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Dragosani había «vuelto a la escuela» durante tres meses para pulir su inglés. Ahora, a fines de julio, había regresado a Rumania, o mejor dicho a Valaquia, que era para él su tierra natal. La tazón por la que estaba allí era muy simple: a pesar de las amenazas que hiciera la última vez que vino, era consciente de que había pasado un año, y de que la antigua criatura enterrada le había advertido de que no tenía más de un año de plazo. Dragosani no comprendía qué había querido decir con eso, pero de algo estaba seguro: no iba a dejar que Thibor expirara por un descuido de su parte. Aunque si tal extinción era inminente, el vampiro estaría más deseoso de compartir sus secretos con Dragosani a cambio de la prolongación de su vida de no-muerto.

Como ya era tarde cuando llegó a Bucarest, Dragosani se detuvo a comprar un par de pollos vivos en una cesta de mimbre. Los dejó en el suelo de la parte trasera del Volga, cubiertos con una manta liviana. Se hospedó en una granja a orillas del Olt, y tías dejar las maletas en su habitación, salió de inmediato y se dirigió en su coche hacia las boscosas colinas en forma de cruz.

Llegó con las últimas luces del atardecer al límite del círculo de tierra impía bajo los oscuros pinos, y contempló una vez más la tumba en ruinas y la negra tierra donde las retorcidas raíces parecían nudos de serpientes petrificadas.

Después de pasar Bucarest, Dragosani había intentado infructuosamente comunicarse con Thibor; a pesar de que se había concentrado en despertar la mente del viejo demonio de su sueño de siglos, no había obtenido respuesta. Tal vez, después de todo, había tardado demasiado. ¿Cuánto tiempo puede permanecer un vampiro, no muerto y enterrado, sin recibir atención alguna? Dragosani, a pesar de sus conversaciones con la criatura, y de la información que había recibido de Ladislau Giresci, sabía muy poco acerca de los wamphyri. Thibor le había dicho que ése era un conocimiento prohibido a los mortales, y que debía esperar a pertenecer a la fraternidad. ¿Conque prohibido? ¡El nigromante ya se encargaría de averiguarlo todo!

—Thibor, ¿estás ahí? —susurró Dragosani en la penumbra. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, penetraron en el negro miasma del lugar—. Thibor, he regresado, y te traigo regalos.

A sus pies estaban los pollos, con las patas atadas y acurrucados en la cesta; pero ninguna presencia invisible agitó las sombras, no hubo dedos de telaraña que rozaran su pelo, ni ávidos hocicos invisibles que olfatearan su esencia. El lugar estaba seco, árido, muerto. Las ramas se quebraban de sólo tocarlas y allí donde Dragosani posaba sus pies se levantaba una nubécula de polvo.

—Thibor —Dragosani lo intentó otra vez—. Me dijiste un año; el año ha pasado y yo he vuelto. ¿Es demasiado tarde? Te he traído sangre, viejo dragón, para calentar tus venas y devolverte las fuerzas.

Nada.

Dragosani comenzó a alarmarse. Algo estaba mal. La vieja criatura enterrada había estado siempre aquí. Era el genius loci. Sin él, el lugar no era nada, las colinas cruciformes estaban vacías. ¿Y los sueños de Dragosani? ¿Habían desaparecido para siempre los conocimientos que pensaba adquirir del vampiro?

Durante un instante lo invadieron la desesperación, la ira, la frustración, pero luego... Los pollos se agitaron en la cesta, y uno de ellos cloqueó, inquieto. Una brisa siniestra agitó las ramas por encima de la cabeza de Dragosani. El sol se puso detrás de las distantes colinas.

Y algo vigiló al nigromante entre la penumbra, el polvo y las quebradizas ramas. No había nada, pero Dragosani se sentía mirado. Nada había cambiado, pero parecía como si el lugar respirase.

Respiraba, sí, pero con un aliento corrompido que a Dragosani no le gustó nada. Se sentía amenazado, como si el peligro fuera mayor que nunca. Cogió la cesta y retrocedió unos pasos, fuera del círculo impío, hasta que sintió junto a su espalda la rugosa corteza de un gran árbol casi tan antiguo como el claro. Se sintió más seguro, menos indefenso, con el grueso tronco cubriéndole las espaldas. La repentina sequedad de su garganta desapareció, y tragó saliva antes de volver a hablar.

—Thibor, sé que estás ahí. Si decides ignorarme, tú te lo pierdes, viejo demonio. El viento sacudió otra vez las ramas, y un susurro penetró en la mente del nigromante.

¿Dragosaaaniiii? ¿Eres tú? ¡Ahhhh!

—Sí, soy yo —respondió enseguida—. He venido a traerte vida, viejo demonio... o a renovar tu no- uerte.

Demasiado tarde, Dragosani, demasiado tarde. Ha llegado mi hora y debo responder al llamado de la oscura tierra. Incluso yo, Thibor Ferenczy, de la estirpe de los wamphyri. Mis privaciones han sido muchas y mi llama se hizo muy débil, y ahora es apenas un destello.

¿Qué puedes hacer tú ahora por mí, hijo? Me temo que nada. Todo ha terminado...

—¡No, no puedo creerlo! Te he traído vida, sangre fresca. Y mañana traeré más. En pocos días estarás otra vez vigoroso. ¿Por qué no me dijiste que las cosas habían llegado al límite?

¡Yo estaba seguro de que me engañabas! ¿Cómo podía creerte, si siempre me habías mentido?

Tal vez ése fue mi error —respondió después de un instante la criatura enterrada—, pero si mi propio padre y mi hermano me odiaban, ¿por qué habría de fiarme de mi hijo?

Y de un hijo por procuración, por decirlo así. No eres carne de mi carne, Dragosani.

Claro está que nos hicimos promesas, pero eran demasiadas para creer que pudieran cumplirse. Pero tú has prosperado algo, gracias a tu conocimiento de la nigromancia, y yo al menos he probado una vez más la sangre, por vil que ésta fuera. Así pues, que haya paz entre nosotros. Estoy demasiado débil para que nada me inquiete...

Dragosani se adelantó un paso.

—¡No! —dijo otra vez—. Todavía tienes que enseñarme cosas, los secretos de los wamphyri...

¿No se había estremecido el suelo bajo sus pies? ¿Estaban las presencias invisibles un poco más cerca? Dragosani retrocedió contra el árbol.

La voz en su mente suspiró. Era el suspiro de alguien fatigado de las cosas terrenas, de alguien impaciente por sumirse en el olvido. Y Dragosani olvidó que se trataba del mentiroso suspiro de un vampiro.

¡Ah, Dragosani, Dragosani! No has aprendido nada. ¿No te dije que la sabiduría de los wamphyri le está vedada a los mortales? ¿No te dije que para conocer hay que convertirse en uno de ellos, y que no hay otro camino? Vete, hijo mío, y déjame librado a mi destino. ¿Por qué habría de darte el poder de regir el mundo mientras yo, entenado aquí, me convierto en polvo?

¿Es eso justo!

Dragosani estaba desesperado.

—Acepta entonces la sangre que te he traído, la tierna carne. Recupera tus fuerzas. Yo aceptaré tus condiciones. Si tengo que convertirme en un wamphyri para aprender todos sus secretos, que así sea —mintió Dragosani—. Pero sin ti no puedo hacerlo.

La criatura enterrada permaneció un instante en silencio mientras Dragosani, ansioso, esperaba. Tuvo la sensación de que la tierra había vuelto a temblar, aunque casi imperceptiblemente, bajo sus pies. Pero sin duda sólo era su imaginación, el saber que un ser antiguo y malvado, corrompido y no-muerto yacía allí, enterrado. A su espalda el árbol parecía sólido como una roca, y Dragosani no sospechó que su tronco estaba ahuecado por la carcoma. Pero lo estaba, y algo comenzó a filtrarse desde la tierra al carcomido tronco.

En otras circunstancias, Dragosani quizás habría percibido el movimiento, pero en ese preciso instante Thibor volvió a hablarle y distrajo su atención.

¿Has dicho que tenías un regalo para mí?

La inmaterial voz del vampiro sonaba interesada, y Dragosani vislumbró un rayo de esperanza.

—Sí, sí. Aquí, a mis pies. Carne fresca, sangre.

Cogió una de las aves y le apretó la garganta de tal modo que sus chillidos cesaron de inmediato. Y un segundo después cogió una navaja de brillante acero que llevaba en el bolsillo y le cortó el pescuezo. Saltó un chorro de sangre, y unas plumas revolotearon y cayeron lentamente a tierra cuando Dragosani arrojó el cadáver del pollo hacia adelante.

El mantillo de hojas que cubría el suelo absorbió la sangre como una esponja absorbe el agua, pero detrás de Dragosani un seudópodo de putrefacción se deslizó rápidamente por el interior del árbol hueco y su extremo, de un blanco leproso, encontró el agujero que

había dejado una rama seca y caída, y asomó al exterior por encima de la cabeza de Dragosani, a menos de cuarenta centímetros. La punta del tentáculo latía, brillaba con una extraña vida propia, con la urgencia fetal de una especie extranjera.

Dragosani cogió el segundo pollo por el cogote, y se adelantó dos pasos, hasta el mismo límite de la zona «segura».

—Y hay más, Thibor. Aquí, en mi mano. Demuéstrame un poco de confianza, un poco de fe, y háblame de los poderes que tendré cuando me convierta en alguien como tú.

Yo... yo siento la roja sangre que empapa el suelo, hijo, y es buena. Pero sigo creyendo que has venido demasiado tarde. No te echaré la culpa. Reñimos, y yo tengo la culpa tanto como tú, de modo que olvidemos el pasado. Sí, y no terminaré sin darte antes una pequeña muestra de lo que he llegado a sentir por ti, sin compartir un pequeño secreto.

—Estoy esperando —dijo, impaciente, Dragosani—. Sigue.

En el comienzo —dijo la criatura enterrada—, todas las criaturas eran iguales. Los vampiros originales eran seres naturales, como los primeros hombres, y así como el hombre vivía de las criaturas inferiores que lo rodeaban, también lo hacía el vampiro. Ambos, como ves, éramos de alguna manera parásitos. Todos los seres vivos lo son. Pero mientras el hombre mataba a las criaturas de las que se alimentaba, el vampiro era más bondadoso: él simplemente hacía de ellos sus huéspedes. No morían, sino que se convertían en no-muertos. De esta manera un vampiro no es menos natural que la lamprea, la sanguijuela o incluso el humilde mosquito; excepto que su huésped vive, se vuelve casi inmortal, y no es consumido como sucede habitualmente en la posesión parasitaria. Pero a medida que el hombre evolucionó hasta convertirse en el huésped perfecto, también evolucionó el vampiro, y cuando el hombre se convirtió en la criatura que dominaba a todas las demás, el vampiro compartió ese poder.

—Simbiosis —dijo Dragosani.

Puedo leer el significado de esa palabra en tu mente —dijo Thibor—, y lo que has dicho es correcto, salvo que el vampiro aprendió muy pronto a no delatar su presencia. Porque, junto con la evolución, se produjo un cambio singular: antes el vampiro podía vivir separado de su huésped; ahora, dependía de él por completo. De la misma manera que la lamprea glutinosa muere sin un pez huésped, el vampiro necesita a su huésped para existir. Pero los hombres, cuando descubrían a un vampiro dentro de uno de los de su especie, lo mataban. Y lo que es peor, aprendieron a matar al ser superior que se alojaba en el ser humano.

Pero no era éste el único problema de los vampiros. Cuando se trata de corregir sus errores, la naturaleza es muy extraña, y absolutamente despiadada. Ella no había planeado la inmortalidad para ninguna de sus criaturas. Nada de lo que la naturaleza crea puede vivir eternamente. Con todo, había una criatura que parecía desafiar esta ley inflexible, una criatura que, salvo accidente, podía sobrevivir de modo indefinido. Y, furiosa, la naturaleza descargó su ira en los wamphyri. Y a medida que pasaron los siglos, y la tierra vivió todas sus edades hasta llegar al presente, mis ancestros vampiros fueron presa de una debilidad. Se desarrolló en ellos de generación en generación, con el paso del tiempo. En una constricción de la naturaleza, y era ésta: puesto que los vampiros raramente mueren», ella les permitiría nacer con igual —y escasísima— frecuencia.

—Y ésa es la razón de que seáis una raza que se extingue.

—¡Pero si sois tan potentes! Puedo ver que el problema no radica en vuestros machos.

¿Son estériles vuestras hembras? Quiero decir, ¿tienen sólo una oportunidad de procrear?

¿Nuestros «machos», Dragosani? —resonó la voz en la mente de Dragosani, con un

matiz irónico que no había aparecido hasta ese momento—. ¿Nuestras «hembras»?... Y el nigromante retrocedió una vez más hasta apoyarse en el árbol.

—¿Qué dices?

¡Machos y hembras! ¡No, Dragosani! Si la naturaleza nos hubiera abrumado con ese problema, hace tiempo que ya nos habríamos extinguido.

—¡Pero tú eres un macho! Sé que lo eres.

Lo era mi huésped humano.

Dragosani tenía los ojos muy abiertos en la oscuridad. Algo en su interior le decía que huyera. Pero... ¿de qué? Sabía que la criatura enterrada no podría, o no se atrevería, a hacerle daño.

—Entonces... ¿eres una hembra?

Creí haberme explicado claramente. No soy ni una ni otra cosa.

Dragosani no estaba seguro de la palabra adecuada para describir aquello. —¿Eres un hermafrodita?

No.

—¡Asexuado, entonces! ¡Agámico!

Una gota perlada comenzó a formarse en el pálido y pulsátil extremo del leproso tentáculo, que asomaba por el agujero del árbol, arriba de la cabeza de Dragosani. A medida que crecía tomaba la forma de una pera, colgaba, comenzó a temblar. Arriba de la gota se formó un ojo carmesí, sin párpado, de mirada fija y obsesiva.

—Entonces, ¿cómo se explica tu lujuria, la noche que poseímos a la chica?

La lujuria no era mía, Dragosani; era tuya.

—¿Y todas las mujeres que has poseído en el cuerpo de tu vida?

La energía era mía; la lujuria, de mi huésped.

—Pero...

¡Ahhhh!—la voz en la mente de Dragosani dejó paso a un largo quejido—. ¡Hijo mío, hijo mío, ya estoy al borde del fin! todo... está... por terminar.

El nigromante, asustado, avanzó una vez más hacia el límite del círculo. ¡La voz era tan débil, tan llena de dolor y desesperación!

—¿Qué sucede? ¡Mira, aquí hay más comida! ¡Tómala!

Dragosani cortó el cuello del segundo pollo y arrojó su cadáver estremecido al suelo. La sangre roja fue absorbida por la tierra. La criatura enterrada bebió a grandes tragos.

Dragosani esperó, y al poco, oyó un «¡Ahhh!» Pero ahora, al nigromante se le erizaron los pelos. De repente, percibía un gran vigor en el vampiro, y una astucia aún

mayor. Retrocedió rápidamente... y en ese mismo instante, la gotita perlada arriba de su cabeza se volvió roja y cayó.

Fue a parar a la parte de atrás del cuello de Dragosani, justo debajo del cuello de la camisa.

Él la sintió. Podría haber sido una gota de rocío caída del árbol, excepto que allí todo estaba muy seco, o bien el excremento de un pájaro, si alguna vez hubiera visto un pájaro en aquel lugar. La mano de Dragosani fue inmediatamente al cuello para limpiar lo que fuera... y no encontró nada. El huevo del vampiro no necesitaba oviscapto. Rápido como el mercurio había penetrado directamente a través de la piel, y ahora exploraba la columna vertebral de Dragosani.

Un instante después Dragosani sintió el dolor y con paso inseguro se apartó del árbol. Se dio cuenta de que había penetrado en lo que él consideraba la zona de peligro, pero siguió hacia adelante, impulsado por el dolor, cada vez más intenso. Esta vez fue incapaz de dominarse; huyó del círculo, chocando a ciegas con los troncos de los árboles que se interponían en su camino; tropezó y cayó. Y el dolor no lo abandonaba, el dolor en el cráneo, la presión en la columna, el fuego que le corroía las venas como un ácido.

Lo invadió el pánico, el mayor pánico de toda su vida. Se sintió morir; sintió que ese ataque, cualquiera fuera su causa, seguramente lo estaba matando. Era como si le estallaran todos los órganos internos, como si su cerebro ardiera.

En su interior, la simiente del vampiro había hallado un lugar de reposo en la cavidad del pecho. Acabó con la explotación y se dispuso a dormir. Sus ideas y venidas iniciales habían sido como los espásticos puntapiés de un recién nacido, pero ahora que estaba abrigado y a salvo, sólo deseaba descansar.

El agónico dolor abandonó a Dragosani en un instante, y fue tan grande su alivio que su organismo perdió el equilibro. Se desvaneció, abrumado por el intenso placer de la ausencia de dolor.

Harry Keogh dormía desparramado en la cama; el sudor le pegaba el pelo a la frente y sus brazos y piernas se sacudían en movimientos espasmódicos, en respuesta a un sueño que de alguna manera era algo más que un sueño. Su madre había sido una persona dotada de poderes paranormales, una médium bastante conocida, y la muerte no sólo no la había cambiado, sino que había mejorado su talento. A menudo, en el curso de los años, había visitado a Harry mientras éste dormía, tal como lo visitaba ahora.

Harry soñaba que era verano y estaban juntos en un jardín, el de su casa de Bonnyrigg. El río corría más allá de la cerca, entre orillas cubiertas de verde hierba. Era un sueño de agudos contrastes y vivos colores. Su madre era otra vez joven, una chica apenas, y él podría haber sido su joven amante, antes que su hijo. Pero en el sueño la relación entre ellos era muy clara y ella, como siempre, estaba preocupada por él.

—Harry, tu plan es peligroso y no resultará —dijo ella—. Además, ¿no te das cuenta de lo que estás haciendo? Si sale bien, será un asesinato, Harry. ¡Y tú no serás... no serás mejor que él!

Ella volvió la cabeza de dorados cabellos y sus ojos azules miraron, temerosos, hacia la casa.

La casa era una mancha oscura contra un cielo tan azul que hería los ojos. Se alzaba como un bloque de tinta congelada contra un fondo verde y azul, como recién volcada en un libro ilustrado para niños. No brillaba ninguna luz en ella, y nada escapaba a su

doloroso, insondable vacío, como en los agujeros negros interestelares. Era negra a causa de quien la habitaba, tan negra como el hombre que vivía allí.

Harry hizo un gesto negativo con la cabeza y con un gran esfuerzo de voluntad apartó sus ojos de la casa.

—No será un asesinato —respondió—. ¡Será justicia! Ha conseguido escapar durante quince años. Yo era un niño, poco mas que un crío de pecho cuando él te arrancó de mi lado.

Su crimen ha quedado impune hasta el presente. Ahora soy un hombre, pero ¿seguiré siéndolo si dejo las cosas como están?

—Harry, ¿no ves que la venganza no cambiará nada? No se subsana un error cometiendo otro.

Se sentaron en la hierba y ella lo abrazó y le acarició el pelo. Cuando Harry era un niño eso le encantaba. Harry miró otra vez la casa oscura como la tinta y se estremeció;

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