguramente no habría tenido ninguna razón de ser. Y quizá me hubiera alegrado de que así fuera. Y entonces llegaste tú, nada más que un niño, pero un niño cuyo... nombre... era... Draaagosaaaaniiii...
Cuando la voz se debilitó el viento sopló otra vez, y ambos parecieron fundirse y desaparecer juntos. Dragosani pensó en lo que debía hacer, y se estremeció en su cama. Pero él había elegido esta maldición, este destino, Sintió temor de haber perdido al otro, y lo llamó, apremiante:
—Antiguo ser, tú, el del estandarte del dragón; del murciélago, el dragón y el demonio, ¿dónde estás?
¿Y dónde podría estar, Dragosani? —le respondió la voz en son de burla—. Sí, estoy aquí.
Comienzo a agitarme en mi abandonada tumba. Creí que me habían olvidado, pero sembraron una semilla y floreció, y tú recordaste, y supiste de mi existencia. Y por tu nombre, yo supe quién eras, Dragosani...
—¡Cuéntamelo otra vez! —pidió ansioso Dragosani—. Cuéntame cómo sucedió. Háblame de mi padre y de mi madre, de cómo se conocieron. Cuéntamelo.
Ya lo has oído dos veces —dijo suspirando la voz en la cabeza de Dragosani—, ¿y quieres oírlo de nuevo? ¿Crees que podrás buscarlos? Si es así, no puedo ayudarte. Para