• No se han encontrado resultados

Verano de 1975

Habían pasado tres años desde la última visita de Dragosani a su tierra natal, y faltaba uno para que se cumpliera la promesa del viejo ser enterrado. Dentro de un año le revelaría sus secretos a Dragosani, los secretos del wamphyri; Dragosani, a cambio, lo devolvería a la vida o, mejor dicho, a una renovada no-muerte, le permitiría que volviera una vez más a andar sobre la tierra.

En esos tres años el nigromante se había hecho más y más fuerte en la organización, y ahora su posición como mano derecha de Gregor Borowitz era prácticamente inexpugnable.

Cuando el anciano se fuera, Dragosani lo reemplazaría. Y después, con toda la organización de la Percepción Extrasensorial Soviética a sus órdenes, y todo el conocimiento del wamphyri en sus manos y en su mente, las posibilidades que se le abrían eran infinitas.

Quizá podría realizarse lo que antaño pareció un sueño imposible, y la antigua Valaquia volvería a ser una gran nación, la más grande de rodas. ¿Por qué no, si Dragosani señalaba el camino? Un simple morral puede hacer pocas cosas en el breve período de la vida humana, pero un inmortal puede hacerlo todo, puede conseguirlo todo. Y con esta idea en la mente, volvió a formularse una pregunta que ya se había hecho en otras ocasiones: si era verdad que la longevidad significaba poder, y la inmortalidad el poder absoluto, ¿por qué habían fracasado los wamphyri? ¿Por qué no eran los vampiros los soberanos de este mundo?

A Dragosani se le había ocurrido hacía tiempo una respuesta, pero no podía decir si era correcta.

Los hombres aborrecen la idea misma del vampiro. En la actualidad, si los hombres creyeran en ellos —y les fueran dadas pruebas irrefutables de contaminación vampírica—, buscarían a las criaturas y las destruirían. Esto ha ocurrido así desde que el mundo es mundo, desde los tiempos en que los hombres realmente creían en la existencia de los vampiros, y esto ha limitado las posibilidades de estos seres. Un vampiro no se atreve a revelar su condición, no debe ser visto como diferente, como extraño. Debe dominar sus pasiones, sus deseos, su natural avidez por el poder que él sabe que podría alcanzar con sus dores malignas. Porque tener poder, ya sea político, financiero, o de cualquier clase, significa ser examinado de cerca por los demás, y esto es lo que el vampiro teme por encima de todas las cosas. Si fuese examinado prolongada y cuidadosamente, podría ser descubierto y destruido.

Pero si un hombre tuviera las habilidades de un vampiro —un hombre vivo, no una criatura no- uerta—, no tendría estas limitaciones. No tendría nada que esconder, excepto su oscura sabiduría, y podría conseguirlo prácticamente todo.

Ésta era la razón por la que Dragosani había viajado una vez más a Rumania. Era consciente de que sus obligaciones lo habían mantenido lejos durante demasiado tiempo y quería hablar con el viejo demonio, ofrecerle pequeños favores y aprender todo lo que tuviera que aprender antes del próximo verano, la fecha señalada.

La fecha señalada, sí, cuando todos los secretos del vampiro estarían expuestos ante él, tan reveladores como un cadáver destripado.

Habían pasado tres años desde la última vez que estuvo aquí, y habían sido años muy activos. Durante aquel período Gregor Borowitz había exigido el máximo de todos los miembros de la PES, incluido el nigromante. El general tenía que asegurarse, en el plazo de cuatro años que le había dado Leónidas Brezhnev, que su organización era indispensable. Y ahora el primer ministro había comprobado que realmente lo era. Además, era el más secreto de los servicios secretos, y el más independiente. Y eso era precisamente lo que quería Gregor Borowitz.

Gracias a las advertencias de Borowitz, Brezhnev había estado preparado para la caída de Richard Nixon, el presidente norteamericano con el que tan bien se había entendido. Watergate hubiera podido poner en peligro el cargo de otro primer ministro ruso, pero Brezhnev no sólo había salido indemne, sino que hasta había conseguido beneficiarse con la crisis del gobierno estadounidense. Y esto, gracias a las predicciones de Borowitz o, mejor dicho, de Igor Vlady.

—Es una pena que Nixon no tuviera a alguien como usted —le había dicho Brezhnev a Borowitz.

El primer ministro soviético ocupaba ahora una posición ventajosa —cosa que también había sido predicha— en sus negociaciones con el reemplazante de Nixon. Brezhnev, además, sabiendo de antemano que los políticos con los que tendrían que enfrentarse en el futuro serían de la línea dura, firmó antes de la caída de Nixon un acuerdo con los EE UU sobre satélites. Por otra parte, teniendo en cuenta que Norteamérica estaba mucho más adelantada en materia de tecnología espacial, el primer ministro soviético también se había apresurado a poner su firma en el proyecto de cooperación más importante con vistas a la distensión: una empresa espacial conjunta, Skylab, en la que aún continuaban trabajando.

El primer ministro soviético había tomado estas decisiones y muchas otras —entre ellas la expulsión de numerosos disidentes y la «repatriación» de los judíos— teniendo en cuenta las sugerencias o las predicciones hechas por la sección PES de los servicios secretos. Hasta el momento, estas decisiones no habían hecho sino afirmar su posición como líder indiscutible del gobierno y del partido. Y todo gracias a Borowitz y su sección, de modo que Brezhnev había cumplido de buena gana lo pactado en 1971 con el general.

Así pues, en la medida en que Brezhnev y su régimen prosperaron, prosperó también Gregor Borowitz y con él Boris Dragosani, cuya lealtad a la sección parecía incuestionable. Y de hecho lo era... por el momento.

Gregor Borowitz se había asegurado la permanencia de su sección y ascendió en la estima de Leónidas Brezhnev, pero sus relaciones con Yuri Andrópov se deterioraron en la misma proporción. No era una guerra abierta, pero entre bambalinas Andrópov estaba tan celoso como siempre, y continuaba con sus intrigas. Dragosani sabía que Borowitz vigilaba muy de cerca a Andrópov, pero el nigromante ignoraba que el general también lo vigilaba a él. Claro está que Dragosani no era vigilado por otros funcionarios de la sección ni nada por el estilo, pero había algo en su actitud que inquietaba a su superior. Dragosani siempre había sido arrogante, desobediente incluso, y Borowitz había aceptado esto, y hasta se había divertido en ocasiones. Pero lo que lo inquietaba era otra cosa. Borowitz sospechaba que podía ser ambición; eso estaba bien, siempre que el nigromante no se volviera ambicioso en exceso.

Dragosani también había observado un cambio en sí mismo. A pesar de que una de sus inhibiciones más antiguas, su mayor obsesión, había desaparecido, se había vuelto aún más frío, si esto era posible, con los miembros del sexo opuesto. Cuando poseía a una mujer siempre lo hacía brutalmente, con muy poco o ningún amor en el acto, que no era más que una descarga de sus necesidades físicas. Con respecto a la ambición, a veces controlaba a duras penas su frustración, y le resultaba difícil esperar el día en que pudiera deshacerse de Borowitz. El general era un viejo inútil, estaba chocho y era un estorbo. No era así, claro está, pero la energía de Dragosani era tanta, y tan grandes su empuje y la fortaleza de su carácter que veía de este modo a Borowitz. Y había otra razón por la que había vuelto a Rumania: para pedir consejo a la criatura enterrada. Porque Dragosani finalmente había aceptado al vampiro como una especie de figura paterna. ¿Con qué otro podría hablar, en el más absoluto secreto, de sus ambiciones y sus frustraciones? ¿Con quién, sino con el viejo dragón? Con nadie. En algún sentido el vampiro era corno un oráculo... aunque en otro no lo era. Dragosani, a diferencia de lo que sucede con un oráculo, nunca podía estar seguro de la validez de sus afirmaciones. Y esto significaba que, a pesar de que se había sentido impulsado a volver a Rumania, tenía que ser prudente en sus tratos con la criatura enterrada.

Éstos eran algunos de los pensamientos que cruzaron por su mente mientras conducía desde Bucarest hacia Pitesti; y cuando su Volga pasó junto a un poste que señalaba que la ciudad se encontraba a dieciséis kilómetros, Dragosani recordó que tres años antes viajaba rumbo a Pitesti cuando Borowitz lo llamó a Moscú. Era extraño, pero desde ese día no había vuelto a pensar en la biblioteca de Pitesti, pero ahora sintió deseos de visitarla. Aún sabía muy pocas cosas sobre el vampirismo y los no-muertos, y este conocimiento, al provenir del mismo vampiro, era dudoso. Y la biblioteca de Pitesti era famosa por su abundante material sobre las leyendas y tradiciones del lugar.

Dragosani la recordaba de sus años de instituto en Bucarest. En el colegio a menudo habían solicitado en préstamo antiguos documentos y crónicas relacionados con Valaquia y Rumania, porque durante la Segunda Guerra Mundial habían puesto a salvo en Pitesti

abundante material histórico que antes se hallaba en Bucarest y en Ploiesti. En el caso de Ploiesti había sido un acierto, porque esta ciudad había sufrido algunos de los peores bombardeos de la guerra. En todo caso, gran parte del material no había sido devuelto a sus museos y bibliotecas de origen, y permanecía en Pitesti. Dragosani recordaba que dieciocho o diecinueve años antes aún estaba allí.

Así pues, la vieja criatura enterrada tendría que esperar un poco más el regreso de Dragosani. Primero iría a la biblioteca en Pitesti, más tarde comería en la ciudad y sólo entonces se dirigiría a la tierra que lo vio nacer.

Dragosani llegó a las once de la mañana a la biblioteca, se presentó al bibliotecario de turno y le pidió ver todos los documentos relacionados con las familias boyardas, tierras, batallas, monumentos, ruinas y camposantos, y las crónicas y anales de las regiones de Valaquia y Moldavia de mediados del siglo XV. El bibliotecario parecía amable y deseoso de ayudar a Dragosani, pese a que sonrió ante el pedido de éste, como si lo divirtiera. Cuando el hombre lo condujo a la habitación donde se guardaban los antiguos documentos, el mismo Dragosani pudo advertir el aspecto divertido del asunto.

El salón era enorme, y en las estantería había libros y documentos suficientes como para llenar varios camiones del ejército... y todos estaban relacionados con la investigación que quería llevar a cabo.

—Pero... ¿no están catalogados? —preguntó.

—Claro que sí, señor —respondió el bibliotecario, y le entregó un montón de catálogos cuya lectura, si Dragosani hubiese estado dispuesto a emprender esta tarea, le habría llevado varios días.

—¡Pero me llevaría un año o más examinar todo esto! —se quejó por último Dragosani.

—Otros lo han hecho, fundamentalmente para catalogarlos, y les ha llevado veinte años.

Pero ésa no es la única dificultad. Aun si usted tuviera todo ese tiempo, no podría examinarlos.

Las autoridades han decidido dividir el material: una parte vuelve a Bucarest, otra irá a Budapest, y Moscú ha solicitado también algunos documentos. Los envíos se efectuarán dentro de los próximos tres meses.

—Tiene usted razón —dijo Dragosani—. No tengo más que unos pocos días para dedicar a esto, no años ni meses. Me pregunto si habrá alguna manera de limitar el campo de mi investigación.

—También está la cuestión de la lengua —dijo el bibliotecario—. ¿Quiere ver usted los documentos escritos en turco? ¿En húngaro? ¿O en alemán? ¿Su interés concierne al área de cultura eslava, otomana, o cristiana? ¿Tiene algún punto específico de referencia? El material que hay aquí tiene, como mínimo, trescientos años de antigüedad, pero hay documentos de hace siete siglos, o incluso anteriores. Estoy seguro de que usted sabe que, en el lapso que pretende investigar, estas regiones han tenido épocas de cambios casi constantes. Tenemos aquí documentos sobre los conquistadores extranjeros, sí, pero también sobre aquellos que los expulsaron. ¿Puede usted comprender los textos de estas obras? Después de todo, tienen más de cinco siglos de antigüedad. Si usted puede descifrarlos, es realmente un erudito. Yo no tengo la certeza de comprenderlos, al menos con un razonable grado de exactitud, y eso que he estudiado para poder leerlos.

Y luego, al ver la expresión de impotencia de Dragosani, el hombre había añadido: —Tal vez si pudiera ser más concreto, señor...

Dragosani no vio razón para responder con una evasiva.

—Estoy interesado en el mito del vampiro, que parece tener su origen aquí: en Transilvania, Moldavia, Valaquia, y, por lo que se sabe, data del siglo XV.

El bibliotecario retrocedió un paso y dejó de sonreír. De repente, parecía desconfiar. —¿No será usted un turista?

—No, soy rumano, aunque vivo y trabajo en Moscú. ¿Pero qué tiene que ver eso con mi solicitud?

El bibliotecario, tres o cuatro años menor que Dragosani y evidentemente impresionado por su aspecto cosmopolita, se quedó pensativo. Se mordió los labios, frunció el entrecejo y no abrió la boca durante un largo rato. Pero por último dijo:

—Si echa un vistazo a esos catálogos, verá que casi todos están escritos a mano, y con la misma letra. Ya le he dicho que llevaron veinte años de trabajo. Bueno, el hombre que lo realizó aún vive, y se domicilia en Titu, no muy lejos de aquí. Queda a unos treinta kilómetros, yendo hacia Bucarest.

—Conozco el lugar —respondió Dragosani—. He pasado por allí hace media hora. ¿Cree que ese hombre puede ayudarme?

—Si quiere hacerlo, sí.

Las palabras del bibliotecario sonaban un tanto enigmáticas. —¿Por qué dice eso?

El hombre pareció inseguro y desvió la vista un instante.

—Hace dos o tres años cometí un error. Le envié una pareja de «investigadores» americanos. No quiso saber nada de ellos y los echó. Es un tanto excéntrico, ¿sabe? Desde entonces me he vuelto más prudente. Comprenda usted, tenemos muchos pedidos de esta clase. Al parecer, en Occidente hay toda una industria alrededor de Drácula. El señor Giresci quiere evitar cualquier relación con esta explotación mercantil. De paso, ése es su nombre:

Ladislau Giresci.

—¿Me está diciendo que ese hombre es un experto en vampirismo? —preguntó Dragosani, con renovado interés—. ¿Quiere decir que ha estudiado las leyendas, que ha investigado su historia en estos documentos durante veinte años?

—Bueno, sí, eso es lo que quería decirle. Para él es una afición, o tal vez una obsesión.

Pero en lo que atañe a la biblioteca, una obsesión muy útil.

—¡Entonces tengo que ir a verlo! Me ahorrará muchísimo tiempo y trabajo. El bibliotecario se encogió de hombros.

—Bueno, yo puedo darle su dirección, e indicarle cómo llegar a su casa pero... él decidirá si quiere recibirlo. Puede que una botella de whisky le facilite las cosas. Es un gran bebedor de whisky, cuando puede pagarlo. Pero escocés, no ese brebaje infame que hacen en Bulgaria.

—Déme su dirección —dijo Dragosani—. Me recibirá. Se lo garantizo.

Dragosani encontró el lugar tal como le había dicho el bibliotecario, camino a Bucarest, a un kilómetro y medio de Titu. La casa de Ladislau Giresci, situada en una urbanización de casas de madera de dos plantas, en una zona arbolada, destacaba por su relativo aislamiento. Todas las casas tenían jardines, o unos metros de terreno que la separaban de sus vecinos, pero la vivienda de Giresci estaba bastante lejos de las otras, en el límite del caserío, perdida entre los pinos y la maleza.

Los descuidados setos invadían el camino adoquinado que llevaba a la casa, y las hierbas crecían entre los adoquines. Los jardines estaban descuidados y la tierra parecía regresar poco a poco a su original estado salvaje; la casa estaba corroída por la carcoma y tenía un aspecto de abandono casi absoluto. Las otras casas de la urbanización parecían, en comparación, en buen estado y sus jardines bien cuidados. Algún pequeño esfuerzo, no obstante, había sido hecho para mantener y reparar la propiedad, porque en el frente habían reemplazado algunas de las tablas en peor estado por otras nuevas, pero aun la reparación más reciente debía de tener al menos cinco años de antigüedad. El sendero desde el portal del jardín hasta la puerta del frente también estaba invadido por la maleza, pero Dragosani no se desanimó y golpeó con los nudillos en la madera desconchada.

Llevaba en la mano una bolsa de red que contenía una botella de whisky que había comprado en Pitesti, una barra de pan, un trozo de queso y un poco de fruta. La comida era para él (su almuerzo, si no había otra cosa) y la botella, tal como le habían aconsejado, para Giresci. Si es que estaba en casa. Dragosani esperó, y comenzó a pensar que esto era improbable, pero tras llamar otra vez, con mas fuerza, oyó que algo se movía en el interior de la casa.

La persona que por fin abrió la puerta era un hombre de unos sesenta años de edad y tan frágil como una flor puesta a secar entre las páginas de un libro. Tenía los cabellos blancos — no grises sino blancos, como una corona de nieve sobre la colina de la frente— y su tez era aún más pálida que la de Dragosani, y resplandecía como si le hubieran sacado brillo. Tenía la pierna derecha de madera, no una moderna prótesis sino una vieja pata de palo, pero parecía bastante ágil a pesar de su minusvalía. Tenía la espalda un poco encorvada y se tocaba un hombro como si le doliese cuando se movía, pero sus ojos pardos tenían una mirada penetrante y segura, y cuando le preguntó a Dragosani qué se le ofrecía, su aliento era limpio y saludable.

—Usted no me conoce, señor Giresci —dijo Dragosani—, pero yo he oído hablar de usted, y lo que decían me ha fascinado. Yo soy, en cierto modo, un historiador, y me interesa especialmente la antigua Valaquia. Y me han dicho que nadie conoce la historia de esa región mejor que usted.

Giresci miró a su visitante de arriba abajo.

—Bueno, algunos profesores de la universidad de Bucarest cuestionarían esa afirmación, pero yo no he de hacerlo.

El hombre permaneció en la entrada, bloqueando el paso al interior de la casa, pero Dragosani observó que sus ojos volvían a mirar la bolsa de red y la botella.

—Whisky —dijo Dragosani—. Me gusta mucho, y es muy difícil de encontrar en Moscú. ¿No querrá beber una copa conmigo... mientras hablamos?

—¿Y quién le ha dicho que vamos a hablar? —le espetó con voz que parecía un ladrido, aunque sus ojos regresaron a la botella, y luego preguntó con un tono menos áspero—: ¿Ha dicho que es escocés?

—Claro. Es el único whisky que merece ese nombre y...

—¿Cómo dijo que se llamaba, joven? —lo interrumpió Giresci; aún bloqueaba la entrada, pero en su mirada había una expresión de interés.

—Dragosani. Boris Dragosani. He nacido en esta comarca.

—¿Y por esa razón le interesa su historia? No estoy del todo convencido. —Sus ojos, después de haberlo estudiado sin reparos, adquirieron una expresión de desconfianza—. ¿No representará usted a algunos extranjeros? ¿Americanos, por ejemplo?

Dragosani sonrió.

Documento similar