Harry Keogh estaba a kilómetros de distancia, sus pensamientos perdidos en las nubes que flotaban como copos de algodón en el líquido azul del cielo de verano. Harry, las manos detrás de la cabeza y una brizna de hierba entre los dientes, no había dicho una palabra desde que hicieran el amor. Las gaviotas gritaban y se sumergían en busca de peces entre las olas, y sus plañideras canciones llegaban hasta los jóvenes traídas por la brisa que soplaba del mar y acariciaba la hierba de las dunas.
También los suaves movimientos de la mano de Brenda eran como una caricia, aunque la muchacha no atraía en este instante toda la atención de su carne. Dentro de poco rato puede que la deseara de nuevo, pero si esto no sucedía, no tendría importancia. De hecho, a ella le gustaba él cuando estaba como ahora: silencioso, al borde del sueño, cuando su habitual rareza parecía haberlo abandonado. Harry era realmente extraño, pero eso era parte de su atractivo. Era una de las razones que hacían que lo amara. Y Brenda a veces imaginaba que él también la quería. Con Harry, era muy difícil saberlo. Nada era fácil con él.
—Harry —dijo, mientras le hacía cosquillas en el pecho—. ¿Hay alguien en casa? —Mmmmm —fue la respuesta, y la brizna de hierba que tenía entre los dientes se movió.
Brenda sabía que él no la ignoraba, simplemente estaba en otro lugar. Al menos una parte de Harry se hallaba lejos de allí, en un sitio completamente distinto. Brenda había intentado una y otra vez averiguar algo acerca de ese lugar, pero hasta el momento Harry no le había dicho nada.
La muchacha se sentó, se abrochó la blusa y se arregló la falda, sacudiendo la arena que se había metido entre los pliegues.
—Harry, arréglate. Hay gente en la playa, y si vienen hacia aquí nos verán. —Mmmmm —repitió él.
Brenda le arregló ella misma la ropa, luego se acurrucó junto a él y le besó la frente. Luego le dio un tironcito de oreja y le preguntó:
—¿Qué piensas, Harry? ¿Adonde te has ido?
—No te gustaría saberlo —respondió él—. Ese lugar no siempre es agradable. Yo ya me he acostumbrado a él, pero a ti no te gustaría.
—Me gustará si tú estás allí.
Él volvió el rostro para mirarla, y su expresión se hizo muy adusta. Brenda pensó que Harry a veces tenía un aspecto muy serio; en verdad, no sólo a veces, sino casi todo el tiempo. Él hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, no te gustaría aunque yo estuviera contigo; odiarías ese lugar. —No si estuviéramos juntos.
—En ese lugar no se puede estar con nadie —le dijo Harry, y eso era lo más cerca de la verdad que había estado nunca hablando de ese tema—. Allí hay que estar completamente solo.
Ella quería saber más. —Harry, yo...
—De todos modos, ahora estamos aquí —la interrumpió él—. Estamos aquí y hemos hecho el amor.
Brenda sabía que si insistía, sólo lograría que él se retrajera aún más en sí mismo, y cambió de tema.
—Me has hecho el amor —dijo— ochocientas once veces. —Yo antes hacía eso —dijo él.
Brenda se quedó cortada. Al cabo de un instante dijo: —¿Qué es lo que hacías?
—Contar las cosas. Lo contaba todo, los azulejos en un lavabo, por ejemplo, mientras estaba sentado en el retrete.
La muchacha suspiró, irritada.
—¡Harry, yo hablaba de hacer el amor! A veces creo que eres el chico menos romántico del mundo.
—En este momento no soy nada romántico, te lo he dado todo a ti.
Aquello estaba mejor, al menos Harry había salido de su «ramalazo morboso». Así calificaba Brenda el estado de ánimo de Harry cuando lo veía distraído y extraño: presa del «ramalazo morboso». La jovencita sonrió divertida; se sentía feliz de que él estuviera de buen humor.
—¡Ochocientos once veces en sólo tres años! Es muchísimo. ¿Sabes cuánto hace que salimos?
—Desde que éramos niños —respondió Harry.
Los ojos del joven estaban de nuevo fijos en el cielo, y Brenda se dio cuenta de que sólo atendía a medias a lo que ella decía. Había algo más en su mente, suspendido en el límite de su conciencia. Conociendo a Harry tan bien como lo conocía, ella percibía que
aquello estaba allí. Quizás algún día sabría de qué se trataba. Por ahora sólo sabía que era algo que iba y venía, y que en esta ocasión parecía demorar más en marcharse.
—Sí, pero ¿cuánto tiempo? —insistió Brenda. Él la miró con un rostro sin expresión.
—¿Cuánto tiempo? No sé, cuatro o cinco años, creo.
—Seis —dijo ella—. Desde que tú tenías doce años y yo once. A los doce años me llevaste al cine y me cogiste la mano.
—Ahí tienes —dijo él, y tras hacer un esfuerzo regresó a la tierra—. ¡Y tú que me acusabas de no ser romántico!
—Ya —dijo ella—. Pero estoy segura de que no recuerdas la película que vimos. Era
Psicosis, y no sé cuál de los dos tenía más miedo.
—Yo —sonrió él.
—Y después, cuando tenías trece años, hicimos una merienda a la orilla del río. Después de comer hicimos un rato el tonto, y tú me tocaste la pierna por debajo de la falda. Yo me enfadé, y tú fingiste que había sido sin querer. Pero a la semana siguiente lo hiciste otra vez, y yo no te hablé durante quince días.
—¡Vaya, si ahora tuviera esa suerte! —suspiró Harry—. De todos modos, regresaste muy pronto a pedirme más.
—Y luego tú comenzaste a ir al instituto en Hartlepool, y ya no nos vimos mucho. El invierno fue muy largo. Pero el verano siguiente fue muy bueno para nosotros. Conseguimos una caseta en la playa de Crimdon y nos fuimos a nadar. Y después, en la caseta, cuando me secabas la espalda, me tocaste.
—Y tú me tocaste a mí —le recordó él. —Y tú querías que me acostara contigo. —Y tú te negaste.
—Hasta el año siguiente. ¡Harry, ni siquiera había cumplido los quince años! ¡Eso fue terrible!
—No nos fue tan mal. No, tal como yo lo recuerdo —dijo con una sonrisa—. ¿Te acuerdas de la primera vez?
—¡Claro que me acuerdo!
—¡Vaya lío! Era como abrir una cerradura con un papel secante mojado. Brenda se rió.
—Pero mejoraste muy rápido, sin embargo —dijo—. Siempre me pregunté dónde habías aprendido todo eso. Creo que lo que en realidad quería saber es si alguien te lo había enseñado.
Harry la había escuchado con una sonrisa, pero de repente se puso muy serio. —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó con brusquedad.
—Si lo habías aprendido con otra chica, sólo eso. —Brenda se sorprendió ante el brusco cambio de humor—. ¿Qué has pensado que quería decir?
—¿Otra chica? —Harry aún tenía el rostro ceñudo, pero su expresión cambió: primero a una sonrisa triste, luego divertida, y finalmente una carcajada—. ¡Otra chica! — repitió con una risa estrepitosa—. ¿Cuándo, a los once años?
Brenda, aliviada, rió con él. —Eres divertido —dijo.
—¿Sabes que tengo la sensación de que la gente me ha dicho eso toda la vida, que soy divertido? Y en realidad no lo soy. Dios sabe que a veces quisiera aprender a serlo, saber divertirme y hacer bromas. Pero es como si no tuviera tiempo, como si no lo hubiera tenido nunca. ¿No has tenido en algunas ocasiones la sensación de que si no te ríes pronto estallarás? A mí me sucede, te lo puedo jurar.
Ella hizo un gesto de desaliento.
—A veces pienso que nunca te comprenderé. Y otras creo que tú no quieres que lo haga. — Brenda suspiró—. Me gustaría que me quisieras tanto como yo a ti.
Él se puso de pie, la ayudó a levantarse y la besó en la frente; era su manera de cambiar de tema.
—Ven, vayamos caminando por la playa hasta Hartlepool. Puedes tomar el autobús a Harden allí.
—¡Pero nos llevará todo el día!
—Nos detendremos a tomar un café en la playa de Crimdon —dijo Harry—. Luego podemos nadar un rato en la playa de arena que queda un poco más allá. Y después iremos a mi casa.
Puedes quedarte hasta la noche si quieres... a menos que tengas otros planes. —No, no los tengo. Tú lo sabes... pero...
—¿Pero qué?
De repente, Brenda se sintió acongojada, ansiosa. —Harry, ¿qué va a ser de nosotros?
—¿Qué quieres decir? —¿Me quieres? —Creo que sí.
—¿Pero no estás seguro de ello? Quiero decir, yo sé que te quiero.
Comenzaron a caminar por las dunas, acercándose a la zona de arenas húmedas, donde el mar se retiraba. En el agua había algunos nadadores, pero no demasiados; la playa estaba sucia con los detritos de las minas de carbón del norte, un problema que había comenzado hacía un cuarto de siglo y se había agravado con el tiempo. Unos camiones negros se arrastraban con dificultad junto al borde del mar, mientras varios equipos de hombres recogían con palas los trozos de carbón que había dejado la marea como si fuera oro negro. Pocos kilómetros más al sur, la playa estaba algo más limpia; pero hasta Seaton Carew el carbón y los depósitos de escoria arruinaban las arenas blancas. Y todavía más al sur la contaminación era mucho más escasa, pero como las minas estaban poco menos que agotadas, muy pronto la naturaleza se encargaría de que las cosas volvieran a su cauce. Aun así, pasaría bastante tiempo hasta que las playas recuperaran su anterior belleza, y tal vez no lo consiguieran nunca.
—Sí —respondió al fin Harry—. Creo que te quiero. Mejor dicho, sé que te quiero. Sólo que tengo muchas cosas en la cabeza. ¿Tú piensas que no te demuestro mi afecto? No sé qué querrías que te dijera, y no tengo tiempo para pensar cosas bonitas y decírtelas.
Ella lo cogió muy fuerte del brazo, y se apretó más contra él mientras caminaban. —No tienes que decirme nada. Pero me entristecería tanto que lo nuestro se terminara...
—¿Y por qué habría de terminar?
—No lo sé, pero me preocupa. Me parece que lo nuestro no va a ninguna parte. Mis padres también están preocupados...
—Ya —asintió él, taciturno—. Te refieres al matrimonio, ¿verdad?
—No, no exactamente —suspiró Brenda—. Ya sé lo que piensas de eso, que es muy pronto, y somos demasiado jóvenes. Estoy de acuerdo contigo. Y creo que mi padre y mi madre piensan como nosotros. Sé que a ti te gusta mucho estar solo; y es verdad que somos muy jóvenes.
—Siempre dices eso, pero acabamos dándole vueltas al mismo tema. Brenda parecía abatida.
—Es... es por tu forma de ser; nunca sé qué piensas. Si tan sólo me dijeras qué es lo que te preocupa tanto. Sé que hay algo, pero tú no me dices nada.
Pareció como si Harry fuera a hablar, pero luego cambió de idea. Brenda contuvo el aliento, y luego dejó escapar el aire cuando fue evidente que él se había arrepentido. La joven probó otra táctica.
—Sé que no es a causa de la escritura, porque eras así mucho antes de que empezaras a escribir. En realidad, eres así desde que te conozco. Si tan sólo...
—¡Brenda! —la interrumpió él, y luego la abrazó y la obligó a detener la marcha. Harry estaba sin aliento, parecía incapaz de hablar, de decir lo que quería expresar. Brenda se asustó.
—¿Qué pasa, Harry?
Él tragó saliva, respiró hondo y comenzó a caminar de nuevo. Ella lo alcanzó y lo cogió de la mano.
—¿Harry?
El se dirigió a ella sin mirarla.
—Brenda..., quiero... quiero hablar contigo. —¡Pero si yo también quiero que lo hagas!
Harry volvió a detenerse, abrazó a la chica, y miró hacia el mar por encima de su hombro.
—Se trata de un asunto raro...
Ella tomó la iniciativa; se soltó del brazo, y cogiéndolo otra vez de la mano, lo condujo por la playa.
—Muy bien. Caminemos, tú hablas y yo escucho. ¿Que es un asunto raro? Pues no me importa. Y yo ya he dicho todo lo que tenía que decir. Ahora te toca a ti.
Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza, la miró de reojo, tosió para aclararse la garganta y dijo:
—Brenda, ¿te has preguntado alguna vez qué piensan las personas cuando están muertas?
¿Cuáles son sus pensamientos, mientras yacen en sus tumbas?
La joven sintió que se le ponía la piel de gallina. A pesar del calor del sol, se sintió helada hasta la médula ante la voz completamente desprovista de emoción de Harry, y lo que acababa de decir.
—¿Que si alguna vez me he preguntado...?
—Ya te he dicho que era un asunto raro —le recordó él.
Brenda no supo qué decirle, qué contestarle. Se estremeció involuntariamente. ¡No era posible que Harry hablara en serio! O acaso esto era algo que pensaba escribir. Seguro que era eso, un cuento que estaba escribiendo.
Brenda se sintió decepcionada. ¡Nada más que un cuento! Por otro lado, quizá se había equivocado al no pensar que la literatura era el origen de su melancolía. Puede que Harry fuera así porque no tenía a nadie con quien hablar. Todo el mundo sabía que era un muchacho precoz; escribía con brillantez, y su obra era propia de un escritor maduro. ¿Era por eso, pues?
¿Simplemente porque el chico tenía demasiadas cosas dentro de sí, y no encontraba la manera de desahogarse?
—Harry —habló Brenda—, deberías haberme dicho que tus cambios de humor obedecían a tu trabajo literario.
—¿A mi trabajo literario? —preguntó con expresión de desconcierto.
—Eso que me has contado es un cuento que estás escribiendo —dijo ella—. ¿No es así?
Él comenzó a hacer un gesto negativo con la cabeza, pero lo cambió enseguida por uno de afirmación. Y luego, con una sonrisa, dijo:
—Sí, lo has adivinado. Es un cuento muy extraño, y no consigo terminar de escribirlo. Si pudiera hablar de él...
—Puedes hablar conmigo.
—Muy bien, hablemos entonces. Puede que eso me dé nuevas ideas, o me permita ver al menos qué no funciona en las que tengo.
Siguieron caminando cogidos de la mano.
—Bueno —dijo ella, y tras pensar con la frente ceñuda durante unos instantes, prosiguió—:
Pensamientos felices. —¿Cómo?
—Creo que los muertos en sus tumbas tienen pensamientos felices. Eso sería el equivalente del paraíso.
—La gente que en vida fue desdichada no piensa nada —dijo él como si hablara de un hecho cotidiano—. En general, se alegran de haberse librado de todo lo que los atormentaba.
—¡Ah! Quieres decir que vas a establecer diferentes categorías de difuntos; no todos van a ser iguales, o a tener los mismos pensamientos.
Harry asintió.
—Exacto. ¿Por qué tendrían que pensar lo mismo? No lo hacían cuando estaban vivos, ¿no? Algunos son felices, y no tienen nada de qué quejarse, pero hay otros que yacen enfermos de odio, porque saben que los que los mataron siguen viviendo, y no han sido castigados.
—¡Harry, qué idea más horrible! ¿Qué clase de cuento estás escribiendo, una historia de fantasmas?
Él se humedeció los labios y volvió a afirmar con la cabeza.
—Sí, algo por el estilo. Es sobre un hombre( que desde la tumba puede hablar con la
gente.
Puede oírlos en su cabeza, y sabe lo que piensan. Sí, y puede hablar con ellos.
—Sigo pensando que es horrible —dijo Brenda—. Pero es una buena idea. ¿Y los muertos realmente hablan con él? ¿Y por qué?
—Porque están muy solos. Mira, no hay nadie como este hombre. Al parecer, y por lo que él ha podido averiguar, es el único que puede hacer eso. Ellos no tienen a nadie más con quien hablar.
—¿Y él no se vuelve loco? Quiero decir, con todas esas voces martilleando en su cabeza al mismo tiempo, intentando llamar la atención.
Harry sonrió con ironía.
—No, no sucede de esa manera —dijo—. Normalmente ellos están en su tumba, y piensan.
El cuerpo se pudre, ya sabes, y con el tiempo se convierte en polvo. Pero la mente permanece.
No me preguntes cómo; es algo que no intentaré explicar. Sucede simplemente que la mente es el centro rector consciente y subconsciente de una persona, y cuando ésta muere la mente continúa, pero sólo en el nivel subconsciente. Es como si la persona estuviera durmiendo, y en cierto sentido lo está. Sólo que nunca volverá a despertar. De modo que el nigroscopio sólo habla con aquellos con quienes desea hacerlo.
—¿El nigroscopio?
—Es el nombre que le he dado; es un hombre que ve en la mente de los muertos... —Ya veo —dijo Brenda, con una expresión muy seria—. Sí, me parece que ahora lo entiendo. La gente que fue feliz yace en la tumba recordando los buenos tiempos, y sus pensamientos son felices. Y la gente desdichada, simplemente se apaga.
—Sí, algo por el estilo. La gente maliciosa piensa cosas malas, y los asesinos tiene pensamientos criminales, y así sucede con todos: cada uno tiene su propio infierno particular, si quieres decirlo así. Pero esto sucede con la gente ordinaria, con pensamientos ordinarios. Sus pensamientos tienen un nivel bajo. Digamos que en vida eran muy
mundanos. No lo digo despectivamente; no eran muy inteligentes, eso es todo. Pero también hay gente extraordinaria: personas creativas, grandes pensadores, arquitectos, matemáticos, escritores, verdaderos intelectuales. ¿Y qué supones que hacen?
Brenda lo miró, intentando adivinar sus pensamientos. Luego se detuvo para recoger un guijarro pulido por el mar. Y después dijo:
—Supongo que continúan con lo que hacían. Si eran grandes pensadores cuando estaban vivos, pues deben seguir con sus ideas.
—¡En efecto! —dijo Harry con énfasis—. Eso es precisamente lo que hacen. Los ingenieros continúan construyendo sus puentes... en sus cabezas. Hermosas, aéreas construcciones que cruzan el océano. Los músicos componen bellas canciones y melodías. Los matemáticos desarrollan teorías abstractas y las perfeccionan hasta que son tan claras que un niño podría comprenderlas, pero tan sorprendentes que contienen los secretos del universo. Ellos mejoran lo que hacían cuando estaban vivos. Llevan sus ideas a los límites de la perfección, completan todas las teorías y obras inconclusas que no alcanzaron a pensar en vida. Y no hay nada que los distraiga, no hay interferencias del exterior, nada que los moleste, los confunda o los preocupe.
—Tal como lo cuentas, suena muy bien. ¿Pero crees realmente que las cosas suceden así?
—Claro que sí —respondió él muy seguro, y enseguida intentó rectificar lo que había dicho—: Bueno, al menos en mi cuento. Yo nunca podría saberlo si en la realidad también fueran de esa manera.
—Es verdad, soy una tonta —dijo ella—. La realidad no es así, claro. Pero no entiendo por qué esos muertos van a querer hablar con tu... con ese nigroscopio. ¿No crees que él representa una distracción, que los molesta, que interrumpe sus grandes pensamientos y teorías?
—No —dijo Harry con un gesto negativo—. Al contrario. Es a causa de la naturaleza humana, ¿sabes? ¿De qué sirve hacer algo maravilloso si no puedes contárselo a nadie, o