• No se han encontrado resultados

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, George Hannant tenía una breve clase de matemáticas, pero antes de empezar el profesor había hecho una pausa para reflexionar, para intentar dar una explicación lógica a lo sucedido el día anterior, de modo que cuando los muchachos ya estaban trabajando, y sólo se oía el ruido de las plumas sobre las hojas del papel, Hannant tenía la convicción de tener una respuesta racional para lo que la noche antes le había parecido un incidente muy extraño. Keogh era, evidentemente, una de esas personas especiales que podían ir derecho a la raíz de las cosas, un pensador y no un

hacedor. Y un pensador cuyos procesos mentales, aunque opuestos a los de la mayoría,

eran correctos.

Si conseguía que se interesara profundamente en un tema, como para sentirse impulsado a hacer algo, el resultado sería sin duda extraordinario. Claro está que seguiría cometiendo errores en una simple suma o en una resta —dos más dos en ocasiones sumarían cinco— pero soluciones que para los otros eran invisibles, a Harry le resultarían evidentes de inmediato. Por ello, Hannant lo había hallado parecido a James G. Hannant, su propio padre. También él había poseído una extraordinaria intuición, era un matemático nato. Y tampoco se había preocupado por las fórmulas.

Para Hannant también era evidente que él había convertido una chispa en una verdadera hoguera en el cerebro de Keogh, porque el chico parecía estar trabajando duro

—o al menos lo había estado durante los primeros quince minutos de la clase—. Después... bueno, se había puesto a soñar despierto, como en tantas otras ocasiones. Pero cuando Hannant se puso a sus espaldas y revisó el trabajo, todos los problemas que había dado estaban correctamente resueltos, a pesar de que Keogh no les dedicara mucho tiempo. Iba a ser interesante, cuando esa semana comenzaran con trigonometría, ver de qué era capaz Keogh. Ahora que la circunferencia no tenía misterios para él, tal vez se interesara por el triángulo.

Pero todavía había algo que intrigaba a George Hannant, y para encontrar la respuesta debía ver a Jamieson, el director del colegio. Dejó a los muchachos trabajando solos por unos minutos —con la habitual advertencia sobre el comportamiento deseado durante su ausencia— y se dirigió al despacho de su superior.

—¿Harry Keogh? —Jamieson parecía un tanto sorprendido—. ¿Cómo le fue en el examen de la Escuela de Artes y Oficios? —El director cogió una delgada carpeta de un cajón de su mesa, la hojeó y luego dijo—: Me temo que Keogh no se presentó al examen. Al parecer estaba enfermo, con fiebre del heno, o algo semejante. Sí, aquí está: fiebre del heno, hace tres semanas. Faltó dos días al colegio. Desgraciadamente los exámenes tuvieron lugar en Hartlepool, el segundo día que Keogh estuvo ausente. Pero ¿por qué me lo pregunta, George?

¿Usted cree que el chico hubiera tenido alguna posibilidad?

—Creo que hubiera aprobado sin ningún esfuerzo —respondió Hannant, franco hasta el punto de parecer grosero.

Jamieson lo miró desconcertado. —¿No cree que ya es un poco tarde?

—¿Para preocuparse por eso? Sí, supongo que sí.

—No, me refería a su interés por Harry Keogh. No sabía que usted tuviera una buena opinión de él. —Jamieson cogió de un archivador una carpeta, esta vez bastante más gruesa— . Éstos son los informes del último año —dijo mientras pasaba las hojas; en esta ocasión no estaba sorprendido—: ¡Tal como yo pensaba! Por lo que aquí veo, ninguno de sus colegas pensaba que Keogh tuviera la menor posibilidad en nada... y esto lo incluye también a usted, George.

—Tiene razón —respondió Hannant, y su cuello se puso rojo—, pero eso era el año pasado.

Además, los exámenes de la Escuela de Artes y Oficios tienen más en cuenta la inteligencia que los conocimientos académicos. Si usted le tomara a Harry Keogh un test de inteligencia que midiera su cociente intelectual, creo que se llevaría una sorpresa. Al menos, en cuanto a sus dotes para las matemáticas. Lo hace todo por instinto, por intuición, pero de manera brillante, se lo aseguro.

Jamieson hizo un gesto de asentimiento.

—Bueno, debe de ser notable para que un profesor se interese de verdad por un chico de Harden —dijo el director—. Y que conste que no quiero menospreciar a nadie, y menos a los chicos, pero los pobres provienen de un medio que no los favorece nada. De paso, ¿sabe cuántos de nuestros muchachos aprobaron ese examen? ¡Tres! Y eso significa que la proporción es de un aprobado entre sesenta y cinco.

Jamieson no parecía convencido, pero sí impresionado.

—Está bien. Supongamos que usted está en lo cierto con respecto a sus condiciones para las matemáticas. Y en verdad, usted tiene razón cuando dice que ese examen apunta más a evaluar la inteligencia natural que los conocimientos memorísticos. Pero, ¿y qué me dice de las otras materias? Según estos informes, Keogh fue un fracaso en casi todas. El último de la clase en la mayoría.

Hannant asintió con un suspiro, y luego dijo:

—Mire, siento haberle hecho perder el tiempo con este chico. De todos modos, ya no se puede hacer nada, puesto que no se presentó al examen. Pero pienso que es una pena; el chico es realmente capaz.

—Le diré qué vamos a hacer —dijo Jamieson, mientras acompañaba a Hannant hacia la puerta, su mano en el hombro del profesor de matemáticas—: Dígale que venga a verme por la tarde. Hablaré con él, y veré qué me parece. No, espere; quizá pueda hacer algo un poco más constructivo. ¿De modo que es un matemático intuitivo? Muy bien...

Jamieson regresó a su mesa, cogió la pluma y garrapateó algo en una hoja en blanco con membrete del colegio.

—Tome —dijo—. Vea cómo resuelve esto. Que lo haga a la hora del almuerzo. Si obtiene una respuesta, hablaré con él y veremos qué se puede hacer por el chico.

Hannant cogió la hoja y salió al pasillo. Miró lo que el director había escrito e hizo un gesto de decepción. Plegó la hoja, la guardó, y luego volvió a sacarla, la abrió y se quedó mirándola.

Bueno, tal vez era precisamente el tipo de problema que Keogh podía resolver. Hannant estaba seguro de que él podía hacerlo —pensando un poco, y tras probar unas cuantas veces—, pero si Keogh podía resolverlo, entonces estaban frente a algo grande. Su alegato a favor del muchacho estaría más que fundamentado. En caso de que Keogh fracasara, Hannant simplemente dejaría de preocuparse por el chico. Había otros alumnos igualmente merecedores de su atención; de eso estaba seguro...

Hannant llamó a la puerta de Jamieson a la una y media en punto, y entró rápidamente al despacho tan pronto como el director le dijo que pasara. Jamieson acababa de entrar, tras haber ido a comer, y apenas si se había acomodado. Se puso en pie cuando Hannant fue en dirección a su mesa, y cogió la hoja que le tendía el profesor de matemáticas.

—He hecho lo que usted me ha sugerido —dijo Hannant, emocionado—, y ésta es la solución que ha encontrado Keogh.

El director del colegio leyó deprisa el enunciado del problema que había dado al muchacho.

Cuadrado mágico Un cuadrado está dividido en 16 cuadrados iguales, más pequeños.

Cada cuadrado pequeño contiene un número, de 1 a 16 inclusive. Ordénelos de manera que la suma de las líneas horizontales, de las verticales y de las diagonales dé siempre el mismo número.

La respuesta, en lápiz —junto a algo que parecía un comienzo erróneo que el chico había descartado— estaba escrita bajo el enunciado, y llevaba la firma «Harry Keogh».

Jamieson contempló la hoja, abrió la boca para hablar, no dijo nada y siguió mirándola.

16 2 3 13 5 11 10 8 9 7 6 12 4 14 15 1 Hannant vio que sumaba rápidamente las columnas, las líneas horizontales y las verticales; casi podía oír el ruido de su cerebro en marcha.

—Esto está muy, muy bien —dijo por fin el director. —¡Más que bien! —respondió Hannant—. ¡Es perfecto! El director lo miró sonriente.

—¿Perfecto, George? Todos los cuadrados mágicos lo son; ésa es precisamente su magia, su atracción.

—Sí —estuvo de acuerdo Hannant—, pero la perfección tiene grados. Usted le pidió que las verticales, las horizontales y las diagonales sumaran lo mismo. Él le ha dado eso, y más. Los cuadrados de los ángulos suman lo mismo. Los cuatro del centro también. Si consideramos al cuadrado dividido en cuatro bloques de cuadrados menores, los cuatro bloques también suman lo mismo. ¡Si hasta los números de los cuadrados de los bordes, sumados de dos en dos, suman lo mismo que sus opuestos! Y si lo estudia con más cuidado, eso no es todo. ¡Es perfecto!

Jamieson inspeccionó de nuevo el cuadrado, frunció el entrecejo durante un momento, y luego sonrió complacido.

—¿Dónde está Keogh? —preguntó por fin el director del colegio. —Está esperando fuera. Pensé que usted tal vez querría verlo... Jamieson se sentó a su mesa y suspiró.

—Está bien, George; haga entrar a su niño prodigio.

Hannant abrió la puerta e hizo pasar a Keogh. El chico entró y se quedó de pie frente a la mesa de Jamieson; parecía inquieto.

—Keogh —dijo el director del colegio—, el señor Hannant me ha dicho que usted tiene talento para los números.

Harry no respondió.

—Por ejemplo, este cuadrado mágico. Yo me he dedicado a cosas como esa, por puro entretenimiento, ¿sabe?, desde que tenía su edad, poco más o menos. Y me parece que nunca encontré una solución tan buena como la suya. Es notable. ¿Le ayudó alguien?

Harry alzó la cabeza y miró a Jamieson a los ojos. Por un instante tuvo una expresión...

¿temerosa? Tal vez, pero al instante siguiente ya estaba a la defensiva. —No, señor. No me ayudó nadie.

Jamieson hizo un gesto de asentimiento.

—Ya veo. ¿Y dónde están sus borradores, lo que hizo antes de resolverlo? Porque uno no adivina sin más una solución tan inteligente como ésta, ¿no es verdad?

—No, señor —respondió Harry—. El borrador está junto a la solución, tachado. Jamieson miró la hoja, se rascó la cabeza, dirigió una rápida mirada en dirección a Hannant y volvió a fijar sus ojos en Harry.

—Pero su borrador no es más que un cuadrado con los números escritos según su orden natural. No veo cómo...

—Señor —interrumpió Harry—, me pareció que ésa era la manera lógica de comenzar.

Cuando terminé de ordenar los números me di cuenta de lo que tenía que hacer. El director y el profesor de matemáticas volvieron a intercambiar miradas significativas.

—Siga, Harry —pidió Jamieson.

—Mire, señor. Si usted escribe los números, tal como lo hice yo, todos los grandes van a la derecha y abajo. De modo que me pregunté: ¿cómo puedo pasar la mitad de los de la derecha a la izquierda, y la mitad de los de abajo a arriba? ¿Y cómo puedo hacer las dos operaciones simultáneamente?

—Sí..., parece lógico. —Jamieson se rascó otra vez la cabeza—. ¿Y qué hizo, entonces?

—¿Cómo dice?

—Le pregunté que cómo lo hizo, muchacho.

Jamieson odiaba repetir sus palabras a los alumnos; éstos tenían la obligación de escucharlo a la primera vez.

Harry palideció de repente. Dijo algo, pero su voz sonó como un graznido. Tosió, y su voz se hizo una octava o dos más grave. Cuando volvió a hablar, ya no parecía un chico joven.

—Lo tiene allí, ante sus ojos. ¿No puede verlo usted solo?

Jamieson abrió mucho los ojos y la boca, pero antes de que estallara, Harry prosiguió:

—Invertí las diagonales, eso es todo. Era la respuesta evidente, la única solución lógica.

Cualquier otra habría sido como en un juego de azar, jugar a acertar. Y acertar por azar no es suficiente; no para mí.

Jamieson se puso de pie, se sentó de nuevo, y apuntó enfurecido en dirección a la puerta.

—¡Hannant, llévese de aquí a este chico! Y luego vuelva y hablaremos.

Hannant cogió a Keogh de un brazo y lo arrastró al pasillo. Tuvo la sensación de que si no hubiera cogido al chico, éste se habría desmayado. Lo dejó apoyado contra una pared, tras susurrar un perentorio «¡Espere aquí!». Harry parecía mareado y enfermo.

Hannant regresó al despacho de Jamieson, y encontró al director secándose el sudor de la frente con una hoja de papel secante.

El hombre miraba fijamente el problema que había resuelto Harry y murmuraba: —¡Conque invirtió las diagonales! ¡Sí que las invirtió!

Pero cuando Hannant cerró la puerta después de entrar, Jamieson le miró y esbozó una pálida sonrisa. Era evidente que había recuperado el dominio de sí mismo, y continuó secándose el sudor de la cara y el cuello.

—¡Este maldito calor! —dijo, y le hizo señal a Hannant de que se sentara. Hannant, que debajo de la chaqueta tenía la camisa pegada a la espalda, dijo:

—Es terrible, ¿verdad? El colegio es un horno. También los chicos lo pasan fatal. El profesor de matemáticas permaneció de pie.

Jamieson se dio cuenta de adonde quería llegar Hannant, y asintió. —Sí, pero eso no disculpa la insolencia, o la arrogancia.

Hannant sabía que sería mejor callar, pero no pudo.

—No creo que Harry se propusiera ser insolente —dijo—. Pienso que se limitaba a exponer un hecho. Sucedió lo mismo ayer, cuando lo interpelé. Me parece que tan pronto como uno lo apura, el chico se defiende. Es un muchacho brillante, pero intenta fingir que no lo es. Hace todo lo que puede para ocultar su inteligencia.

—Pero ¿por qué? Eso no es normal. La mayoría de los chicos de su edad están ansiosos por exhibirse. ¿Él lo hace por timidez, o tal vez hay algo más profundo?

—No lo sé —dijo Hannant con un gesto de negación—. Déjeme que le cuente lo sucedido ayer.

Cuando terminó, el director dijo:

—Una situación similar a la que hemos visto hace unos minutos. —Así es.

Jamieson se quedó pensativo.

—Si realmente es tan inteligente como usted cree, y desde luego que parece tener intuiciones brillantes, lamentaría muchísimo haberlo privado de la posibilidad de salir adelante en la vida. — amieson se echó hacia atrás en la silla—. Muy bien. Ya está decidido. Keogh no pudo presentarse a los exámenes por causas ajenas a su voluntad, así que hablaré con Jack Harmon, en la Escuela de Artes y Oficios, e intentaré arreglar un examen especial para el muchacho. Claro está que no puedo prometerle nada, pero...

—Eso es mejor que nada —Hannant terminó la frase por él—. Gracias, Howard. —Está bien, está bien. Ya le avisaré si consigo algo. Hannant salió al pasillo donde lo estaba esperando Keogh.

En los dos días que siguieron Hannant trató de olvidar a Keogh, pero no le fue posible. En medio de sus clases, o en su casa durante las largas tardes de verano, e incluso de noche, el rostro joven y a la vez viejo del muchacho estaba siempre presente, flotando en la periferia de la conciencia de Hannant. La noche del viernes sorprendió al profesor despierto a las tres de la madrugada, con todas las ventanas abiertas para que entrara un poco de aire fresco, si es que lo había, y paseándose en pijama por la casa. Se había despertado con una imagen de Harry Keogh en la mente: el chico, con la hoja del cuadrado mágico que le había dado Jamieson en la mano, mientras cruzaba el patio del colegio en dirección a la puerta de atrás, bajo la arcada de piedra; y luego, del chico al cruzar la polvorienta calle para entrar por las puertas de hierro del cementerio. Y Hannant había pensado que sabía adonde se dirigía Harry.

Y de repente, aunque la noche no estaba más fresca, Hannant se había sentido helado, con un frío al que comenzaba a acostumbrarse. Podía ser solamente un frío psicológico, sospechó, una advertencia de que algo estaba horriblemente mal. Desde luego que había algo siniestro en Keogh, pero era algo que desafiaba toda conjetura. Una cosa era cierta: George Hannant esperaba que el chico pudiera aprobar los exámenes que le prepararan Howard Jamieson y Jack Harmon, de la Escuela de Artes y Oficios de

Hartlepool. Y no era simplemente que deseaba que el muchacho desarrollara toda su capacidad. No, su sentimiento era más primitivo. Con sinceridad, quería que Keogh se fuera, que se marchara de la escuela, que se alejara de los otros niños. De todos esos ordinarios, perfectamente normales chicos de la escuela secundaria de Harden.

¿Era Harry Keogh una mala influencia? ¡De ninguna manera! ¿En quién podría influir, si los demás niños lo consideraban poco menos que un tonto? ¿Algo corruptor, entonces, como una mancha que puede hacerse más grande, como la proverbial manzana podrida en el fondo del tonel? Quizá, pero aquel símil no era enteramente apropiado. O tal vez lo era. Porque, después de todo, no cambia nada que una manzana no tenga conciencia de su pudrición; la corrupción se extiende de todos modos. ¿Era ésta una comparación demasiado fuerte? ¿Cómo podía ser que hubiera algo malo en Harry Keogh, algo de lo que el chico no se diera cuenta, o no comprendiera? En verdad, todo este asunto comenzaba a parecerle definitivamente ridículo.

Con todo... ¿qué había en Harry Keogh que tanto preocupaba a Hannant? ¿Qué había en su interior que buscaba salir a la luz? ¿Y por qué Hannant tenía la sensación de que cuando eso finalmente surgiera sería terrible? Hannant decidió investigar los antecedentes de Keogh, ver qué podía descubrir en el pasado del muchacho. Quizá la causa de las dificultades estuviera allí. Claro está que también podía suceder que en el chico no hubiera nada anormal, y que todo el asunto fuera producto de la imaginación hiperactiva del profesor de matemáticas. Podía ser consecuencia del calor, de que últimamente dormía muy mal, del trabajo monótono, repetitivo y poco agradecido del colegio; podía deberse a uno de estos factores, o a todos. Sí, quizás era así, pero ¿por qué una voz en su interior insistía en que Keogh era diferente? ¿Y por qué en algunas ocasiones sorprendía a Keogh mirándolo fijo, con unos ojos que muy bien podían ser los de su propio padre, muerto y enterrado?

Diez días y dos martes más tarde, se desencadenó la tragedia. Sucedió cuando los muchachos, acompañados por el profesor de educación física Graham Lane y las profesoras Dorothy Hartley y Gertrude Gower, hicieron la acostumbrada excursión a la playa para recoger piedras. Sargento Lane, con la intención aparente de recoger unas flores silvestres muy raras, pero más probablemente para impresionar a su amante, trepó por el acantilado. Cuando estaba por la mitad de la traicionera pendiente, se desprendieron unas piedras bajo sus pies y el profesor cayó hacia la pedregosa playa, muchos metros más abajo. Sargento había intentado agarrarse a la accidentada ladera, pero una estrecha saliente se desprendió y el hombre cayó dando vueltas en el aire. Aterrizó boca abajo, y murió en el acto.

El accidente parecía más horrible aún si se consideraba que la noche antes Sargento y Dorothy Hartley habían anunciado su compromiso. Pensaban casarse en la primavera. Y al viernes siguiente, Sargento ya estaba enterrado. Hannant recordó más tarde que, mientras

Documento similar